20 de julio de 2026
En 1971, el profesor de psicología estadounidense Philip Zimbardo reclutó a una veintena de hombres quienes, a cambio de lo que hoy vendrían a ser poco más de cien dólares por día, aceptaron someterse durante dos semanas a un simulacro carcelario en el infame experimento de la prisión de Stanford. Exactamente cuarenta años después, una docena de jóvenes argentinos entraron por primera vez en la casa de Gran Hermano, versión local de un formato holandés que venía arrasando en Europa. Podría pensarse que la motivación para encerrarse voluntariamente durante cuatro meses con extraños en una casa llena de cámaras también era moneratio, llevándose el ganador decenas de miles de dólares. El paso de los certámenes dejó en claro que el premio mayor es la fama (y las carreras en el mundo de la farándula que pueden construirse a partir de ella). El programa de Telefe, a punto de iniciar su doceava edición a fines de 2024, inauguró la era de los reality shows en la televisión vernácula. Era en la cual, no hace falta aclarar, aún vivimos. El último ejemplo de ello es Love is Blind, cuya propuesta es aún más ambiciosa: la promesa no es ganar dinero o fama, sino encontrar al amor de tu vida.
El formato, distribuido exclusivamente por Netflix en todo el mundo, se promociona sin pudor alguno como un “experimento social” que propone poner a prueba el viejo proverbio de que el amor es ciego. Para hacerlo, se encierra sin contacto alguno con el exterior a dieciséis hombres y dieciséis mujeres solteras, quienes durante diez días tienen citas los unos con las otras en cabinas diseñadas especialmente para que puedan oírse, pero nunca verse. Hacía el final de ese período de tiempo, y si así lo sienten, uno de los participantes le pedirá matrimonio a quien está del otro lado de la pared. Si la otra persona acepta, se verán por primera vez. Las siguientes fases del experimento incluyen unos días de “luna de miel” en alguna locación paradisíaca (en este caso, un all-inclusive en Tulum), y algunas semanas de convivencia mientras las parejas formadas vuelven a tomar contacto con familia, amigos, trabajo, etc. Al final, los participantes deberán responder el interrogante central del programa en el marco de una ceremonia de bodas, la suya. ¿Aceptás casarte con esta persona que elegiste a ciegas hace poco más de un mes?

Netflix estrenó Love is Blind en febrero de 2020, apenas días antes que se declarase la pandemia del Covid-19, y el éxito fue inmediato entre una audiencia global que por entonces se encontraba igual de aislada que los participantes. No solo se cuentan ya siete temporadas de la versión estadounidense en el catálogo de la plataforma, sino que se comisionaron cerca de una decena de ediciones extranjeras: Brasil, Japón, Suecia, Reino Unido, México, el mundo árabe y Argentina. La versión alemana está por estrenarse y la italiana se está filmando. El deseo de encontrar el amor no conoce fronteras.
Es divertido jugar a la antropología amateur y buscar las pequeñas (y grandes) diferencias que surgen en la glocalización de un formato pensado for export. El efecto de la sociabilidad digital parece ser trasversal, jugando las redes un rol preponderante en la vida amorosa desde Seattle hasta Tokio, y desde Estocolmo hasta Buenos Aires. Quizá donde sea más visible el contraste en los usos y costumbres sea en los límites del espacio personal. En el primer encuentro cara a cara, las parejas brasileras se abalanzan con confianza las unas sobre los otros, comiéndose la boca con las ganas acumuladas durante una semana de hablarse a través de una pared. Las japonesas, y en menor medida las suecas, se aproximan cautelosamente al cuerpo de su futuro cónyuge, a sabiendas que ese “sí” ciego no implica derechos de piel. Los participantes de la versión internacional en árabe (quienes además hablan francés, inglés y dialectos varios) no comparten cama antes de la boda.
Más allá de las diferentes idiosincrasias, la sorpresa de ponerle cuerpo a la voz de la que se enamoraron, lo tácito del lenguaje corporal y el calor de las cámaras hacen del primer encuentro una negociación en vivo y en directo de la expectativa y la realidad, del deseo propio y el del otro. A veces, fluye. Otras, como cuando Ezequiel se pasa de lengua en su primer beso con Julieta, la incomodidad traspasa la pantalla de manera que no hace falta traducir. El caso más extremo es el de la segunda temporada de la versión brasilera, donde Paulo decidió terminar su participación en el experimento al ver por primera vez a Amanda. El amor, al menos para él, no sería tan ciego después de todo.

¿Qué distingue a la versión local, más allá del inesperado tatuaje de Los Simpsons y la acertada decisión artística de musicalizar con cuarteto? A simple vista, se observa un alto porcentaje de tintura rubia, incluso para la media de las ediciones latinoamericanas. Múltiples participantes, cuyo rango etario va de los veintilargos a los primeros cuarenta, tienen hijos de relaciones anteriores. Hay algo particularmente nuestro en el ida y vuelta, aún en una situación de seducción peculiar, que habilita a bromear para diluir un poco la tensión en un juego cuyas implicancias son más que serias. No van a encontrar otra versión de Love is Blind donde dos enamorados se traten de “boludo/a”.
Sin importar origen geográfico o capital cultural, en boca de los diferentes participantes puede identificarse un vocabulario común utilizado para hablar de lo sentimental, el cual se adivina tiene tributarios diversos como la psicología y el psicoanálisis, los best-sellers de autoayuda y las prácticas asociadas a las filosofías new age: “vínculo”, “me victimizo”, “sensibilizar”, “energías” de todo tipo y hasta la vocación de elevar un “pedido al universo” en pos de “manifestar” lo que creemos merecer. En particular, el concepto de persona o relación “tóxica” aparece como de uso universal, probando la influencia que han tenido los libros del psicólogo y pastor evangélico Bernardo Stamateas, sin dudas uno de los escritores argentinos más vendidos del siglo XXI. Los mayores profesantes de esa fe de contornos difusos son Tom y Florfi, una de las parejas más jóvenes en emerger de las cabinas, quienes atribuyen constantemente su flechazo ciego a haber sentido una “energía” afín y consignan el destino de su historia compartida a lo que pase mientras se dejan “fluir”.
Tu abuelo probablemente nunca hizo acabar a tu abuela. Tus viejos no son necesariamente más felices porque se pudieron divorciar. No es que la gente ya no pueda comprometerse como antes, es que pretendemos más de ese compromiso que nunca antes
En el otro extremo del espectro se encuentran los tóxicos Sebastián y Emily. Allí donde Tom y Florfi aparecen como tiernos y sencillos, Sebastián y Emily son mostrados como conflictivos y pasionales. “Yo soñé con vos”, le asegura Sebastián al oír el nombre de Emily durante su primera cita, quedando librado al espectador creer si se trata de fuerzas que nos exceden confiriendo un mensaje onírico o solo un chamuyo, muy efectivo, por cierto. Ya en Tulum, se están todo el día uno encima del otro, aunque la mínima chispa puede generar una explosión. En particular, los celos son la principal fuente de rispideces, y una luna de miel compartida con los otros participantes del experimento ofrece una situación propicia para sentirlos.

En la intimidad de la cama se habla de las demás parejas, comparando y midiendo a ojo las probabilidades de que lleguen al altar. El argentino no quiere estar bien, quiere estar mejor que el de al lado. Una afirmación que tentativamente generalizaría más allá del formato e incluso de lo amoroso, en tanto ellos actúa como un proxy en pantalla de la audiencia, quienes nos entretenemos con esta telenovela que tiene el plus de estar protagonizada por gente real. Netflix lo sabe, y por eso ofrece como consumo suplementario una mesa debate de influencers conducida por Franco Torchia, la mismísima voz de Cupido, formato con concepto similar pero mucho menos presupuesto creado hace más de veinte años por Mariano Cohn y Gastón Duprat.
¿Cuánto del reality show es realidad? ¿Cuánto es artificio? Se consensua en la discusión en redes cierta desconfianza de lo que se considera, en el caso de algunos participantes, una puesta con fines ulteriores diferentes al amor. Se duda de lo exhibido como si lo privado fuera más genuino. Como si lo verdadero se bastara a sí mismo, y por eso no hubiera necesidad de mostrarlo. La mayor culpable de aparecer hambrienta de fama es la histriónica Agustina que ante la negativa de un pretendiente, apuesta a un segundo, e incluso un tercero, con tal de seguir en cámara un rato más. La misma sospecha pende sobre Florencia y José Luis, quienes tras ser rechazados armaron pareja para llegar a la siguiente etapa del experimento. En lo personal, no juzgaría tan rápido a los participantes que, siguiendo el mandato epocal, buscan pegarla y alcanzar la fortuna e independencia reservada a los influencers exitosos, jefes propios de una empresa que también son ellos mismos. Actos mucho más reprobables que fingir estar enamorado se han perpetrado con tal de llegar ahí.
Los roles de género, eje de ese gran debate que copó la opinión pública durante la última década, aparecen aquí tanto refrendados como puestos en tela de juicio. Agustina dice buscar “un hombre que pueda admirar”, claro eufemismo de un tipo que tenga plata y sea capaz de solventar el estilo de vida que ella pretende. Eva decide terminar prematuramente el experimento con Rober al juzgar que no es “lo suficiente hombre”, describiéndolo en cambio como inmaduro e indeciso. Brenda, viuda, laburante y madre de dos, da un salto de fe y acepta mudar toda su familia al pueblo de Córdoba donde vive Matías, quien en ese escenario sería, cuanto menos al comienzo, el proveedor. En las escenas de convivencia, los editores se encargan de mostrar que son mayormente las mujeres quienes hacen las compras y limpian el departamento compartido. En este sentido, es interesante el caso de María Emilia y Mauricio, la pareja de más de cuarenta. No solo es ella quien toma la iniciativa en las cabinas y le pide matrimonio a él, sino que a lo largo de los episodios María Emilia se muestra como profesional, industriosa y resolutiva, mientras que Mauricio aparece obsesionado con la imagen corporal y permanentemente necesitado de demostraciones de afecto, actitudes tradicionalmente asociadas a lo femenino en el canon de las historias románticas.
Todos buscan un refugio, ese regazo donde descansar la cabeza tras otro día más haciendo mérito, poniendo el cuerpo allá afuera en la selva del capitalismo contemporáneo
Dejando de lado las ganas de usufructuar los quince minutos de fama que nos prometió premonitoriamente Andy Warhol, el éxito global de la franquicia Love is Blind puede leerse como síntoma de que (deconstrucción incluida) persiste en el gran público un deseo genuino por ver historias de amor verdadero. Cuando no, ser también protagonista de una. Es común oír a los participantes de todo el mundo argumentar que decidieron ser parte del experimento porque las apps de citas no ofrecen herramientas para encontrar con quien encarar un proyecto de vida. Estas podrían estar, incluso, obrando en contra de ese objetivo al poner en nuestros teléfonos una vasta oferta de rostros, cuerpos y perfiles que hacen al mercado sexual como descrito por Eva Illouz en El fin del amor. Lo que es más, en este formato de reality dicho relato romántico adopta como punto de llegada una institución tradicional como lo es el matrimonio, estadísticamente cada vez menos elegida por los argentinos y las argentinas.

Sea cual sea el saldo de la batalla cultural librada en la última década por el feminismo, hoy desafiado tanto desde fuera como por dentro, se elija el poliamor o la monogamia, la ceremonia por iglesia o la unión convivencial, lo cierto es que todos (aún de las maneras más retorcidas) creemos merecer ser amados. En este sentido, la historia idealizada trazada en el arco narrativo de Love is Blind, desde el “amor puro” sin el lastre de lo físico hasta el soñado vestido blanco y la promesa de estar hasta que el final que es la muerte nos separe, puede resultar atractiva no por tradicional, no porque es lo que hicieron nuestros antepasados, sino porque ofrece un desenlace certero en un mundo cada vez más incierto y hostil. Porque nos promete librarnos de la opresiva libertad del arriba mencionado mercado del amor. Por esa razón la fidelidad entendida en un sentido amplio, como la confianza que tiene uno para con quienes siente familia, la misma en la que el cónyuge se incorporará tras los votos matrimoniales, parece ser lo que más preocupa a los participantes del programa. Todos buscan un refugio, ese regazo donde descansar la cabeza tras otro día más haciendo mérito, poniendo el cuerpo allá afuera en la selva del capitalismo contemporáneo.
Al mismo tiempo, el contorno del imaginario matrimonial se desdibuja hoy bajo nuevas demandas y expectativas. Tu abuelo probablemente nunca hizo acabar a tu abuela. Tus viejos no son necesariamente más felices porque se pudieron divorciar. No es que la gente ya no pueda comprometerse como antes, es que pretendemos más de ese compromiso que nunca antes. Que nos cuiden y nos acompañen, sí, pero también que nos comprendan, nos apoyen, nos potencien y, además, nos dejen ser. Y, como saben bien los actores de la política, el genio de las demandas sociales no puede volver a meterse en la botella. Hoy, hasta la comedia romántica más insulsa le pone un asterisco al “…y fueron felices para siempre”. Porque ya no es “para siempre” sino, como expresa Emily en un episodio de Love is Blind, es “hasta que dure el amor”. Crucemos los dedos que sea por mucho tiempo.




