21 de julio de 2026
1.
Hace un tiempo, escribí una serie de artículos para Revista Panamá sobre la vejez. Como suele pasar, el tema empezó a interesarme a partir de algo propio: la vejez de mi papá. Paradójicamente, nunca hablé de él, pero sí comencé a recordar varias novelas, cuentos o películas que yo había leído y visto que tenían relación con la vejez y el envejecer. La primera nota que salió publicada fue “Algunas notas sobre la vejez”. Las que siguieron, si bien tuvieron otros títulos, describían cómo pensaban escritores, artistas y cineastas su propia vejez. Por aquel entonces, no podía hacer una conceptualización de la vejez y el envejecer. Entiendo que por limitaciones propias.
A partir de aquellas notas, me di cuenta de que la vejez está cargada de estereotipos y prejuicios negativos. Y que envejecer, para la sociedad, cultura y política actual, es violento del lado que se lo mire. “¿Por qué escribís sobre ese tema tan triste?”, me dijeron una vez. “No sé si será porque tengo 65, pero no quiero saber nada, nada, nada de la vejez”, me comentaron otra. Como me suele ocurrir cuando me interesa un tema, no dejé dar vueltas sobre eso: las representaciones en la literatura, el cine y el arte, las cosas que dicen las personas, las situaciones vividas, las imágenes que muestran las publicidades y plataformas como IG, la crueldad física y económica hacia los viejos y las viejas, la violencia del Estado.
Todo eso me llevó a pensar qué tipo de vieja quiero ser y creo que es algo en lo que deberíamos pensar porque el futuro es la vejez. Retomo un poco aquellas notas para hacer un recorrido de algunos conceptos e ideas sobre la vejez, las formas de viejismo y darle un poco de marco a aquellos textos aislados.
La clase atraviesa el envejecer y la vejez. “Ser viejo es caro”, me dijo la otra vez una amiga, “salen caro los medicamentos, el médico, PAMI no cubre todo”
2.
El envejecimiento poblacional es un hecho global. En Sudamérica, se espera que, para el 2050, se produzca un aumento del 20% de la población mayor a 60 años. A pesar de estos datos, se sigue insistiendo en mostrar imágenes de la vejez como algo negativo: desde las chirolas que se reciben por la jubilación (ser pobre y viejo es un pleonasmo), las ideas impuestas de eterna juventud y belleza, la mirada ridícula y condescendiente por parte de los demás (“¡qué bien la abuelita, mirá como baila rock!”), hasta la violencia de la derecha actual que reprime, golpea y gasea jubilados.
¿Qué es la vejez? La OMS la define como una construcción social y biográfica del último curso vital y comprende el último momento de la vida hasta la muerte. Está en correlación con el paso de los años, que trae transformaciones físicas, cognitivas, emocionales y sociales de un individuo. Estos cambios se relacionan, inexorablemente, con la pérdida de las capacidades corporales y funcionales según el trayecto del envejecimiento. Otras definiciones sobre la vejez consisten en caracterizarla como un proceso que sigue a “la madurez” y determina un deterioro orgánico gradual. Las teorías gerontológicas actuales consideran a la vejez a partir de un límite de edad, 60 años, y se la asocia con el paso del tiempo, deterioro y la enfermedad.
Llama particularmente la atención que, al momento de definir y caracterizar a la vejez, se la piensa como un todo sin tener en cuenta las diferentes edades dentro del período. Más allá de esto, lo cierto es que se empieza a envejecer desde mucho antes. No es lo mismo vejez que envejecimiento: se entiende al envejecimiento como un proceso multifacético, dinámico e inherente a todas las personas.
Cada cultura promovió conceptos e imágenes sobre el envejecer y la vejez. Esto llevó a crear estereotipos negativos y formas de discriminación por edad sobre un proceso que, básicamente, es parte de nuestro ciclo vital. El primero en acuñar el término ageism (que se traduce como “edadismo” o “viejismo”) fue Robert Butler en 1969: se trata del prejuicio sostenido y discriminación sistemática por la edad. Tan es así que no sólo funciona como una forma de violencia social y cultural, sino que también internaliza y reproduce esas formas discriminatorias, y crea diversos prejuicios sobre la forma que ve a los demás y a uno mismo.
Creo que existe la posibilidad de revertir las formas de viejismo, revisar nuestras prácticas, nuestros prejuicios, y llevar una mejor vida: tener vínculos, amistades, una sociabilidad que nos acompañe a medida que pasa el tiempo
La otra vez iba caminando por la calle y, en uno de esos locales que ahora transforman en gimnasios-galpones, había un cartel que decía: “Entrenamiento espartano”. En la pared, estaba pegado un póster con una foto de lo que llamo “el hombre testosterónico”: un varón de mediana edad, levantando pesas, musculoso y al que se le notaban las venas del cuello como a punto de explotar. Debajo, se encontraba escrito: “Está comprobado que entrenar retrasa el envejecimiento” y luego una leyenda que promovía anotarse en ese gimnasio. Ese “hombre testosterónico” de la publicidad funcionaba para mostrar al cuerpo como una carta de presentación y, por lo tanto, perpetuaba los estándares actuales que se imponen para encajar en la sociedad. Esto es: tengo que ser de una determinada manera y hacer determinadas acciones para que no se note que estoy envejeciendo.
3.
Hace unos años, la escritora Anna Freixas, se viene encargando de los estudios sobre la vejez y el envejecer. Ella dice que las representaciones peyorativas de la vejez en la mediana edad generan un imaginario de rechazo, miedo y devaluación al mismo tiempo que promueve el mito de que se puede evitar la vejez (y, agrego, parecer viejo) si se llevan a cabo tales o cuales estrategias y actividades que nos hacen permanecer fuertes, jóvenes y vitales. Los sentimientos que reflejan estas imposiciones son un tanto peligrosos para cada individuo: desdén y desagrado hacia la propia persona. Se agregan los estereotipos negativos asociados al envejecer como ideas de enfermedad, impotencia, disminución de las capacidades mentales, fealdad, inutilidad, aislamiento y depresión. Esta violencia social y cultural provoca reacciones contra la edad y el miedo a no sentirse deseado, útil o necesario, prejuicios que acarrean formas de viejismo desde la juventud.
Ocurre lo mismo con los prejuicios positivos: existe una creencia de cuidado y amor de mentalidad compasiva hacia lxs viejxs: consiste en resolverles tanto aquellas tareas que pueden hacer por sí mismxs como aquellas que requieren alguna ayuda o acompañamiento extra. Esta práctica resulta negativa porque se cumple con aquello de que se es inútil en la vejez: se los desautoriza, aconseja y se imponen decisiones en nombre de “su bien”.
4.
Como dice Susan Sontag, en “Los dos cánones del envejecimiento”, las mujeres no envejecemos, cultural ni socialmente, igual que los hombres. Los estándares de belleza asociados a la juventud pesan fuertemente sobre las mujeres: el mercado nos ofrece cremas y tratamientos como botox, liftings, tomar colágeno en polvo, y muchas cosas más, para permanecer jóvenes y, como resultado, bellas. Sin contar que somos las mismas mujeres las que aún seguimos ocultando nuestra edad porque aprendimos que “la edad de una mujer no se pregunta” o “no se dice”.
Además de hacer todo eso y recibir el bombardeo constante de la belleza y juventud, con la menopausia, dejamos de ser deseadas desde la mirada masculina: no podemos ser madres desde un reloj biológico y nos convertimos en viejas. Para el patriarcado, ya no somos fértiles y reproductoras, es decir, no le damos hijos e hijas al sistema capitalista.
El envejecimiento poblacional es un hecho global. En Sudamérica, se espera que, para el 2050, se produzca un aumento del 20% de la población mayor a 60 años
Como si esto fuera poco, ahora se suman los discursos de las derechas, los neo-reaccionarios y conservadores que, sin importar a qué rama ideológica adhieran o militen, culpan a las feministas (cristalizadoras de los problemas que trae la familia nuclear tradicional, a favor del aborto y el derecho a decidir, cuestionadoras de los mandatos de la maternidad obligatoria y los roles de género patriarcales) por la baja natalidad y, por lo tanto, el crecimiento global de la población mayor al que ven como un problema para el cual los gobiernos ni la política están preparados.
Más allá de esto, hay una crítica que le podemos hacer al movimiento feminista: dejó de lado las políticas emancipatorias y derechos de las viejas. Como todos los movimientos políticos, el Feminismo se centró en las jóvenes. La revolución era de las hijas. Hay un punto: los jóvenes son los adultos del mañana y si se politizan, se supone que serán conscientes y continuarán las ideas políticas de resistencia, cuestionamiento y emancipación. Sin embargo, pudimos notar que no fue así. En el nombre de la “revolución de las hijas”, se dejó fuera a las viejas, relegando a las abuelas a las tareas de cuidado de sus nietxs y olvidándose de que el tan pregonado “eso que llaman amor es trabajo no pago” también debía aplicarse a los vínculos con nuestras madres y abuelas. Son estas las que siguen trabajando sin remuneración, sin tiempo libre, sin poder disfrutar de la sociabilidad, su sexualidad, placer y ocio. Sólo basta con mirar alrededor para notar a abuelas cansadas que deben cuidar a sus nietos, llevarlos al colegio, darles de comer y, además, la mayoría de las veces, ocuparse del marido, las suegras, acordarse de cumpleaños, aniversarios, el médico… la lista podría seguir. Se perpetuó un modelo de la “buena abuela”, siempre dispuesta, frente a una “mala abuela”, la emancipada. Es una deuda del Feminismo pensar estas cuestiones para comenzar a dar vuelta la situación porque a todas, jóvenes, adultas y viejas, nos urge la pregunta: ¿Qué tipo de vieja quiero ser? Por suerte, está surgiendo una nueva rama, el Gerofeminismo, que lucha por el derecho de las mujeres viejas y busca eliminar las formas de viejismo y violencia machista que recae sobre ellas.

5.
Nadie niega que existe un envejecer biológico, físico y psicológico. Como creo, a esta altura, nadie niega que hay un envejecer cultural. Esto último tiene dos aristas: por un lado, los prejuicios y estereotipos negativos que caen con las formas de viejismo; por el otro, mientras se envejece, muchas veces no encajamos culturalmente: no entendemos ciertos comportamientos de personas más jóvenes, nos perdemos en los gustos musicales, no nos interesan determinados temas ni formas de comunicación. Y no hay por qué hacerlo. Envejecer también es liberarse y retomar la sabiduría que hemos acumulado en el tiempo.
6.
No me quiero quedar con los aspectos negativos sobre el envejecer ni tampoco romantizarla. Creo que existe la posibilidad de revertir las formas de viejismo, revisar nuestras prácticas, nuestros prejuicios, y llevar una mejor vida: tener vínculos, amistades, una sociabilidad que nos acompañe a medida que pasa el tiempo. Liberarse de los prejuicios y obligaciones que nos imponen. Que establecer límites y decir “hoy no voy a llevar y traer del colegio a mi nieta” no se cargue de sentimiento de culpa para esos abuelos y abuelas. Pensar cómo y en qué espacios queremos vivir. Dejar las frases peyorativas como “Ok, boomer”. Reivindicar la sabiduría, que crece a medida que envejecemos. Darle valor a esa sabiduría es practicar nuevas formas de resistencia.
Hay un amplio abanico de opciones para imaginarnos y ensayar un futuro diferente. Actualmente, y tiene que ver con el crecimiento demográfico de la vejez, se está propagando la idea de una vejez activa: mantenerse saludable, hacer actividad física, vincularse afectivamente, hacer amistades, tener actividades recreativas, entre otras cosas. Pero con esto hago un paréntesis: debemos tener cuidado de que no se termine fomentando la hiperactividad y la vejez activa se transforme en un nuevo mandato: en eso también consiste la liberación. No menos importante es observar que estas prácticas son posibles si se tiene tiempo y dinero. La clase atraviesa el envejecer y la vejez. “Ser viejo es caro”, me dijo la otra vez una amiga, “salen caro los medicamentos, el médico, PAMI no cubre todo”. “El médico me manda a yoga o que vaya a tejido, que salga de mi casa”, me comentó una señora en el andén del tren, “y acá en el barrio no hay clases para gente de mi edad”. Se deberían generar políticas para vivir una mejor vejez y preparar a la sociedad para el presente y el futuro que viene. Todos deberíamos pensar en la vejez.
Hay una crítica que le podemos hacer al movimiento feminista: dejó de lado las políticas emancipatorias y derechos de las viejas. Como todos los movimientos políticos, el Feminismo se centró en las jóvenes. La revolución era de las hijas
7.
Hace poco, leí el libro La edad experimental (L’età sperimentale), de Erri De Luca. Ahí, y en el documental del mismo nombre, Erri escribe sobre su vejez y se cuestiona sobre el futuro de la vejez que crece globalmente. Sin cánones y con entusiasmo, ve la posibilidad que le da esta etapa de su vida de experimentarla. Realiza el documental y escribe el libro para mostrar solo un ejemplo de cómo se la puede vivir, rechazando los estereotipos negativos y modelos viejistas. La edad experimental es un relato sobre la posibilidad de contemplar la naturaleza y alimentar su pasión, el montañismo. Escalar montañas es un regalo que se hace a sí mismo todas las mañanas.
Cierro la nota con un intento de traducción al castellano de un fragmento. Erri De Luca dice así: “Aquello que tememos, sorprendentemente, tiene que ver con lo que podemos, finalmente, contemplar y admirar: tememos perder la vista a pesar de estar habituados a usar anteojos durante mucho tiempo, pero como es inevitable, tras años y años de los lentes sobre la nariz, la niebla del paso del tiempo nos envuelve, recordándonos lo afortunado que somos de poder seguir disfrutando de la luz. Lo mismo ocurre con oído, un sentido preciosísimo, que permite aliviar rápido la tristeza escuchando música. Pero tememos perder la memoria, la concentración, los amigos; tenemos miedo de no ser autónomos. Debemos ejercitar ser optimistas. El ejercicio físico puede alimentar el optimismo, y esto también lo descubrimos con el tiempo (…) Cada día me pregunto cómo me gustaría que me recordaran, pero, al mismo tiempo, no temo ser olvidado. ¿Será este el comienzo de la sabiduría?”.
(Fotos: Erri de Luca)



