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29 de junio 2023

Silvana Aiudi

ALGUNAS NOTAS SOBRE LA VEJEZ

Tiempo de lectura: 10 minutos

I

Solía hablar con mi suegro sobre Diario de la guerra del cerdo. A los dos nos gustaba Bioy Casares, o al menos eso nos decíamos, y en varias de las tantas charlas con Juan José, así se llamaba, nos reíamos con una misma escena: “La vida social es el mejor báculo para avanzar por la edad y los achaques. Lo diré con una frase que ellos mismos emplearon: a pesar de las rigurosas condiciones atmosféricas, el grupo se manifestaba entonado. Entre burlas y veras, mantenían un festivo diálogo de sordos. Los ganadores hablaban de truco y los otros respondían con observaciones relativas al tiempo. Arébalo, que tenía el don de ver de afuera cualquier situación, incluso aquellas en que él participaba, acotó como si hablara solo: —Un entretenimiento de muchachos. Nunca dejamos de serlo. ¿Por qué los jóvenes de ahora no lo entienden?”.

Después de recordar esa parte, Juan José se sentaba en frente del televisor a tomar mates que no compartía y se iba, dos por tres, para twittear desde una computadora vieja. Esa escena del libro de Bioy no tenía conclusión ni reflexión en nuestra charla. O no tenía por qué pronunciarse. Juan José era buen conversador, pero no sé a qué se debía que recordáramos ese libro y no siguiéramos hablando. Lo que sí sé es que se movía por la casa con esa tranquilidad que le permitía contemplar la situación desde la distancia, tal vez esa tranquilidad que constituye la felicidad.

Bioy escribió Diario de la guerra del cerdo en 1968 cuando tenía 55 años: no fue casual que hubiera escrito la novela en el momento que se sintió envejecer y obró en él como “una suerte de psicoanálisis herético”, de catarsis (eso dice en el prólogo). Vidal, el protagonista, jubilado descubre que los jóvenes decidieron atacar y amenazar a los viejos: se libra una guerra en donde la vejez se presenta con humor, crueldad y el inexorable sentimiento de muerte marcado por una lucha generacional.

Buñuel dice que hasta sus setenta y cinco años no había pensado en la vejez, pero en sus últimos cinco años se vio enfermar y empezó a quejarse del dolor de piernas, de sus ojos, de los olvidos: vio su propia vejez como una enfermedad

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Hace poco me enteré del poeta Hugo Padeletti y su libro Canción de viejo. Padeletti nació en 1928, en Alcorta, Santa Fe, y dedicó su vida a la pintura y la poesía. En 1966, se fue a la ciudad de Berna, tras obtener una beca, para estudiar la obra de Paul Klee. Después viajó a la India: necesitaba continuar una búsqueda espiritual que había comenzado de adolescente. Como para ese entonces manejaba el inglés y el francés, pudo leer obras budistas e hinduistas originales. Si bien escribió desde joven, no es hasta los ´80 que comienza a publicar sus poemas. Canción de viejo es del año 2003. Este libro es el fruto de un poema del mismo nombre que Padeletti escribió en 1992 y guardó en un cajón. Pasaron años hasta su publicación definitiva. En el prólogo, Padeletti dice: “En lo interno, se había producido una confusión de lo que suele llamarse el ‘yo lírico’ del poeta, en este caso, el mío, con voces provenientes de toda mi experiencia vital y cultural relativa al envejecimiento, la vejez, la muerte y el más allá”.

Al leer los poemas, se nota la importancia del tiempo y la finitud: “Sólo el bufón del Tiempo sospecho/ y me arrancó la máscara de oro./ Debo asumir desnudo,/ la vergüenza del polvo”. Como escribe Reina Roffé en “Hugo Padeletti y su Canción de viejo, en cada verso puede leerse cómo el mundo no puede ser conceptuado en su totalidad. Su “yo” autoral, su voz personal, se encuentra en un momento determinado: escribir de viejo y desde su interioridad. El ethos y pathos funcionan como una forma de comprender, desde su poética, el sentido del mundo y la búsqueda de trascendencia que sostuvo hasta casi sus 90 años: “Yo/ soy la víctima ahora:/ ya sin oro, / he de morir”.

II

El sentimiento de muerte, asociado al envejecer, es una línea inevitable en quienes piensan la vejez. Luis Buñuel escribe, en ese libro extraordinario Mi último suspiro (memorias), acerca del tema cuando tenía casi ochenta años. En el último capítulo, “El canto del cisne”, Buñuel comienza diciendo que sueña con una catástrofe planetaria que pudiera eliminar a todos los habitantes del planeta incluyéndolo a él: “Sólo y viejo, no puedo imaginar sino la catástrofe o el caos. Una u otro me parecen inevitables. Sé muy bien que, para los viejos, el sol era más cálido en la época lejana de su juventud”. En este capítulo final, Buñuel dice que hasta sus setenta y cinco años no había pensado en la vejez, pero en sus últimos cinco años se vio enfermar y empezó a quejarse del dolor de piernas, de sus ojos, de los olvidos: vio su propia vejez como una enfermedad. A diferencia de Padeletti, no hay trascendencia para Buñuel: era ateo. Y entre varios interrogantes que se hace acerca de la muerte, critica a la ciencia y el “horror” de la tecnología, se queja de los médicos por ser money-makers porque lo único que quieren es hacer dinero mientras extienden la vida de manera artificial. “Que se nos deje morir, llegado el momento, e, incluso, que se nos dé un empujoncito para partir más a prisa”, escribe. Buñuel odia su cuerpo de viejo y no es casual que, en este capítulo final de sus memorias, cite el libro La vejez (1970) de Simone de Beauvoir. En ese ensayo de seiscientas páginas, para Beauvoir, la vejez tiene como presencia insoslayable el cuerpo: un cuerpo vivido que metamorfosea dentro del contexto que lo rodea. El cuerpo es el centro de apertura hacia los otros, hacia un mundo que lo solicita y lo caracteriza.

Matilde, se define como “vieja” y asocia la vejez con la pérdida de su feminidad y la paralización de su vida sexual: “Mírame, mírame bien. Estas arrugas. Soy vieja, Ernesto. Podría ser tu madre”, le dice a su amante

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II

La vejez vista como algo negativo socialmente no es nada nuevo. En contraposición, existe la juventud como una virtud y se hace lo necesario para permanecer y parecer joven. Para el mercado, lxs viejxs son malos consumidores: hay poco para venderles. A partir de su etapa jubilatoria, lxs viejxs están en desventaja: son improductivos, considerados pasivos y se enfrentan a una desvalorización social. No son modelos positivos ni creativos, no tienen nada para ofrecer.

A la vejez la define y la excluye un otrx. Puede ser discursivamente a través de eufemismos, “adultos mayores”, “gente de la tercera edad”, “gente de cierta edad”; puede ser desde la política orientada hacia la juventud: lo importante es atraer el voto joven; puede ser desde la visión de las nuevas redes como tiktok: existen tiktokers que hacen gestos y señalan con el dedo, al estilo cine mudo con mímica y música de fondo, una lista de frases y palabras que caracterizan lo que ellxs denominan como “viejo meado”. La lista puede ser desde formas de conductas hasta de vestimenta basadas en prejuicios, que no hacen más que establecer nuevas formas de viejismo. Así se establecen modelos, nociones y expectativas de roles.

III

Los modelos de belleza y la vejez atraviesan los géneros y caen de manera doble sobre las mujeres. A las mujeres sí hay que vendernos todo aquello al servicio de la estética que define nuestra “feminidad” y juventud. No sé bien a partir de qué edad (no me queda claro aún desde qué momento de la vida de las mujeres el envejecimiento es un desvalor que hay que combatir) nos llega el aluvión de cremas antiarrugas, lifting, cirugías estéticas, tratamientos antiaging, medicina antienvejecimiento, tinturas para las canas. El cuerpo, la vejez y la belleza afectan social y culturalmente en la construcción de las mujeres y la capacidad de atracción sexual, construida desde la mirada masculina. Además, la vejez en las mujeres es establecida y relacionada, en las representaciones tradicionales, con la interrupción de la menstruación y la pérdida de fertilidad. ¿Cómo piensan las mujeres la vejez? ¿De qué manera la literatura y el arte hacen su aporte?

En la literatura, por ejemplo, la escritora Rosario Castellanos se encargó de narrar sobre este tema. En su novela Balún Canán (1959), una de las protagonistas, Matilde, se define como “vieja” y asocia la vejez con la pérdida de su feminidad y la paralización de su vida sexual: “Mírame, mírame bien. Estas arrugas. Soy vieja, Ernesto. Podría ser tu madre”, le dice a su amante. Otra de sus protagonistas se define por sus canas y su aspecto físico como algo negativo. En esta novela de Castellanos, los cuerpos de las mujeres son valorados solo cuando son jóvenes y fértiles, y se invisibilizan cuando pierden la capacidad de ser cuerpos deseables. La vejez no se percibe como un proceso gradual y vital, sino como una acción fuera, aparte, que se contrapone con la juventud, en la que la “fealdad” se contrapone a la “belleza”.

Bioy escribió Diario de la guerra del cerdo en 1968 cuando tenía 55 años: no fue casual que hubiera escrito la novela en el momento que se sintió envejecer y obró en él como “una suerte de psicoanálisis herético”

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Hace un tiempo, la artista Mónica Mayer viene accionando entorno al tema desde su proyecto Soy tan pero tan vieja que …. En su página de Instagram (paréntesis: red social si la hay que enaltece el binomio juventud-belleza por medio de sus filtros que alisan rostros, colocan pestañas, afinan narices, sacan las patas de gallo, rellenan labios, hacen pómulos rosaditos), escribe sobre la vejez desde el humor y su propia voz. Con sentido íntimo y político, trata sobre los cambios de su cuerpo, las costumbres y representaciones sociales, la militancia feminista, el tiempo. La escritura puede verse como un acto de subversión frente a las representaciones sobre la vejez en las mujeres, incluso como crítica a aquellas actuales edulcoradas. Algunos de sus posteos son:

25 de mayo de 2023

Soy tan pero tan vieja que… estoy pensando en convocar una marcha marchita, para feministas de mi rodada que ya no nos animamos a caminar kilómetros bajo el sol o correr si nos lanzan gas de extintor o del que sea o nos quieren encapsular.

23 de mayo de 2023

Soy tan pero tan vieja que… así sea viernes, (sábado, domingo, lunes, martes, miércoles o jueves), el cuerpo y las articulaciones lo saben.

10 de abril de 2023

Soy tan pero tan vieja que… aunque siempre he sido distraída y olvidadiza, hoy en día cuando la riego me ven condescendientemente con cara de “esta viejita”.

29 de noviembre de 2022

Soy tan pero tan vieja que… no solo adulta, sino adulta MAYOR, que ya lo decidí. Hoy no me voy a bañar.

28 de septiembre de 2022

Soy tan pero tan vieja que… ya entendí que a veces es importante lo que haces, a veces lo que haces con lo que haces y otras lo interesante es lo que otras personas hacen con lo que hiciste.

7 de enero de 2023

Soy tan pero tan vieja que… (léase feminista setentera) y tan, pero tan lampiña y tan pero tan coyona, que nunca me he depilado nada.

IV

Las formas de viejismo tienen que ver con la imagen negativa que liga el envejecer con enfermedades, con personas carentes de autonomía, asexuadas, improductivas, que se niegan a aprender, aisladas socialmente, inflexibles. Los roles que se establecen dentro de las familias, y afectan mayormente a las mujeres que son abuelas, es la de cuidar a sus nietxs. Esas abuelas, ya jubiladas, reproducen los roles de cuidado, de crianza y tareas domésticas que las mujeres llevaron a cabo en la familia tradicional por las lógicas del patriarcado. La frase “eso que llaman amor es trabajo no pago” también atraviesa a las abuelas en su tiempo, economía, sexualidad, deseos y vida cotidiana.

¿Qué hacer con el deseo y el tiempo?

La artista Ana Gallardo tiene un proyecto que se llama Escuela de envejecer. Nació de la necesidad de reflexionar sobre la vejez. A partir de su proceso y experiencia personal, comienza a buscar mujeres mayores de sesenta años que pudieran contarle sus emociones en relación con el tema e intenta dar visibilidad a la violencia del envejecimiento: trabaja con mujeres que están jubiladas y hacen o desean hacer todas las actividades que quisieron, pero no pudieron por trabajo, por las tareas domésticas, por obligaciones, por el mandato del cuidado de sus hijxs y maridos, o por prejuicios y prohibiciones propias que les tocó atravesar por el contexto social y cultural. A partir de la escucha de esas mujeres, Ana Gallardo arma performances o videos en los que se plasma el deseo: esas mujeres, luego de jubiladas, hacen lo que siempre desearon. Conversa con ellas, se hacen amigas, y si así lo quieren, esas mujeres dan a conocer, en la esfera pública, otras formas de envejecer para las mujeres, las formas que la sociedad no muestra. La idea es que todas esas mujeres sean maestras de aquello que aprendieron o desearon hacer durante la vejez y lo transmitan. Así se crean lazos afectivos que muestran y resisten la violencia de envejecer, la violencia de suponer que son descartables.

La frase “eso que llaman amor es trabajo no pago” también atraviesa a las abuelas en su tiempo, economía, sexualidad, deseos y vida cotidiana

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V

En el año 2013, empecé a intercambiar mails con Henryk Jaskula o Jim, como me pedía que le dijera porque así lo llamaban sus amigos. Jim había nacido en 1928 y, a sus casi noventa años, había decidido escribir la historia de su vida. Esa historia se llamó Mis dos patrias. Nunca conocí a Jim personalmente: él vivía en Polonia. Su primer mail me llegó vía mi pareja en el año 2013: era su tío-abuelo. El primer mail que recibí contenía una foto de un ramo de flores konwalie, luego saludos de Navidad, fotos con sus bisnietos y el Ave María de Schubert. Mis dos patrias empezó a llegar en el 2014 con ciertas órdenes de lectura escritas en el asunto del mail: “No lean más allá del prefacio”, “Frenen la lectura de Mis dos patrias”, “Versión acabada de Mis dos patrias”, “Se encontró errores. Aquí envio Mis dos Patrias tras la última corrección (del 9 III 2015), marcada con cuatro estrellas rojas. Las versiones anteriores hay que anular. Trataré de añadir algunas fotos – si alcanza el tiempo”.

El tiempo alcanzó para que Jim finalizara y corrigiera todas las veces su autobiografía. Cuenta su niñez en Argentina, la fundación de Loma Negra, donde trabajó su padre, sus años en la escuela, sus viajes en tren a La Plata y los motivos de su emigración a Polonia: “Mi último boleto mensual del carnet de ferrocarril de Plaza Constitución a La Plata tiene la fecha de noviembre de 1945. Es un documento que señala, que en el nuevo año de estudios en 1946 dejé de viajar a la Facultad, deserté de mis estudios, me rencarrilé en una línea completamente distinta, ajena, arriesgada, desconocida. En 1946 rompí las cadenas del deber, vivía ya en un mundo virtual, en una Polonia socialista, donde se estudiaba sin esfuerzo”.

Jim tenía un espíritu aventurero: había sido navegante y fue el primer polaco en dar la vuelta al mundo en yacht. El último mail que recibí de él fue en el 2018. El asunto decía “¿Cómo acabará el mundo?” y tenía fotos de animales en peligro de extinción y otras, con las consecuencias del calentamiento global. Jim falleció en mayo del 2020 a los 96 años. Mis dos patrias termina así:

“Una pregunta que se puede hacer a los noventa años: ¿quisieras vivir de nuevo, desde el nacimiento, toda la vida, hasta hoy? En lugar de recibir con risa esa pregunta sorprendente, plantearé otras: El que nace, ¿Qué tiene ante sí? ¿El placer de vivir, o el deber de vivir? Cuando se vive, ¿se goza de la vida, o se lucha por la vida? ¿Será lo uno y lo otro? En este caso ¿qué prevale? Trato de imaginarme qué respuesta diría el día que recibí el diploma de ingeniero, si se me preguntara: ¿quisieras estudiar de nuevo, desde el primer año del colegio secundario? Creo que con gran sorpresa respondería: ¿Para qué? ¿Por el placer de estudiar, que en realidad más que placer era trabajo arduo? Respondiendo a aquella insólita pregunta, diría: absolutamente no quiero ninguna otra vida, me siento feliz y héroe, que he cumplido la presente, sin más disturbios de los que hubo. Reconozco, que gracias a esos disturbios esa vida ha sido una de las más interesantes, pero alcanza. ‘Once is enough’”.

(Imágenes: Ana Gallardo)

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