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10 de abril 2022

Lala Toutonian

ENTREVISTA A RODRIGO FRESÁN: “CUANDO LOS ESCRITORES MUEREN, TERMINAN SIENDO LOS FANTASMAS DE SUS LIBROS”

Tiempo de lectura: 12 minutos

Melville de Rodrigo Fresán reconcilia con la literatura hispanoamericana contemporánea. Así, sin más. El libro resulta la novela necesaria para rescatar de los abismos narrativos, una nueva lengua que vuelve a maravillar como los grandes clásicos. Cierto sortilegio, encantamiento sobrevuela la novela y lleva a caminar sobre hielo, hipnotizado, el lector de la mano de los Melvill, ambos: padre e hijo. Y así enredarse febrilmente en esa relación paterno filial que conduce a un final inexorable: la vida, la muerte. Fresán no necesitaba escribir esta novela para definirse como uno de los grandes pintores de letras de nuestro tiempo pero lo hizo con Melvill (Literatura Random House, 2022). ¿El resultado? Extraordinario, único. Vale, lo digo: perfecto

¿Es Melvill una biografía ficcionada con la que creaste un nuevo género?

No sé si Melvill es un nuevo género. Están las figuras de Hermann Melville y de su padre Allan Melvill, que me interesaron desde que leí una biografía de Melville y me quedé con esa escena del lago congelado, e inevitablemente pensé como lector: “Qué lástima que no hubiera cruzado el lago congelado con el hijo”. Como escritor que soy, segundos después me dije: “Yo puedo hacer que lo crucen juntos”. Todo el libro es un viaje y conduce hacia esa reescritura. Pero más allá de las figuras Melville y su padre, el tema del libro es primero algo que existe en todos mis libros: la infancia como territorio de formación o deformación, después la exploración desde el misterio de la vocación literaria y por qué se lee y por qué se escribe, y en este caso, más que nunca, la manera en la que uno como padre piensa que está escribiendo a su hijo y en poco tiempo se da cuenta que es tu hijo el que está reescribiéndote a vos. El que va a contar tu historia no vas a ser vos mismo, sino tu hijo.

En esa ficción, el padre sin exigirle, le pide que lo escriba.

Claro, y eso es una hipótesis mía. Los tres momentos verídicos del libro son: el cruce del río Hudson esa noche, y por esos motivos, el hecho de que el padre de Melville estuvo agonizando durante varios días con el hijo al pie de su cama montando guardia. Pero no hay constancia alguna de la naturaleza de ese delirio, ni lo que dijo. Y por último la amputación, como si fuera la pierna de Ahab, de falta de la letra “E” (en Melville). Esas son las patas ciertas y delgadas del libro y luego hay una cuarta que es la más ancha de todas: la ficción.

Recorriendo todos tus escritos, pareciera que es una obra conceptual sin serlo necesariamente.

Yo soy un patológico maníaco referencial en toda mi obra. Cuando salió el disco de Los Beatles, “Sgt, Pepper Lonely Hearts Club Band”, recuerdo haber visto la tapa, a los cinco años de edad, e inmediatamente me intrigó saber quién era toda esa gente. Creo que mis libros son un poco portadas del “Sgt. Pepper”. En Melvill hay un personaje que dice: “Muerte a la cronología” y en el libro aparecen los Beatles, 2001: Odisea del Espacio, Frank Capra, Mark Rothko y la caída de las torres del World Trade Center. Eso es algo que se repite en todos mis libros. Yo percibo a cada uno como capítulo de una gran obra en desarrollo. No es algo que esté hecho de una forma consciente y no lo planteo de ese modo, ni está planificado, pero evidentemente se da así. Además es algo que se corresponde con los escritores que más me gustan, como Nabokov, Proust, Cheever.

"Fresán no necesitaba escribir esta novela para definirse como uno de los grandes pintores de letras de nuestro tiempo pero lo hizo con Melvill. ¿El resultado? Extraordinario, único. Vale, lo digo: perfecto"

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Entonces cada obra tuya es parte de un todo.

Yo creo que sí. Hace poco se me ocurrió una idea muy loca, la de escribir un libro que se llamara Mi libro Malo. No en el sentido de que estuviera mal escrito, pero sí que estuviera en contra de lo que se supone que es mi estilo reconocible y que buscara ser una cosa completamente diferente. Me tentó la idea como ejercicio, a ver qué me salía. Pero soy consciente de que si aceptara ese desafío contra mí mismo, a las tres páginas volvería a intentar escribir mis libros buenos de siempre, en el sentido de buenos para conmigo mismo, no me refiero a la calidad.

Hablemos de la importancia de la edición, de la figura del editor a la hora de que “te toquen tus letras”. ¿Cómo lo vivís?

La verdad es que no me tocan demasiado las letras porque saben lo que les espera y están resignados. Durante mucha de mi obra, mi editor era Claudio López Lamadrid (editor español fallecido en 2019), hicimos cosas importantes juntos. Por ejemplo, me encargó un libro que nunca hubiera escrito si no me lo hubiera pedido, que es Mantra, y después me dio carta blanca para que escribiera mi trilogía monstruosa, que no sé cuántos editores me lo hubieran permitido. Pero en términos de toqueteo o corrección del manuscrito, conmigo ya saben qué campo transitan. Estoy jugado yo y están jugados ellos. Con Melvill sí detecté con Miguel Aguilar, mi editor actual y con Juan Boido, mi editor en Argentina, un enorme alivio de su parte cuando entregué el manuscrito y vieron de qué se trataba, de que el libro no se hubiera llamado La parte Melvilliada y tuviera 900 páginas. Creo que tenían miedo de que volviera con otro libro enorme o con algo como la trilogía anterior.

Tal vez el libro podría haber tenido incluso más de 900 páginas.

Sí, y yo luché mucho contra eso conmigo mismo. Por un lado, hay una biografía de Hermann Melville que yo menciono en el libro, la de Hershel Parker, que tiene 2000 páginas, y además existe infinito material sobre Hermann Melville que podría haber utilizado para hacer más interesante el libro, tal vez, pero lo que me interesaba era que el personaje fuera Allan, su padre.

Como decías al principio, más allá de lo biográfico, el libro trata de una relación paterno filial.

Es eso el libro. Después está la segunda parte, que no estaba para nada en mis planes. Esa fantasmagoría veneciana no estaba planificada cuando empecé a escribir el libro. Me reía mucho con Mariana (Enriquez) porque yo estaba buscando la figura de un vampiro y quería que fuera uno con nombre argentino. Se me ocurrió Nicolás Cuevas. Después me di cuenta que se podía tomar como Nick Cave y me dije: “Nick Cave es de Mariana”. Más allá de esa anécdota, lo que decía era acerca de los límites que me puse. Esa segunda parte del libro podría haber tenido 400 páginas y haber sido algo como Mason y Dixon de Thomas Pynchon. Así que en todo el libro luché contra mis impulsos naturales y mis adicciones o vicios de escritura. Por eso no tiene 900 páginas. En algún punto es el mismo proceso que hace Melville sobre el final de su carrera, cuando escribe Billy Budd y sus libros se vuelven más medulares, más de marinería, nada que ver con Moby Dick.

Nombrabas la infancia como algo propio de tu obra. Creo que no la romántizás, sos bastante crudo.

¿Te parece? Me intriga esto ¿Te referís a la mirada sobre la ideología y el espíritu de la época?

Me refiero a que en la ficción contás que Melville cruza junto a su padre el río helado y esa es la última etapa en la vida de Allan; lo que queda es el recuerdo de Hermann, es mucho más crudo en tu libro de lo que debe haber sido en la realidad, psicoanalíticamente hablando. Eso no lo romantizaste para nada.

Sí, es verdad, hay algo de implacable o de no romántico en todo eso. Es que el libro se vale de una situación muy singular para tratar algo muy universal. Ese final con el padre puede ser trasladable a muchísimos padres/madres e hijos. Algunas personas que me conocen bien y conocían bien a mi padre también, que son argentinas, en el sentido de que tienen como un cierto acervo psicoanalítico implícito, me han dicho que es como un ajuste de cuentas con mi él o un tipo de redención. Les explicaba que en ningún momento a esta altura de mi vida me preocupa que mi padre haya sido Allan Mellvill, lo que me preocupa es el hecho de no ser yo Allan Mellvill para mi hijo. Está trasladado hacia adelante, no va hacia atrás.

"Leí una biografía de Melville y me quedé con esa escena del lago congelado, e inevitablemente pensé como lector: “Qué lástima que no hubiera cruzado el lago congelado con el hijo”. Como escritor que soy, segundos después me dije: “Yo puedo hacer que lo crucen juntos”."

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Mencionabas como recurrente en tus obras las referencias a las que apelás. En Melvill hay muchísimas y a veces imperceptibles -artistas, obras, etc-. Por ejemplo, al cantante Moby, que es realmente el bisnieto de Hermann Melville.

Estoy muy orgulloso de que de algunas de esas cosas, creo, nadie se haya dado cuenta hasta ahora. Comento algunas: hay un momento al principio del libro en donde Hermann y el padre están como en el barco y sueñan con la misma cosa. Esa es una referencia a Pnin de Nabokov en donde el padre y el hijo sueñan lo mismo al mismo tiempo y además sueñan con Pálido fuego, una novela que Nabokov todavía no había escrito. Otra, es en el momento en el cual el padre le dice a Hermann “Vive y no te pierdas de nada”, es una referencia a Los Embajadores, de Henry James. De la que yo más estoy tontamente orgulloso, es ese momento en el cual hay como unas transcripciones de un cuaderno de caligrafía del padre de Melville. Ahí hay dos que son verdaderas, que yo las encontré, pero hay una que dice “dictado” y son como palabras sueltas, que si las leés de seguido son la letra de “Wish You Were Here” de Pink Floyd.

Me gustaría saber qué opinás de esta proliferación de autoficción actual.

Antes había una situación clásica en la cual uno estaba en una reunión o en una fiesta y se acercaba alguien, sabiendo que eras escritor, y te decía: “Mi vida sería una novela que ni te imaginás”. Ahora la escriben. Antes querían que la escribieses vos. Ahora directamente la escriben. Siempre hubo autoficción, pero si uno va a contar su vida tienen que pasar dos cosas: que la vida sea realmente muy interesante o que no tenga ningún interés pero seas Marcel Proust. Me parece también que es un reflejo actual del uso de las redes sociales, en donde la gente se la pasa contando su vida y creen que porque tienen muchos followers eso los certifica a que su vida tenga mucho interés.

¿Qué leés hoy?

Leo de todo, pero mi zona de especialidad es la literatura norteamericana e inglesa, porque además reseño mucho sobre eso. Ahora estoy en una etapa en donde releo mucho también, me parece algo fascinante cómo va cambiando el libro de la lectura a la relectura. En el año de la pandemia tuve una experiencia bastante interesante, que no creo que vuelva a repetir, como jurado de Granta, que me obligó a leer unos 99 libros de jóvenes escritores latinoamericanos y españoles menores de 35 años. Por un lado, por una especie de curiosidad y por otro lado, para que nadie pudiera decirme que no leo a los jóvenes. Los leo a todos, sé todo de ellos. Fue una experiencia muy interesante, porque hay escritores de los que leí que me parecieron increíbles y me gustaron muchísimo.

"Siempre hubo autoficción, pero si uno va a contar su vida tienen que pasar dos cosas: que la vida sea realmente muy interesante o que no tenga ningún interés pero seas Marcel Proust. Me parece también que es un reflejo actual del uso de las redes sociales"

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Pero tu lectura habitual no sería esa.

Si me preguntás qué leo, antes de escribir Melvill, estaba leyendo literatura del siglo XIX. Novelas en donde no haya teléfonos móviles para mí son un alivio. Que un personaje tenga que subirse a un carruaje para ir a encontrarse con otro personaje y te vaya relatando lo que ve por la ventanilla del paisaje en lugar de estar mirando la pantalla de un móvil es un placer. Mientras bailaban hablaban el uno con el otro. Son novelas que tenían una función social importantísima, porque eran leídas por alguien que podía nacer y morir en la misma cama y en la misma casa, entonces cuando le decían “Londres” no había ninguna referencia audiovisual y había que describirlo y narrarlo. En ese sentido, en la escritura de Melvill no me podía ir a ese extremo, pero sí en lo que hace a la época y a la descripción de las ciudades o la interrelación de los clanes, me preocupaba que hubiera una cierta respiración e intensidad decimonónica, por más que tuviéramos ya todo inventado. Tengo siempre muy presente una novela a la hora de tomar algo real y revolucionarlo por completo, que es un libro que yo admiro muchísimo y que leo y releo, que es El Paciente Inglés, de Michael Ondaatje. La persona en la que está basada el personaje no tuvo un accidente en avión ni se quemó, era gay y Ondaatje lo convierte en una especie de gran rey romántico. La novela es muy metaficcional y posmoderna, no es una novela al uso. Lo que me encanta, es que después cuando se filma la película, que es muy buena, traiciona al libro de la mejor manera posible y lo convierte como en una película de David Lynch.

O volver al realismo ruso…

Siempre se ha dicho que Madame Bovary y Anna Karenina son los dos grandes monumentos de la novela realista. A mí me parece que son de lo más irrealistas que hay porque la realidad no es tan dramáticamente ordenada  Puede ser realista la historia, pero no la cadencia o el modo en el cuál te cuentan esa historia. Moby Dick, que en su momento fue tomada como la novela de un loco por todos los enciclopédicos, para mí está mucho más cercano al modo en el que piensa cualquier persona más o menos cultivada. Incluso Jane Eyre tiene un momento impresionante a nivel metaficcional cuando dice: “Lector, me casé con él” (“Reader, I married him”). Le habla al lector. El personaje es consciente de ser personaje de un libro.

"Me pasaba con Borges que cuando leía un cuento suyo, para mí no había ninguna diferencia entre un cuento de Borges y un capítulo de La Dimensión Desconocida. Tenían el mismo grado de radiación e intensidad y de curiosidad en cuanto a cómo organizás una historia y contás un cuento"

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Melvill obliga a releer Moby Dick.

Hay que leerlo cada tanto. Está muy bien de verdad. Incluso si ya lo leíste, podés releer algunas partes, porque las hay imperdibles. Lo que decíamos recién de Jane Eyre con su “Reader, I married him”, también lo podemos encontrar en Moby Dick: ese momento del capítulo La fuente, donde habla del chorro del espiráculo de las ballenas, y escribe: Pongo por escrito esta línea, tal hora de tal día del año del Señor, y es él, es Hermann Melville en la novela y después no vuelve a aparecer nunca más.

Los agradecimientos tuyos en el libro, casi un capítulo más.

Suelo hacerlo en mis novelas y a muchos les molesta, lo toman como un exhibicionismo y yo lo hago realmente para dar las gracias en sí. En la literatura en inglés están obligados legalmente a poner todas las fuentes que usaron, pero me parece que en la literatura argentina se tiende mucho a barrer bajo la alfombra. A mí las alfombras nunca me han gustado, me gusta el parquet bien lustrado, que se vea bien todo. Si alguien me dio algo, ¿cómo no reconocerlo? Va más allá de la literatura, es decir “gracias”. Cuando hago las enumeraciones de libros y conducen a que alguien lea los lea porque le interesa un autor, siento mi misión cumplida. Si alguien llega, a propósito de leer mi Melvill, a leer a Hermann Melville, misión cumplida para mí.

Es un gran puente, cómo no.

Yo descubrí muchos autores de ese modo.

Yo también. Por ejemplo, todo el mundo dice: “Borges es mi maestro” y en mi caso, Borges es mi maestro porque lo leía y tenía que ir a la biblioteca a buscar todo eso que nombraba en sus libros porque no tenía idea de qué estaba hablando.

Me pasaba con Borges que cuando leía un cuento suyo, para mí no había ninguna diferencia entre un cuento de Borges y un capítulo de La Dimensión Desconocida (risas). Tenían el mismo grado de radiación e intensidad y de curiosidad en cuanto a cómo organizás una historia y contás un cuento. No tuve ningún devenir académico posterior, y me da orgullo no tenerlo, porque me interesa conservar esa impresión en la cual yo leí a Borges del mismo modo que Borges leía a Stevenson: como se lee un cuento de aventuras. El libro de Alan Pauls, El Factor Borges me encanta, y yo le digo a Alan que lo siento mucho pero lo leo como un libro de ficción. No tengo una capacidad de análisis de Borges como tienen todos los intelectuales argentinos y tampoco me interesa tenerla. Me interesa conservar el Borges mío.

"La literatura argentina debe ser la única en español, del mundo y la galaxia, en la que todos sus autores canónicos y próceres han frecuentado la literatura fantástica y el cuento extraño y la ciencia ficción. No pasa con ninguna otra literatura. Es muy raro como rasgo distintivo."

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La literatura fantástica argentina…

La literatura argentina debe ser la única en español, del mundo y la galaxia, en la que todos sus autores canónicos y próceres han frecuentado la literatura fantástica y el cuento extraño y la ciencia ficción. No pasa con ninguna otra literatura. Es muy raro como rasgo distintivo. Es una literatura de género. Borges, Bioy, Cortázar, Piglia, Aira, Fogwill. Debe haber algo en el aire, o tal vez es un punto de fuga porque la realidad es terrorífica. Cuando me preguntan si creo en los fantasmas digo que sí porque son los muertos que están escritos por los vivos, ya que “el muerto” dura un segundo, pero después todo lo que construís de esa persona es su fantasma. Yo he conocido muertos que me resultan más importantes que cuando los conocí vivos. Tienen un peso cotidiano para mí y están mucho más presentes que cuando los conocía de este lado. Para cerrar el círculo, eso es un poco lo que pasa en mi novela Melville. El padre, Allan, en mi novela, para Hermann Melville estaba muchísimo más vivo, presente, paternal y mucho más decisivo como padre para él, a partir del ejercicio de reescritura y de reinvocación como médium que hace para traerlo de vuelta. En un momento de la novela hay una enumeración que dice “Los muertos son… los muertos son… los muertos son…”.

Poesía pura.

Si querés ir un poco más lejos, cuando los escritores mueren, terminan siendo los fantasmas de sus libros. Cuando están vivos, el libro es el fantasma del escritor. Cuando muere el escritor, se invierten las polaridades, queda el libro vivo de este lado y el escritor se convierte en el fantasma.

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