20 de julio de 2026
“Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio.”
(Emma Zunz, J. L. Borges)
A Borges no le hubiera gustado el siglo XXI. Clavado que no. Entre sus palabras distinguidas seguramente encontramos “pudor”, la usaba y la ejercía. Y esa palabra nos remite a una forma dentro de las mil formas del siglo XX. Fue un siglo atroz, pero también el siglo del pudor, la sobriedad, la privacidad, cierto recato, comparado al siglo que vivimos. El 90% de la vida de una vida ocurría un poco como el árbol que cae en un bosque y nadie lo escucha: metida para adentro, entre cuatro paredes, sin tanto ruido o sin alguien que escuche el ruido. Y si no había pared, aunque sea un biombo.
Mi abuela materna, Elsa -otra vida pura de ese siglo-, una vez nos recibió en su casita de Villa Quillinzo, cerca de Embalse Río Tercero, Córdoba. Era el verano del 99. En la casa había un solo cuarto y lo teníamos que compartir entre ella, mi novia de entonces y yo. La abuela puso un biombo largo que separaba las dos camas. La suya y la nuestra. Señaló el biombo y dijo con su voz cascada: “Yo me encargo de no ver, ustedes se encargan de que no escuche”.
Quillinzo tuvo quince minutos de fama ese año: en las elecciones de octubre empataron 90 a 90 radicales y peronistas. Mi abuela, que no votaba ahí, de corazón duhaldista y amistad amplia, pasaba la mitad del año en Quillinzo y creía saber qué votaba cada uno. Porque en ese siglo al algoritmo lo llevabas dentro: tanta proscripción, tanta inflación, tanto cambio de moneda, tanta guerrilla y represión, tanta rutina laboral monótona, todos se volvían sociólogos de apuro.

Pero votar en elecciones libres, el glorioso voto secreto, la trabajosa herencia del siglo XX, también dibujaba ese espacio inasible del otro. El cuarto oscuro. El conmovedor voto secreto que aún perdura, de alguna manera, también nadando contra la corriente de este siglo XXI: poder tirar la piedra y poder esconder la mano. El voto “Yo No Fui”. Sin camaritas municipales. La libertad y el derecho de un pueblo a ser taimado, a votar lo que se le canta. Por eso mucho del “patrullaje ideológico” en redes sociales pareciera representar una breve escena de terror: SÉ LO QUE VOTASTE LA ELECCIÓN PASADA.
Mi abuela no leyó a Borges, pero venían de la profundidad de ese siglo, y compartían algo: la costumbre natural de preservar su “jardín secreto”, la intimidad innegociable, el pudor y no como ausencia de maldad, sino como discreción. Y eso que la vida de mi abuela tenía mucho de desconche: novios, amantes, levantes en casamientos, cien anécdotas. La abuela simplemente era de armas llevar.
Un día presentó a su último novio formal, al que terminó engañando, pero sostuvo como institución estable una buena pila de años. Vivían en una casita en Villa Tesei, una ratonera que era de él. Así que el día de la presentación llegaron a nuestro depto familiar con la mejor pilcha. Años 80. Finales de esa década. En casa los esperamos con regia cena. Mis viejos apostaban a esa relación. Elsa era bravísima, necesitaba un tipo fuerte al lado. Ángel parecía eso. Traje oscuro, poco pelo y engominado. Trajo masitas en una bolsa de una panadería. Pero se presentó directo, aunque bajando la voz, y como si nada, ni bien se jugaron las cartas en la cena: “soy nacional socialista”. Lo dijo como diciendo abstemio, celíaco. Contó que estuvo en el acto del Luna Park del 38, que después quiso ir a pelear a Alemania, a defender Berlín. Los nazis argentinos, nuestros arios de roña criolla. No tenía familia Ángel. Una hermana perdida en Mendoza. No tenía hijos. Había una generación y un mundo para el cual ser nazi formaba parte de un ramo de “posibilidades” ciertas, identificación forjada antes del humo de Auschwitz (que igual cuando “se supo” el holocausto tampoco lo mosqueó). Mis padres -que habían querido hacer la revolución la década anterior- podían a la vez compartir cena y familia con alguien que se declaraba así. Aún no habían llegado los “malditos 90”, ni su etapa superior (la era K), donde empezó a funcionar la corrección política, y había que empezar a salir a la calle portando credenciales de “las condenas al día”. Había que condenar todos los genocidios. El armenio, el judío, el indio. Hacerlo, y sabiendo cómo decirlo. El lenguaje empezaba a ser un campo minado. A Ángel lo vimos un par de veces más. La abuela hablaba pestes de él. Y lo engañaba con uno que le decía “el Gordo”. Uno que arreglaba termotanques, heladeras y todo lo que se rompía a propósito en la ansiedad de la abuela. Ángel no salía de la casa, no salía de la pieza, no salía del nacional socialismo. Se guardaba como un secreto así: vida discreta de jubilado con un pasado impreciso. Porque, ¿de qué había trabajado? Misterio.

Esa primera cena Ángel nos enseñó a mi hermano y a mí que es peor que “te roben con arma blanca que con arma de fuego”. Estábamos solos en la habitación los tres. Era común. En los años ochenta el plan democrático de pacificación nacional incluía artes marciales y defensa personal. Menos FAR, más karate. “Si les vienen a robar y tiene una pistola y tiembla, atentos: el que está nervioso dispara”. Era nuestro Señor Miyagi de raje. También nos dijo que había jugado en la Segunda de San Lorenzo. Nos dijo que después de jugar al fútbol había que masajearse las piernas con alcohol. Nos quiso mostrar cómo. Pero con el ojo de lince con que un tachero distingue un uber a mil metros, un chico despierto distingue un bufarrón en una pieza. “No hace falta, Ángel”, dijimos.
Un día ese Ángel murió de un bobazo. De golpe. Seco en la cama. La abuela avisó con susurros, llamando desde donde lo hacía siempre: el teléfono público de un kiosco. Avisó y cortó. Lo veló por unas horas y a cajón cerrado. “No hace falta que venga nadie”, dijo. No sea cosa que cayera alguien a pedir herencia, pensó. La acompañaba su vecina Luisa, con la que amaban odiarse, pero no se perdían rastro. Estar juntas era la devoción por confirmar las desgracias de la otra. Ni un alma fue, entonces, ni flores de una Mutual. Subió el Angelito al cielo. Ella, al lado del cajón, custodiando su seguro de vida: que quede bajo tierra, “que la tierra le sea leve”, como dicen los ateos ahora. Y que la casita de Tesei pasara entera a sus manos. Elsa quedó viviendo ahí. No había herederos. Todo a salvo.
Dos décadas después la que murió fue la abuela, y ahí sí que lloramos. Dama de hierro inolvidable. Pero entonces recién pudimos meter mano en unas cajas que quedaron arriba de un modular rotuladas como “Recuerdos de Ángel” escrito en birome roja. Ahí, platos blancos de porcelana con la inscripción SIFA. Decía Intelligentia Defendit Et Freit. ¿Qué supimos? Que Angelito había sido de los servicios de la Policía Federal. Otro empleado de planta de los sótanos del Estado. Miedo al arma blanca. Un servicio, un viejo hurón del Estado que había sido nazi y secuaz de las guerras frías, aunque a la última dictadura llegó jubilado y no tenía que rendir cuentas. Así, ese Ángel, esa vida completamente olvidada, se presenta ahora con su espectro remoto como otro contraste contra el tiempo actual y la dificultad por mantener la discreción a raya: pensemos en toda esa escena de 2024 cuando se “debatía” sobre los millones de fondos reservados para la nueva (vieja) SIDE. Un presupuesto participativo discutido en Twitter. La SIDE: si mirás la política, las operaciones judiciales, los medios “nuevos” de todos los palos, los viejos y nuevos ensobrados, los gatos, la plantilla de militancias, algunos canales de streaming, etcétera, deducís que es más fácil saber en qué se gastan los fondos reservados de la SIDE que un presupuesto educativo. La democracia hoy se parece al siglo XXI de LAM: nadie se aguanta un secreto. Ya es un rasgo de este siglo: la relación impúdica con la guita. Desde la máquina cuenta billetes de La Rosadita hasta el caso LIBRA. Velados, todo a la luz. Hasta la fe. A veces ocurren milagros: personas que entran a rezar a una Iglesia y no lo instagramean.
A Perón en septiembre del 73 lo votaron hasta los anti peronistas, a Alfonsín en el 83 lo votaron peronistas, a Menem en el 95 lo votaron anti peronistas, a Kirchner finalmente lo votó el progresismo
Volvamos a Borges. Pudor, sí, pero también vimos en muchas entrevistas (conversaciones inmejorables con el gigante de Antonio Carrizo) que no se privó de autoelogios, de valorarse algún verso propio, aunque con risa nerviosa, más vale. Y no se despojaba de la crueldad contra blancos fáciles o difíciles que Carrizo, divertidísimo, le dejaba al pie: Neruda, Cortázar, Gabriela Mistral, Horacio Quiroga. Todos muertos al momento de la entrevista, pero con el canon al mango. Borges comenzaba la frase, tembloroso, como quien saca un puñal de su saco, lo limpia con la lengua, y lo clava. Y fue al propio Carrizo a quien Borges explícitamente le confiesa que el pudor es “una de las virtudes más importantes que puede tener un escritor”. Las razones obvias: “La capacidad de callar, de no decir todo, es fundamental para la literatura”. En “El factor Borges”, Alan Pauls escribe un capítulo llamado “Política del pudor”, y ahí señala a un Borges promotor del “Menos, menos, siempre menos”. “La dupla énfasis / pudor será para Borges un criterio de valor, un paradigma evaluativo…”, señala AP.
En archivo queda la visita de Borges en la TVE. Ahí vuelve a repetir sobre García Lorca la condición de “andaluz profesional”. Ya era la España del deshielo y la transición, con Lorca eternamente vestido de “mártir”. Pero Borges era tan genial como injusto. Ese calificativo (“profesional”) lo traía arrastrado para muchas cosas. Estaba en su visión de la gauchesca y la elite literaria inventora de una “lengua popular”, estaba en todo el argumento de “El escritor argentino y la tradición” (“como si los argentinos solo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo”), lo repetía en su juicio sobre Gabriela Mistral (una latinoamericana profesional), estaba contra todo lo deliberadamente local y contra las imposturas. Su metáfora sobre los “camellos del Corán” era perfecta. Que no haya camellos merodeando las cientos de páginas de aquel texto era la prueba de que lo había escrito un árabe. Una especie de diatriba que se podría actualizar contra todos los “populismos” en su torre de marfil, contra todas las disputas letradas en torno a “lo popular”, los juicios sumarios contra Messi y la romantización guevarista de Maradona (que consiste en borrar la mitad de su galería de fotos “contradictorias”). A Borges no le hubiera gustado este siglo XXI porque es un siglo de camellos. Camellos por todos lados. Siglo de imposturas, de rezos conversos en vivo, de exceso de “énfasis local”, de política del yo (la etapa superior de la política de identidad ya presentes en el siglo XX), donde hasta el Indio Solari perdió su cuidada aura de misterio ricotero. Y un siglo, además, de guerras ansiosas y sin suspenso, a lo Trump, donde la línea empieza por el final como en Venezuela o Irán: primero matar al tirano, y después vemos lo demás.
Por supuesto que Lorca era muchísimo más que esa reducción técnica. Pero la eficacia de una metáfora a veces encierra eso “de más” que le agrega sangre en una dosis de injusticia que la hace más eficaz. ¿Qué profesionalidad habría en un monólogo de Yerma? Y, a su vez, si damos vuelta la flecha hacia Borges, podemos también pescar en él ya un mismo pecado: a un “borgiano profesional”. Algo de eso marcó Fogwill en 1986 con su reseña de “Los Conjurados”, el último libro de poemas de Borges, señalando la “redundancia”, los “lugares comunes” y el “saqueo al tesoro borgeano”, y que también es “el único contemporáneo con esa prerrogativa”. Escribir “El sur”, “El evangelio según Marcos” o el “Poema conjetural” concede derechos: la profesión de sí mismo.
De Lorca en Yerma: “Yo tengo la idea de que las recién paridas están como iluminadas por dentro y los niños se duermen horas y horas sobre ellas, oyendo ese arroyo de leche tibia que les va llenando los pechos para que ellos mamen, para que ellos jueguen hasta que no quieran más, hasta que retiren la cabeza: ‘otro poquito más, niño…’ y se llene la cara y el pecho de gotas blancas”. Hijo, pecho, leche tibia, gotas blancas. Borges haría puaj ante el barroco de un cuerpo lactante. Pero la línea de Lorca es perfecta.
La democracia hoy se parece al siglo XXI de LAM: nadie se aguanta un secreto. Velados en la luz. A veces ocurren milagros: personas que entran a rezar a una Iglesia y no lo instagramean
¿Cómo eran las personas en el siglo pasado? ¿Cuánta impronta, a cuántas cosas no hacía falta ponerle el cuño personal? Parece mentira, pero esa pregunta va adquiriendo una cierta validez. Se habrá cancelado el futuro, pero del pasado nos seguimos alejando. Se me viene a la mente una imagen conocidísima, familiar. La de “Beto”. Un radical tan lista 3, de boina blanca, un voto orgánico hace sesenta años. Enorme persona, clase media hasta la médula, docente y porteño, funcionario intermedio en las temporadas radicales en el gobierno (en el infierno). Como bien nacido de un siglo de milicos: se levantaba “al pedo, pero temprano”. Un recuerdo suyo se remonta a la mañana del 2 de abril del 82. Entraba al baño, prendía la radio, como cada día, mismo rito, mientras su mujer e hijo pequeño dormían, él abría la ducha, y antes de que el vapor tapara el espejo se afeitaba veloz. Casi sin despabilarse se desayunó la noticia del desembarco en las islas. ¡¡¿¿Qué??!! Cerró la ducha. Despertó a su mujer eufórico. No se bancaba a los milicos, había tenido un clásico incidente en la escuela donde trabajaba, un malentendido que bajo parámetros de época lo pudo llevar a la zanja, pero la noticia lo sacudió. Vivía cerca del centro y fue a la plaza solo. Sin correligionarios ni compañeros, sin la “línea correcta”, con lo puesto y olor a espuma de afeitar. Su mujer llevó el hijo a la escuela. Así era más o menos la cita con la Historia. Primero el acontecimiento, después el símbolo. Ir a ver. Volver. Volver a ir, por lo contrario. Apoyar consensos que después se deshacían. Apoyar que se deshagan, llegado el caso. No había, obvio, pelotón de fusilamiento de la conciencia por redes sociales, ni tuits borrados que registraran tu huella de carbono en la épica nacional. Presos, libres, anónimos, la gente iba al frente, a poner el cuerpo, a sacarlo, a pedir que lo pongan otros. Se vivía también puertas adentro. Se votaba en secreto. A Perón en septiembre del 73 lo votaron hasta los anti peronistas, a Alfonsín en el 83 lo votaron peronistas, a Menem en el 95 lo votaron anti peronistas, a Kirchner finalmente lo votó el progresismo.

Dejemos un gusto agridulce para el final. Pese al pesimismo persiste un rasgo “interesante”: también el fin del pudor y del secreto significa el deschave a los poderosos. El caso Epstein, Wikileaks, la apertura de todos los sótanos. Eso juega en este siglo. Se ha terminado con la mística del poder, un poder ya sin aureola, que, como dice Pablo Touzon, “dejó de ser erótico para ser pornográfico”. Eso es Trump. A la vez, si la impostura fuera un commodity seríamos Australia. Todo es énfasis, incapacidad de callar. Y ya se dijo: terminaremos añorando quince minutos de anonimato. Siglo de olas, de conversiones convulsas. Una política herida en el alma donde todo es personal. Acá, desde que no existe más la flor silvestre de quienes decían nunca hice política, siempre fui peronista, sólo proliferaron bares temáticos y el gesto performático supliendo ese hueco profundo. Sin embargo, y escarbando, quizás aún existe algo de pudor, como escribió alguna vez Cynthia Berguier: “Pese a la pulsión por la transparencia y esa compulsión por mostrar todo lo que tiene nombre, lo que tiene sello de identidad, lo que pasó por la ANMAT de las identidades, hay toda otra dimensión que ocultamos, un pudor más opaco, más vergonzoso, administrado en soledad, charlado con el chat gpt, procesado por el algoritmo, lo que fantaseamos y callamos, lo que buscamos en el modo incógnito del navegador”. El día que nos maten también ese resto, ese día diremos por última vez “murió el siglo XX”. Querido diario: que la nostalgia no sirva para volver al pasado, sino para reparar el futuro.
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(Foto de portada: “Angelito”, Gaetano Mignogna)



