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EL REY DEL COMPÁS

Tiempo de lectura: 6 minutos

1.

“…Es que creció con el siglo…” dice Piero en su canción “Mi Viejo”, y nuestro homenajeado de hoy, nació precisamente en diciembre de 1900. Hijo de Amalia Améndola y Alberto -mantengamos el misterio-, ambos italianos, a diferencia de muchos, su familia era de clase media alta. Su padre fue representante de firmas comerciales muy importantes, y su tío, Alfredo Améndola, era accionista de Atlanta y Electra, las primeras grabadoras de la argentina. Por su parte, Doña Amalia que había estudiado música, fue la que le transmitió a sus tres hijos la misma pasión: Josefina fue pianista y soprano, Ermani, baterista de jazz y Juan D’Arienzo, de quien nos ocuparemos hoy, fue violinista. Lo apodaban “el grillo” en sus inicios, por el sonido de sus pizzicattos, término italiano que significa pellizcar, y era eso justamente lo que hacía Juan: pulsar directamente con los dedos las cuerdas del instrumento de arco.

En su adolescencia, mientras cursaba el bachillerato, trabajo como vendedor de instrumentos musicales en la Casa Avelino Cabezas, en la calle Cuyo -hoy Sarmiento- al 500. Avelino Cabezas fue financista del partido Socialista y ayudaba monetariamente al periódico La Vanguardia, pero esa es otra historia. Volvamos a Juan. Resultó entonces que coincidió como vendedor con su amigo Angel D’Agostino y ambos fueron incluso disputados por otra casa como vendedores, la de Sarmiento y Cerrito. Es que ambos tocaban el violín y el piano para entusiasmar a los clientes en sus compras y con sus demostraciones lograron incrementar llamativamente las ventas de ambos locales.

Juan D’Arienzo y Aníbal Troilo.

Años más tarde, los dos se incorporarían a la compañia Arata-Simari-Franco. También acompañaban a la pareja de bailarines el mocho y la portuguesa (Bernardo y Amelia Undarz) en los salones de baile. D’Arienzo, tras un breve paso por el Jazz, se sumo a la orquesta de Anselmo Aieta con Navarro en bandoneón, Curvo y D’Arienzo en violines, al piano Luis Visco y en contrabajo Corletto.

Lo apodaban “el grillo” en sus inicios, por el sonido de sus pizzicattos, término italiano que significa pellizcar, y era eso justamente lo que hacía Juan: pulsar directamente con los dedos las cuerdas del instrumento de arco

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2.

El calificativo de Rey del Compás me lo pusieron en el Cabaret Florida, el antiguo Dancing Florida. Ahí tocaba Osvaldo Fresedo, mientras yo actuaba en el Chantecler, que era de los mismos dueños. Allá por el 28 o el 30 conocí al famoso Príncipe Cubano (se refiere a Ángel Sánchez Carreño), que era el que presentaba los números. Estaba Julio Jorge Nelson, también. Eso pasó cuando reemplacé a Fresedo en el Florida. El pianista era Juan Carlos Howard. Fue en esos días cuando el Príncipe Cubano salió con lo de Rey del Compás, por el estilo que tenía yo.

La mía siempre fue una orquesta recia, con un ritmo muy acompasado, muy nervioso, vibrante. Y fue así porque el tango, para mí, tiene y tres cosas: compás, efecto y matices. Una orquesta debe tener, sobre todas, vida. Por eso la mía perduró durante más de cincuenta años. Y cuando el Príncipe me puso ese título yo pensé que estaba bien, que tenía razón.

Gardel trabajó conmigo en el Paramount, pero no cantó con mi orquesta. Pero si bien no cantó bajo mi batuta, Gardel era medio fana mío y siempre venía a verme a los cabarets donde yo actuaba. ¡Ya tengo 42 años de cabaret! Anoten si quieren: Abdullah, Palais de Glace, Florida, Bambú, Marabú, Empire, Chantecler, Armenonville. Todo eso en 42 años. ¡Si conoceré gente de la noche! […]

Extracto de una nota publicada por la Revista La Maga en enero de 1993, a partir de entrevistas publicadas originalmente en las Revistas Siete Días y Aquí Está en 1974 y 1969, respectivamente.

3.

Por su orquesta típica pasaron los cantantes Carlos Dante, Jorge Valdez, Juan Carlos Lamas, Francisco Fiorentino y tres que lo acompañaron hasta el final, Pedro Echagüe, Armando Laborde y Osvaldo Ramos. Dice la historia que él hizo a varios de sus cantores y que incluso les cambió el nombre. Juan, viudo jóven de la Sra. Mauré, cuando llegó Vicente José “Tito” Falivene a su orquesta, como también se domiciliaba en la calle Maure, le cambió el nombre por Héctor Mauré.

Incursionó en el cine, no podía ser de otra manera. Tango en 1933, Melodías Porteñas en el 37, Yo quiero ser bataclana en el 41 y Una Ventana al éxito en el 66, entre tantas otras. Editó 150 discos larga duración (LP); Su versión de La Cumparsita vendió 14 millones de placas. Fue artista exclusivo de la RCA Víctor por 40 años. En la versión de 1935 de Sábado Ingles hizo lucir a un ‘gordito’ bandoneonista: Anibal Troilo.

Durante muchos años, y antes de dejar esta tierra, frecuentó todas las noches un bowling que funcionó en un sotano de la calle Carlos Pellegrini, hasta el amanacer. En una de esas tantas trasnochadas le supo contar a un periodista de Siete Días “yo palpo al público para ver qué es lo que quiere, a veces, en las provincias, la gente es apática, es fría y, entonces, los voy buscando sicológicamente, hasta encontrar lo que quiere ese público específico […] El público te exige, no concibe la orquesta sin Juan D’Arienzo, por algo debe ser, y no es por el lunar que tengo en la mejilla, conmigo la gente se siente mejor, con impulso, lo mío es una expresión distinta, más bailable que melódica.”

Esa es quizás la mayor de las causas del éxito de D’Arienzo. Hace unos días, le pregunté a un hermano de la vida, bailarín de tango, sus preferencias a la hora de danzar y me dijo: Primero, sin dudas, bailas a Pugliese, pero cuando llegas a D’Arienzo los pies se mueven sólos, si no, Juan te pasa por encima. Sin dudas, muchos de aquellos que lo disfrutaron en los famosos bailes del Club Atlanta podrían dar tesmonios similares. D’Arienzo tuvo la virtud de captar el gusto del pueblo. Él, interpretaba sus sentimientos. No es fácil ser pueblo, es dificil, por eso, muchos pueden ser conocidos pero, los que trascienden, son aquellos que logran ser identificados como propios, como pares, esos que son parte de algo muy complejo y que Juan sin dudas logró.

En la versión de 1935 de Sábado Ingles hizo lucir a un 'gordito' bandoneonista: Anibal Troilo

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4.

El tío Alfredo, fue yerno del abuelo Américo. Esposo de Olga, la única hija mujer de los cuatro hijos que tuvo el abuelo. Alfredo fue “resero”* en el Mercado de Hacienda y un excelente bailarín de tangos, por lo menos asi creía yo cada vez que lo veía bailar y toda la familia hacía ronda para aplaudirlo al son de la melodía que arrojaba el Winco al lado de la parrila, en esos asados familiares.

Ya les conté que el abuelo era ‘troileano’ de pura cepa, sin embargo, se animaba al convite del baile cuando notaba que Alfredo copaba la parada, entonces invitaba a la abuela Cármen a dar unos pasitos. No era cuestión de competir, pero tampoco podía dejar que “el yerno” se luciera sólo. Su paso era más cansino, sería por la edad, en cambió, Alfredo acompañaba el frenesí que imponía a los pies el ritmo de D’Arienzo. Eran los años setenta, donde la reunión familiar del domingo era sagrada, por algo tuvo tanto éxito la serie “Los Campanelli” que retrataba particularmente esa juntada, con todo lo variopinto de sus integrantes. Eran los años en que Roberto Galán conducía “Tangolerías” de 13 a 14 en canal 11, programa en el que debutó un pequeñín de once años, Diego Solís, con la orquesta de Varela.

Juan D’Arienzo, Diego Solís y Aníbal Troilo.

Dice Fito que “hay recuerdos que no voy a olvidar”, yo puedo decir lo mismo. Cómo olvidar esas reuniones, esas juntadas pantagruelicas, cómo olvidar lo que quedó grabado en la retina para siempre. En esos años el vermú era con papas fritas pero sin “good show”, eran los años del cuadro de Juan montando al ‘Pinto’ escondido en el cuartito del fondo del patio, eran los años en que Juan D’Arienzo se animaba a contar que tuvo muchísimos amigos y que uno de ellos fue el General Perón. Al que conoció cuando íban al Luna Park a ver las peleas de Prada con Gatica y que después se reunían con Ismael Pace y con Juan Carlos Lectoure (dueños del estadio Luna Park), para comer un asadito, tomar unos whiskies y jugar un buen truco. “Yo hacía pareja con Borlenghi (ministro del interior de Perón). Hace más de veinte años que soy amigo del general”. Si uno olvidara el pasado no tendría un presente y menos podría aspirar a un futuro.

*Resero es el arreador de reses para el consumo, sea en el campo para llevarlas a los mataderos, como aquellos que las conducen por los pasillos para su remate, cuando llegan a los distintos mercados de haciendas.

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