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25 de octubre 2022

Gerardo Fernández

EL PRIMER LEÓN

Tiempo de lectura: 4 minutos

Los discos llegaban a Tres Lomas con retraso. Como las películas. Por eso no recuerdo si fue en el 75 o 76 que tuve en mis manos, prestado, el primer disco de León Gieco que publicó Music Hall, y que databa del 73. Traía “María del campo”, “Todos los caballos blancos” y otros temazos que te ayudaban a entender qué era eso del folk. Ese folk americano, pero traído acá. De Neil Young o Bob Dylan, pero acriollado, enjuagado entre el chamamé lejano de una radio arriba de la heladera y Los Chalchaleros. Ahí León suena y huele a Pampa y allí, en un típico pueblo de campaña, a cuadra y media de la estación, se presentaba como una experiencia hermosa escucharlo. Se trata de un disco que huele a tierra mojada, con letras que también suceden en la bella llanura pampeana, algo muy distinto al cemento de “Avellaneda Blues” o al ya por entonces tortuoso tráfico de “Avenida Rivadavia” de Manal; como también distinto al sonido estudiantil del dúo Vivencia que en ese 1973 editó “Mi cuarto”, muy bello disco poblado de escenas típicas de la adolescencia de esos días. Uno de sus temas, “Natalia y Juan Simón”, alimentó el mito de que en origen la canción se llamaba “Natalio y Juan Simón”, debió modificarse por imposición oficial. Un año antes, 1972, ya Sui Géneris había publicado “Vida”.

En ese contexto de consagrados irrumpe León con su variante campesina del rock y su primer disco tiene esa particularidad: nos entrega paz, mucha paz. ¡Y vaya si eso era revolucionario en un tiempo tormentoso como pocos de nuestra historia! ¿Sabés qué bueno era para un pibe de 15 o 16 años escuchar letras como “Búsquenme donde se esconde el sol,/ donde exista una canción./ Búsquenme a orillas del mar,/ besando la espuma y la sal”? Aún hoy, casi cincuenta años después, estoy seguro que seguimos deseando que nos busquen en esos parajes hermosos de León. Y ni hablar de “Seamos todos caballos” porque “los caballos tienen amaneceres blancos/ porque los caballos son carceleros del campo/ y el hombre de sus hermanos”.

Pero la apuesta era americana en el sentido más amplio y menos imperial: sonido fresco, olores campesinos, una armónica central que nos hacía rodar por esa tierra

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Pero el corazón de este disco está en “María del Campo”, por el sonido y por la descripción muy precisa de una campesina que tiene la piel del viento y las manos duras como la tierra del corral. Y sólo alguien que haya pasado mucho tiempo viviendo en el campo puede percibir y describir estos detalles, porque “no se necesita tener las manos blancas para ser mujer” y un dato bello: “Trae la miel del campo a la ciudad porque aquí no hay flor”. Ahí revive uno mismo yendo por las tardes a la quinta de Trelles a comprar miel, caminando por las vías porque así el trayecto es más corto. Y esa imagen de llevar miel del campo a la ciudad se me liga al niño puertoriqueño del “Lamento Borincano” (Rafael Hernández) que cada mañana “sale loco de contento con su cargamento para la ciudad”, coincidencias de la canción popular nomás.

Un pibe que en plena adolescencia escuche estas letras siempre mejorará. Casi medio siglo después pongo a sonar ese disco y empiezan a caer todas las fichas juntas. Es un León muy anterior a ese cronista de la democracia. Alguna vez escuché que León componía con el Página/12 del día. No es nada fácil contar la realidad y que ese canto luego suene en plazas y estadios, pero este León del 73 grabando en los estudios Netto con Arco Iris como soporte instrumental es algo que nos permite visitar el origen, del punto de partida del peregrino. El disco lo produjo Gustavo Santaollalla, quien doce años después le produciría el icónico “De Usuhaia a La Quiaca” y tocaban además Beto Gianello (tremendo baterista), Guillermo Bordarampé y hasta el mismísimo Ara Tokatlian, es decir, todo el grupo Arco Iris de aquellos tiempos de esplendor, cuando la rompían con sus “Mañanas campestres”.

De Neil Young o Bob Dylan, pero acriollado, enjuagado entre el chamamé lejano de una radio arriba de la heladera y Los Chalchaleros

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“Hombres de hierro”, tema que muchos años después nos enteramos que estaba inspirado en el Mendozaso, aquella movilización cuyana de 1972 contra los aumentos de tarifas de electricidad en la provincia. Se cuenta que en los frentes de las casas y los comercios ponían afiches con la leyenda “Yo no pago la luz. ¿Y usted?”. Y ahí estuvo León, cuya canción tan “dylaniana”, que soplaba en el viento, anticipaba al “cronista”.

“Hombres de hierro que no escuchan la voz.
Hombres de hierro que no escuchan el grito.
Hombres de hierro que no escuchan el llanto.
Gente que avanza se puede matar.
Pero los pensamientos quedarán.”

Después pica en punta el otro gran hit: “Todos los caballos blancos”. Y ya está. ¡Viva la fiesta! León se retorcía en un baile, en una canción acelerada plegada al sonido folk, en tiempos en que previsiblemente reconocía la influencia e inspiración del primer Bob Dylan, el de la versión más icónica y generacional (el Dylan de los primeros sesentas). Pero la apuesta era americana en el sentido más amplio y menos imperial: sonido fresco, olores campesinos, una armónica central que nos hacía rodar por esa tierra. Fue el debut de León y se ganó el mejor sitio. Lo respetaron todos. Mercedes Sosa, Charly García, Gustavo Santaolalla Leda Valladares. Pero ahí tenemos el testimonio de su primer paso: un León entre caballos blancos, miserias campesinas y represiones en ciudades. Cantar y contar fue lo suyo siempre.  

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