13 de julio de 2026
Cuatro años y una revolución conservadora después, Argentina vuelve de forma algo atolondrada al sueño de abrir la salmonicultura en las aguas abiertas de Tierra del Fuego, la única provincia cuya legislatura la prohibió por unanimidad en el 2021. Pero como la historia aparece primero como tragedia y después como sabe Dios qué, esta vez el debate enfrenta a organizaciones comunitarias, de base y ambientalistas contra una alianza demasiado sincera de libertarios y peronistas y partidos provinciales. No es descabellado imaginar un éxito de esa amplia armada.
El que hizo posible este realineamiento fue Federico Sturzenegger, homo politicus sin par. En mayo de este año y después de bajar los aranceles a las importaciones, anunció que el gobierno revisará el régimen de promoción industrial que tuvo Tierra del Fuego durante medio siglo mediante la ley 19.640. La ley le permitió a la provincia transformarse en una ensambladora que ofrecía productos caros al mercado interno, justo en la electrónica y la tecnología, dos ramos que capturan el imaginario social sobre lo que puede ser un país moderno con consumidores modernos y empleos modernos insertos en un mundo moderno.
De alguna manera improbable, los salmones se transformaron en los candidatos ideales para reemplazar a los celulares en esa ilusión de progreso, progresista. Bueno, moderna. Antes y ahora, los argumentos a favor de abrir la salmonicultura en Tierra del Fuego siempre giraron alrededor de dos temas: la generación de puestos de trabajo para la provincia y de divisas para la nación. Una nación para el océano argentino. El modelo (porque siempre hay un modelo, eh) para llegar esos dos logros fue, es y será la República de Chile, donde la salmonicultura absorbe unos 50 mil empleos, revitalizó partes del litoral patagónico y es la segunda exportación nacional después del cobre. Una tentación por donde se lo mire.
La conquista de un mercado no se produce de onda o por la feliz dinámica del libre comercio. Requiere sobre todo una enorme intervención pública, durante décadas
El entusiasmo tiene causas claras. La piscicultura es hoy la rama de la industria alimenticia que más crece en el mundo, y todo indica que seguirá creciendo. Está valuada en cerca de trescientos mil millones de dólares, involucra unos 20 millones de empleos y provee cerca de la mitad de la comida en el mundo. Pero no toda la piscicultura es salmón, no todo el salmón es en aguas abiertas, no todo lo que vamos a ir consumiendo como pescado siquiera va a haber pasado por la condición de ser vivo.
Ilusiones y espejismos no son la misma cosa. ¿Y esto qué es? Lo que viene es una apretadísima síntesis de cómo podría insertarse la Argentina en la salmonicultura mundial, qué beneficios obtendría y cuáles serían sus alternativas. Como esta discusión está cargada de expectativas, es un sueño irrompible, xeneize, más que una discusión de política pública, el lector puede saltarse toda la información relevante y pasar a la última sección, cargada de análisis y mucho más corta. Y mucho más importante: la última sección ofrece, incluso, una alternativa.
…
1. Noruega y Chile capturan de forma casi cautiva el 85 por ciento el mercado de la salmonicultura: de acuerdo a cómo se lo mida, 1,5 millón de toneladas Noruega, y un poco menos de un millón en Chile. No hay ninguna evidencia en el mundo que sugiera que ese porcentaje vaya a disminuir sustancialmente en la salmonicultura en aguas abiertas como la que se discute en Tierra del Fuego. Es una posición dominante formidable, forjada en medio siglo de expansión.
2. Argentina debería competir por una parte del 15 por ciento restante, que no está vacío, no es un significante esperando a ser rellenado por la Patagonia y su colorido, sino que incluye otros actores que llevan décadas peleándole el gusto al consumidor global. Escocia, Canadá, la isla de Tasmania en Australia y las Islas Feroe son algunos de los más fuertes.
3. Un esfuerzo sistemático podría darle a la Argentina la posibilidad de competir en esa liga en unos diez años, el tiempo que lleva no sólo armar las granjas y criar a los salmones sino también encontrar clientes, ya sea convenciéndolos de que dejen de comprar el filet canadiense o incorporando nuevos comensales.
4. Repartiendo de forma igualitaria con sus competidores la parte del mercado que Noruega y Chile dejan libre, y suponiendo que la estrategia fuera un éxito, que Tasmania no se hunda ni un tsunami destruya alguna costa canadiense, Argentina podría en una década más, es decir en 20 años, en el 2045, hacerse del 3 por ciento del mercado mundial.
Antes y ahora, los argumentos a favor de abrir la salmonicultura en Tierra del Fuego siempre giraron alrededor de dos temas: la generación de puestos de trabajo para la provincia y de divisas para la nación. Una nación para el océano argentino
5. Sobre esa base optimista, es importante tener en cuenta primero un par de cosas obvias: 1) La captura del 3% del mercado mundial no va a generar la misma cantidad de empleos que un mercado del 35 por ciento; 2) La captura del 3% del mercado mundial no va a tener el mismo impacto en una población que para entonces rondará los 55 millones de personas que el que tiene en Chile, habitado en este instante por menos de 20 millones (excluyendo los turistas argentinos).
6. Otro par de cosas levemente menos obvias:
a. La captura del 3% del mercado mundial en el 2045 no va a generar ni remotamente la cantidad de puestos de trabajo que generó la salmonicultura naciente en 1980. Por estos lares, el desplazamiento de mano de obra por tecnología de avanzada es, precisamente, una de las señales de vitalidad de la industria. Hasta principios de los años ’90, los salmones de una granja con diez jaulas en Quellón, en el litoral oriental de Chiloé, los alimentaban unas señoras que les tiraban la comida con la mano desde botellas de plástico cortadas al medio. Hoy, algunas de esas mismas granjas tienen feeders que pueden ser controlados de manera remota por un muchacho desde las oficinas de Mowi en Noruega, a menos de seis cuadras de donde estoy escribiendo esta nota.
b. En las últimas dos décadas, la experiencia sugiere que la promesa de generación de empleo por parte de la industria salmonera se agranda de forma inversamente proporcional a sus realizaciones. El caso más llamativo siempre es el de Tasmania, donde las compañías aseguraron la creación de más de 20 mil empleos, registraron ingresos por 7 mil millones de dólares durante nueve años, pagaron apenas 51 millones de dólares en impuestos y al 2023 habían generado, de acuerdo a la oficina de Estadísticas de Australia, 1200 puestos.
c. Las empresas raramente prometen puestos de trabajo por el puro placer de mentir, sino a los efectos de obtener beneficios fiscales. Leyendo los informes de las compañías y conversando con sus gerentes y técnicos lo primero que queda claro es que los funcionarios del sector privado creen en sus propias ilusiones, o al menos no las conciben meramente como engaños. ¿Quién va a ofrecer esos beneficios en la Argentina?
Lejos del fantasma izquierdista/hippie/antiproducción que muchos imaginan detrás de las críticas a la salmonicultura, la empresa que tiene como cara visible al actor Leonardo DiCaprio está financiada con 120 millones de dólares de Cargill
d. Y ya que estamos en eso: La conquista de un mercado no se produce de onda o por la feliz dinámica del libre comercio. Requiere sobre todo una enorme intervención pública, durante décadas. Para volver al manoseado ejemplo de Chile, éste incluyó:
e. Investigación exploratoria junto a la Agencia Japonesa de Cooperación Internacional (JICA) durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva desde 1968.
f. Investigación y desarrollo durante el gobierno de Allende desde 1970 en el marco del esfuerzo por diversificar la ingesta calórica chilena (esfuerzo que incluyó también cierto desarrollo pesquero) con instituciones de Japón y Noruega.
g. Investigación, desarrollo e inversión durante la dictadura de Augusto Pinochet desde 1973, que primero creó la Fundación Chile (público-privada, financiada con la plata que el Estado debía pagarle a ITT por la expropiación de 1971) y luego hizo que la misma fundación creara una de las primeras empresas de salmonicultura exitosas en Chile, Salmones Antártida.

h. Subsidios para la creación de empleos en zonas alejadas, que permitieron instalar las procesadoras en Chiloé, que son las que absorben la mayor parte de puestos de trabajo. Entre el 2004 y el 2023, por ejemplo, las salmoneras recibieron 67 mil millones de pesos chilenos en subsidios al empleo, cubriendo el 17% de mas de 2 millones de sueldos con fondos de la Tesorería General de la Nación.
i. Las principales creadoras de esos puestos de trabajo y del valor agregado de las exportaciones chilenas no son las granjas en sí sino las plantas procesadoras que transforman el pez que está dando vueltas eternamente adentro de una jaula en un filet en la góndola de un supermercado. Esa integración de las distintas ramas de la actividad no es natural. Se necesitan desde regulaciones internas hasta manipulación macroeconómica para hacerla realidad. Contando la capacidad instalada y el tipo de cambio actual del peso argentino, a cualquier compañía le saldría mucho más barato producir el salmón en Tierra del Fuego y girarlo a su matriz en el litoral chileno, empezando por Punta Arenas, que queda a la vuelta.

j. ¿Quién corno se va a encargar de todo eso en la Argentina durante las próximas dos décadas? ¿El gobierno libertario comprometido explícitamente a no hacerlo? ¿O el peronismo, aliado al gobierno en su ilusión salmonera?
k. Marca País: El salmón de granja se vende asociado a la marca país: es decir, a lo que los consumidores suponen que son las virtudes de la producción en un determinado lugar. Esas virtudes (algunas reales, muchas no) están asociadas a dos cosas: las formas de producción que garantizan un pez de alta calidad fruto de procesos de control sanitario y de producción; y la geografía que los consumidores asocian a un salmón saludable, con aguas frías y transparentes, fiordos, ríos y océanos. Entonces…
Sobre lo primero: Para que esto no sea infinito, hagamos un pacto entre usted lector, el autor de esta nota, los salmones por nacer y las víctimas del fentanilo, y decidamos que no es necesario extenderse en este punto para saber que Argentina está desmantelando, no fortaleciendo, los mecanismos de control sanitario que más influyen en el valor del mercado del producto: control de cantidad de antibiótico por biomasa, biomasa por red, control de desechos submarinos y control de escapes, por mencionar los más relevantes. El gobierno se consolida sobre la promesa de eliminar esos controles, presentados como “trámites”, no de garantizarlos.
Lo segundo requiere más espacio: Tierra del Fuego sí tiene las virtudes del litoral pacífico chileno que los consumidores asociaron con el salmón y permitieron la instalación de granjas (la asociación era totalmente imaginaria: durante 10 millones de años, jamás hubo una población de salmones en Chile, ni en Argentina, ni en ningún lugar del hemisferio sur. Ese es un fenómeno muy reciente derivado exclusivamente de los escapes de salmones de las granjas. El salmón jamás cruzó el Ecuador por sus propios medios). Pero como el movimiento se demuestra andando, ese capital natural está destinado a tener cada vez menos relevancia por las razones que veremos acá abajo, al final de este pequeño folleto. Nada es como era, nada es para siempre.
La piscicultura es hoy la rama de la industria alimenticia que más crece en el mundo, y todo indica que seguirá creciendo. Está valuada en cerca de trescientos mil millones de dólares, involucra unos 20 millones de empleos y provee cerca de la mitad de la comida en el mundo.
…
La sección anterior, y la que viene, dejan de lado por completo los cuestionamientos al impacto que la industria tiene en la naturaleza (y la forma en la que éste tiene efectos económicos y sociales trágicos). No es que no sean importantes, al contrario. Lo que busco es otra cosa: si la salmonicultura no es una esperanza realista ni siquiera en los propios términos de quienes la promueven, la insistencia tiene que ver con creencias arraigadas en el debate de ideas argentino que organizan la transición entre las primeras cuatro décadas de democracia y el nuevo régimen al que aún no terminamos de definir.
Cuando la legislatura fueguina prohibió la piscicultura en aguas abiertas, emergieron voces reclamando un compromiso realista con la necesidad de generar actividad económica y reclamando alguna forma de desmantelar la capacidad de obstruir que le atribuían a las organizaciones ambientalistas. Desde entonces y hasta no hace tanto, el ministro de Desarrollo Productivo del gobierno de Alberto Fernández, Matías Kulfas, no se cansó de señalar que la ley era “equivocada” y que existía una “amplia gama” de posibilidades de garantizar un “resguardo ambiental”.
Aquellos discursos que se hacían fuertes cerca del peronismo estaban alimentando, sin saberlo en ese momento, algo distinto que se los devoraría a ellos mismos. Pero eso no podían anticiparlo. O sí. Pero no lo hicieron.
La cultura extractivista es el único consenso que nos queda y frente al cual se erige el ambientalismo como un enemigo fantasmagórico cuyo único rol es galvanizar una oposición al mismo
El debate desbordó hacia la esfera pública general y el debate de ideas. Martín Shapiro y Roy Hora, por ejemplo, invitaron a la reflexión y criticaron la decisión de la legislatura que impedía impulsar “una actividad con un gran potencial”, asegurando que Argentina podía garantizar los “compromisos ambientales”. Los autores dejaban de lado información básica sobre la industria, su historia, su impacto, su falta de impacto y su formidable poder político y económico. Lo que los movía, de todos modos, era algo más abarcativo y específico a la vez, como la búsqueda de una actividad que generara empleo y divisas. Una ilusión compartible. Pero la afirmación de que esta aventura (o cualquier otra, digamos) valía la pena siempre y cuando se tomaran en cuenta todas las cosas que nunca se habían tomado en cuenta para por fin lograr aquello que en verdad no se había logrado era tan problemática como mi encariñamiento con el estalinismo: un apoyo a su afán igualitarista y a una sociedad libre siempre y cuando no incluyera gulags, masacres masivas, hambruna, coerción política, adoctrinamiento político y desquicio económico.
Aún para avivar esa ilusión, existía y existen otras alternativas, aun si de lo que se trata es de hacer salmones (la razón por la que el entusiasmo con este bicho ha crecido de la mano de su casi extinción fruto de la acción humana lo dejamos para después del corte). El futuro de la industria va para otro lado:
1. La salmonicultura está yendo más pronto que lenta hacia la producción en tierra. Los últimos emprendimientos en piletones gigantes de Dubai y Estados Unidos producen un filet que, para el consumidor promedio, es indistinguible de uno salido del fiordo de acá abajo. Ejecutivos que pusieron en marcha dos grandes emprendimientos salmoneros en Chonchi o Curaco de Vélez, en Chiloé, han sido recientemente relocalizados al norte de México, donde no hay fiordos ni ríos de agua fría y transparente, sino planes de cooperación con el sur de California para abrir salmoneras tierra adentro. La ventaja comparativa de geografías como las de Noruega o la Patagonia (la existencia de tres ecosistemas -agua dulce, agua estuarial y agua salada- para completar el ciclo productivo) es decreciente y hoy es más bien parte del valor de cambio de la mercancía (lo que se le atribuye para ponerle un precio) que de su necesidad material.
2. Hace menos de un mes, la FDA de Estados Unidos aprobó la primera carne de salmón generada en laboratorio. La compañía es Wildtype. El salmón que produjo es de una calidad mucho mejor que la que se esperaba, pero el precio es aún prohibitivo. Es una cuestión de tiempo para que deje de serlo. La razón central es la fuerte inversión de capital que apuntala el desarrollo tecnológico de la compañía: lejos del fantasma izquierdista/hippie/antiproducción que muchos imaginan detrás de las críticas a la salmonicultura, la empresa que tiene como cara visible al actor Leonardo DiCaprio está financiada con 120 millones de dólares de Cargill, la megaempresa que controla el mercado de alimentos en todo el mundo y que vive de vender pollos, vacas, salmones y alimentos para todos ellos, al mismo tiempo que pone un vuelto marginal en construir sus mercados futuros.
Si la salmonicultura no es una esperanza realista ni siquiera en los propios términos de quienes la promueven, la insistencia tiene que ver con creencias arraigadas en el debate de ideas argentino que organizan la transición entre las primeras cuatro décadas de democracia y el nuevo régimen al que aún no terminamos de definir
La salmonicultura en tierra y la producción en laboratorio no están prohibidas en Tierra del Fuego. Podrían implementarse ahí o en cualquier otro lugar. Ya lo decía Perón: donde hay una necesidad hay una salmonera. En una industria naciente, como lo era la salmonicultura convencional hace medio siglo, Argentina tiene mucha más chance de construir su propio nicho que de realizar en el futuro una quimera que otros dieron forma en el pasado. Todo puede dar trabajo, o divisas, o calorías. Empaquetar filetes de salmón hechos en una heladera demanda tantos trabajadores como empaquetar los que salen de aguas contaminadas.
Si es tan obvio que para un país como Argentina, con una presencia nula en el mercado fuertemente competitivo como el del salmón, es mucho más redituable apostar al futuro de esa industria tanto en la salmonicultura en tierra como en la producción en laboratorio, ¿por qué catzo insistir tanto con la ley de Tierra del Fuego?
Algunas razones son obvias y aburridas. Las empresas buscan amortizar hasta la última gota de su inversión en investigación y desarrollo. Incidentalmente, quienes señalaban las demandas ambientales como un instrumento de los países centrales para impedir el desarrollo nacional dejaban convenientemente de lado que, en verdad, el lobby a favor de la salmonicultura está movilizado por las compañías de esos países. El caso emblemático es el de Mowi, la compañía originalmente noruega que será la primera en instalarse en Tierra del Fuego, cuya transnacionalización es un ejemplo del tramado económico y político de la salmonicultura. Mowi tiene presencia hoy en una decena de países, fue la que auspició el viaje de los reyes de Noruega en el 2019 a la Patagonia y tiene una posición dominante en el debate político noruego a la hora de decidir políticas impositivas, regulaciones ambientales o alianzas internacionales.
Como dijo Willy Brandt y repitió Eduardo Duhalde, los derechos humanos empiezan con el desayuno
Pero muy lejos de esto, para quienes proclaman airadamente su apoyo a la salmonicultura, el sustrato común es el de la convicción de que la salida a los déficits de nuestro proyecto de país se encuentra en la explotación intensiva de sus recursos naturales. Es importante recordar algo: en el 2023, en la campaña electoral más ideológicamente polarizada de la historia democrática argentina desde 1983, el único consenso común a todas las fuerzas mayoritarias era el extractivismo en cualquiera de sus formas. Con la excepción de Myriam Bregman, cuya postulación obtuvo el 2,69% de los votos, ningún candidato se movió de ese cuadrilátero cada vez más tentador y limitado. La cultura extractivista es el único consenso que nos queda y frente al cual se erige el ambientalismo como un enemigo fantasmagórico cuyo único rol es galvanizar una oposición al mismo.
La salida es mucho menos fácil que simplemente denunciar al extractivismo como un fanatismo nihilista. Quienes se inclinan mayoritariamente por estas opciones buscan soluciones a problemas urgentes como el hambre y la pobreza, pero también la necesidad de algún horizonte colectivo. Como dijo Willy Brandt y repitió Eduardo Duhalde, los derechos humanos empiezan con el desayuno. Cuando la disyuntiva es morirnos de hambre ahora o apostar a morirnos de hambre más tarde para poder, quizás, comer ahora, lo único irracional y bárbaro es la disyuntiva en sí mismo y no lo que terminen aceptando quienes están sometidos a ella.




