27 de junio de 2026
La realidad tal y como se piensa hoy en día exige salir a decir algo, a reflexionar, a poner en perspectiva cuando las cosas están sucediendo. Sentís el golpe y reaccionás. El analista es como un boxeador cansado, se levanta y viene otra trompada. La política en tiempos de aceleración es así. Por eso nos preguntamos precipitadamente y sin el rigor del tiempo que ha pasado: ¿es un 17 de octubre lo que rodea Cristina Fernández de Kirchner estos días o es sólo un 10 de junio que se volverá una fecha importante para las notas que recuerdan sucesos? ¿Cuáles son las consecuencias políticas y económicas? Sólo queremos saber lo que vendrá, pero solo tenemos el decir y el equivocarnos pensando.
En primer lugar: la condena a Cristina introduce un elemento distinto no en el tablero, sino en las reglas que mueven la política. Es algo verdaderamente nuevo para esta época. Como todo acontecimiento, estalla en un momento social y despliega una diferencia antes no nombrada. Es algo novedoso que nos cuesta clasificar del todo. Pero sí nos viene a la cabeza el “por quién doblan las campanas”. No es por Cristina, sino todo el sistema político el que queda a merced de la arbitrariedad de uno de los poderes del Estado.
En redes sociales circuló mucho una reversión de “si la tocan, qué quilombo se va a armar”. Más o menos se dijo que esto “despierta al peronismo”. Precipitamos deseos como diagnósticos. No es que no pueda pasar, pero hay que esperar
Puntualizando, Cristina, con astucia, como decía Gonzalo Sarasqueta en X (ex Twitter) buscó la centralidad del momento en el PJ y no en el Instituto Patria porque “ese escenario le permite insertarse en la cronología trágica del peronismo: bombardeos, fusilamientos, proscripción, exilio”. Cuando dice que la única que la puede juzgar es la Historia, hay que tomarlo al pie de la letra. Pero más allá de la historia, ¿en qué clase de oráculo se convertirá Cristina? Porque ella ya no podrá ir al encuentro, pero muchos protagonistas de la escena nacional se acercarán a ella. La duda es si ese peregrinar será de bendición, veto, rosca, lapicera o mera celebración de líder.
La centralidad de Cristina no sólo se debe a su innegable carisma, sino que, haciendo los números, representa poco más del 30% de todo el período democrático. Fueron, son, muchos años de la democracia joven. Más allá de los errores y enfoques que ha tenido el cristinismo, léase no llegar a acuerdos para tener alfiles verdaderos dentro de la Justicia y sólo apelar a la calle y movilización, que llenan los ojos, pero no mueven ni paralizan expedientes. Un armado político integral tiene una estrategia sólida en cada estamento social.
Ahora bien, digamos lo evidente: la prisión de Cristina no le soluciona nada a nadie. Es un elemento más para sumar a la confusión general. La lista de pendientes de todos los sectores sigue ahí. Ni al oficialismo le soluciona el gobierno de la economía, que siempre se resiste en Argentina (el bimonetarismo parece ser más un pensamiento político que económico, porque es el que te ordena las prioridades de los argentinos); ni al peronismo le soluciona la disputa de poder, de hecho, tal vez lo empeore. Si algunos en el cristinismo realmente piensan que la culpa de la confirmación de la sentencia es por culpa del gobernador de la provincia de Buenos Aires -por haber desdoblado las elecciones- toda negociación puede entrar en camino de ripio.
Ahora bien, digamos lo evidente: la prisión de Cristina no le soluciona nada a nadie. Es un elemento más para sumar a la confusión general. La lista de pendientes de todos los sectores sigue ahí
Por otro lado, al no poder manifestarse la legitimidad de origen con el voto popular da lugar a la formación de un trauma por ese flujo no expresado. Puede derivar en un fortalecimiento del cristinismo o que prosperen ideas muy poco políticas como la “abstención” (ya prácticamente descartada), lo que sería casi el colmo para “el partido del poder” y más en un contexto de apatía con baja participación electoral. Como sea, todo se vuelve un poco potencial, conjetural o hipotético. ¿Cómo se zanja entonces la interna inevitable? Hay que armar listas, poner gente, sacar, negociar cargos. En ese sentido la discusión estaría intacta y con un costado tal vez sin resolución.
Después, está lo que nadie controla del todo. En redes sociales circuló mucho una reversión de “si la tocan, qué quilombo se va a armar”. Más o menos se dijo que esto “despierta al peronismo”. Precipitamos deseos como diagnósticos. No es que no pueda pasar, pero hay que esperar cómo se desarrolla todo. El aspecto de parte por el todo que tienen los seguidores de Cristina es innegable.
Por el lado del gobierno el factor Cristina solo mete ruido a su escenario. Le sacan de la cancha una rival con un voto muy territorializado, solo en una parte de la provincia de Buenos Aires, pero con un déficit de juntar voluntades en el interior bonaerense y en el resto de las provincias. Por lo pronto a lo que se asiste son a los movimientos migratorios de los militantes, curiosos, influencers y prensa en torno a Cristina. Las protestas de los miércoles, ya un clásico, pueden robustecer y multiplicar el régimen de la visibilidad de estos conflictos. Se la acompaña allí a donde va y se enganchan con otros reclamos. La ciudad de Buenos Aires respira al ritmo de los movimientos políticos. El contraste polarizado, el de las intensidades, marcan en la hora dos bandos que se muestran claramente: la necesidad de comunión entre los seguidores de Cristina y la efervescencia anti k desde algunos canales de noticias (tuvo como nota de color cierto goce enojado, no estaban tan satisfechos con la condena en sí). El resto de las grietas sigue intacta para la sociedad como lo demostró el estudio de Zuban Córdoba: la culpabilidad e inocencia casi se reparte de maneras iguales en todos los segmentos etarios (salvo en la juventud, como se puede ver en la imagen).

Por último, el sesgo de “lo personal es político” está tan presente en este momento que hay una línea argumental que puede desarrollarse: que la historia de Cristina y sus seguidores quede en una novela personal con algún tinte político, pero nada más. Ideas como llevar al chico Máximo de candidato o la exclusión del gobernador Kicillof de la reunión del PJ, solo parecen ratificar que aprovechan el momento de Cristina para “copar la parada”, como se dice vulgarmente. Aunque el tablero político, para toda la política haya cambiado (o eso parece, tal vez nos estemos comiendo la curva interpretativa “del momento”), eso no borra el hecho de que hay una interna y un liderazgo por afirmar.
Ahora bien, cómo se dirime un liderazgo y si puede armar un proyecto político es lo único que importa, el resto va a parar a la biografía de las personas, no a los libros de historia.



