21 de julio de 2026
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Empecemos por el título: viene de una frase de su padre, de Jorge Sivak que, ante ciertas demandas, mandaba a “llorar a la llorería”. Y acá se desempolva. Esta llorería trama un alfabeto de letras que nos indicarán, por empezar, historias con mujeres (con N., con T., con A.) en las que asume un punto de vista inamovible: en cada historia el protagonista tiene todas las de perder. Desde el arranque, estamos en presencia de un antihéroe al que su dolor paralizó. En punto muerto. Así, el libro remite vagamente a cierta práctica de la meditación: comprobar que el mundo es movimiento porque nosotros estamos quietos.
A la vez, de esas mujeres sabemos poco: conocemos ligeramente aquello por lo que mortificaron al joven Martín, están presentadas bajo perfiles provisorios, no se propone contarnos las historias de amor, sino una secuencia de separaciones, desencuentros, rupturas, monólogos interiores, escenas frías de reencuentros fugaces o casuales en distintas latitudes que van desfondando más y más la psiquis del narrador. Comparte “La llorería” una íntima e inesperada estructura sentimental con el legendario “Cuaderno del acostado” de Jorge Asís, en donde contaba sus años de ostracismo bajo la patota cultural radical. Por política o amor, el corazón está roto. Aunque, como Asís, Sivak tampoco impulsa su victimización, sino que, al exhibir impúdicamente la condición de derrotado, construye un cuadro sin relieve en el que no habrá redenciones, ni salida. La norma es el desconsuelo. Y en esa afirmación encuentra también su imprevista dignidad. En “El salto de papá” Martín escribió que “nunca vi en la escritura un ritual sagrado, o reparador. Puedo vivir sin escribir y sin que me afecte”. Se sacaba de encima en esa “declaración” el aura de escritor. En “La llorería” repone y se desdice: escribe para poder vivir lo que le toca vivir.
“La llorería” encuentra su centro exactamente afuera: en el “El salto de papá”. Libros abiertos que se completan. Un diálogo que viaja en lágrimas, por abajo, en ese desagüe pluvial
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Se habló bastante de que esta “autoficción” venía reparar la deuda del libro anterior sobre el padre: “éste sería el libro de la madre”. Que después de ese padre enigmático en su salto final, cuya vida reconstruyó en todas sus capas (amorosas, familiares, filiales, trágicas, políticas, financieras, del secuestro del tío al suicidio del padre) llegaba el otro libro. Lo contrario al salto, el refugio atómico de la madre. Pero digamos algo más, entonces, del libro anterior.
Leído ahora, “El salto de papá”, la anatomía de ese suicidio también nos remonta a la pasión nocturna que Martín Sivak filtró en una conversación con Pedro Yagüe: fuego de noche, nieve de día. Martín lo dice así: “Era periodista de día y cursante de Sociología de noche. Las discusiones de la facultad, los grupos de estudio, me salvaban de los momentos más desesperantes del ejercicio del periodismo”. La sociología, esta vez, ¿quizás siempre?, como una práctica de autoayuda.
Pero una cadena que se parece a una verdad de Perogrullo se impone como verdad evidente: la Sociología tiene su piedra basal en el pensamiento de un autor rígido y sensible como Emile Durkheim, cuyo libro más singular es “El Suicidio”, un estudio en el que se propone revelar en las aparentes decisiones personales de los suicidas sus propias reglas del método sociológico con tipificaciones, análisis de estadísticas, preguntas y respuestas. Todo lo personal es sociológico. Los temblores de esa nueva modernidad se revisan en esa investigación publicada en 1897, en el tumultuoso cambio de siglo. Y casi en el final de la misma década en que la Iglesia Católica alumbra su carta encíclica Rerum Novarum para correr a la par del comunismo por “la cuestión obrera”.

Sivak escribe en el salto de su Padre, entonces, el ensayo sociológico en el que se ensambla con método la historia de su familia, de la izquierda, de las raíces del Partido Comunista, del ocaso del Este en este lejano Oeste, la saga de un padre verdaderamente conmovedor que nos lleva a hacer propia la sentencia final de Pablo Touzon en la reseña de ese libro hace ocho años: “a nosotros también nos hubiese gustado ser amigos de Jorge Sivak”.
En ese padre una estirpe que vive la imbricación mestiza entre ser abogado y preso político, comunista y banquero, ex guerrillero y amigo de militares, del PC al FAL, exiliado -pero en Punta del Este-, izquierdista y a la vez un tipazo que salva amigos y derrotados (porque todos conocemos ya la tradicional correspondencia que existe entre personas que tienen las “ideas correctas” y resultan verdaderos canallas). Y todas esas combinaciones contradictorias, alambicadas, humanísimas que también entrelazan los avatares del comunismo argentino (la paradoja de un estalinismo criollo que por momentos terminó defensor de la “democracia burguesa”, un comunismo casi sin obreros, pero con su afán de conquistador de clases medias) también nos dan cierta pista metafísica acerca de Martín Sivak: alguien finalmente cómodo en lo incómodo. Con la prosapia de esos “Kennedy rojos de la izquierda argentina a los que nada de lo argentino les es ajeno”, en palabras de Touzon, construye Sivak una obra hecha de libros fundamentales en los que viaja a lo desconocido y lo más conocido: etnografías del poder andino, del diario Clarín, de la izquierda, la guita y la sangre.
Ese río manso, esa cabalgata sin montura, recogen el legado poético de una buena madre suave, dotada del verdadero amor: saber domar lo salvaje
Martín fue testigo y narrador de hechos y personajes históricos. En “El Jefazo” o la historia de Clarín, nos puso en contacto directo con presidentes, con dueños de corporaciones, con dirigentes sociales, con Héctor Magnetto, con los cimientos de la cultura de un país y una región. Implicaron investigaciones minuciosas, lentas, obsesivas, lecturas y escuchas pacientes. Las horas y horas de días y días en la hemeroteca leyendo uno por uno los ejemplares del diario Clarín parecen la mayor autopsia en vida sobre la trayectoria de las clases medias argentinas. Ni Orlando Barone en su sed de venganza lo hubiera hecho. Y todo aun sin los rastros del “Yo”. Pero algo replica con todos esos ingresos y egresos al mundo de los Palacios de un extraño mandato paterno: meterse a pensar el poder en la Argentina. Pero Martín se exime de consumir poder como decenas de periodistas babeantes; al contrario, lo muestra, desmitifica y abandona. Conocer el poder. Narrar el poder. Salir del poder. Antes que sea demasiado tarde. Antes del salto. Está visto: en Argentina el poder termina mal. Te lo dice el cura cuando sos chico. O se comprueba mirando la Historia nacional.
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¿Entonces? Entonces este libro de la madre es un mapa del corazón. Abrir las compuertas del dolor, de las cartas íntimas, del vitalismo que se proyecta de ella incluso en su muerte. Un prototipo envidiable de madre fanática de sus hijos, que lee sus notas, que omite decirle las críticas, que compra las revistas donde lo publican, que mira los programas en los que sale y que quiere ahorrarles a sus hijos la tragedia de su propia muerte. Más que no querer morir, la madre de Martín pareciera no querer dolerles una vez más. No saltar. Irse en paz, su contraseña de amor. Dormirse. Administrar ese final. Muchas veces los muertos dejan todo tirado, lo sabemos. Pero esta madre, contada en sus días finales, nos enfrenta a una despedida bucólica. En la página 126 escribe Martín a causa de un ataque de hipocondría: “Desde Buenos Aires un médico amigo me sugirió que no me hiciera esa tomografía porque solo agregaría angustia. Que tratara de dormir, que no tomara alcohol. Empezaron a aparecer más recuerdos de mamá. De sus veraneos en el campo de Córdoba cuando andaba a caballo sin montura y se metía en un río manso con sus primas”. Ese río manso, esa cabalgata sin montura, recogen el legado poético de una buena madre suave, dotada del verdadero amor: saber domar lo salvaje.

El hallazgo y lectura de las cartas de esa madre a ese padre preso en 1969 invariablemente nos hacen volver al “libro del padre”, porque “La llorería” encuentra su centro exactamente afuera: en el “El salto de papá”. Libros abiertos que se completan. Un diálogo que viaja en lágrimas, por abajo, en ese desagüe pluvial. Y ese salto del padre, pero, sobre todo, esa palabra salto que en algún lugar del joven Martín Sivak-lector-de-poesía dialoga y rebota con unos versos de Paco Urondo de su poema “La pura verdad”, cuando Paco dice con toda soberbia: Sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido y acariciado. Pero Paco murió en Mendoza en el 76. Y Jorge Sivak saltó al vacío cuando estaba terminando el comunismo en el mundo. Martín recoge en la prosa de su madre antes de ser madre, en las cartas por las que espía la alcoba de un matrimonio gestándose al ritmo cardíaco de una época, en esos padres presos saliendo de las cárceles de Onganía y de las cárceles de sus propias clases, el testamento melancólico que no lo dejará en paz: ni todo ese amor pudo contener el salto. Vidas con la Historia clavada. Tal vez este libro se escriba para decirle a sus hijos: no habrá salto de papá. Están ustedes.

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El libro tiene propuestas simultáneas. Va sin centro. Son líneas paralelas e historias paralelas. “La llorería” cruza geografías: La Paz, Tegucigalpa, Caracas, Tijuana, Madrid, Nueva York, Londres, y también cruza los tiempos: viaja al pasado y al presente entre ese prometedor comienzo de siglo en Sudamérica (los años 2001, 2002, 2003) y el desencanto ya en este cuarto de siglo. Pero el punto de vista del narrador los presenta como viajes de un desplazamiento ligero porque paradójicamente iluminan el lugar del que no puede (ni quiere) salir. Hay más detalles de comidas que de paisajes. Como si nos narrara la nutrición del caminante. Más que un diario de viajes, se lee como una perdición sin límites en busca de la palabra que pueda calmar, una oración en la punta de la lengua que no termina de decirse. Otro peregrino ruso.
Todo ese lado del libro en que es un poco productor y otro poco acompañante terapéutico del documentalista Sean Langan, ahí donde las balas pican cerca, pero vivido en el monólogo de sus desamores, en esa composición está el germen tapado del humor de “La llorería”: como un soldado romántico que cruza la línea de fuego llorando de amor. Y eso me recordó al clásico poema de Girondo, “Llorar a lágrima viva…”, mil veces citado hasta en el cine, porque Girondo lleva el dolor hasta esa teatralidad exfoliante, y dice:
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el África, llorando.
La llorería, a fin de cuentas, da lugar a ese manantial, a las compuertas rotas, al agua bíblica por la que descienden las historias de las familias, sus mitologías, sus martirios, su parte en los restos del naufragio de un país siempre roto. Es la propia respuesta al porqué de su escritura. ¿Qué es una familia, sino también una quiebra? ¿Qué llora uno cuando llora? Y esa es tal vez la pregunta más difícil. La que nos lleva una vida.
…
(Versión panameña del texto leído en la presentación de la novela)



