12 de julio de 2026
Leyendo “El Epecuén de Alberto” me invadieron recuerdos de esa bella villa turística a la que descubrí a los 7 años. Fuimos con mi familia desde mi pueblo, Tres Lomas, a unos cien kilómetros casi todos por tierra en un 4L celeste. Pero fue en la adolescencia cuando empecé a ir más seguido con la barra. Íbamos en carpa a un camping que estaba a unas pocas cuadras del centro. En aquellos tiempos de “vuelta al perro” los trenes iban repletos de rusos, así se les llamaba, dado que en su gran mayoría eran procedentes de esa zona, y de Ucrania y alrededores, todos hacia Epecuén.
Los trenes que partían de Once eran una orgía de morfi que se compartía, alguno aportaba un pollo, otro una bebida y así se armaba un comedero comunitario en pleno viaje. Epecuén era una fiesta, una villa de hermosura única, con hoteles muy familiares, casi todos con techos de tejas y bien cuidados. No es verso que las aguas tenían alto contenido de sal, con una profundidad que no superaba el medio metro. Te ponías a hacer la plancha y lo lograbas al instante.
En el espigón y los alrededores de la laguna estaban las duchas para quitarse la sal de la piel cuando se salía del agua y ahí nomás estaba la pileta para disfrute del piberío (la gente grande en líneas generales sólo optaba por la laguna). El mejor boliche bailable de la villa y toda la zona por entonces era “Oaxaca” (Guajaca para la monada campesina). Para nuestros ojos se trataba de una discoteca de un nivel asombroso, estaba a mitad de camino entre la villa y Carhué, con un equipo de sonido de otro planeta.
En el espigón y los alrededores de la laguna estaban las duchas para quitarse la sal de la piel cuando se salía del agua y ahí nomás estaba la pileta para disfrute del piberío
El camino desde Carhué hasta Epecuén era de 7 Km, una ruta con muchas curvas rodeada de una vegetación hermosa. Muchos caminaban a los costados, otros le daban a la bici, era como transitar por un parque. Las tardecitas en Epecuén eran un mundo de gente. En un centro reducido se destacaba la gente mayor sentada en bancos en las veredas de los hoteles, pero lo lindo para el piberío comenzaba luego de la cena cuando los abuelos se iban a la cama y las nietas quedaban sueltas dando vueltas por ahí o entrando directamente al “Bim Bam Bum”, otro salón de baile inolvidable donde una orquesta de la zona amenizaba las noches con selecciones de tango, “característica” (pasodobles, tarantelas, alguna que otra ranchera) y también “música moderna”, básicamente temas de Sandro, Sergio Denis, Camilo Sesto, etc. Esos bailes eran de lunes a lunes, comenzaban alrededor de las 23 y duraban hasta bien entrada la madrugada. Muchos buscavidas de la zona iban a hacer la temporada buscando salvarse. Recuerdo a uno de mi pueblo que instaló una especie de kiosco. Llegado marzo, este ñato no aparecía por el pueblo, entonces le pregunté a un amigo suyo por él y me respondió: “No puede irse ni quedarse”. Por las deudas que tenía…

Epecuén es probablemente el mejor recuerdo de todo el pueblerío de oeste bonaerense y parte de La Pampa. Cuando desbordó el sistema de Lagunas Encadenadas en 1985 producto del derrame del Río Quinto, allá en la frontera entre las provincias de Buenos Aires, la Pampa y Córdoba (la zona de General Villegas) puso a toda la zona a riesgo de inundarse, las autoridades provinciales de entonces entendieron que la única solución era derivar el agua de las Encadenadas a Epecuén, y por eso sobrevino la inundación fabulosa que dejó a la villa turística y parte de Carhué bajo el agua por varios años. Todos recordamos la película “El Viaje” de Pino Solanas mostrando ataúdes flotando por la inundación del cementerio de Carhué. Eran ya los primeros años de democracia. Todo por hacerse, todo por reconstruirse, sentíamos. La democracia trajo también, en esa inundación, la imagen de una vieja Argentina que se nos iba de las manos. Era también el fin de algo. Epecuén es una lágrima guardada en el alma de quienes tuvimos la dicha de conocerla en su esplendor.




