12 de julio de 2026
¿La Pandemia fue una época a la que nadie quiere volver, como un pueblo bajo el agua? Habrá libros, ediciones tristes sobre los efectos en la salud mental, relatos de vivos que no despidieron muertos, mártires entre los fierros de la ciencia como el cura italiano que cedió el respirador a un joven, pero ya parece demasiado lejana. Así, dejó también la sensación de una cierta escasez, un “déficit narrativo”, poco que contar. Quizás porque la interpretamos en vivo o porque las ciencias blandas de las que salen estudios sociológicos, antropológicos, periodismo y ficción, fueron en promedio más cercanos a la decisión de Estado de los aislamientos preventivos, imaginaban posible detener el capitalismo (o la sociedad) para que no fuera el fin del mundo, #quedateencasa, y zás, el pecado argentino: enamorarse del instrumento. La cuarentena eterna. Aplauso a los médicos a las 9, conferencia el viernes, escuelas cerradas, vivir de la emisión. Ese aislamiento igualitario engendró la exposición de la desigualdad. ¿Entonces? Quedó una estela de pudor, la foto sepia con la enfermera debajo de la alfombra de IG, algún tuit sin borrar en el “chat presidencial” del saludame al nene que cumple años. Pero no hubo fin del mundo, ni fin del capitalismo, ni salimos mejores, y el viaje de cuatro años fue del #ElEstadoTeSalva a #LaCastaTieneMiedo, y el recuerdo del COVID mutó en el recuerdo de cuando nos aislaron. La Pandemia fue una época a la que nadie quiere volver.
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Alberto presidente fue una época a la que nadie quiere volver. Pero, si no queríamos volver a Alberto, Alberto quería volver a nosotros. A recordarnos que fue presidente. A publicar cuadros comparativos del crecimiento económico durante su presidencia contrastados al ajuste de Milei, a pedir un lugarcito en la historia, uno que pudiera escribir él. O los de él, aunque no quedó casi nadie de él. Como un paciente que viene de un pasado contagioso. Un gobierno entre paréntesis, un agujero negro que se traga el tiempo. Durante su gobierno se coronaron los cuarenta años de democracia. Su primer año de mandato, en el que impuso la cuarentena, consistió en poner a prueba la larga inversión que hizo la democracia en la sociedad, algo así como: yo, que les di tantos derechos, ¿ahora me obedecerán? Eso pareció decir la democracia de Alberto. Meter a todo el mundo adentro de la casa, vaciar las calles, las escuelas, las plazas, los negocios, las fábricas, los cuarteles. Meter en sus casas a los que viven en departamentos, en monoambientes, en monoblocks, en casas con pileta, en barrios cerrados, en ranchos de adobe o ladrillo, en la manzana 8 pasaje H casa 54, en casas de campo. Ningún presidente ejerció más el poder y ningún presidente se quedó con menos poder. Su primer otoño de fama quedó hecho polvo, hojas secas, la nada. Y cuando la pasta salió del pomo, cuando la sociedad dijo basta para mí, basta para todos, terminó la cuarentena y terminó su mandato. Tuvo todo el poder un instante, ningún presidente se fue con menos poder que él.
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Los diarios también publicaron estos meses algunas secuelas de su paso por el gobierno: las investigaciones sobre el negocio de los Seguros, los chats del matrimonio Martínez Sosa & María Cantero, ansiosos por cumplir su camino de contratos bajo la “onda verde” presidencial. Los negocios del sector público a los que casi nadie le hizo asco en el Frente de Todos (parece que ese sí fue su acuerdo programático). Pero esa primera denuncia de corrupción, con una investigación tan simple que encuentra todo en los chats, sin embargo, sólo prometía ubicarlo a Alberto y su gobierno en ese viejo mar de mediocridad argentina adonde sabemos que van las cosas. Noticias que finalmente ya no lee nadie de una deriva judicial con algún pico de escándalo y rating, una tarde en el trending topic que se apaga. La fe del político es que se vuelve, que de la pista de Anillaco y los bolsos de López, de las coimas del Senado, de los Panamá Papers y las rutas del dinero k, de los trenes de Once, de la voladura de una fábrica militar, de todo se vuelve. Así piensa Massa. Las crisis indultan afanos, si se los necesita. Los expedientes judiciales marean. Les quedan a los periodistas o a los historiadores del futuro. Y como una capa de asfalto más en la desconfianza general. Todo sostenido con una ideología “pichettista” de protección a sus figuras, ya sin poder, que no se puede explicar, pero sí entender. (Soy también de esa quinta que cree que ningún presidente debería ir preso.) Pero el ruido de lo que se rompió estos días, más allá del eco a operaciones, del sabor sucio de la vuelta de la palabra Side al chamullo diario, es el ruido a algo más. La violencia en la intimidad presidencial, unas fotos de Fabiola con el ojo en compota o las axilas moradas que se fechan aparentemente en los días de la revelación de su cumpleaños vip, y que entonces empiezan donde termina el análisis: el aliade cancelado pasará a la Historia sin escribirla. Afuera de la cancha. De eso que no se vuelve y que, además, produce en él al perfecto chivo expiatorio para que todos crean que el cuerpo frío de Alberto es un puente para el yo no fui. “No quiero defender a Alberto y necesito que me dé el argumento definitivo para no hacerlo”, piensa la mayoría de los que debían tener -hasta hace una semana, al menos- el mínimo tupé de hacerlo. Acá está. Lo tenés. Y se puede hacer ya toda la leña del árbol caído, agigantar al infinito esa “escena matrimonial” y su gobierno quedará en la memoria como un pueblo abandonado. Incluso Cristina construyó un camino que ansiaba en su intento -inverosímil- de “despegarse” de una experiencia que creó y en la que se sostuvo cuatro años: tuiteó haciendo hincapié más sobre la “condición humana” del expresidente y ese límite. Ocurre que la parte política de ese fracaso la involucra de frente. ¿Quién lo conocía más y quién lo eligió candidato, quién manejó tanto presupuesto desde las cajas de PAMI, Anses, YPF, etc., en los cuatro años de Alberto? Cristina, siempre reacia a cualquier interna, se aseguró el dedo elector tras su derrota en 2017. Pero ahora también encuentra en la brutalidad de Alberto un argumento definitivo y en el que, una vez más, termina queriendo correr a una víctima real para decir: yo soy la víctima. Cristina se ubica en ese lugar después de cuatro años de mostrarse públicamente como auditora de hierro del hombre que eligió y al que llamaba… d é b i l. “¡Agarrá la lapicera y sé fuerte!”, gritaba en cadena. Pero ahora resulta que…
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Pero si la presidencia de Alberto fue un calvario por dentro y por fuera, la post presidencia completó el camino. Las excusas de un mundo convulsionado (COVID, guerra, sequía), sumado a las internas (al final el 99% eran opositores con goce de sueldo), trajo su última imagen del naufragio: la furia presidencial. Alberto, que se espejaba como víctima de todos, ¿tenía entonces a su propia víctima? ¿Lejos? No, ahí, en su cuarto. En su alcoba. Al presidente que se le animaron todos, contra quien se alimentaba una rebeldía obediente (putear a Alberto fue la obediencia en ese “mandato” presidencial), la denuncia indica que le encontraron la hilacha mayor: el desamparo de su mujer frente a él y que deja la imagen de una interpretación forzada a la que muchos echan mano demasiado ligeros (“como no pudo contra Cristina canalizó contra su mujer”). En su hora aciaga Alberto no dijo “me refugio en los míos”, porque, ¿cuáles son sus míos? Políticamente se sabía (“Alberto entrega a los propios”), su única lealtad fue la constancia de traicionar íntimos en caso de ser necesario. “Alberto te entrega”, decían. Su regla de poder era no fundarlo, administrarlo apenas, posar como “mánager de la unidad” para, de fondo, que lo dejen hacer la suya. ¿Y qué era la suya? Pero bajo ese argumento de procrastinación forjó una relación tortuosa con el poder en el que juró no fundar su ismo, “no habrá albertismo” repetía, y no hubo. Amagaba, sí, pero volvía atrás. Y bajo ese juramento que puso de moda esta palabra (procrastinar) tejió ese vínculo con su vice: no asumo el poder porque asumir el poder sería asumirlo contra vos, Cristina. Y Cristina le ordenaba que use la lapicera, que se haga del poder, y en esa orden cavaba la paradoja: sólo él podría hacerse poderoso contra ella. Como Duhalde con Menem, como Kirchner con Duhalde. Alberto prefirió no hacer historia y quedarse en un juego que engendró ese lugar tan paradójico del poder en su presidencia: no producirlo, pero ocuparlo. Y así, en ese “vacío ocupado”, en ese preferiría no hacer Historia, cada ministro que osaba transformar algo, que pedía algo tan obvio como segmentar tarifas, que pretendía hacer algo más que la plancha discursiva para el fav de la audiencia, era acusado de albertista, y Alberto decía: “¿cómo albertista, si no hay albertismo?”. Ese juego a las escondidas en la casa infinita, sin salida, nos recuerda El Minotauro de Borges: “La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un hombre con cabeza de toro, pero las dos se ayudan y la imagen del laberinto conviene a la imagen del Minotauro. Queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un habitante monstruoso.” ¿Hablamos de locura? Esa también fue la locura presidencial: ahogar esa figura presidencial en la intrascendencia de un estilo inasible, evasivo, y vidrioso entre ser víctima y victimario. Su extendida leyenda de mujeriego de la política no sería la del primero ni del último veterano de palacio que cura su impotencia política con Viagra. Lo empeora todo la imagen de su fiesta privada en una ciudad vacía, de ciudadanos encerrados y dedito levantado señalando infractores. La impresión generalizada de que mucho de lo que vemos son las típicas pantallas de los servicios convive con la raíz de eso que vemos: un tipo que filma él mismo esas “hazañas”. Ningún presidente fue una carmelita descalza, hay leyendas verosímiles en cada uno que dejó Olivos, pero acá todo suena peor y queda tan sobre la mesa que hace fácil la tarea sucia: te operan con la verdad. Alberto quedó atrapado para siempre en una insoportable verdad. Y lo que vemos exacerbado es lo que podríamos haber visto siempre desde hace cuatro décadas: que el poder es un infierno. La casa monstruosa. Que tiene razón el cura que te lo dice cuando sos chico. Y el menú diario de imágenes podría ser infinito. ¿Ya vimos todo? ¿Esta fue la punta del iceberg? ¿Tendremos como un reality retroactivo de su teléfono incautado la vida privada de su presidencia? ¿Una autopsia del ojo negro? ¿Y qué cosa es la verdad en medio de todo? ¿No habría que esperar más para tener certezas? ¿Cuánto más queda por ver, o, cuánto más queda para que ya no importe lo que se ve?
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(La agenda anti woke que pretendía borrar el feminismo de la faz del organigrama estatal encuentra una paradójica resistencia en estas repetidas denuncias sobre figuras políticas o periodistas cercanos -Alberto, Alperovich, Brieger, Espinosa, etc.- del anterior gobierno aliado.)
¿Hablamos de locura? Esa también fue la locura presidencial: ahogar la figura presidencial en la intrascendencia de un estilo inasible, evasivo, entre víctima y victimario
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Villa Epecuén se inundó. Allá, en el oeste bonaerense. El lago lo dejó bajo el agua en un año tan albertista: 1985. Su población se evacuó. Años después el agua comenzó a bajar y quedaron a la vista las ruinas de la ciudad. Unas ruinas que se podrían llamar 1985. Como la película, como el alfonsinismo, como la civilización fría que quedó bajo agua, como Alberto en su noche final. El agua baja y queda su presidencia como un pasado espectral. Fueron (fuimos) entusiastas de que, a esta Argentina sin acuerdos, endeudada, sin crecimiento y rota, le crezca un acuerdo, aunque sea el de un peronismo unido para pagar los vencimientos. La deuda interna, la deuda externa. Pero esa esperanza sólo dio el fruto de una gestión sin misión ni trascendencia, que encuentra ahora en un hecho irreversible (¿quién podría volver de la violencia contra su mujer?) la figura definitiva del “muerto político”. Y entonces, ese político sin retorno, que cometió los errores y miserias, se torna el perfecto chivo expiatorio sin defensores. Porque hasta a De la Rúa lo convocaban a una cena en el Lalín, un almuerzo de correligionarios, un discurso balbinista para alargar y que llegue otra ronda de Valmont.
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Duhalde habló alguna vez de lo evidente: que el poder enloquece. Está en sus memorias. Los presidentes muestran en lo roto, en su costura humana, con qué se hace el poder. ¿Quién quiere ser presidente? En Argentina dimos vuelta la consigna del 73: no quiero el gobierno, quiero el poder. “Yo hablo con casi todos los gobernadores de este país, te juro que el 90% no querría ser presidente ni aunque se la regalen”, dice un lúcido dirigente joven que conoce la política de norte a sur. Se sabe: muchos gobernadores destinan recursos a la curiosidad. Contratan encuestas hasta encontrar lo que más necesitan: la encuesta que les dice que no, que esperen, que no está el horno para bollos, que se queden en su terruño. Para Alberto su propia trampa fue aceptar la candidatura y no haber construido liderazgo en este país en el que todo sale indefectiblemente mal. Crear una idea trascendente no sirve sólo para poner tu pedacito de bronce o firmar un contrato editorial con la Historia, sino para momentos así de la sórdida escena del después del poder: que no te quede sólo tu hermano, un custodio, un teléfono y una escopeta.
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Esta semana no faltó nada. Milei fue prácticamente espectador de un show dantesco: ver a “símbolos del progresismo” como el presidente aliado o el hijo de desaparecidos que mata a su madre envueltos en su propio fuego destructivo. La historia del matricidio cordobés amerita contarse aparte. En el vacío que deja cada horror o escándalo se suele mirar la mano de los servicios. Pero la Side es como la ciencia ficción: la realidad le compite demasiado. ¿Qué se hereda en Argentina? La desgracia. La semana arrancó con el lunes negro de las bolsas mundiales (¿se acuerdan?) y eso fue lo más sano que vivimos. Tuvimos, paradójicamente, un cepo salvador. El cepo nos cubrió, el mismo cepo que no le permite a la economía salir adelante, crecer. No hubo vuelo a la calidad de los capitales y evitamos la presión en el tipo de cambio. El martes volvió la calma y empezó el show. No sé de qué es metáfora esto (“Sólo el cepo salvará al pueblo”), pero podríamos dar por fundido nuestro clásico arsenal simbólico: todo lo que se quemó esta semana deja un desierto.
(A la memoria de Marcelo Leiras)



