10 de junio de 2026
Alex Karp es uno de los CEO más importantes del mundo. En 2025, la revista Time lo nombró en la lista Time 100 de las personas más influyentes del mundo y también en 2025, su patrimonio neto ha superado los 11 mil millones de dólares, lo que lo sitúa entre las 250 personas más ricas del mundo según Forbes y el Índice Bloomberg Billionaires. Karp dirige Palantir, una de las empresas de análisis de datos e inteligencia artificial más vanguardistas e innovadoras, vinculada vía financiamiento y contratos al gobierno de Estados Unidos (ha obtenido casi 3 mil millones de dólares en contratos desde 2009, según el Financial Times).
Palantir fue confundada con su ex compañero de estudios Peter Thiel. Creador este último a su vez de PayPal (junto a Elon Musk), inversor inicial de Facebook (donde fue mentor de Mark Zuckerberg). De ahí justamente surge lo que se dio a conocer informalmente como la “PayPal mafia”. Se trata de empleados y fundadores que salieron de PayPal y que desde entonces fundaron o desarrollaron grandes empresas de tecnología de Silicon Valley como Tesla, Inc., LinkedIn, Palantir Technologies, SpaceX, Affirm, Slide, Kiva, YouTube, Yelp y Yammer.
Thiel también es promotor de políticos emergentes como el hoy vicepresidente JD Vance y es una figura clave del esquema de poder de Estados Unidos que encontró en Karp a un verdadero compañero de aventuras (uno no tan famoso como Musk pero no menos importante). ¿Pero quién es realmente Karp?
Karp nació en 1967 en la ciudad de Nueva York. Hijo de un pediatra judío y de una artista afroamericana, asistió al Central High School del que se graduó en 1985. Karp obtuvo su licenciatura (BA en Filosofía) en el Haverford College en 1989 y luego obtuvo un Juris Doctor de la Facultad de Derecho de Stanford en 1992. En Stanford, justamente, conoció a Peter Thiel.
Alex Karp es uno de los CEO más importantes del mundo. En 2025, la revista Time lo nombró en la lista Time 100 de las personas más influyentes del mundo y también en 2025, su patrimonio neto ha superado los 11 mil millones de dólares, lo que lo sitúa entre las 250 personas más ricas del mundo
De la Escuela de Frankfurt a la CIA
Años después Alex Karp se mudaría a Alemania para realizar un doctorado bajo la dirección del eminente sociólogo y filósofo, heredero de la denominada Escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas. Por diferentes choques y diferencias de criterio sobre el tema a investigar y el abordaje, Karola Brede pasó a dirigir y supervisar la investigación doctoral. Sin embargo, la influencia de Habermas está presente en la tesis. Este estudio de 120 páginas se titula Aggression in der Lebenswelt: Die Erweiterung des Parsonsschen Konzepts der Aggression durch die Beschreibung des Zusammenhangs von Jargon, Aggression und Kultur [Agresión en el mundo de la vida: La extensión del concepto de agresión de Parsons mediante la descripción de la relación entre jerga, agresión y cultura], presentada en 2002 en la Goethe-Universität de Frankfurt. Esta se centra en una reinterpretación y ampliación del concepto de agresión de Talcott Parsons, integrando el papel del lenguaje (específicamente, la jerga) y la cultura en los procesos de agresión social.
Karp propone, en su tesis de 2002, un estudio que es interesante considerar a la luz de su trabajo posterior en Palantir, que la agresión no solo se manifiesta en acciones físicas o sociales directas, sino también en formas simbólicas a través del lenguaje. En su tesis Karp introduce la noción de “jerga” (inspirada en La jerga de la autenticidad de Theodor Adorno) como un tipo de discurso que permite a los actores sociales expresar deseos prohibidos o agresivos sin enfrentar sanciones culturales o sociales.
Distingue dos tradiciones en la teoría social general clásica. Dice en su tesis: “Distingo entre esa tradición “positiva” de la sociología que, a diferencia de Hobbes, atribuye la cohesión de las sociedades modernas a la internalización de normas y valores de una cultura, y esa tradición “negativa” que, basándose en el razonamiento de Hobbes, ve en el interés de las personas la piedra angular del orden social. La tradición “positiva” incluye a Freud, Durkheim, Simmel, Marx, Mead, Parsons y Weber, entre otros, a la tradición “negativa” Hobbes, Nietzsche y en parte Horkheimer y Adorno”.
Justamente Karp se propone, en forma casi controversial, repensar a la luz de Parsons un concepto que resulta, a sus ojos, inoperativo desde Adorno. Es decir, considerando la cita anterior, toma el concepto de “jerga” de la tradición negativa (Adorno) para pensarlo desde la tradición positiva (Parsons). Piensa las formas del orden y de la integración considerando que la cohesión social es debida a la internalización de las normas y no a partir del interés de las personas.
¿Hay conexión directa entre la tesis de Karp y su trabajo posterior en Palantir? No directamente pero no deja de ser sugestivo. Como dijimos más arriba, Karp se inspira en Adorno, teórico crítico fundamental de la primera generación de la Escuela de Frankfurt. En este contexto el enfoque pragmático de Karp sobre cómo la jerga facilitaría la cohesión social podría chocar con la postura más crítica de Adorno, quien veía en la jerga de la autenticidad como una forma de alienación y dominación cultural. Esta adaptación del pensamiento de Adorno para justificar la función integradora de la jerga puede ser vista como una reinterpretación controvertida. Aunque la tesis no aborda explícitamente las implicaciones políticas de la jerga agresiva, su énfasis en cómo el lenguaje codifica la agresión sin sanciones sociales podría interpretarse como un análisis que, en retrospectiva, se alinea con el trabajo posterior de Karp en Palantir. Algunos podrían argumentar que esta visión del lenguaje como herramienta de control social prefigura su interés en tecnologías de vigilancia para el FBI, la NSA y la CIA, lo que podría ser visto como problemático pero que no deja de ser iluminador.
¿Hay conexión directa entre la tesis de Karp y su trabajo posterior en Palantir? No directamente pero no deja de ser sugestivo. Como dijimos más arriba, Karp se inspira en Adorno, teórico crítico fundamental de la primera generación de la Escuela de Frankfurt.
Palantir como empresa
Palantir toma su nombre de El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien (unas bolas de cristal utilizadas para comunicarse y ver qué pasa en otras partes del mundo), a semejanza del VP Vance que toma de la misma saga el nombre de su empresa Narya Capital (un anillo con la capacidad de darle valor a los corazones).
Frente al 11 de septiembre del 2001, tanto Thiel como Karp se convencieron de que debían involucrarse de lleno en el debate sobre la tensión entre seguridad y privacidad en las sociedades democráticas. Plantearon la pregunta de si era posible lograr más seguridad sin sacrificar por completo la privacidad, o si inevitablemente debía aceptarse un intercambio desfavorable. Esta preocupación desembocó en la creación de Palantir, una empresa diseñada justamente para ofrecer herramientas de análisis de datos a agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad, con la aspiración de generar un modelo de vigilancia “lo menos intrusivo posible” pero capaz de prevenir amenazas. Así, los atentados terroristas a las Torres Gemelas orientaron sus proyectos empresariales hacia el campo de la seguridad y la gestión de información estratégica.
En este contexto, el vínculo de Palantir con el gobierno de Estados Unidos es estrecho, histórico y estratégico. Desde sus inicios, ha trabajado con agencias de inteligencia, como la CIA, la NSA, y el FBI. Departamentos del gobierno, como el Departamento de Defensa, Departamento de Seguridad Nacional, el ICE (Inmigración y Control de Aduanas), y el CDC (Centros para el Control de Enfermedades). Y el ejército de EE. UU: Palantir ha provisto software de análisis para misiones militares y logísticas en zonas de guerra como Irak y Afganistán. Durante la pandemia de COVID-19, Palantir también colaboró con el gobierno en el manejo de datos sanitarios y distribución de vacunas.
Palantir ha sido objeto de fuerte crítica pública y activismo social por su colaboración con el ICE durante la administración Trump. Su software Gotham fue utilizado para rastrear y deportar inmigrantes indocumentados. Fue parte clave en la construcción del programa ICM (Investigative Case Management), una plataforma que integra datos de múltiples agencias y permite realizar seguimientos detallados de personas. Activistas y medios denunciaron que Palantir proporcionó las herramientas que permitieron redadas y separaciones familiares en la frontera.
Palantir se ha consolidado como un líder en el concepto de “IA táctica”, que implica el uso de algoritmos para asistir o automatizar decisiones militares en tiempo real, un enfoque que, según Karp, responde a la necesidad de un software que “piense más rápido que el enemigo” en el campo de batalla moderno. Esta tecnología permite la integración de inteligencia en vivo proveniente de múltiples fuentes, como drones, satélites y sensores terrestres, además de realizar análisis predictivos de amenazas y rutas de ataque, y proporcionar asistencia a soldados y comandantes mediante mapas, simulaciones y decisiones tácticas automatizadas. En este contexto, Palantir fortaleció su relación con el Pentágono a través de contratos millonarios, incluyendo el Programa Maven, enfocado en integrar inteligencia artificial en el análisis de imágenes de drones; el Army Vantage Program, una plataforma de “conciencia situacional total” basada en datos; y el uso de IA para optimizar misiones de combate, logística y planificación estratégica.
Además, la empresa ha sido acusada de facilitar vigilancia masiva sin transparencia. De violar potenciales derechos a la privacidad, especialmente de comunidades vulnerables. Y de hacer un uso de su tecnología para realizar perfiles raciales o ideológicos, dependiendo de cómo las agencias gubernamentales lo apliquen. En relación con la falta de transparencia Palantir, esta se ha negado repetidamente a revelar la naturaleza específica de sus contratos con agencias gubernamentales. Su estructura de propiedad es altamente concentrada, con un control casi total por parte de sus fundadores, especialmente Alex Karp y Peter Thiel, que, hasta su salida a la bolsa en 2020, operaba casi como una “caja negra”, sin reportes públicos detallados.

Desde su salida a bolsa en 2020, Palantir Technologies ha mantenido un desempeño claramente alcista a largo plazo. Superó los mínimos de 2022 y vivió un fuerte rally en 2024-2025, impulsado por la adopción de inteligencia artificial y la expansión de contratos comerciales y gubernamentales. En mayo de 2025 las acciones alcanzaron niveles cercanos a los 133-134 dólares, pero el máximo histórico se registró en noviembre de 2025 con un cierre superior a los 207 dólares. En abril de 2026 la cotización se ubica alrededor de los 146 dólares, conservando un retorno acumulado sólido. Un elemento que genera gran entusiasmo entre inversores es el proyecto Golden Dome (“Iron Dome para América”), un ambicioso escudo de defensa de misiles promovido por el presidente Trump.
El programa busca crear una red integral, con fuerte componente espacial, capaz de interceptar misiles balísticos, de crucero e hipersónicos. En marzo de 2026 se confirmó que Palantir, junto a Anduril Industries, está desarrollando la capa de software y el “sistema operativo” del proyecto. Esta plataforma integra datos de sensores y habilita decisiones en tiempo real. El consorcio apunta a tener el software listo para pruebas en próximos meses, lo que refuerza el rol estratégico de Palantir en la modernización de la defensa nacional y abre oportunidades multimillonarias a futuro.
En el plano financiero, Palantir mostró un crecimiento impresionante en 2025, con un acelerado avance en el negocio comercial en Estados Unidos y márgenes operativos sólidos. Aunque el ritmo se está normalizando, la empresa mantiene una ejecución eficiente que combina expansión y rentabilidad. En este contexto, el avance del Golden Dome y otros contratos de defensa e IA podrían actuar como catalizadores importantes para sostener el momentum en los próximos años. Paralelamente, cobró relevancia la “One Big Beautiful Bill”, la gran ley impulsada por Trump que agrupó extensiones de recortes impositivos, aumentos en gasto de defensa (incluyendo fondos para iniciativas como Golden Dome) y otras prioridades internas. Fue aprobada por la Cámara en mayo de 2025 con un margen ajustado, avanzó en el Senado y fue firmada por el presidente el 4 de julio de 2025. Pese a la oposición de demócratas y algunos republicanos preocupados por el déficit, la ley ya está en vigor y ha fortalecido el entorno favorable para empresas tecnológicas con exposición a defensa y seguridad nacional.
En síntesis, Palantir sigue siendo una de las historias de crecimiento más destacadas en el cruce entre software avanzado, inteligencia artificial y defensa. El contexto político actual le proporciona vientos de cola claros, aunque su elevada valoración hace que cualquier retraso en grandes contratos o moderación del crecimiento pueda generar volatilidad. Su futuro dependerá de cómo capitalice el boom comercial de la IA y su posición clave en proyectos estratégicos como el Golden Dome.
The Technological Republic es una crítica contundente a la cultura de complacencia en Silicon Valley y Occidente, proponiendo una visión para revitalizar la colaboración entre la industria tecnológica y los gobiernos en pos de la seguridad nacional y el liderazgo global.
La República Tecnológica
En estos días se viralizó un hilo desde la cuenta de Palantir en X que consiste en una especie de resumen del libro que en 2025 Alex Karp, junto a Nicholas W. Zamiska, jefe de asuntos corporativos de Palantir, publicó titulado The Technological Republic. Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West. Sobre este hilo el filósofo ruso Alexander Dugin, señalado como una eminencia gris putinista, dijo: “El manifiesto de Palantir es el plan del tecno-fascismo occidental. La superioridad de la raza blanca basada en la tecnología. Sin antisemitismo, sin sacralidad, sin socialismo del fascismo histórico antiguo. Esta vez puramente capitalista, amigable con los judíos, profano, materialista. Anglosajón. Pos-humanista.” Sobre el tuit del ruso el inglés Nick Land, filósofo de la ilustración oscura y para muchos padre del “aceleracionismo”, dijo que “A veces pienso que Alexei solo me está hablando a mí. Locura de soberbia, por supuesto”.
Pero más allá de la sorpresa que generó el “manifiesto” hecho hilo, el libro ha sido un éxito comercial, convirtiéndose en un bestseller de The New York Times, y ha recibido elogios de figuras como Walter Isaacson, Jamie Dimon y el general James Mattis, quienes lo ven como un llamado urgente a la acción en la era de la IA. The Technological Republic es un ambicioso proyecto geopolítico con base sociológica. Parte de una crítica a lo que llaman la cultura de Silicon Valley y su “hedonismo ligero”. Karp acusa a Silicon Valley de centrarse en proyectos superficiales que satisfacen los caprichos del capitalismo tardío en lugar de abordar problemas críticos como la defensa nacional o la seguridad pública y nacional. En línea con Thiel parece sostener que no se está haciendo lo suficiente para innovar y acelerar. El progreso va demasiado lento.
The Technological Republic es una crítica contundente a la cultura de complacencia en Silicon Valley y Occidente, proponiendo una visión para revitalizar la colaboración entre la industria tecnológica y los gobiernos en pos de la seguridad nacional y el liderazgo global. Karp y Zamiska sostienen que se puso el foco demasiado en productos comerciales triviales, como redes sociales o algoritmos de marketing, por sobre proyectos de gran envergadura que sirvan al interés nacional, como los que caracterizaron su colaboración con el gobierno durante el siglo XX (ejemplo: el desarrollo de tecnologías que ayudaron a ganar la Segunda Guerra Mundial). Como dicen los autores: “¡Silicon Valley, despierta! Arriesgas a perderlo todo si eliges el cinismo sobre el patriotismo.”
Para Karp y Zamiska, la IA se ha convertido en un campo de batalla geopolítico crucial, comparando esta carrera con la carrera armamentística nuclear del siglo XX, afirmando que el dominio de esta tecnología será decisivo para la supervivencia de las democracias frente a potencias autoritarias como China o Rusia. Solo teniendo como máxima prioridad el desarrollo de IA con el foco en el fortalecimiento de la defensa y la gobernanza es que se puede triunfar una vez más. Como dicen Karp y Zamiska: “Nuestro mensaje es simple: necesitamos un nuevo Proyecto Manhattan.” Por eso mismo, se critica la mentalidad de aversión al riesgo y la corrección política predominante en Silicon Valley, la academia y la política, señalándola como un freno a la innovación y el liderazgo. En su lugar, se defiende la necesidad de líderes audaces que desafíen el consenso, asuman riesgos y enfrenten críticas públicas para preservar la ventaja tecnológica y económica.
Karp ha sido a lo largo de su vida un demócrata y fue en su momento un crítico del Trump del primer mandato. Sin embargo, ha llenado de elogios a este nuevo Trump y a su ex asesor estrella Musk (otro ex demócrata). Ha dicho cosas como que el desmantelamiento del USAID en particular y el DOGE de Musk en general “es bastante brillante”. Además, agregó que “lo que veo es que Trump dice: ‘No acepto un paradigma en el que Estados Unidos simplemente siga financiando estas cosas, no hay un debate real'”. Dice que la izquierda debería poder dialogar con posturas como estas porque el Estado no puede seguir gastando sin que se sepa en qué se gasta. “No aceptes un paradigma estúpido, no importa quién te diga que deberías tenerlo”, dice Karp.

Un momento de reconocimiento ha llegado a Occidente, dice Karp. La falta de ambición pone en riesgo la hegemonía tecnológica y geopolítica de Occidente y de lo que se trata es de tomar cartas en el asunto. La industria del software debe reconstruir su relación con el Estado y redirigir sus esfuerzos y su atención en construir tecnologías capaces de enfrentar los dilemas y desafíos serios del presente. Para Karp y Zamiska el auge de la inteligencia artificial, que por primera vez en la historia presenta un desafío plausible a nuestra especie por la supremacía creativa en el mundo, y solo ha aumentado la urgencia de revisar cuestiones de identidad y propósito nacionales que muchos habían pensado que podían dejarse de lado con seguridad. Como continúan diciendo, “las decisiones que afrontamos colectivamente son demasiado trascendentales como para dejarlas sin cuestionar ni examinar. Quienes participan en la construcción de la tecnología que animará y hará posible casi todos los aspectos de nuestra vida consciente tienen la responsabilidad de exponer y defender sus puntos de vista”.
Para Karp, quien como dijimos proviene de la izquierda, el fracaso esencial de la izquierda contemporánea, del Norte Global, ha sido privarse de la oportunidad de hablar de identidad nacional. La izquierda política, tanto en Europa como en Estados Unidos, se neutralizó hace décadas, impidiendo a sus defensores mantener una conversación contundente y franca sobre la identidad nacional. La identidad nacional, siguen los autores de The Technological Republic, no tiene que ser nada vinculado con la raza ni la sangre. La identidad pasa más por tener historias comunes, intereses comunes y también enemigos comunes. El futuro, dicen los autores, “pertenece a aquellos que en lugar de esconderse detrás de una afirmación a menudo hueca que se acomoda a todos los puntos de vista, luchen por algo singular y nuevo.”
Karp y Zamiska sostienen que se puso el foco demasiado en productos comerciales triviales, como redes sociales o algoritmos de marketing, por sobre proyectos de gran envergadura que sirvan al interés nacional, como los que caracterizaron su colaboración con el gobierno durante el siglo XX
Dada la gran formación intelectual de Karp, un aspecto que comparte con su socio Thiel, no deben extrañar las innumerables referencias intelectuales de su libro. Francis Fukuyama, Jürgen Habermas, Ernst Renan y hasta David Graeber. Pero una de las últimas “citas cultas” del libro es Leo Strauss, un autor fundamental del “arte de escribir en clave”. Karp y Zamiska nos recuerdan que Strauss, para muchos un verdadero antecedente del pensamiento conservador y hasta neocon de Estados Unidos, explicaba que la suspensión de las valoraciones morales es una maniobra necesaria para la generación de conocimiento científico. Pero, recuerdan, esa innovación desprovista de valores es también un camino al nihilismo. Frente a esto, los directivos de Palantir nos invitan a innovar como nunca antes, pero de la mano de valores morales e identidad nacional de ampliación del campo de batalla.
Para los autores, la cultura de Silicon Valley es un ejemplo de una decadencia que, luego de la llegada del hombre a la Luna, como suele recordar Thiel, comenzó con Woodstock. Los jipis tomaron el control y es hora de enviarlos a su casa. ¿Qué debería hacer el mundo tecnológico? Una alianza virtuosa con los gobiernos en el contexto de la Segunda Guerra Fría en curso.
Todos estos planteos, no exentos de polémica, sirven como indicador de cambio de época: lejos del “fin de la historia” de Fukuyama, pero también repensando el 11 de septiembre a la luz de la pandemia, los conflictos étnico-religiosos contemporáneos, el enfrentamiento con China y la reacción anti-woke. Con el agotamiento del “consenso de 1945” en nuestras manos, guste o no, a favor o en contra, gente como The Technological Republic nos invita, aunque lo extrañemos horrores, a dejar morir de una vez al siglo XX y asumir el tiempo que nos toca.



