13 de julio de 2026
Finalmente Joe Biden dio un paso al costado. Un acto de coraje y responsabilidad contra el establishment del Partido Demócrata y sus negocios e intereses que estaban más alineados con una candidatura zombie que con ganar las elecciones de noviembre. Cosas que pasan en las democracias del Norte pero que acá también vemos pasar en los partidos locales. Hay lluvia de apoyos a Kamala Harris y los demócratas pasaron de una derrota prácticamente asegurada a una oportunidad. Veremos qué pasa. Se abre el escenario otra vez.
Otro que hizo su jugada, con todos los focos encima, después de esquivar las balas, una en particular que pasó increíblemente cerca, fue Donald Trump al nombrar a JD Vance como su compañero de fórmula camino a la Casa Blanca. Mucho ya se dijo sobre este senador por Ohio de 39 años. Que viene de las zonas castigadas por la desindustrialización de Estados Unidos y que fue súper crítico de Trump, lo llamó “el Hitler de América”, y después se hizo trumpista. ¿Camino de Damasco u oportunismo? Que nadie tire la primera piedra. Además, escribió un libro interesante, Hillbilly Elegy, que se hizo película recientemente. Una suerte de testimonio de los condenados de la globalización relatado desde la periferia interna de los países centrales. El libro fue primero en ventas del New York Times, sí, del mismo diario que contribuyó a bajar la candidatura de Joe Biden, porque no podés ser candidato del Partido Demócrata sin el apoyo del New York Times. Un besteller, en fin.
El libro cuenta la historia de cómo pegó en el corazón de Estados Unidos el ciclo de globalización que se inició en los años setenta con la deslocalización de empresas industriales a China. El costo social yanqui del crecimiento económico del líder aceleracionista chino Deng Xiaoping que llegó al poder en 1979. Y Vance entró fuerte a la esfera pública con ese libro en 2016. Fue algo así como una traducción a los progresistas de las grandes ciudades, lectores del New York Times, de lo que venía ocurriendo en la “América profunda”. Vance es un ex combatiente de Irak que estudió derecho en Yale y fue catapultado a la política gracias al financiamiento exorbitante del empresario Peter Thiel. Y es bajo la influencia de Thiel que Vance se convirtió al catolicismo y se empapó de las ideas del gran filósofo y antropólogo René Girard. Otro día vamos a volver a Vance, que quizás si tiene suerte nos acompañe muchos muchos años, pero lo que me interesa hoy es más bien asomarnos mínimamente al universo del Dark Lord detrás de Vance: Peter Thiel.

De PayPal a Palantir
Peter Thiel (Frankfurt, 1967) estudió filosofía y derecho en Stanford y Yale. Publicó un libro contracultural en los años ’90 crítico del multiculturalismo debatiendo sobre la cuestión de la diversidad y fue a trabajar con un juez. Pero dejó todo eso y se metió en el mundo de las Fintech. Se asoció con un Elon Musk medio pelado y, para decirlo rápido, co-fundó PayPal. En realidad, asume el control de la empresa cuando Musk, que trabajaba día y noche, se toma un avión a Australia y ahí le dan “un golpe de Estado” y asume el mando y rebautizan a la empresa como PayPal. Pero con el tiempo se hicieron buenos socios.
De ahí surge lo que se dio a conocer informalmente como la “PayPal mafia”. Se trata de empleados y fundadores que salieron de PayPal y que desde entonces fundaron o desarrollaron grandes empresas de tecnología de Silicon Valley como Tesla, Inc., LinkedIn, Palantir Technologies, SpaceX, Affirm, Slide, Kiva, YouTube, Yelp y Yammer.
Vance es un ex combatiente de Irak que estudió derecho en Yale y fue catapultado a la política gracias al financiamiento exorbitante del empresario Peter Thiel. Y es bajo la influencia de Thiel que Vance se convirtió al catolicismo y se empapó de las ideas del gran filósofo y antropólogo René Girard
Años después de PayPal Thiel hizo posible Facebook. Los que vieron la película de David Fincher “The Social Network” quizás recuerden el momento en que Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg) y Sean Parker (Justin Timberlake) se reúnen con un señor que les da financiamiento. Ese hombre es Peter Thiel y es quien puso la “inversión ángel” como le confirma en otra escena Mark Zuckerberg a su socio brasilero, mientras le tendía una trampa, Eduardo Saverin (Andrew Garfield): “Peter Thiel acaba de hacer una inversión ángel de 500.000 dólares”. Thiel ingresó a Facebook y se mantuvo en el board hasta 2022.
Otra empresa importante de la galaxia Thiel es Palantir que toma el nombre de El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien (unas bolas de cristal utilizadas para comunicarse y ver qué pasa en otras partes del mundo), al igual que Vance que toma de la misma saga el nombre de su empresa Narya Capital (un anillo con la capacidad de darle valor a los corazones). Hay toda una disputa político-cultural sobre El señor de los anillos al que volveremos otro día. Pero Palantir es una empresa de ciber seguridad y big data comandada por otro gran personaje del universo Thiel: Alex Karp. El CEO de Palantir estudió en Stanford con Thiel y se doctoró en Sociología con una tesis sobre Talcott Parsons en la Universidad de Goethe en Alemania. Ex alumno de Jürgen Habermas hoy es el CEO de la empresa tecnológica ligada a la seguridad nacional de Estados Unidos y posa, provocativa/irónicamente, con un cuadro gigante de un enternecedor Michel Foucault.

En los últimos años el mundo de la tecnología fue dejando gradualmente atrás cierta idea dominante medio “buenista”, jipi o contracultural con la que muchos coquetearon entre finales del siglo XX y principios del XXI. Como recuerda Max Chafkin en The Contrarian, la biografía no autorizada de Peter Thiel, hasta 2016 Barack Obama aún podía decir que al dejar el poder se mudaría a California y se dedicaría a ser un empresario tecnológico. Era todavía un momento “iluminador” de Silicon Valley y las tecnológicas californianas que todavía no se habían puesto en modo full “oscuridad”. En 2016 algo cambió y comenzó una migración hacia otros lugares como Texas. De ahí pasamos de Zuckerberg y Facebook como símbolos del big tech a Thiel, quien como ya dijimos en realidad hizo posible Facebook. También pasamos de la imagen de un Jeff Bezos “salvando” el The Washington Post a Elon Musk (otro viejo socio de Peter Thiel) “tomando por asalto” a Twitter. Como dijimos antes, Thiel, además de empresario que apuesta por nuevas empresas tecnológicas y financieras, es un acelerador de nuevos referentes culturales. Un empresario, filósofo sofisticado y mecenas que financia a jóvenes dropers para que mentes las mentes más brillantes dejen la universidad (a la que considera una burbuja) y emprendan y hasta financia a las artes en el marco de una gran “guerra cultural” contra la cultura progresista y woke. También, como dijimos al principio, financia nuevos liderazgos como JD Vance. Además, apoyó a Trump financieramente e hizo un encendido discurso en la convención republicana del 2016 diciendo que estaba “orgulloso de ser gay, republicano y estadounidense” y fue parte clave del equipo de transición de la llegada al poder de su candidato a la Casa Blanca. Thiel es un hilo conductor entre empresarios, líderes e innovaciones tecnológicas fundamentales. También es parte de una constelación de intelectuales sobre los que ya hablaremos otro día como Curtis Yarvin, Patri Friedman o Nick Land. Pero es también él mismo un verdadero intelectual público con ideas a contracorriente.
Ex alumno de Jürgen Habermas hoy es el CEO de la empresa tecnológica ligada a la seguridad nacional de Estados Unidos y posa, provocativa/irónicamente, con un cuadro gigante de un enternecedor Michel Foucault
Intelectual público
Peter Thiel es un hombre que cree en la importancia de las ideas. Un intelectual público autopercibido libertario (seguidor de Ayn Rand) aunque también estudioso de la obra de pensadores nada libertarios como Leo Strauss y Carl Schmitt y como dijimos al principio un amante de René Girard (interesante que quien hiciera posible Facebook considere como fundamental el rol y el vínculo entre mimesis, sacrificio y violencia). Suele decir que le gustaría que la política no fuera relevante en la vida y sueña con un mundo menos burocrático y libre de un Estado controlador (su lado libertario) pero que el conflicto político existe y hay que tomar cartas en el asunto (su lado schmittiano). Además, como adelantamos al principio, es católico (lo que una vez más explica su pasión por Girard). Frente a esto se propone intervenir, poniendo originalmente el foco más en influir en los pequeños grupos que toman decisiones, las élites dispuestas a escuchar, aunque con el tiempo comenzó a querer influir en grupos más grandes de forma indirecta (de ahí las donaciones y el mecenazgo cultural).
En el libro que editamos desde el sello Interferencias (Adriana Hidalgo editora), compilado por el filósofo Luis Diego Fernández, publicamos una parte central de De cero a uno, libro que coescribió con Blake Masters, a quien conoció como alumno en un curso que dio en Stanford en 2012, otro político financiado por Thiel aunque de menor éxito que Vance. Es un libro sobre innovación donde explica por qué es más difícil llegar de cero a uno que de uno a diez. También desarrolla la idea central de su ideario que dicta que la competencia no es la clave del capitalismo, que eso lo dicen los economistas como venidos del siglo XIX, que en realidad necesitamos monopolios para potenciar la innovación, recuperando a Joseph Schumpeter.
La innovación es un tema fundamental para Thiel. En la práctica, pero también en la teoría. Sostiene que no es cierto que vivamos en el momento de máxima innovación tecnológica de la historia. Que estamos estancados. Vas con tu iPhone caminando por la calle y sentís que estás viviendo en el futuro con todo en tus manos, pero si te lo guardás en el bolsillo estás a principios del siglo XX. Autos, trenes, barcos. Como dice y repite Thiel: “nos prometieron autos voladores y nos dieron 140 caracteres”. Irónicamente Twitter fue comprado por su viejo socio.
Una cosa es innovar en el mundo de los átomos y otra en el de los bits. Occidente -Estados Unidos- inventó la bomba atómica en los ’40 y llegó a la Luna en los ’60 y desde ahí, según Thiel, hemos hecho poco. Semanas después del Apolo 11 vino Woodstock, el triunfo de los jipis. Y así estamos. Si la biología y la ingeniería hubieran evolucionado al mismo ritmo que las ciencias computacionales ya deberíamos experimentar a la vida eterna (Nixon le declaró la guerra al cáncer en 1973) y ya hubiéramos llegado a Marte (Musk intenta saldar esa deuda).
Thiel, además de empresario que apuesta por nuevas empresas tecnológicas y financieras, es un acelerador de nuevos referentes culturales
En este marco sostiene que, por ejemplo, Google inventó algo hace un cuarto de siglo y que hoy no saben qué hacer con el dinero de los inversores: que invertir en Google es invertir contra el progreso y ha dicho que Google podría estar traicionando a Estados Unidos en sus colaboraciones con China. Thiel piensa mucho en China. Piensa que hoy hay dos grandes tecnologías contemporáneas. Una libertaria y otra comunista: las criptomonedas y la Inteligencia Artificial.
La ciencia no avanza y la culpa la tiene la burocracia científica y la administración federal. Para Thiel vamos demasiado lento y el sistema político no ayuda o más bien todo lo contrario. Por eso dijo más de una vez que “no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”. Como remedio a ese retardo tiene a mano el modelo político propuesto por su viejo socio Curtis Yarvin: una monarquía dirigida por un CEO en el que los ciudadanos son los accionistas. Ya nos meteremos en todo eso en otra ocasión.
Volviendo a JD Vance, en la red social de Elon Musk antes conocida como Twitter el empresario argentino residente en Madrid Martín Varsavsky contó que conoció al compañero de fórmula de Donald Trump en la casa de Peter Thiel y que le pareció fascinante. Varsavsky, sobrino de Oscar Varsavsky, quien fue un demócrata progre, como Musk en su momento, hasta hace muy poco, imitó al creador de Palantir y así como Thiel construyó su refugio anti-colapso en Nueva Zelandia Varsavsky hace el suyo propio en Mendoza. De hecho, organizó recorridas con otros millonarios por la Patagonia para persuadirlos de la oportunidad de sobrevivir junto a la montaña el apocalipsis. Sueñan con tiempos interesantes. De hecho, hace unos meses Thiel vino a la Argentina, casi de incognito, y supuestamente se reunió con el presidente Milei. ¿De qué hablaron? ¿Inversiones, batalla cultural mundial o geopolítica? ¿Un nuevo búnker anti-colapso? Quizás el presidente deje de insistir con Murray Rothbard y pruebe con Curtis Yarvin.




