Un momento...

27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

2 de julio de 2025

LA ERA DEL PAVO

Diego Labra

@omnivorcultural
Sociedad
Tiempo de lectura: 7 minutos

Mi paso por la docencia secundaria no fue largo, pero estuve suficiente tiempo dentro de un aula como para sacar algunas conclusiones. La brecha en los tiempos de la pubertad, que negaba cuando era chico, es real. Quien se quiera mostrar diferente de sus compañeritos se sigue vistiendo y escuchando música vintage, solo que ahora lo retro es Linkin Park. No hay vocación docente ni teoría pedagógica que sobreviva al caos que inevitablemente surge al sentar treinta y cinco preadolescentes en una habitación de treinta metros cuadrados. Con motivo de un episodio de bullying, cité a los tutores del chico afectado. Para desquitarse contra quienes molestaban a su nene, la madre sacó su teléfono y me mostró un grupo de Whatsapp donde las mamis se pasaban la tarea que hacían en lugar de sus hijos. La cabecilla, aseveró, era la mamá del nene instigador. Esto fue hace poco más de diez años. No me quiero imaginar cómo serán las cosas ahora.

Sea motivado por casos sonados que acaparan horas de cobertura en los canales de noticias, o discusiones propias de redes sociales sobre las realidades de la labor docente, el debate público parece haber encontrado un tema sensible (y, por ende, productivo a la hora de generar indignación y métricas) en la supuesta falta de madurez de jóvenes y, también, de sus progenitores. No es algo exclusivamente local. Reportajes internacionales destacan que en instituciones educativas tan prestigiosas como Harvard los profesores enfrentan a madres que pretenden pelearle la calificación de sus hijos mayores de edad. Allá esta actitud entre sobreprotectora y arrogante es tan ubicua que hace treinta años se popularizo el neologismo helicopter parenting. Últimamente se ha agravado al punto que ahora se habla de snowplow parents (“padres topadora”), que hacen cualquier cosa con tal de asegurarle el futuro a su prole. Incluso armar una conspiración criminal de tráfico de influencias para conseguir acceso a las mejores universidades del país.

Esos largos meses de aislamiento obligatorio y educación virtual a comienzos de esta década que corre habrían producido un daño irreparable en jóvenes que vieron truncado su proceso de socialización

Compartir:

Quienes buscan explicaciones para estos cambios pueden recurrir, como en tantos otros casos, a los efectos de la pandemia del COVID-19. Esos largos meses de aislamiento obligatorio y educación virtual a comienzos de esta década que corre habrían producido un daño irreparable en jóvenes que vieron truncado su proceso de socialización. Luditas y adeptos a la Escuela de Frankfurt, aún muy popular entre los intelectuales argentinos, no dudan en extender la cronología unos años más para abarcar por completo el período de democratización del Internet de banda ancha y, especialmente, su acceso móvil a través de teléfonos inteligentes que ahora cada niño y niña lleva encima.

Como parte de la última generación de argentinos criado sin un smartphone en el bolsillo (mi primer celular fue un Motorola C115 que conseguí a los veinte), es tentador adscribir a esta teoría. Tengo un recuerdo particularmente vívido de la tarde que llamé a mi madre para que venga a buscarme a lo de un nuevo amiguito que hice en sexto grado, y ella me respondió que vuelva solo. Caminé tres o cuatro cuadras asustado, apretando las lágrimas, hasta que encontré una calle cuyo nombre conocía y me di cuenta que estaba muy cerca de mi casa. Llegué algo sacudido, pero consciente incluso entonces de que en ese corto trayecto había crecido. Hoy esa experiencia es imposible, o cuanto menos improbable, gracias a apps como Whatsapp, Google Maps o Uber.

Ya en esos años noventa había una sensación palpable de que madres y padres avanzaban sobre la autonomía de sus hijos con el fin de protegerlos de un mundo exterior cada vez más amenazante. El pasado nostálgico color sepia de los chicos jugando en la calle, del barrio y el club propios de una película de Campanella se evaporaba en las grandes urbes al ritmo de la descomposición social y los picos de rating de canales de noticias que llegaban por cable, reemplazando a la radio como nuevo ruido de fondo. Corresponsales de guerra reportaban ahora durante las veinticuatro horas desde la trinchera de la inseguridad en localidades del AMBA cuyos contornos se funden en el imaginario del televidente del interior. Los herreros no daban abasto para atender la demanda de rejas que cubran puertas y ventanas.

Sin embargo, por entonces el debate en torno a la adolescencia no versaba sobre chicos y chicas que maduraban muy lentamente, sino sobre aquellas que lo hacían demasiado rápido. El mayor ejemplo de esta pérdida de la inocencia eran las lolitas, modelos firmadas por agencias tan temprano como a los trece años, quienes suscitaban tanto indignación como morbo desde la portada de revistas de moda e investigación periodística por igual. Una profundización del “destape” alfonsinista, o el salvo inicial de la fiesta menemista, dependiendo si se elige subrayar continuidades o rupturas.

Desde su primer episodio, el nuevo producto de Cris Morena había levantado cejas al incluir un striptease de Luisana Lopilato, por entonces de tan solo dieciséis años

Compartir:

El espíritu de la prohibición de Chiquitas impuesto puertas adentro por muchas madres preocupadas ante la precocidad de la telenovela infantil saltó al debate público con la campaña montada contra Rebelde Way por la agrupación católica Fundación Argentina del Mañana y la Cámara Argentina de Anunciantes, que ya se había cargado a De a 2 con Karina Mazzocco y la emisión de South Park por Azul. Desde su primer episodio, el nuevo producto de Cris Morena había levantado cejas al incluir un striptease de Luisana Lopilato, por entonces de tan solo dieciséis años, y una sesión de bodypainting de Camila Bordonaba, la recordada Marizza Spirito. Hija en la ficción de la vedette interpretada por Catherine Fulop, su relación claramente buscaba evocar a la de Moria Casan y la nena que creció demasiado rápido por antonomasia, Sofía Gala Castiglione.

Ese binomio madre/hija en el centro de Rebelde Way bien podría estar hablando también de la relación de la misma Morena con su propia hija, Romina Yan. Cuenta Yan que, mientras aún cursaba en la secundaria, se presentó a escondidas al casting de Jugate Conmigo con la esperanza de que formar parte del elenco del programa le permitiría pasar más tiempo con la ocupada Morena, entonces ya una figura conocida del espectáculo gracias a su papel como la rubia del tándem de “la rubia y la morocha” en las últimas películas de Olmedo y Porcel. Al igual que Marizza, Romina se rebeló para poder formar parte del mundo de su mamá. Ella no llegó a desnudarse en cámara para llamar su atención, pero si filmó el videoclip de una balada escrita por su madre sobre su “primera vez”. Como Sonia Reyes, la vedette interpretada por Fulop, Cris se encontraba tensionada entre su rol maternal y el deseo de seguir siendo una mujer plena que abiertamente desafiaba un inevitable destino de vejez.

A comienzos de los noventa, la controversial irrupción de las lolitas podía leerse como signo de una adolescencia cuyo inicio se adelantaba cada vez más. La superposición en la pantalla de Telefe de la juventud simultánea de una madre (Morena) y su hija (Yan) señalaba que su final también comenzaba a posponerse, extendiendo al menos algunas características de ese período liminar hasta bien entrada la adultez. Como ilustra la anécdota escolar con la que abre este texto, detrás de un adolescente que actúa como un niño a menudo se encuentra un progenitor adulto que aún se comporta como adolescente. Así lo documenta la canción grabada por Los Auténticos Decadentes en su placa de 2003, Sigue Tu Camino, nombrada en honor a un neologismo que por entonces era de uso corriente: Pendeviejo.

Quizás menos conocido sea que, antes de ser la creadora de éxitos televisivos globales, vedette y la madre de Romina, Cris Morena tuvo una historia como militante social asociada a la Iglesia Católica. En entrevistas la productora recuerda con cariño y admiración al padre Carlos Mugica, junto con quien realizó trabajo misionero en la Villa 31, hoy renombrada en honor al párroco asesinado. La vocación social de Morena llegó a un abrupto final con el recrudecimiento de la violencia política en la Argentina de comienzos de los setenta. Ante dicha situación, ella decidió retirarse para dedicarse primero al modelaje y, luego, a la maternidad. Esos años de plomo pueden leerse como un período previo en la retracción de la sociedad argentina del espacio público hacia la privacidad del hogar, especialmente para la juventud. “¿Sabe Usted que está haciendo su hijo en este momento?”, se preguntaba con tono inquisidor a padres y madres desde la prensa gráfica.

Como ilustra la anécdota escolar con la que abre este texto, detrás de un adolescente que actúa como un niño a menudo se encuentra un progenitor adulto que aún se comporta como adolescente

Compartir:

Así llegaba a su final un período de efervescencia juvenil iniciada en los sesenta que, como señala la historiadora Valeria Manzano, consolidó en la Argentina a ese momento vital entre la niñez y la adultez como una etapa en derecho propio. “Hasta ese entonces había jóvenes, pero no juventud”, como resumió Juan Carlos Torre. Hitos de esa emergencia fueron el activismo político que manaba de universidades y secundarios, pero también los nueva oleros de El Club del Clan, la película Los Jóvenes Viejos de Rodolfo Kuhn y la “Escuela para Padres” de la psicóloga Eva Giberti, cuyos consejos reflejaban un novedoso clima de tolerancia frente a la actitud rebelde y la experimentación sexual de los hijos.

No es casualidad que Morena, quien nació en 1950 en el seno de una familia de clase media alta del barrio de Belgrano, sea hija de esos tiempos. Ella es parte de la primera generación de argentinos que gozó de una adolescencia plena. Como refleja el relato hilado por su biógrafo Pablo Méndez Shiff, si bien sus padres eran más bien conservadores, el deseo adolescente estaba completamente presente en las expectativas y ansias de Cris, quien detestaba las restricciones de la escuela y ansiaba ser libre. No hace falta aclarar que esa experiencia informó todas sus ficciones, abocadas a plasmar esa etapa vital en la televisión, el teatro, el cine y la música, y hoy son una referencia inevitable para quién quiera pensar a los jóvenes argentinos de las últimas tres décadas y medias.

Como su obra, Morena parece nunca haber podido (o querido) abandonar del todo ese estado liminar de la adolescencia, donde todo es posible, te sentís el protagonista del mundo y no existe un “no” que valga. Una renuncia obstinada que ha sido condenada desde crítica y la academia como facilista e inmadura, pero que cada vez más se aparece como un involuntario retrato de la realidad en que nos toca vivir: una sociedad de adolescentes.

Sociedad