Un momento...

22 de julio de 2026

22 de julio de 2026

28 de marzo de 2025

ERA INDISPENSABLE BAILAR

Gerardo Fernández

@GerarFernandez
Cultura
Tiempo de lectura: 3 minutos

En una de sus historias del rock nacional, el poeta Miguel Grinberg anota una de las curiosas consignas que se pintaron durnate los días de la primavera democrática. Simplemente decía: Es indispensable bailar. Los Abuelos de la Nada fueron la explosión de los cuerpos, fueron de los primeros que se animaron a bailar en el escenario encarnando el quiebre con la solemnidad impuesta a sangre y fuego por los militares y sus aliados, y también por la solemnidad de la canción testimonial de la época. Miguel parecía decir desde el escenario: no somos víctimas, somos libres.

Miguel ponía el cuerpo en ese escenario y se bancaba todo tipo de agresiones de algunos públicos en los que la dureza militar había endurecido sus cuerpos, en los que los prejuicios habían endurecido sus gustos. En los recuerdos por momentos aparece la imagen de una banda gozando en el medio de un cementerio una noche borrascosa, ahí están los Abuelos y al frente él, Miguel. El 26 de marzo del 88 se fue con sólo 42 años, tres meses antes había muerto Luca Prodan y nueve meses más tarde se iría Federico Moura. Todo en un en un año Argentina. La primavera democrática terminaba de bajar su telón negro.

Los Abuelos de la Nada fueron la explosión de los cuerpos, fueron de los primeros que se animaron a bailar en el escenario encarnando el quiebre con la solemnidad impuesta a sangre y fuego por los militares y sus aliados, y también por la solemnidad de la canción testimonial de la época

Compartir:

¿Qué eran esos Abuelos? A Virus muchos los tildaban como “una banda de putos”, Sumo era un hueso duro de roer, no todos se lo bancaban, y tuvieron que pasar los años para que se descubriera el tesoro que fue esa banda. ¿Cuál era El secreto de Los Abuelos? Saber romper cierta solemnidad que había cubierto a casi todo el rock argentino. Los Abuelos eran una festividad sentida, Miguel pedía “que no se rasgue como seda el clima de (nuestro) corazón”. Su excentricidad traía un mensaje novedoso y simple, nos decía: “está bien loco, la pasamos mal, nos hicieron mierda, pero acá estamos los sobrevivientes y vamos a vivir, vamos a mirar para adelante”.

Cuando llegó de Europa (fines de los setenta) Pipo Lernoud cuenta que declaró “Vengo a poner en movimiento la fanfarria, a dar vuelta la música argentina que es triste, a traer la alegría”. Miguel era un cabrón de esos que se bancaba la que viniera y siempre sacando pecho, armó una banda que en su mejor momento fue un seleccionado: Gustavo Bazterrica, soldado de mil batallas, en la guitarra; un Andrés Calamaro jovencísimo; un genio como Daniel Melingo en el clarinete y saxo (“Para qué carajo queremos un clarinetista” dijo cuando Cachorro López le propuso incorporarlo a la banda); ese mismísimo Cachorro López en el bajo; y Polo Corbella en los parches. Se pueden ver las inolvidables actuaciones en Badía y Compañía por Canal 13, esas tardes se sábado que hoy uno evoca como magistrales, y que eran así: prendías la tele y estaban hechos. Hacían historia, como si nada. La música quitaba a arañazo puro las cadenas del Proceso y Miguel fue sin dudas el que tenía la herramienta más potente para hacerlo.

Miguel ponía el cuerpo en ese escenario y se bancaba todo tipo de agresiones de algunos públicos en los que la dureza militar había endurecido sus cuerpos, en los que los prejuicios habían endurecido sus gustos

Compartir:

Llegó sólo hasta 6to grado, pero tuvo una formación cultural grandiosa, pasó por esta tierra a los empujones y hoy cuando nos ponemos a repasar le historia de nuestro Rock aparece con un brillo inalterable. Cuenta el propio Miguel que una tarde acompañó a Pipo Lernoud a las oficinas de Fermata y en un momento Ben Molar le pregunta

“«¿Y vos que hacés, tenés un grupo?» Entonces le dije «Sí, tengo un grupo». El tipo se alarmó porque fui demasiado rápido. Me dijo: «¿Y cómo se llama?». Mi computadora, que caminaba muy rápido, sondeó el fondo de mi alma y encontró una frase del gran Leopoldo Marechal, del libroEl banquete de Severo Arcángelo decía: «Padre de los piojos, abuelos de la nada». Una frase que me pegó mucho. Pintó esa frase, y así como me vino la puse en la palma de mi lengua. Y se la puse ante las orejas de Ben Molar, que inmediatamente hizo crack, algo se contorsionó en él como si agarrás una tortuga con un anzuelo y la levantás. Se contorsionó inmediatamente y me dijo: «Tienen hora de grabación dentro de tres meses en CBS Columbia». Terminó la reunión, le di la mano y nos mandamos a mudar. Ahí le dije a Pipo: «¿Te das cuenta en la que nos metimos?». Y él me contestó: «No te preocupes. Vamos ya mismo a la plaza y encontramos a todos los músicos».”

Cultura