05 / 07 | Política

LA NATURALIZACIÓN DE LA INTEMPERIE


La muerte de la Argentina es dilatada como el desierto, y quienes lo habitamos combatimos el tedio con fantasías milagrosas o alucinaciones sobre un desenlace terrible que pondrá fin a tanto padecimiento. Lo cierto es que la única razón por la que queremos estar juntos, nuestro verdadero lugar común, no son la muerte o la felicidad sino la desmesura y el engaño.

El primer semestre del primer año de Mauricio Macri, más todos los meses que le queden, jamás llegarán a satisfacer tanta demanda. Lo que ocurre desde diciembre pasado, más bien, está ayudando a definir los rasgos de un gobierno de clase -un gobierno de ricos en el lenguaje de negacionistas y aspiracionales- que por primera vez se propone un proyecto de mayorías por fuera del peronismo. Y que sólo en ese esfuerzo construye una derecha ideológica posible; confortable con la desigualdad y preocupada por contener el conflicto social que se deriva de sus políticas, descubriendo así las virtudes de los programas sociales, recalculando la impulsividad inicial de su intervención internacional, reinventando la rueda del desarrollismo, en un anacronismo que es más revelador de las limitaciones de la política y el estado hoy respecto del momento en que el desarrollismo organizó las ideas de las elites latinoamericanas que de las perspectivas reales de una derecha desarrollista hoy.

Lo que se erige a las puertas del segundo semestre, más bien, exige incomodar el calendario electoral y el gregoriano, para ver la consolidación de un modo de habitar la Argentina, nuevo y peor, distinto a la relación formal con el mercado laboral y con las expectativas económicas, culturales y políticas que de éste se derivan. Un modelo que empezó a tomar forma económica definitiva desde que la economía frenó en el 2011, que se expandió a social y regionalmente a medida que el gobierno de Cristina Kirchner erraba las soluciones o desconocía los problemas mientras se esclerosaba ideológicamente en el imaginario conservador de la “cultura del trabajo”, y que desde el 10 de diciembre pasado ingresa en una fase innovadora, que es no sólo la de la extensión de la precariedad ayudada por el deterioro o repliegue de los recursos públicos que la mitigaron a cambio de subordinación sin valor sino, de forma más novedosa, la de una descripción que le de sentido a esa experiencia, por fin, en términos distintos a los de la marginalidad. La naturalización de la intemperie.


"no sólo la la extensión de la precariedad sino, de forma más novedosa, la de una descripción que le de sentido no marginal a esa experiencia"

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De este primer semestre, la primera conclusión que tantos señalaron al comienzo de todo esto es la de no imaginar (o ilusionarse con) que los rasgos de clase de Macri evidencian el desarrollo de un proyecto orgánico de derecha mesiánicamente impuesto sobre una Argentina plebeya. No tanto porque el personaje sea un tipo irrelevante, cansado, sus energías consumidas sisíficamente en definir una trayectoria propia y dejar atrás la sombra de su padre que en la misma pelea lo define. Y presumo yo, bastante poco inteligente, un sino de todos los intendentes porteños que (con la excepción de Carlos Grosso) debería servir como antídoto irrefutable contra las teorías que localizan en los centros urbanos y cosmopolitas la locomotora del progreso. Que la próxima Cristina Kirchner, esta vez sí, vaya a comprar carteras a González Catán en lugar de la Quinta Avenida, ya no como gesto demagógico sino como verdadera confirmación de que ahí, y en las veredas del Once y en las valijas de Milagro, está el futuro y el presente de la Patria. Y al que no le guste, que busque en Cambiemos los recursos políticos que éste ofrece. Porque, revirtiendo a Carlos Pagni, la política verdaderamente culposa no es la de la derecha, que al fin y al cabo con sus limitaciones busca consensos amplios para proyectos estrechos (eso no es culpa sino hegemonía), sino la de los que no logran encajar sus aspiraciones globalizadas, sus pautas de consumo y sus preferencias culturales en un proyecto progresista (no lo logran porque son menos compatibles que lo que creen) y entonces inventaron, bajo el signo del kirchnerismo y de la izquierda que se le opuso, la idea romántica y violenta de un mundo popular bello, una pluralidad que no hace daño, una liberación sin costos.

Decíamos entonces, no tanto por la irrelevancia del personaje y de sus rasgos de clase, sino por la forma de entender cómo se construye la ideología. Los proyectos políticos son historias que se definen en su acción y su interpretación. Algo peor que esperar la llegada de La Derecha es suponer que no hay nada nuevo en estos seis meses o que los cambios no son significativos sólo porque Macri no realizó las fantasías de sus adversarios (y de no pocos de sus seguidores). Lenin se pasó cinco años yendo y viniendo sin terminar de decidir qué carajo hacer con la propiedad privada de la tierra. Y era Lenin, no De la Rúa. Qué menos changüí le podemos dar a Macri. La patria no la definen los fanáticos. Terminan antes de empezar, como López Murphy, que no es Macri. Argentina es, por suerte, una tierra de oportunistas, donde dados incentivos financieros necesarios, los mismos tipos que el martes organizan un atentado antisemita, el domingo te hacen la seguridad de un bar mitzvá.

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Las ideologías, como las crisis, se resuelven en la coyuntura. En la mantención de programas sociales que muchos imaginaron clausurados el primer día, en la pirueta retórica del segundo semestre, pero también en los malabares de políticas públicas que Cambiemos imagina para cuando la inflación baje hacia fines de año, los déficits se equilibren y el crecimiento llegue a algunas áreas de la economía, y aún así la Argentina igualitaria sobre la que pivoteó el ideal de todos los proyectos democráticos desde 1916 aparezca mucho menos en el horizonte y mucho más en el espejito retrovisor. En cada crisis que desactiva y en cada una que crea, Macri va tallando, con las herramientas del pragmatismo y la ambición del advenedizo más que con la sagacidad de un Carlos Saavedra Lamas, una identidad que lo habilita a imaginar un proyecto hegemónico: el de una Argentina para todos en las que una enorme mayoría pueda estar definitiva pero legítimamente sometida. Desde un lugar opuesto y más efectivo, Macri retoma en ese sentido los debates de la izquierda socialista de los ’80 que llamaban a concebir (o resignarse a) la compatibilidad entre capitalismo y democracia. Con la diferencia de que Cambiemos y su personal actúan desde el saber adquirido de que el liberalismo político y sus instituciones son en los hechos una forma de organizar la presión social de forma tal de que alteren el status quo, un obstáculo para el cambio y el progreso social que sólo pudo entenderse como virtud frente a la certeza trágica de que las alternativas eran mucho peores.

Un legado adicional de este primer semestre es la necesidad de poner a la política (y a su momento electoral) bajo un lente que pueda detectar su importancia fundamental pero que al mismo tiempo señale su lugar declinante y sus carencias como punto de acceso a una variedad de experiencias que no tienen expresión (ni muchas veces relación) con lo que pasa en el Estado, sus planteles, los cambios. Vivimos, en este mundo, atados al ritmo de una serie de rituales que fueron importantes para marcar y celebrar los ciclos de la cosecha, los tiempos de la lluvia y del comercio, el descanso y la producción. No es que esos signos no sean importantes en sí mismos, no hay necesidad de celebrar fin de año en abril para revelarse contra una costumbre milenaria que se ha emancipado de la realidad en la que surgió. Pero una cosa es celebrar las fiestas y otra es escuchar las campanadas y correr a refugiarse de la nieve en plena navidad porteña.

La política que definirá el éxito o el fracaso de los esfuerzos por la naturalización de la intemperie es apenas una parte de esa intemperie. Y no se trata sólo de cuán enterados estén sus protagonistas de cada acto, de cada anuncio. Sentado en un boliche francés a sólo 14 días de la toma de la Bastilla, un alemán se sorprende de que no hay absolutamente nadie hablando de política. Haría mal el observador, en un exceso de radicalismo, en medir la importancia de la tarde del 14 de julio de 1789 sólo a partir de la intensidad con la que lo vivieron campesinos cuyas vidas fueron afectadas de forma fundamental por ese evento del que preferían no hablar. Pero el punto es que, en la vida social, estos seis meses quizás hayan sido la extensión proceso indistinguible adentro del hogar de lo que venía antes, de sus secuelas, de sus entusiasmos. Es cierto que la inflación pronunciada afecta cuestiones inmediatas de la alimentación y transporte. Pero tampoco está tan claro que todos en el sector no transable resuelva sus necesidades con efectivo o monetizado. Es posible que en lugar de clausurar violentamente programas sociales inclusivos, el gobierno los vaya matando casi sin querer al calor de la inflación, pero si eso sucede sin mucho revuelo, también es revelador de que la inflación que lo precedía ya estaba haciendo parte del trabajo, y que quizás las necesidades que se atendían con esos programas eran menos que las que sus ejecutores creían.

"Macri va tallando, con pragmatismo, una Argentina para todos en la que una enorme mayoría pueda estar legítimamente sometida."

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Quizás ahí, y en el esfuerzo anodino de la esperanza, la violencia estatal y discursiva, y el desmadre del kirchnerismo, radica el hecho de que estos seis meses hayan sido, con sus ajustes y todo, un paseo sin mayores problemas para el gobierno. Puede que ayuden, también, las denuncias de corrupción, que seguirán activas en los próximos semestres pero perderán su efectividad política hacia las elecciones legislativas. Pero la termita que se está comiendo por dentro al kirchnerismo como proyecto de cambio (sobrevivirá en múltiples versiones), se ve mucho más en la figura de José Ottavis que en la de José López. Como decía un concejal radical hace décadas, la vergüenza es un ratito. Cualquiera puede, no sin esfuerzo, enmarcar el enriquecimiento y la irregularidad en el Gran Plan de la Revolución, y las necesidades que esta impone frente a un enemigo tanto mayor, tanto más rico e irregular. La vinculación entre el kirchnerismo y el narcotráfico, que serán el signo del segundo semestre, será recibido con el cotillón revulsivo del caso, pero difícilmente haga un agujero en la identidad de un electorado que, por otra parte, crecientemente divide su vida entre la fascinación, la producción, la distribución y el consumo. Lo de Ottavis, en cambio, será ignorado y olvidado mucho antes que todo esto, pero evidencia otras fragilidades: sobre todo, las de las promesas que La Cámpora representó como la avanzada señera de un grupo comprometido con el adoctrinamiento y la radicalización, y que desnuda entre sus líderes a adultos que pasaron de la PlayStation a la teta gigante con la misma ansiedad infantil violenta y no resuelta con la que pasaron de El Estanciero a Lázaro Baez. Si Néstor y Cristina Kirchner decidieron no confrontar a los caciques del PJ cuando percibieron las limitaciones del instrumento que habían creado para derrotarlos, les debemos a ellos un agradecimiento genuino y de argentino.

Los ciclos de la Argentina son, siguen siendo, los de la fragilidad de su sector externo, y sobre todo, los de los desarreglos económicos y políticos que se producen desde el Estado y desde los agentes económicos para extender los beneficios o limitar los perjuicios de las fases ascendentes y declinantes. Esos ciclos no se rigen por el calendario electoral. Las elecciones, sin embargo, producen reacomodamientos. Es así que los primeros seis meses de un gobierno se van en aterrizar y tratar de reordenar las prioridades (quizás con la excepción de Néstor Kirchner, que tuvo la fortuna de tener a Eduardo Duhalde resolviendo ese desaguisado no durante seis meses sino durante dos años, lo cual le permitió arrancar de cero como casi nadie antes o después de él). En este medio año que pasó, Macri hizo realidad algo que todos esperábamos de él: su apuesta a que la apertura a los agentes económicos externos le ayude a organizar las prioridades domésticas. Eso que se llamaba, en la prosa de Estados Unidos cuando imaginó el proyecto panamericanista a fines del siglo diecinueve, “la racionalización de los mercados económicos de América Latina”. La negociación con los fondos buitre, los cambios en los servicios (que incluyen pero no se limitan al incremento tarifario), la devaluación y los otros incentivos al sector agrario son todas claves relevantes en sí mismas. Pero no son nada comparado con lo que le depara a la Argentina en los semestres que vienen, en la medida en que se conviertan en una plataforma desde la que inversores de acá y de allá imaginen las mejores condiciones para su aterrizaje en un país desahuciado, algo que Macri sabe mejor que nadie, porque ha estado del otro lado de la ventanilla. Lo que haga en ese momento la camarilla de Cambiemos, y lo que hagan a su alrededor esos que son lo más parecido a una elite que la Argentina pudo producir, definirá el futuro del gobierno, pero quizás no la suerte de su proyecto político.

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