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20 de diciembre 2021

Florencia Angilletta

VIVIR EL 20

Tiempo de lectura: 5 minutos

El 2001 ya es un museo, un dossier, un texto más, una literatura del yo, un espejo de chiquicientos colores de veinte años. Alejandro Galliano ha dicho “es un desperdicio de tiempo e imaginación seguir pensando en 2001”. El crucifijo de Lilita Carrió, el cierre del día con “Después de hora”, el disco de la Bersuit “De la cabeza” (grabado meses después, en vivo, en 2002) como el soundtrack de la crisis, las cacerolas, las asambleas, los piquetes, las fábricas recuperadas, el corralito, las saqueos, los patacones, los ticket canasta, el trueque, las casas de empeño, los préstamos entre familias. Todos los chiches de ese disco rayado. Los años previos, los posteriores. El 2001 porteño y el del país. Un taxista recuerda de ese año: “El 2001 estuvo lleno de historias, de esas de los noticieros, de héroes del tacho que se las ingeniaban para buscarle la vuelta y devolverle la guita a sus dueños que se la habían olvidado en el auto. Ese año se movía mucha plata en el taxi. Los que sabían la que se venía y la iban a sacar. También los préstamos o los empeños para llegar a fin de mes. ¡Y la gente estaba tan loca que se la olvidaba! Eso pasaba. En el asiento de atrás, fajitos de billetes, sobres. A mí me pasó dos veces en ese año de decirle al pasajero ‘no se olvide, maestro’. Plata fuerte”.

Hace veinte años los políticos se escondían detrás de un árbol o se hacían los sotas en los restaurantes para que no los escracharan y ahora todo es político. Una época sin estallidos tiene en las puertas de diciembre su ley de etiquetado frontal: decime lo que es. Dame sinceridad, dame armonía, dame orden. Pero es un orden caminando en la arena.

Reloj de arena. El 2001 fue real y fue televisado. Escribe Lorena Álvarez: “Como si insultar a la tele fuera la descarga más efectiva contra la olla a presión que estaba por estallar en aquellos años”. El relato de muchos y muchas es el relato de lo que vieron en la tele. El 2001 no sólo pasó en la Plaza de Mayo. Pasó también en los miles de llamados. Sonaba el teléfono. Una familia que se quedaba sin laburo pedía a una maestra metida en la cooperadora ayuda para la beca del colegio privado. Una compañera de trabajo llamaba a otra y le explicaba el tongo del negocio del marido para seguir a pie y le pedía consejo. El centro todavía tenía los chicos de las motos y las secretarias que hacían una asamblea en el uno a uno del subte de la vuelta. Quizá fue el año en el que más se levantó la bandera de qué se hablaba con quién, cuando más se habló de plata, dónde había, cuánta faltaba, quién cercano la podía poner. El “que se vayan todos” fue popular porque se cantó en la Plaza, pero se dijo por teléfono en esas noches calientes, en la desesperación de esos llamados, en esos cálculos en el aire mientras los puchos se acumulaban en la madrugada.

Sr. Cobranza es el 2001 de la Plaza, Yo tomo es el 2001 de la casa. En un barrio podía comentarse “el esposo de la señora del kiosco vuelve de trabajar con olor a vino”. En un edificio de departamentos una empleada era capaz de preguntar a un portero si la dueña de casa era alcohólica

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El 2001 te toca el timbre

Una enfermera que labura en un hospital de la provincia rememora: “Hay una estadística que sabemos todos los que trabajamos en hospitales y que nunca falla. Siempre se muere más gente en diciembre. Pero no recuerdo un diciembre de más muertes que ése. La desesperación. Muchos infartos. Ver en la sala de espera familias contando plata para pagar el sepelio y pensando quién iba a ir ese diciembre a dar el pésame en una sala velatoria, mientras estaban saqueando”. Y sigue: “Me acuerdo del 24 en el hospital. Siempre se llevaban cosas, nos organizábamos entre los que nos tocaba la guardia de Nochebuena. Pero ese año comimos ensalada y un vaso de coca. No porque no pudiéramos poner un poquito más, por una noche. Porque no se trataba de una noche, se trataba de que no había margen. Al otro día, ¿qué?” Corazones estallados. La misma enfermera recuerda que la semana siguiente una médica se casaba, y tenían miedo de que se armara bardo en la fiesta. Una maestra jardinera de la Ciudad se acuerda del acto de egresaditos de un jardín de infantes días después: un grupo de madres y padres querían que los chicos tocaran la cacerola. Las cacerolas se tocaban en familia. En la Plaza, en los balcones, en las calles, en los barrios. Espacios públicos llenos de “recién llegados”, creyentes de ese mundo que sacaban un ruido desde las tripas de esa confianza negra en eso que se estaba haciendo mierda. No era todo lo mismo, no fue todo igual. Después del 2001 en Palermo se va a escuchar cumbia villera (“Damas gratis”) y el chingui chingui va a ser la cortina musical de los globos de colores del Pro. El 2001 hacia nacido totalizador y asimilacionista. Lleno de ruidos.

Sr. Cobranza es el 2001 de la Plaza, Yo tomo es el 2001 de la casa. En un barrio podía comentarse “el esposo de la señora del kiosco vuelve de trabajar con olor a vino”. En un edificio de departamentos una empleada era capaz de preguntar a un portero si la dueña de casa era alcohólica. Ser y parecer. La sangre espesa. No había “afuera”. Las largas balas de ese 2001 no sólo fueron las de los 38 caídos: las venas abiertas de la malaria económica. Los corazones parados en los hospitales. El 2001 le tocó el timbre a la puerta de cada casa: familias argentinas rotas. Empezar a ver los pedazos de ese agujero. Humillación, vergüenza, pertenencia, enchastre. En un capítulo de Los Simpson, Marge, de niña, cree que el padre es piloto y un día, de sopetón, descubre que al final es aeromozo. ¿Qué es el 2001? La furia de la niña Marge. El recuerdo de un entonces adolescente que dice: “Me estaba colando en el tren y ahí lo vi. A mi viejo. Vi que él, que no me veía, estaba también colándose en el tren”.

Una maestra jardinera de la Ciudad se acuerda del acto de egresaditos de un jardín de infantes días después: un grupo de madres y padres querían que los chicos tocaran la cacerola. Las cacerolas se tocaban en familia

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Volver a vivir el 20

La promesa profesional de que el laburo traía el auto, la casa y, hasta a veces un departamento para alquilar con el que completar la jubilación, se rompió. Antes el zamba de la economía se movía más, las crisis económicas te sacudían, pero la promesa de la integración por la vía del trabajo tenía algún contorno de respaldo que, al menos después de 2008/2009, quedó trabado: no hay “crisis” porque vivimos en crisis, porque hay cada vez más pobres, porque ser de clase media cada vez cuesta más. Una clase media sin espalda. Los ladrillos se transformaron en monoambientes alquilados. ¿Quién conoce hoy a alguien que se haya podido comprar una casa o un departamento laburando alrededor de los cuarenta como pudieron haberlo hecho sus madres, padres o abuelos? Más aires acondicionados y más viajes para los años de cinturón más flojo pero sumido al nervio de ese duro descenso. Este mes estás y el próximo no sabés, día a día, resumen de tarjeta a resumen de tarjeta. Caminar arriba de la arena. Te podés pagar el tren, sí, podés comer afuera… lo demás, vamos viendo. La economía de un mundo que también cambió. Comprarse un libro o unos auriculares en el culo del mapa y que te lleguen por correo. Una remera de HyM que, al menos, alguna vez trajeron de regalo. ¿Y después? 2001 es la pregunta por la existencia de la clase media (¿existe?) y por cuál es su “representación” política. Esa noche de diciembre parió un cabezón, y parió un monstruo de dos cabezas.

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