18 de julio de 2026
1
En un mundo donde todo “lo bueno” tiene un precio alto -desde una camioneta tope de gama hasta una cirugía estética para respingar la nariz- la vida humana pareciera ser lo que no tiene ningún valor. El cuerpo como instrumento de placer, al parecer, tiene un monto variable a la hora de cualquier transacción, pero todo aquello que conlleve “humanidad”, a su vez, puede ser descartable. ¿Si todo tiene precio, la vida no vale nada?
El atroz asesinato de estas tres chicas jovencísimas (Lara, Morena y Brenda) parecen dejar en claro esa certeza. El mismo cuerpo que ellas creyeron que sería su “tabla de salvación” terminó siendo el lugar de un castigo despiadado y ejemplificador para que otros no osaran quedarse con “mercadería” que no fuera suya. El límite de la crueldad que se rompió en los detalles que se siguen filtrando estos días nos producen también la impresión de contrapesar como un “valor sagrado” -eso que enunciaba Simone Weil- en cada vida humana. Como lo escribió: “toda persona es algo angustiado que tiene frío, que corre en busca de un refugio y un poco de calor”. Busquemos también ese rastro sagrado en los despojos de las chicas enterradas como basura en bolsas. Sus cortas vidas y su trágico final. ¿Qué estamos a tiempo de salvar? ¿Cuántas otras vidas expuestas a ese “menudeo”?
Es imposible no querer abrazarlas y mandarla con los vecinos que pedían un límite al Estado mientras el Estado, la policía, solo hacía que hacía algo: labraba contravenciones para que al final del día nada cambiará
A su vez la esperada indignación general abrió las puertas a muchos debates sobre estos tiempos mercantiles. Desde la lumpenización cultural hasta la hipersexualización femenina, pasando por la ausencia de adultos poniendo límites o un Estado que de verdad esté presente a la hora de erradicar el narco que se viene adueñando de las zonas más pobres y también de las más ricas del país. En las villas sienta las bases operativas de su economía, en los barrios altos lava los activos. Porque mientras el ojo horrorizado está puesto en el eslabón más débil de esta cadena económica siempre pasa desapercibida la otra: la pobre, la más violenta, la que desecha humanos, nos tapa el lado glamoroso del business.
Raspemos un poquito la superficie que hace de la noticia ya una crónica clásicamente amarillista. Indaguemos a ciegas sobre la violencia, la angustia, la exposición al consumo continuado de objetos de placer y la impúdica exhibición en todas las redes sociales, ese cóctel que se nos viene sirviendo a todos en estos tiempos. La corta edad de estas chicas demuestra que el miedo más grande que tienen muchos jóvenes hoy es a no tener y no poder mostrarlo. Traders desmembrados en valijas por quedarse con vueltos que no son suyos son otros de los ejemplos del precio de mercado de la vida: bajísimo. O quizás la tarifa que muchos están dispuestos a pagar por la vida de ensueño que aspiran: vidas cortas y lujosas antes que extensas y sacrificadas.
Exponer felicidad y logros materiales en las redes trasciende las clases. Con un detalle que no es menor: siendo pobre y mujer los riesgos son infinitos y letales. En la lista de precios pareciera que es lo más barato del menú a consumir. El mercado humano, en estos tiempos, se regula solo.
El narco que da trabajo bien remunerado. Pasar del sueño de un trabajo tranquilo a poner la tranquilidad al servicio de la explotación. Vivir rápido, morir joven para que el mundo híper consumista siga andando
2
La cortísima edad de Lara es otro detalle aberrante. Su corta vida ya tenía rastros mediáticos: poco tiempo antes había estado hablando, de casualidad, en los medios. Denuncias de vecinos sobre el accionar de dos chicas en una esquina de CABA, fue la nota de color en un magazine periodístico. En ese momento, el fragmento circuló en las redes porque las jóvenes se manejaron frente a las cámaras con soltura, como veteranas de esos yeites, como bien lo podría haber hecho Wanda o cualquier mediática de uñas largas. Sus modismos eran los mismos que a diario vemos cuando dos aspirantes a famosas se enojan con otros. Nadie imaginó que sus palabras (“Aceptamos cualquier medio de pago, efectivo, transferencia, dólares”) hoy cobraría otro sentido. Esa nena ahí expuesta tenía un alto valor para quienes la explotaban. Ya lo sabemos por la docencia de estos años: “el mercado se regula solo”.
Volver a ver ese momento mediático previo, ahí cuando arañaron unos minutos “de fama”, nos hace desear lo imposible: querer rebobinar la película y cambiar el final. Es imposible no querer abrazarlas y mandarla con los vecinos que pedían un límite al Estado mientras el Estado, la policía, solo hacía que hacía algo: labraba contravenciones para que al final del día nada cambiará.
Soldaditos, aspirantes a gangsters de pacotilla, only fans y prostitución son los caminos de muchos jóvenes de lugares pobres a la hora del naufragio. Si en los setenta los jóvenes de entonces “agarraban los fierros” y decían “dar la vida por un mundo mejor”, estos nuevos jóvenes hace años parecen decir que también “agarran los fierros”, pero por una vida mejor para ellos. No nos ponemos en sommeliers de “violencias”, pero esta violencia de bandas, de descuartizamientos vistos “en comunidades virtuales”, en chicos y chicas con fierros, proyectan la idea de una mejora más capitalista que nunca: usos de una libertad salvaje. Que detrás contiene un mundo empresarial con su cara más sangrienta, el narco. El narco que da trabajo bien remunerado. Pasar del sueño de un trabajo tranquilo a poner la tranquilidad al servicio de la explotación. Vivir rápido, morir joven para que el mundo híper consumista siga andando.
Mientras el ojo horrorizado está puesto en el eslabón más débil de esta cadena económica siempre pasa desapercibida la otra: la pobre, la más violenta, la que desecha humanos, nos tapa el lado glamoroso del business
3
Para James Ellroy escribir policiales negros quizás haya sido la manera de poder exorcizar el dolor por el crimen de su propia madre. Jean, violada y asesinada cuando él apenas tenía diez años y cuyos culpables jamás aparecieron.
Pero Ellroy no solo creció perturbado con este traumático hecho sino también agregó a sus obsesiones la trágica muerte de Elizabeth Short, una aspirante a actriz que fue encontrada sin vida con signos de haber sido brutalmente torturada en 1947, nueve años antes del fallecimiento de su madre, en la ciudad de Los Ángeles, el lugar que parecía ser la meca de la salvación para muchos, pero también la cuna de la oscuridad criminal para otros.

La debacle económica de los años 30, tras el crash financiero, contribuyó para que el delito organizado se convirtiera en el lugar donde muchos, que aspiraban a una buena vida, mecieran sus ilusiones de progreso a pesar de los peligros que corrían. Hombres y mujeres jóvenes que muchas veces terminaban engrosando los titulares de los diarios, no por sus rutilantes logros, sino por lo sanguinario de sus decesos.
Short, de 22 años fue una de ellas y su caso, además de vender muchos periódicos, tuvo hasta un apodo póstumo: La dalia negra. Ese nombre años más tarde se convertiría en uno de los principales libros de Ellroy, cuyo guión posteriormente fue llevado al cine por Brian De Palma en un film que protagoniza Scarlett Johanssen. Pero no fue el único libro donde el escritor metía sus narices en la oscuridad del delito. “L.A. Confidencial” fue otro suceso literario, también adaptado a la pantalla grande, y donde gangsters, prostitutas y policías corruptos dejaban en claro que esa ciudad de ensueño podía ser una verdadera pesadilla. Algo que el cine y la literatura retrataron en el apogeo del film noir entre los cuarenta y sesenta. Cuando el sol del sueño americano iluminaba a algunos y metía bajo la alfombra de la oscuridad a otros
Las ansias de triunfar sin mirar cómo, podía terminar de las maneras más cruentas. Para finales de la década del cincuenta tanto la literatura negra como el cine entraron en declive. No porque el mundo hubiera mejorado sino porque nuevos negocios turbios y nuevas organizaciones delictivas cambiaron el panorama. Aunque toda vida humana jamás tuvo el precio que le correspondía.
El Padrino filmada en los setenta fue un gran homenaje a esas historias y dejó pasó a historias como Scarface, remake de un film de los años 30 donde se reemplaza al mafioso italoamericano por un narco latino. “El mundo es tuyo”, la frase que decoraba la casa del maleante, figuró al final de ambas.
Traders desmembrados en valijas por quedarse con vueltos que no son suyos son otros de los ejemplos del precio de mercado de la vida: bajísimo
Pero ahora los retratos oscuros de la época se han instalado en las novelas y plataformas desde la exitosísima “El patrón del mal” hasta “La reina del sur”, pasando por “Sin tetas no hay paraíso”. Historias donde todo termina mal, pero que pareciera no terminar de ser comprendida por mucho de su público que se encariña con los malos. Un bien y un mal, entonces, casi indistinguibles.
4
Hace solo apenas unas semanas Netflix estrenó “Las muertas”, una serie de seis episodios que le permitió al gran director mexicano Luis Estrada ingresar al mundo de las plataformas sin perder un ápice de su espléndida mirada cinematográfica. Estrada se adentró en una historia muy cruenta basada en un libro de Jorge Ibargüengoitia, donde el autor toma, a su vez, un caso real sucedido a finales de los años cincuenta y sesenta en México (el de Las Poquianchis, unas proxenetas que terminaron siendo consideradas las mayores asesinas seriales de ese país, para contar no solo el horror de la trata, sino también el entramado político y social del hecho).
“Los dientes de Blanquita”, uno de los capítulos de la serie, quizás sea una película en sí misma, porque muestra que las mujeres pobres pueden tener valor agregado solo si tienen su diente de oro. En “Las muertas” la verdad redunda: la vida tampoco valía nada.




