Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

28 de febrero de 2026

UNA QUE SEPAMOS TODOS

Cynthia Berguier

Cultura
Tiempo de lectura: 6 minutos

No es nostalgia ni culto al pasado, porque no es el pasado. Son las imágenes de las que estamos hechos ahora mismo los que formamos parte de la generación anfibia. Imágenes que se superponen como figuritas desordenadas en la mente de los que nacimos en el mundo analógico, los que alguna vez rebobinamos el cassette con la bic en el aula para volver a escuchar en el walkman por milésima vez el mismo tema, pasando el cable por abajo del guardapolvo y tapando con el pelo esos auriculares nuevos, casi invisibles, que se meten adentro de la oreja (el superpoder del pelo largo antes de percatarnos de su sensualidad, cuando todavía era una cortina que colgaba de la cabeza por donde subían los piojos, y que llevar suelto en la primaria de los noventa era casi delincuencial).

Trabaja con un repertorio popular, como si fuera un cantor de tango, con imágenes ya vistas, sabidas de antemano por los espectadores

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No es nostalgia de un mundo que ya pasó, porque en verdad, no pasó. No hay papelera de reciclaje para todas las imágenes que vimos alguna vez. Esas formas de colores en las que viajan a la deriva unos sentidos medio mareados, existen entremezcladas y en simultáneo en la imaginación de todos. Todo al mismo tiempo en todas partes (mención aparte para el que le puso ese título tan espectacular a una película tan olvidable).

Amused To Death II, Javier Velasco

Hablamos de la obra de Javier Velasco, que no pinta cosas reales, sino imaginarias. Las impresiones que las cosas dejaron en su mente. Radiografías del inconsciente colectivo: una tarjetita de cumpleaños de esas que se compraban en la librería y cada uno personalizaba con su nombre, una toma casi cenital de un ciber con todos sus boxes ocupados, una pantalla del Prince of Persia (primer juego de video con gráficos elaborados que pisó suelo argentino), una tapa de Elige tu propia aventura, el choque de un trencito de la alegría con caos destrucción y muerte, el cruce de los andes pintado con la organización espacial de un dibujo infantil, el pato de Punta Mogotes (muñeco gigante que tiene más de cincuenta años parado en la misma esquina de Mar del Plata), que se autonomizó y está dispuesto a matar, como en ese capítulo de Los Simpson en el que las publicidades cobran vida. Unos hombres-empanada que bailan en el semáforo y son atropellados por un auto como daño colateral de la vida urbana, escenas de La guerra de los mundos en clave de videojuego, el concierto de Los Beatles en la azotea…todo traducido por su lenguaje pictórico. No pinta lo que ve, sino lo que recuerda de lo que vio. Y le gusta mirar detalles.

Cruce de los Andes, Javier Velasco

Una vez escribió un texto breve y bello sobre su amor por Boda campesina, una pintura hecha en 1568 por Brueghel, El Viejo, artista flamenco que como el Bosco y otros de la época, se caracterizaba por hacer obras repletas de personajes ocupados en distintas actividades. Escenas simultáneas en las que pasan muchas cosas a la vez, que hay que descifrar. Pinturas en las que se puede mirar, mirar y seguir mirando. “Solemos creer, y cada vez más, que basta con un pantallazo para ver una imagen. Nos pasamos casi todo el día haciendo eso”, dice. Pero en obras como Boda campesina, no alcanza con el pantallazo, ni para empezar. Porque cada imagen impone su propia temporalidad y esa pintura del siglo XVI exige detenimiento. Porque como dice Didi Huberman, toda imagen nos pone ante el tiempo. Por eso sí hay algo de viaje en el tiempo en la obra de Velasco. Pero la nave que nos transporta al pasado no son los motivos representados en sus pinturas, sino la disposición anímica con la que tenemos que mirarlas. No son imágenes escroleables, hay que tomarse tiempo. Verlas en vivo y detenidamente, con la parsimonia de mil siglos atrás.

La boda campesina, Pieter Bruegel (1568)

Entro a su taller, tiene olor a trementina. Pinta con óleo, deduzco. Sí, pero también a veces con acrílico, me cuenta. Las pinturas de más grandes con óleo y las diminutas con acrílico, pienso. Pero no. Me muestra unas especies de fichitas, algunas redondas, otras rectangulares, todas de menos de 15 centímetros cuadrados. “Mirá, estas están pintadas con óleo”. Las rectangulares conforman una serie de soldaditos de la independencia. Las redondas, una colección de personajes de trencitos de la alegría: Teletubbies, Mikeys, Panteras Rosas, Pepas, todos con un aire costumbrista medio siniestro, como si supiéramos que dentro de un rato van a dejar de bailar para sentarse a fumarse un pucho, o agarrar el tupper con la tarta fría que se trajeron para almorzar. Me muestra otras, también redondas, en las que están representados sus efectos personales de todos los tiempos, como si fuera un autorretrato transtemporal, pero del borde del cuerpo para afuera, las cosas de las que se rodeó en su vida: un cassette de Rubber Soul, pastillas DRF, un atado de Parisienne, uno de esos block de hojas blancas que tienen un castillo dibujado en la tapa, un boleto de tren de cartón, la libreta verde del DNI, un libro de Mafalda, una revista de Boogie, el aceitoso, todo en pie de igualdad, “Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín”. Porque es así, en la bolsa todas las fichas valen uno. Esos óleos chiquitos son un delirio, un capricho fascinante. Es que sólo a fuerza de capricho obstinado se logra hacer un hueco en el mundo para que quepa lo de uno. Y sucede que “lo de uno”, cuando es lanzado con despojo, hurgado con antojo, amasado sin idealizaciones e impulsado por la intuición, termina siendo lo de todos.

En relación a la historia, al igual que con cualquier tema que aborda, lo que hace Velasco es pintar las formas de la imaginación

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En 2021 hizo una muestra llamada “Manual de historia argentina” en la galería Mar dulce. En el título de la exposición está claro: su pintura de historia, por más documentada que esté, no busca reponer imágenes del pasado, sino materializar las formas de la fantasía escolar en torno a ese pasado. Me recuerda al concepto “Canon Billiken”, que el investigador y curador Joaquín Barrera desarrolló cuando emprendió la labor casi arqueológica de rastrear, ladrillo por ladrillo, cómo se construyó el soporte visual de nuestra historia. Si Barrera investiga las operaciones políticas, artísticas y culturales que fueron armando ese imaginario histórico, Velasco lo materializa con un gesto muy parecido al de los chicos que preparan el acto escolar…pero ya estando de vuelta. En relación a la historia, al igual que con cualquier tema que aborda, lo que hace Velasco es pintar las formas de la imaginación.

La gente es mala, Javier Velasco

Trabaja con un repertorio popular, como si fuera un cantor de tango, con imágenes ya vistas, sabidas de antemano por los espectadores. Y no copia fotos, es decir, no usa la referencia fija de una imagen ya hecha, sino que trabaja con lo que quedó en su imaginación. A partir de ahí sucede algo muy particular, “el espectador se encuentra con una imagen que ya conoce, entonces puede ver la pintura”, me dice cuando conversamos sobre el asunto. Queda para mirar la pintura, su pintura, no la imagen representada. Como si se produjera una operación de sustracción que dejara a la pintura al aire libre.

No son imágenes escroleables, hay que tomarse tiempo. Verlas en vivo y detenidamente, con la parsimonia de mil siglos atrás

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Estoy en su taller, no me alcanzan los ojos para todo lo que hay para ver. Descubro un óleo de pequeño formato apoyado en una estantería. Está todo muy chiquito, me acerco. Ahí entiendo, es la escena esa de The Wall en la que Pink, el protagonista de la película, ordena como haciendo un ritual sobre la alfombra, las cosas rotas que quedaron después de que en un arranque de furia rompiera desaforadamente toda la habitación del hotel. Como escombros de una demolición endemoniada: discos rotos, vidrios rotos, espejos rotos, todo puntiagudo, todo filoso. Pedazos de guitarras, atados de cigarrillos, latas de coca, una gilette. Y yo pienso que esa escena, reconstruida por Velasco en esa pintura diminuta y delicada, llena de detalles y cositas, resume en alguna medida todo su trabajo: ordenar minuciosamente los residuos vivos del trajín de nuestros ojos, componer un gran mosaico discontinuo con esas imágenes fragmentadas que conforman el lado de adentro de nuestra mirada.

Tarjetita de invitación n°2, Javier Velasco

(Imagen de portada: Vive rápido, muere joven, Javier Velasco)

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