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05 de febrero 2022

Juan Di Loreto

UNA POLÍTICA DEL YO

Tiempo de lectura: 2 minutos

Maravillosa es la poesía y las épocas que vive el hombre. Un texto viejo que se lee con ojos de un tiempo nuevo. La política argentina, como la interpretación, no nos deja descansar. Se lee en “Ajedrez”, una poesía de Jorge Luis Borges:

“Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada

reina, torre directa y peón ladino”

Si el viejo Foucault tenía razón y el poder era una relación que se da en todos los ámbitos, todos jugamos a la política. Lo sepamos o no, estamos en el tablero moviendo piezas, tramando, siendo objeto de los movimientos de otros. Nadie es totalmente libre, nadie es totalmente cautivo. La libertad condicional, como diría Bourdieu.

Todos mueven, todos son movidos. Pero nadie puede desconocer el juego, el tablero, el color de las piezas, las acciones permitidas. Continúa Borges:

“Cuando el tiempo se haya consumido,

ciertamente no habrá cesado el rito.”

Los receptores pueden ser muchos, pero las cartas (al menos las de esta época) se escriben de a uno. Parece ser una política del Yo, más que un Yo en la política

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Nadie es imprescindible. Todo sigue, todo gira. La política es quizás infinita. Pero nosotros no. Estamos inmersos en el aquí y ahora. No podemos ver más allá del accionar del presente. Y esta política se escribe con cartas. Es decir: se escribe en primera persona. Los receptores pueden ser muchos, pero las cartas (al menos las de esta época) se escriben de a uno. Parece ser una política del Yo, más que un Yo en la política.

La carta de estos días muestra como el ser particular rompe el juramento que lo une al grupo. Para la conformación del grupo se pide que lo uno se disuelva en lo múltiple. El sujeto aliena su libertad al grupo, como explicaba Sartre en Crítica de la razón dialéctica, para juntos llevar adelante un proyecto. No existe política sin dejar de lado la libertad individual. En el individuo puede haber moral, aventura, arrojo, pero no política. La política exige que seamos tan libres que nos dejemos de lado a nosotros mismos.

Volviendo al inicio: para que exista el ajedrez tenemos que creer en sus reglas, sino son solo piezas de madera en una cuadrícula. Ningún alfil grita: “¡Yo!” en medio del juego; ningún caballo escapa desbocado del tablero. Todos saben que la partida se gana en la estrategia. Las piezas nunca renuncian al juego, es su fin y su sentido; el que puede mancarse es el ajedrecista, o el que cree que las piezas se mueven por su voluntad.

Nadie es totalmente libre, nadie es totalmente cautivo. La libertad condicional, como diría Bourdieu

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Termina Borges este texto:

“En su grave rincón, los jugadores

rigen las lentas piezas. El tablero

los demora hasta el alba en su severo

ámbito en que se odian dos colores”.