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21 de febrero 2024

Lucia De Leone

UNA NOVELA CON TODO: ONCE SEGUNDOS DE CARLOS ALETTO

Tiempo de lectura: 9 minutos

 Una casilla a medio construir en un barrio periférico de Mar del Plata es el lugar de encuentro de dos chicos, un par de amigos –Daniel Durante y el Gordo Aletto- que van creciendo juntos como pueden. Un televisor JVC es el tótem: está en el centro de la cocina de la familia Durante y rodeada de todos los utensilios de ese espacio en que ruidos y olores por muchos que son no llegan a discriminarse. El aparato venerado es imán de miradas, usina de la transmisión que hace Canal 8 de Mar del Plata del partido de fútbol donde se jugaba mucho más que un juego. A unos pocos años de Malvinas, el partido de Argentina frente a Inglaterra en el Estadio Azteca se había transformado en una cruzada nacional contra la piratería. Las infancias, el fútbol y el gol de Maradona a los ingleses podrían funcionar como los pliegues de una primera presentación de Once segundos (Buenos Aires, Sudamericana, 2023), la nueva novela del escritor marplatense Carlos Aletto (1967-), autor de Anatomía de la melancolía (2012), el volumen de cuentos Antes de perder (2010) y el ensayo Julio Cortázar. Diálogo para una poética (2014, Premio Municipal de Literatura). También periodista cultural y Licenciado en Letras, fue editor de la revista Unicornio. Un caballo con suerte (1992-1994) y creador del Suplemento Literario Télam. Y ante todo es un lector voraz de la paideia, un estudioso del pasado literario con preferencias renacentistas, padre de tres hijos, maradoniano de ley e hincha fanático de fútbol. 

El tema es así: un día cualquiera, esos dos amigos se hacen una promesa singular. Sobre las fantasías de juventud y con aspiraciones de ascenso social, propias de quienes de manera precoz se preocupan por cómo sobrevivir, se aseguran que nunca van a fallarse. Cuando alguno de ellos tuviera éxito y dinero buscaría al otro para sacarlo de la pobreza, ya sea porque uno (con destino de “inventor”) triunfara en el fútbol o en la venta de autos, o porque el otro se convirtiera en as del boxeo, de los viajes interestelares, o, como responsable confeso de contar la historia de los callados sin propósito mesiánico ni traducción etnográfica, en escritor profesional (aquel que recibe paga por su trabajo intelectual y cuya práctica específica, su know how, es carta de presentación ante la sociedad).

 Entre tanto, el aparato televisivo les trae un plus a estos chicos que van creciendo juntos, les va provocando nuevas sensaciones (sentir el calor de México en las pieles secas del duro invierno de Mar del Plata) que son la base del despertar sexual que se les aproxima. Pero todavía un falta un poco y para llegar a esa casa donde, entre mate y mate lavado, se celebraba la fiesta patria, y a la que se iba a activar cábalas o simplemente a pasar el rato, había que cruzar un alambrado. Así se limitaba la propiedad entre terrenos con otros cielos, esos en que las nubes empezarían a desvanecerse entre cables de alta tensión. Las tanzas dibujan una imagen que por preciosa se vuelve peligrosa: pentagrama de púas abriendo paso pero pinchando tanto que deja tajos en la ropa o llagan la carne. No queda más, entonces, que traspasarlo, y de manera diagonal.

Ese posicionamiento, en diagonal, es el que define el modo de estar en el mundo pero también las formas de contarlo que elige el narrador de Once segundos. En casa de los de al lado, el Gordo Aletto mira la tele inclinado desde un lateral que promueve el recorte visual del celebrado partido: un monumento humano a la Torre de Pisa. Otras veces, en las canchitas también lo hacen correr en dirección transversal, sobre ese lado por donde en otra ocasión la pelota que pierde es la que anuncia el fin de juego en los flippers. A su vez, el borde del estadio es emplazamiento estratégico para que el buscavidas que ahora acomoda autos vaya juntando billete sobre billete para reemplazar al blazer que, por roce de uso, ya se lucía chingado. No hay legibilidad posible en el rastro que marcan los negocios del costado de la calle para emprender el regreso a casa en aquel primer viaje al centro de la ciudad y el protagonista se pierde. Sin embargo, llegará el momento en que las esquinas operen como refugio, como cuando fracase la fiesta de cumple 15 a mediados de enero y nutran de nuevas pedagogías urbanas a quien siempre pareciera estar entrando colado o por la ventana: a los boliches, al cine del centro, al tren que va a Buenos Aires, a los cuerpos femeninos. Y sobre todo a la literatura. Las lecturas aficionadas y desordenadas, hechas en las horas robadas a la producción, en la temporalidad intempestiva del deseo, y el andar descarriado de las palabras encuentran una línea recta cuando se institucionalizan: la facultad acomoda todo en estanterías físicas, en convenciones estéticas, gramáticas o constelaciones críticas según narrativas nacionales, estilísticas, autorales, epistémicas.

Las infancias, el fútbol y el gol de Maradona a los ingleses podrían funcionar como los pliegues de una primera presentación de Once segundos (Buenos Aires, Sudamericana, 2023), la nueva novela del escritor marplatense Carlos Aletto

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Ahora bien, posicionarse de costado más que delinear la zona donde albergar fórmulas repetidas o un archivo de miseria y exclusión será punta de lanza para torcer la herencia. Y esto es así porque al legado se lo enfrenta mediante un principio de selección que cambia los ancestros furiosos (entre los que se salva Carlomagno) por los libros y la imaginación. La sucesión no opera por verticalidad paterna sino que la transmisión de saberes se da entre amigos parecidos aun en sus diferencias, esos hermanos por elección, esos marcianos recién bajados del plato volador en época de la prueba futbolística, esos diógenes o ecolocos que aprendieron a esculpir al desecho hasta conseguir diamantes (la pelota, la copa mundialista, un barquito, un elefante). La desigualdad de fuerzas y las diferencias de clase sintonizan con la pulsión imparable de los sueños que tanto se parecen a los desvíos y desvaríos de la invención y  la literatura.

La historia de dos amigos que es la historia de una ciudad en proceso de urbanización vista desde el margen y de un país -primero militarizado, luego festivo en el renacer democrático, arruinado por políticas neoliberales, reutopizado en el nuevo milenio hasta llegar a la pandemia ominosa- está atravesada (y no al revés) por el gol fuera de serie que Diego Maradona realiza en la final de México 86 a los ingleses. Un gol que para su definición se tomó casi once segundos y delineó el lapso temporal que mantuvo en vilo a toda una sociedad que cargaba con tanta tragedia nacional. Once segundos demarca una brevedad que en ocasiones puede ser una millonada. En once segundos cuántas cosas pueden ocurrir: todo o la nada misma. Once es un número raro, traspasa la decena por una unidad y no tiene el sonido del diez (¡el 10!). Pero en la cancha son once los jugadores, en el curso del protagonista son once los compañeros de colegio, y cuando ese período está en función de uno de los episodios populares que marcó generaciones e hizo dar el grito de felicidad a un pueblo derrumbado, las cosas pueden cambiar. Y sobre todo si se trata del título y el espíritu de una novela, de esta novela larga (y celebro esa extensión narrativa), que entrega un universo de imaginaciones insólitas para las que hay que prepararse con lápiz en mano. Las movidas temporales de la trama y los planos de acción de los sucesos llevan a volver atrás los pasos, para en el mismo desvío hacer en el margen la glosa precisa, la anotación preciosa. El autor hace texto con el gol, las aventuras de estos amigos en el basural-caja de pandora, la ilusión de convertirse en escritor, los desencuentros amorosos, las marcas de la exclusión y las lecturas preferidas. El chico que no sabe todavía que imita a Roberto Arlt escribe mal, con errores de ortografía; el ambulante que atrapa a la gente en la maquinaria de venta de ollas por negación  todavía no conoce al tachero de Eugenio Cambaceres, el niño que se mete en las casas de los otros leerá de más grande a Felisberto Hernández, el paria al que le sobra astucia se verá retratado en las fábulas de la picaresca.

En una parte del libro aparece una confesión del narrador que puede leerse como declaración de preceptos de escritor: la muerte de Maradona cambió el norte del libro que iba a tratar sobre 2 amigos que se lanzan a una pelea contra todo

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Como siguiendo las huellas del pentagrama de púas que da paso, sobrevolando el laberinto de pasiones que alecciona o dibujando las posiciones de cancha en un pizarrón, el narrador de Carlos Aletto va enhebrando los hilos de estas historias que irrumpen sin avisar en tres capas temporales y en tres formas de la existencia (la vigilia, el sueño, las fantasías) para que el centro se vuelva lateral o el lateral le gane al centro.

En una parte del libro aparece una confesión del narrador que puede leerse como  declaración de preceptos de escritor: la muerte de Maradona cambió el norte del libro que iba a tratar sobre dos amigos que se lanzan a una pelea contra todo, sorteando cada adversidad digna de una peripecia de aventuras, para convertirse en sus propios héroes. No hay dudas de que esta novela dedicada a la messíada y publicada a unos meses de obtener las tres estrellas, es una épica maradoniana. Claro que es así, si nos detenemos en la imagen de tapa o conocemos el predicamento que el jugador tuvo en la vida del escritor. No por casualidad el episodio del gol vuelve como un loop renovado (en el sentido de un reset tecnológico o refresh cosmético) una y otra vez al inicio de cada capítulo. Con todo, si los comienzos de una obra constituyen esa zona ficcional que derrocha la fuerza necesaria para definir un proyecto estético-político, Once segundos se hace cargo de la fibra transformadora de la literatura y nos dice mucho más: que hay balaceras en la cancha y en los boliches de moda; que el pánico por el uniforme policial se entrelaza con la ilusión del blazer moderno; que en la iniciación sexual los contactos homoeróticos y los chistes políticamente incorrectos despabilan las formas de sostener la teta perfecta o acariciar por debajo de la ropa a la chica del pareo celeste cuando la ciudad se transforma en balneario de estrellas; que la historia nacional se escucha en los trascendidos que cuentan madres, abuelas, tíos y los varones del barrio, donde el teléfono y el auto propio son bienes escasos; que se sufre el cansancio diario del albañil si lo único que importa es leer libros, conquistar chicas y ser parte del rock; que los libros pueden conseguirse en los kioscos de revistas, por colecciones, en ediciones baratas donde no se sabe bien si Juan Rulfo es Pedro Páramo o al revés, y que también pueden venderse para arribar a la capital de los sueños locos; que es posible hablar con Maradona en los sueños o conocer a Susana Giménez; que hay vida después del infarto; que la ciudad del puerto se puede refundar en la Paternal y que hay opciones para descender a los infiernos con la guía del amigo y cruzar las aguas en ese barco –parecido al del potrero- aunque termine desviándose por algún nuevo costado y se pierda el rumbo.

Once segundos se hace cargo de la fibra transformadora de la literatura y nos dice mucho más: que hay balaceras en la cancha y en los boliches de moda; que el pánico por el uniforme policial se entrelaza con la ilusión del blazer moderno; que en la iniciación sexual los contactos homoeróticos y los chistes políticamente incorrectos despabilan las formas de sostener la teta perfecta o acariciar por debajo de la ropa a la chica del pareo celeste cuando la ciudad se transforma en balneario de estrellas; que la historia nacional se escucha en los trascendidos que cuentan madres, abuelas, tíos y los varones del barrio, donde el teléfono y el auto propio son bienes escasos; que se sufre el cansancio diario del albañil si lo único que importa es leer libros, conquistar chicas y ser parte del rock; que los libros pueden conseguirse en los kioscos de revistas, por colecciones, en ediciones baratas donde no se sabe bien si Juan Rulfo es Pedro Páramo o al revés, y que también pueden venderse para arribar a la capital de los sueños locos; que es posible hablar con Maradona en los sueños o conocer a Susana Giménez; que hay vida después del infarto; que la ciudad del puerto se puede refundar en la Paternal y que hay opciones para descender a los infiernos con la guía del amigo y cruzar las aguas en ese barco –parecido al del potrero- aunque termine desviándose por algún nuevo costado y se pierda el rumbo..

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Si a la histórica jugada del 10 la conocen todos bien o mal, la historia que se impone contar es la que casi todos conocen mal. La necesidad por escribir esa otra historia se basa en una deuda personal frente a los que no hablan y en la convicción sobre el impulso tan vital como farsante de la escritura. Los hechos solo van a existir si se los escribe, se dice, pero estamos hablando de literatura, y sabemos que la teoría del reflejo es espejismo, que el narrador no es portavoz ni traductor sino un pibe más a quien los mundos imaginados ya no lo dejan en paz. Y por si todavía quedara algún resquicio de duda, el libro funda en sus páginas decisivas un elogio descomunal a la mentira. (No porque sí, el texto que convierte al niño del potrero, al albañil apurado, el vendedor ambulante, al eterno enamorado de María Laura en escritor pone a los fantasmas en el título). “La mentira es una extensión de la verdad, no su opuesto”, nos avisa, y en el fútbol, el truco, las ficciones (y a veces también en el amor) triunfa un engaño necesario, casi celestial, que lo hace preferible al hecho maldito, terrenal, ordinario de conocer la verdad.

Aunque este libro bordee de a ratos la dimensión autoficcional, aunque coincidan nombres y circunstancias, Once segundos no es una simple autobiografía, porque entra y sale de la cueva (que asume las formas camaleónicas de un globo, un barco, un basural, un océano, la catábasis, las letras, la tradición), encuentra ideas y para contarlas fragua estilos e inventa procedimientos, paga los tributos de la dispersión y confía tanto en la novela moderna como en  la épica clásica para trazar una maradoneida y amasar esa otra historia que adeudaba una vez que toda la literatura se le cae encima.

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