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UN PAÍS SIN FORTALEZAS

Tiempo de lectura: 11 minutos

La aceleración

Las PASO pandémicas quedarán en la historia. Desde el vamos, sabíamos poco. Nuestros sismógrafos estaban rotos, y cierta comodidad o pereza intelectual parecía empeñarse en pensar que todo seguía y seguiría igual. Peor tal vez, pero igual.  Vivimos, sin embargo, en una era en donde el semáforo pasa sin freno del verde al rojo; donde “todo lo sólido se desvanece en el aire” y la aceleración de los procesos –todos los procesos- es la regla. Una vida en Fast Forward. En este marco, “la gran encuesta nacional” permite hoy comenzar a ver el bosque: la sociedad política que empieza a emerger en el preciso momento en que el tsunami pandémico comienza a retirarse.

Así, una elección de primarias partidarias en distritos subnacionales se transformó en una elección nacional de distrito único. Los argentinos definieron que era el tiempo de abrir las fronteras, y terminar con la oda simétrica del país polarizado y la hipersegmentación. De Ushuaia a la Quiaca, como un disco de León Gieco, este domingo el clivaje fue primero y centralmente nacional. Como si el voto hubiese sostenido: la Argentina es algo más que la suma de sus segmentos, territorios y metros cuadrados.

Efectivamente, en el país parecen haberse puesto en suspenso las fortalezas territoriales, en una marea que hoy ahoga al oficialismo. Como si el cuerpo de esta compleja y extensa nación se hubiese levantado para proclamar: hablemos de Argentina. El voto abriéndose paso para tratar de cortar el eterno empate agónico. Que sea contundente, porque si no, no es nada. Sin pretender una hermenéutica comprensiva, las PASO derrumbaron dogmas y abrieron laberintos. ¿Un 2001 electoral?

Comencemos por la relación entre el Frente de Todos y la sociedad. Algo se rompió, y el daño es profundo. La sociedad percibe que la “lógica” central de la coalición de gobierno es básicamente una lucha de facciones. Una interna a cielo abierto, un ejercicio de fagocitación interna que remeda a un “Pimpinelismo de Estado” en el marco de una de las peores crisis que los argentinos recuerden. El Frente de Todos jugando al TEG, mientras el país se desarma, con la sociedad de espectadora. Una endogamia que duele e indigna.

"De Ushuaia a la Quiaca, como un disco de León Gieco, este domingo el clivaje fue primero y centralmente nacional. Como si el voto hubiese sostenido: la Argentina es algo más que la suma de sus segmentos, territorios y metros cuadrados."

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En segundo lugar, el Frente de Todos ha perdido su horizonte nacional. La “Federación” siente que la coalición se ha transformado en el Partido de “la Provincia”. Un neo-rosismo que prescinde de los “22 ranchos” que no forman parte de la demografía del poder frentetodista. La foto del búnker, con el Presidente rodeado de los candidatos de CABA y de la PBA, como si esas fueran las únicas elecciones que disputaba la coalición, así lo grafica. Por eso la crisis es nacional. Es una crisis de proyecto nacional, y por lo tanto, es una crisis de representación nacional. El Frente de Todos, más allá de lo declamativo, ha perdido completamente su horizonte federal. Es un Partido del AMBA que entró en crisis en su mismo bastión.

En tercer lugar, el Frente de Todos carece de una economía política. Un mapa de alianzas sociales, económicas y políticas que no empiece y termine en el Estado como único actor legitimo. En esa hoja de ruta de empoderamiento de la estatalidad –“Te salva el Estado”- se percibe un razonamiento extorsivo que profundiza las tendencias destructivas del capitalismo nacional. Y esa percepción, que hoy comparten tanto los sectores del capital como los del trabajo, es transversal a la estructura social. Pareciera que la sociedad argentina se resiste a convalidar políticas que, más allá de las buenas intenciones, terminen profundizando el proceso de subdesarrollo nacional.

Como siempre hay excusas. Ya se escuchan voces que sostienen que “los oficialismos pierden en pandemia”. El cherry picking de los analistas políticos. Sin embargo, el problema de la crisis argentina es multidimensional, y aunque mañana desapareciera la pandemia, no tendría resolución inmediata. En otros términos, no es la pandemia, es la crisis del modelo de acumulación que el sistema político nacional no logra resolver desde 1975, pero cuya versión post-2001 terminó de agotarse a principios de la década pasada. El costo político de la pandemia hubiese sido infinitamente menor si el Ejecutivo encaraba, al menos con la seriedad del caso, la crisis del modelo de acumulación.

Es decir, utilizaba el momento de excepción que planteaba la pandemia como una “oportunidad” para instrumentar un diseño de gobierno nuevo que la polarización clásica de los tiempos normales hacía imposible: sino un gobierno de unidad nacional a la alemana, al menos un acuerdo que fuese más allá de los barbijos y los hisopados, orientado a empezar a devolverle dinamismo y capacidad inclusiva al capitalismo nacional, vía un plan de estabilización y reformas estructurales. La emergencia habilitaba a la creatividad política, el cambio de frente. Algo de eso pareció insinuarse y fue abandonado. Por el contrario, la pandemia fue la “excusa” para no avanzar. Un conservadurismo a prueba de balas, basado en la ponderación de los equilibrios internos por sobre cualquier agenda de transformación. En contra de los argumentos condescendientes, creemos correcto decir, que en lugar de una, acá entraron dos piñas: la economía y la pandemia.

En cuarto lugar, la crisis gubernamental del oficialismo ha logrado perforar (hacia abajo) el “mítico” núcleo duro del votante cristinista. Y acá no solo hay que mirar los números del conurbano bonaerense, sino también los del gran norte argentino y los de la Patagonia. Este es el contexto, desde cual debe leerse, en las próximas semanas y meses, los movimientos de CFK al interior de la coalición. El experimento que ella fundó en 2019 está amenazando el que parecía ser su activo imperturbable: los votos. El fundamento mismo de su famoso “paquete accionario”.

En este cuadro de sociología política se abren los escenarios que deberán afrontar, de manera simultánea,  una oposición que se expande y un oficialismo que se contrae en una realidad que no espera y que se desarrolla mucho más rápido que lo que aconsejarían los tiempos institucionales.

"Es una crisis de proyecto nacional, y por lo tanto, es una crisis de representación nacional. El Frente de Todos, más allá de lo declamativo, ha perdido completamente su horizonte federal. Es un Partido del AMBA que entró en crisis en su mismo bastión."

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Divididos

Era observable en los últimos meses: en espejo inverso de un oficialismo en envejecimiento repentino, la oposición demostraba en su disputas por los liderazgos –nacionales y subnacionales- un dinamismo que el marco monolítico de las listas de unidad impidió en el gobierno, tal vez debido al atávico miedo a las PASO que suele portar el kirchnerismo. Como si en Juntos por el Cambio le hubiesen pedido prestada la máxima a los peronistas: “parece que nos estamos peleando, pero en realidad nos estamos reproduciendo”. Ciertamente, desde Gualeguaychú en 2015 el espacio no peronista supo hacer un uso mucho más eficaz de esta herramienta de la ley electoral, utilizándola para organizar su propia discusión interna y trasladarle en parte esa definición a su electorado. Una coalición más “autoasumida” que la del FDT, cuyas declamaciones de una unidad monolítica a la manera de los viejos partidos de izquierda, en contraste con su realidad balcanizada, parecen por momentos un festival de fallutería.

En una operación política polémica y tensionante hacia adentro, con mudanzas de distrito incluidas, Horacio Rodríguez Larreta ganó primero en su disputa entre Azules y Colorados con el sector de Mauricio Macri, sin tirar casi un tiro, sólo desplegando tanques e infantería.  De esta manera, Macri perdió primero en la política (antes de votar), y el domingo en las urnas, con el triunfo precario pero suficiente de Vidal en CABA y de Santilli en la PBA, y con la derrota de Santos-Negri en Córdoba. ¿Un parricidio soft?

Larreta ganó bien, y ganó en la suya, lo cual debería permitirle resistir frente a las demandas de derechización fácil que seguro salgan del ala más extrema de Juntos, con el argumento de la performance electoral de Javier Milei. Un recetario que en el mejor de los casos es pan para hoy y hambre de mañana, si de verdad su intención es empezar un camino que no sólo implique construir alianzas para ganar sino también para gobernar: una “coalición del 70%”. En este marco, si se trata de un proyecto electoral o de un proyecto de poder se verá en las decisiones que tome en las próximas semanas. Por lo pronto, la transición del liderazgo parece asegurada.

El aliado estratégico en la victoria nacional de HRL no ha sido la “nueva derecha”. Ha sido la revitalización que le otorga a la coalición cambiemista la renovación silenciosa y generacional de la UCR a escala nacional. ¿El “centro” perdido por el peronismo? Los medios de comunicación, con sus sesgos ambacéntricos, han hecho foco en el salto de Manes a la arena política y su “pulsión de vida” en JxC, pero la película es más amplia y federal. La emergencia de Rodrigo De Loredo en Córdoba y de Mariano Campero en Tucumán, son parte de un amplio proceso de revitalización de la élite radical a escala nacional.

"El aliado estratégico en la victoria nacional de HRL no ha sido la “nueva derecha”. Ha sido la revitalización que le otorga a la coalición cambiemista la renovación silenciosa y generacional de la UCR a escala nacional. ¿El “centro” perdido por el peronismo?"

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Juntos

Desde el oficialismo, se abren al menos tres escenarios alternativos posibles.

El primero, la colonización del cristinismo duro de la arena y la agenda gubernamental. Un nuevo “vamos por todo” que interprete que la catástrofe electoral tiene origen en la “tibieza” de Fernández. Este escenario profundizaría el divorcio con la sociedad civil y posiblemente, abriría una dinámica de inestabilidad peligrosa desde el punto de vista macroeconómico. La contracara de “quemar las naves” de acá a noviembre, es la presión que ese movimiento generaría en la brecha cambiaria y la inflación (la principal preocupación ciudadana).

El segundo escenario consistiría en tratar de superar “por arriba”, con los elementos que hay a mano, la dinámica disfuncional que hasta ahora caracterizó al FDT: el vaivén bipolar entre radicalización –entendida como un retorno al cristinismo hardcore– y la moderación –entendida no como una metodología alternativa sino como un control de daños permanente, un kirchnerismo con tres rivotriles-. En palabras de Cristina misma, lo que le falta al Gobierno es funcionar, no saber cómo se ubica permanentemente es un political compass interno: ni radicalización ni moderación, volumen político. Un gabinete donde no importe de qué color sea el gato, sino que cace ratones.

Massa sería el nombre de esta alternativa, vía una jefatura de gabinete imperial, una suerte de albertismo que sí funcione (algunos analistas sugieren un superministerio de economía, subestimando que el problema es más político que económico). Este movimiento le permitiría en paralelo a la vicepresidenta evitar una posible tentativa de fuga del tigrense y dotar al poder ejecutivo de musculatura. ¿Aceptaría Alberto Fernández este desenlace que de facto implicaría una suerte de nuevo triunvirato? ¿Aceptaría CFK cederle la capacidad gubernamental y de agenda a Sergio Massa como un mal menor? ¿Y los gobernadores?

El tercer escenario implica insertar a Alberto Fernández en el juego: ¿Por qué suponemos que aceptaría mansamente alguna de las dos dinámicas antes planteadas? En el albertismo “autoorganizado” prima la idea de que la elección del domingo no es un castigo a una “foto” sino la expresión de un descontento con una agenda que nace del rol epidérmico de CFK en la coalición. El argumento postula que la derrota no solo fue nacional (de AF), sino fundamentalmente provincial (del Cristinismo). La pregunta que surge es, si esta potencial resistencia pasiva del albertismo gubernamental o burocrático, no impulsaría una salida del Cristinismo de la arena gubernamental. Una fuga de capital político.  

Las tres dinámicas tienen en común el apertura de un momento de agencia en la coalición. Es decir, las PASO han despabilado la acción política aletargada en el incrementalismo procrastinador del método frentetodista. En palabras de Pablo Gerchunoff y Roy Hora, la moneda está en el aire.

"Lo que le falta al Gobierno es funcionar, no saber cómo se ubica permanentemente es un political compass interno: ni radicalización ni moderación, volumen político. Un gabinete donde no importe de qué color sea el gato, sino que cace ratones."

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El peronismo

Con la construcción de su unidad, el peronismo tuvo un resultado paradojal: construyó su victoria en el 2019 y colectivizó esta derrota en el 2021. En estos meses, y ante la notoria crisis interna –casi de sentido – que muchos cuadros políticos medios y altos del gobierno sufrían ante la falta de rumbo en la cima, fue notoria no sólo la ausencia de un espacio de discusión de cara al sol, sino también la extorsión que planteaba la ausencia de un peronismo extra FDT. El lema secreto del Frente de Todos: “¿y adónde te vas a ir?”.

Las divisiones del peronismo fueron siempre complejas de gestionar para los asuntos de gobierno pero beneficiosas para el peronismo entendido como un sistema. Sin reserva estratégica existente por afuera, la fortaleza construida en el marco de la unidad se vuelve en contra como un boomerang. Si pierden, pierden todos. Pero además, el fundamento de esa unidad –muchísimo más que cualquier criterio de orden programático o conceptual- era la premisa de que el peronismo unido no podía perder, entendido esto como un axioma automático, de falsa matemática politológica y de dudoso calibre histórico.

Pues bien, el peronismo unido no sólo puede perder (estrepitosamente a nivel nacional) sino que puede al mismo tiempo poner en crisis los fundamentos centrales de su “razón de estado” post-1983: gobernabilidad, capacidad de adaptación, resolución de crisis y poder de transformación. El peronismo vale más (o valía) por su capacidad transformadora y organizadora que por su “identidad”. El peronismo será transformador, o no será. La coalición, al galope de su eje progresista, parece haber apostado por la metáfora inversa: una política de identidades sin una policy de modernización y de desarrollo material. Ante la cual cabe preguntarse, visto los resultados: ¿Quién gana en la política de la identidad? ¿El peronismo o la “nueva derecha”?

En todo caso, la dinámica nacional de este crisis pone en peligro, como pudo observarse este domingo, las dinámicas provinciales de todos los “ismos” que los gobernadores peronistas fueron inventándose ante la progresiva y continuada “Bonaerensización” de la economía política interna del peronismo en los últimos 20 años. Tal vez eso obligue a muchos de ellos a salir de su sueño eterno y buscar una proyección nacional, aunque más no sea por voluntad de sobrevivencia local: salir para que no te entren.

"La dinámica nacional de este crisis pone en peligro, como pudo observarse este domingo, las dinámicas provinciales de todos los “ismos” que los gobernadores peronistas fueron inventándose ante la progresiva y continuada “Bonaerensización” de la economía política interna del peronismo en los últimos 20 años."

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El hinterland

Las fortalezas provinciales temblaron el domingo, empezando por la principal: la Provincia de Buenos Aires. Asumiendo una perspectiva territorial, podría pensarse que las últimas dos décadas de política argentina se explican por la confrontación de dos partidos: el Partido de la Ciudad versus el Partido Bonaerense. El hinterland de la Grieta. El problema, que hoy deviene estructural para el peronismo, es que su fortaleza demuestra ser muchísimo más escorable en términos empíricos que la fortaleza porteña para la oposición.

Alberto Fernández se soñó alternativamente como Néstor Kirchner o como Raúl Alfonsín, pero la época le tenía reservada otra parada: una encarnación más parecida al Duhalde de la emergencia y de la crisis o al Menem de 1989. Bomberos sin recursos, y por eso, con necesidad de maña, cuyos desafíos pasaban por reconstruir una autoridad rota mucho más allá de la mera foto “bipartidista”. Hoy la Argentina es una sociedad marcada por 10 años de estanflación y descapitalización, con una crisis estructural del modelo de acumulación, y con un poder roto, dentro y fuera del gobierno. Una crisis generalizada de sus élites. Un país que logró un curioso comunismo del despoder: hoy en la Argentina nadie puede imponer su agenda, ni el gobierno, ni el campo, ni Magnetto, ni Paolo Rocca, ni Grabois ni nadie.

Obsesionado con el futuro del 2023, la dirigencia del Frente de Todos perdió el presente en el 2021. Las imposibilidades del funcionamiento de la coalición gubernamental reperfilaron a toda una dirigencia peronista, en lo que se convirtió, en la práctica para todos, en una suerte de permanente fuga hacia delante: “de este laberinto sólo se sale en 2023”. Los resultados del domingo, como una pesadilla en el cerebro de los vivos, le recordaron a esta dirigencia una vieja máxima keynesiana: “en el largo plazo, todos estaremos muertos”.

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