23 de julio de 2026
90 años atrás, en el aeropuerto de Medellín, el fuego terminaba con la vida de Gardel, el letrista Alfredo Le Pera, los guitarristas Guillermo Barbieri y Ángel Riverol, que salió con graves herida del accidente y murió a los dos días. En medio de una gira por países de América Latina que se le hacía muy larga, Carlos Gardel decidió volver a Estados Unidos, donde había estado filmando varias películas. Había una posibilidad de seguir a Panamá, pero estaba cansado y tenía planes de hacer algunas grabaciones y refrescar el repertorio. Era un hombre temeroso de los aviones, pero ese 24 de junio de 1935 abordó el trimotor Ford F-31 de la compañía SACO en Bogotá, el destino final era Cali, pero bajaron en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín para cargar combustible. Ahí mismo sucedió todo, en la pista: antes de despegar -y después de algunas maniobras extrañas- el piloto chocó contra otro avión provocando un incendio que fue una trampa mortal para gran parte de los tripulantes. De los 3 sobrevivientes del accidente uno fue el guitarrista José María “El Indio” Aguilar, que logró salir de entre las llamas rompiendo una ventanilla de la nave. Tiempo más tarde contó que en el avión: “Carlos volvió la cabeza para decirme: `Bueno, Indio, nos queda una hora y cuarto, y después, aunque se rompan todos estos bichos no subimos nunca más a ninguno de ellos´”.
Juan D`Arienzo, que había sido amigo de Gardel, nunca se subió a un avión, él mismo contó que el emperador Hirohito le mandó un cheque en blanco para que completara la cifra del valor de su visita con la orquesta a Japón, pero se negó. “En el año 32 Carlitos Gardel y Leguisamo venían todas las noches al Chantecler”, relató. “Se instalaban en un palco de arriba y esperaban a que yo terminara. Entonces subía a tomar una copa de champagne con ellos. Y nos quedábamos horas charlando. Una noche Carlitos me dijo: `Mirá Juancito, creo que me voy a morir en un avión´. Le contesté: `Dejate de pavadas, no digas tonterías´”. D´Arienzo, que era muy cabulero, murió en 1976, a los 75 años, sin haber viajado nunca en avión.
Gardel llegó a mandarle un par de telegramas los padres de Astor para pedirles sumarlo a la gira como bandoneonista. Por suerte los padres no lo dejaron ir porque era muy chico. Fue la última gira de Gardel
Lo cierto es que el fuego no borró la huella de ese artista argentino que hasta 1935 fue Carlos Gardel. ¿O sí? ¿Cuánto queda de Gardel flotando en el aire? En el último mundial, en plena fiebre de fanatismo por la selección, el ingenio popular vio en Enzo Fernández una reencarnación de Gardel: la sonrisa ancha, los ojos levemente achinados, la nariz recta, la mirada serena pero chispeante, con la dosis de picardía exacta. Gardel supo encarnar, en su tiempo y más acá también, el deseo argentino, aquello que nos gustaría ser. Con mucho esfuerzo mantenía su peso a raya y era impecable con la pinta, pero eso no lo hacía distante, al contrario: se mantenía en un equilibro entre ser campechano y elegante. Buen amigo, hijo dedicado, generoso para largar el mango y sobre todo un cantorazo y un compositor inspirado, sus melodías trascienden el tiempo y los formatos. El personaje del ciego de Al Pacino en “Perfume de mujer” baila -como puede- un tango de Gardel tocado por una agrupación de cámara: “Por una cabeza”. El mexicano Luis Miguel (entre otros artistas) hizo suya la canción “El día que me quieras”, también compuesta por Gardel en esa última etapa de su vida en la que con Alfredo Le Pera le encontraron el pulso justo a la canción con raíz argentina, pero de vocación universal. Ese repertorio se producía al calor del rodaje de las películas, en los cortos tiempos en los que en los años 30 se filmaban, unas dos semanas y pico. En 1934 Gardel filmó en Nueva York, para la Paramount, “Cuesta abajo” y “El tango en Broadway” y en 1935 “El día que me quieras” y “Tango bar”. Mientras tanto, el periodismo local le pegaba un palo detrás del otro, las críticas a sus películas eran duras, entre esos críticos estaba Homero Manzi escribiendo para la revista Antena en 1934: “Gardel es un gran artista sin ningún control de sus condiciones ni su destino. Vive y triunfa con la complicidad de Dios. De ese Dios que le dio simpatía, magnifica voz, juventud eterna y suerte. Porque él ha hecho todo lo posible para dificultarse el éxito”, sentenciaba. El argumento de Manzi, era compartido por muchos, algunos con menos basamento ideológico, pero con la misma espina clavada: le reclamaban por qué filmaba en París o Nueva York y no en Argentina. “Con este espejismo Gardel está retrasando el progreso de la cinematografía nacional, ya que los filmadores extranjeros, al contratarlo, nos escamotean al astro de mayor arrastre de lengua castellana”, seguía Homero. Porque te quiero, te aporreo.
En esos años, se cruzaron en una esquina de Nueva York dos líneas de tiempo tangueras que no parecerían estar destinadas a convivir, pero el guionista de la historia del tango siempre arriesga un poco más. El viejo de Astor Piazzolla, Nonino, se había trasladado con la familia a Nueva York buscando un mejor destino económico y fue ahí donde le consiguió a su pibe un bandoneón para que empezara a tocar, muy a su pesar porque Astor quería una armónica y la música que le gustaba era el jazz. Como Nonino hacía tallas en madera, le hizo una a Gardel sabiendo que filmaba en la ciudad y lo mandó a su hijo de 13 años a entregársela. Cuando Astor llegó al departamento de la Calle 48 de Broadway se cruzó con el músico Alberto Castellanos, quien le pidió que entrara a la habitación de Gardel por la escalera de incendios para que le abrieran porque había salido sin llaves. “Nos hicimos muy amigos”, le contó Piazzolla a Natalio Gorin. “La verdad es yo me convertí en su cicerone. Gardel no hablaba inglés y yo lo acompañaba a las grandes tiendas, él quería comprar mucha ropa. También le gustaba la comida italiana y entonces lo llevé a una cantina que se llamaba ‘Santa Lucía’. Gardel era una estrella, pero no de Hollywood; él producía sus propias películas para el público latinoamericano. Hoy a la distancia valoro mucho aquellos días, creo que fueron como una píldora que aumentó mi amor al tango”. En enero de 1935 Gardel filmó la película “El día que me quieras”, ahí se lo ve al pibe Piazzolla haciendo de canillita y no sólo eso, también lo acompañó con el bandoneón en algunas actuaciones. Gardel llegó a mandarle un par de telegramas los padres de Astor para pedirles sumarlo a la gira como bandoneonista. Por suerte los padres no lo dejaron ir porque era muy chico. Fue la última gira de Gardel.

En 24 de junio de 2000 se cumplían 65 años el accidente de Medellín, pero ese año los medios salieron detrás de otra noticia: a las 3.20 de la mañana el cantante Rodrigo perdía el control de la camioneta que manejaba en la autopista Buenos Aires-La Plata, chocó y terminó muriendo en el asfalto. Rodrigo Bueno había nacido en Córdoba en 1973 y en los últimos años de la década del `90 se había propuesto sacar al cuarteto de Córdoba, conquistar Buenos Aires y el país, y lo había logrado. Como Gardel, miró más allá, quiso llevar su música a otros destinos y fue criticado en su pago chico.
Mientras Rodrigo hacía bailar a propios y ajenos, el tango -que desde la década del 60 estaba en una etapa de resistencia- empezaba a dar señales de renovación. Y en medio de ese panorama que se abría, de jóvenes intérpretes y bailarines, apareció una rara avis: Luis Cardei. Con grafía notablemente similar a Gardel, Luisito a simple vista era su antítesis: bajito, con notables problemas físicos, una voz chiquita y aguda. Le Monde de París lo llamo “Le boiteaux fascinant” (“El rengo fascinante”). Primero fue un secreto a voces, un cantor con un bandoneonista que hacían un repertorio de tangos olvidados en Parque Patricios, en la Esquina de Arturito de Pavón y Esteban de Luca. Entre platos de pastas que iban y venían, Cardei cantaba, pura emoción, y contaba historias graciosas, entrañables, desdichadas, un poco grotescas también. Más tarde llegó al centro, al Foro, al Gandhi y al exclusivo Club del vino, donde su público eran intelectuales y tangueros de paladar negro. Él siguió con el mismo repertorio, con el mismo acompañamiento de bandoneón, con las mismas historias. Hemofílico, con muchos problemas de salud desde que tenía uso de razón, Luis Cardei se miraba en espejo de Gardel. Así lo había hecho desde chico soñándose cantor de tangos y así lo recrea María Maratea en un diálogo de su libro “Cardei”: “Ir a cantar a Porto Alegre, era cumplir un sueño casi imposible.
—¿Y cuántos días hay que estar allá?
—Tres. Tres días nada más. Pero en la Fundación nos van a decir adonde tenemos que ir por si llegaras a tener algún problema.
—Sí, ya sé. Además, Porto Alegre está acá nomás. Está cerquita. ¿Sabés cuál es el problema?
—¿Cuál?
—El avión. ¿Quién se sube al avión?
—No, perdoname, pero si sos Gardel, vas a tener que subir.
—Sí, tenés razón. Mirá cuando salga en los diarios: “Cantor de tangos, muere igual que Gardel”. Porque si voy, va a ser con las guitarras, sabés que Antonito no viaja. Si le tiene más miedo que yo.
—No te hagas ilusiones de morir igual que Gardel. El avión no se va a caer, porque vos vas a ir con Alfredito y conmigo, y Gardel no iba ni con su mujer, ni con su hijo.
—Tenés razón. Y además estamos en mayo, no en junio. ¿Y cuándo es eso?”
En el último mundial, en plena fiebre de fanatismo por la selección, el ingenio popular vio en Enzo Fernández una reencarnación de Gardel: la sonrisa ancha, los ojos levemente achinados, la nariz recta, la mirada serena pero chispeante, con la dosis de picardía exacta
“Rubias de New York/ Fantasmas de percal/ Presten atención/ ha abierto un piano bar” cantaba Charly García en una Argentina que estrenaba democracia. Era 1984 y uno de los principales músicos argentinos encaraba el tercer disco de su etapa solista, parte de un grupo de seis álbumes (algunos dicen cinco) maravillosos. Había algo gardeliano en el aire, más allá de la letra citada, en una entrevista de la Revista Pelo, García se defendía de las críticas: “En la gira presentación tuve muchos problemas porque me decían que me había vendido a los Estados Unidos porque el disco lo grabé allá. ¿Y Gardel, loco? ¿De qué me están hablando? No es cuestión de venderse, es cuestión de progresar. Acá hay gente que tiene el rollo ese de que todo lo yanqui es malo”. Se ve que Charly tuvo su Homero Manzi de utilería. Renata Schussheim también rescató la figura gardeliana en el look de García para la puesta en escena de las presentaciones en el Luna Park: “Charly no quería ponerse gomina. Fue una batalla campal, pero al final le gustó”, le contó a Facu Soto en el libro “Charly Queer“.

Una de las obsesiones de García para “Piano bar” fue el registro audiovisual, lo llamó a su hermano Dany García Moreno y le pidió hacer clips de todo el disco. Pensaron una puesta para cada tema, en las que se lo ve a Charly y a los músicos grabando las canciones con diferentes vestuarios y actitudes. Fue el propio Gardel el pionero en ese formato que hoy llamamos video clip pero que en su época se los llamó encuadre musicale. La llegada del cine sonoro le prendió la lamparita a Gardel: en 1930 constituyó la “Unión Argentina”, Sociedad Difusora de Obras Musicales y Cinematográficas, junto a Francisco Canaro y su ex compañero de dúo José Razzano. El objetivo era “representar, administrar, percibir y adquirir obras musicales con o sin letra, difundir estas en discos fonográficos (por cualquier procedimiento mecánico o eléctrico), en ediciones impresas en papel, grabaciones en rollos para auto-piano y en todas las manifestaciones del cinematógrafo”. Siempre un paso adelante, en 1930 filmó quince cortos, de los que fueron conservados once. La estructura es sencilla: una placa con el nombre de la obra que va a interpretar, en algunos casos un pequeño sketch o diálogo con un autor o músico y la interpretación solo o con sus guitarristas; siempre clavando los ojazos negros en la cámara, traspasando la pantalla.

Quien pase por la estación Corrientes del Subte H de Buenos Aires verá un gran mural pintado por el fileteador y artista plástico Jorge Muscia, la escena retratada los muestra a Gardel y a Enrique Santos Discépolo. El Morocho tiene los dedos de las manos como si fueran pistolas y el poeta se tapa en actitud defensiva. Es el final del sketch del encuantre musical de “Yira Yira”, en el que Gardel le pregunta a Discépolo el significado de su tango:
“-Es un hombre que ha vivido la bella esperanza de la fraternidad durante 40 años y de pronto un día ¡a los 40!, se desayuna con que los hombres son unas fieras.
-Pero dice cosas amargas…
-Carlos, no pretenderás que diga cosas divertidas, un hombre que ha esperado 40 años para desayunarse”.
Sobre ese remate, como su fueran dos pibes, Gardel dispara jugando con sus manos y exclama: “¡Pum!” y el gran Enrique se cubre de los disparos imaginarios.
En los más rantifusos reductos tangueros de Almagro, hay pibes que se imaginan que el Morocho vuelve. Las paredes del Abasto todavía recuerdan sus correrías de francesito acriollado. Alguna baldosa que todavía está en la esquina de Rivadavia y Rincón lo debe haber escuchado conversando con los payadores del viejo Café de los Angelitos. A veces es difícil verlo, pero si hacemos foco, ahí está, es influencia y es latido.



