12 de julio de 2026
Florencia Abadi, una vez más, nos sorprende con un libro que abre un mundo: El Nacimiento de Eros. Editado y publicado en 2023 por la casa chilena Pólvora Editorial, hace algunos meses circula por las librerías de Buenos Aires. Continuando el gesto iniciado en El Sacrificio de Narciso, publicado en 2018 por Hecho Atómico, la autora se anima a hacer caer los ideales románticos. Su escritura, precisa, combina en un tejido peculiar registros filosóficos, literarios y psicoanalíticos. ¿Qué implica amar? ¿De qué va la experiencia amorosa? Destronar un ideal, ciertamente, implica primero la tarea de identificarlo. ¿A partir de qué registros sentimentales, emocionales, psíquicos, tenemos costumbre de amar? En el legado proveniente de Nietzsche y de Freud, El Nacimiento de Eros propone una genealogía del amor que no se detiene únicamente en la profundización de sus conceptualizaciones, sino en lo que el amor, en tanto experiencia, impone a la existencia. No es por tanto del amor, o el deseo, de quien aquí se trata, sino del sujeto enamorado. A este ser apasionado y esquivo presta Abadi su escucha.

Es necesario tener en cuenta que, a diferencia del ensayo sobre Narciso, este sujeto ya no es únicamente, un ser enajenado. El Nacimiento de Eros es la historia de emergencia de un élan, de una potencia. Junto con Eros, nace también una posibilidad nueva para el sujeto: la de desear, e incluso, amar. En esta experiencia, irreductible, se torna a sí mismo un misterio. Puede que sea la oportunidad de tomarse como objeto de conocimiento. Fracasando, claro está, pero animándose a la aventura de querer saber qué le pasa, y sobre todo -punto sustancial en la analítica de la autora- qué le pasa al otro, término constitutivo de este sentir.
Florencia Abadi pinta una y otra vez este mundo de proyecciones en el que se sumerge un sujeto enamorado, sin esquivar las contrariedades del desencuentro: en efecto, querer a alguien no está exento de dificultades y ambivalencias. El otro es objeto de amor, de deseo, también de juicio y paranoia. Si Eros se activa a través de un lazo capaz de hacer nacer un otro en mí, no hay vínculo sin paradoja y en ese desfasaje la autora encuentra el mejor fomento. La experiencia amorosa emerge entonces al análisis a través de avatares, imágenes, textos. Estos hablan de sus superficies deseantes, crueles, piadosas, envidiosas, y de un fondo, o tal vez mejor, de una sustancia, la amorosa, que se muestra in toto innombrable.
Florencia Abadi pinta una y otra vez este mundo de proyecciones en el que se sumerge un sujeto enamorado, sin esquivar las contrariedades del desencuentro. El otro es objeto de amor, de deseo, también de juicio y paranoia.
En el libro, este camino de interrogación va tomando forma a través de un saber sofisticado, compuesto por fuentes griegas arcaicas y clásicas provenientes del campo de la filosofía y de la literatura, de la mitología, del psicoanálisis. También las narraciones de los poetas de Roma y de los primeros cristianos y cortesanos del siglo XVII son portavoces de la fantasiosa y cruda verdad del sujeto amante. La reconstrucción histórica es necesaria: no hay experiencia de amar y de desear que no venga condicionada por la educación sentimental que organiza su relato.
El primero en caer, en este sentido, es el que a Occidente resulta fundacional: el Génesis. El pecado original, nos recuerda Abadi, antes que primero, fue provocado. Fue la serpiente, celosa del hombre, la inicia el conflicto fundante del deseo humano: “Dios sabe que el día que comeréis del fruto, se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”. La sugerida “mezquindad de Dios” activa el deseo de tener lo que Él posee y no brinda, sigue la autora. No es entonces Eros la deidad que hace nacer el movimiento, sino su madre, la envidia, quien dispara el anhelo en ambos seres, hasta entonces inconscientes de que copular los ponía en falta. “La envidia nos sugiere que el objeto de nuestros anhelos, el fruto delicioso del árbol del conocimiento, es poseído por algún otro que no nos convida. El goce que le suponemos al otro gatilla el deseo”, analiza la autora. Las tesis de la psicoanalista Melanie Klein guían esta interpretación. El funcionamiento psíquico-afectivo comandaría una dinámica inconsciente primaria: frente a la prohibición de Dios-padre que nos dice “vos no”, el bebé idealiza que entonces “otro sí”. La envidia, emerge entonces como instancia anterior a cualquier otra experiencia libidinal. Que el deseo despierte y prenda depende intrínsecamente de ella.
En cierta continuidad con lo planteado en El Sacrificio de Narciso, Abadi retoma en sus páginas la tesis crítica de René Girard sobre la triangulación mimética del deseo. Según estas hipótesis, contrarias a las platónicas, Eros no nace de la carencia ni es en función de una reunión con su estabilidad -con su ser esférico- que encuentra lo que le falta; sino que su nacimiento corresponde a una provocación tercera. La mirada envidiosa sobre lo que el otro tiene y aparentemente disfruta despierta un movimiento interno. El deseo es, así, urgencia de poseer, de conquistar, incluso al punto de una identificación devoradora con el otro.
Por eso, explica Abadi, Eros no puede ser el mismo nombre para el deseo y el amor. Amar y desear no son la misma cosa ni dan forma a la misma experiencia: amar es un acto piadoso, cuidado. Es permanecer, velar, conocer pero abstenerse de usar ese saber del otro para evitar el daño. Desear, por el contrario, es salir a buscar, ponerse primero, rasgar el vínculo en la urgencia de tener al otro. Por supuesto se trata siempre de un juego de espejos: la pregunta “¿qué deseo?” comporta el enigma acerca de “¿qué desea el otro?”. Este des-encuentro productivo no tiene lugar sin una terceridad fantasmal, fruto de identificaciones imaginarias. En el campo sin bordes del fantasma, la experiencia mimética del deseo implica siempre entrar en contacto con un mundo psíquico, íntimo, proyectado, envidioso. Según esta línea de análisis, la viscosa y venenosa serpiente no habría cumplido otra tarea más que la de obligarnos a una exogamia siempre culposa, y sin embargo, vital. El deseo del deseo del otro es fundador de vida. La vinculación entre envidia y deseo explica cómo este siempre busca ir más allá. Ha de externalizar su objeto, ha de querer otra cosa que lo que ya tiene. Romper, salir, ausentar… de algún abandono nace el deseo. Al respecto la autora retoma los relatos de los mitos para retratar, por ejemplo, la exogamia deseante de Ariadna. Ella se arriesga a traicionar a su padre para ayudar a quien ama. El riesgo fue no ser correspondida, ya que Teseo la olvida en la isla de Naxos (pero ese es otro problema que llevaría sin duda a las hipótesis arriba mencionadas de la autora respecto de la no necesidad declinatoria de deseo en cuidado). También recupera a Medea, cuya exogamia primera comporta, según el análisis del libro, una segunda, donde descuartiza su rol de madre para hacer nacer el de una mujer deseante, dolida y humillada, que abraza la venganza con los ojos abiertos. El deseo como movimiento nace de este motor inmóvil pero perverso, que incita a salirse de uno mismo y entrar al mundo a partir de una tensión que nos pone a trabajar continuamente.
La mirada envidiosa sobre lo que el otro tiene y aparentemente disfruta despierta un movimiento interno. El deseo es, así, urgencia de poseer, de conquistar, incluso al punto de una identificación devoradora con el otro
Ahora bien, si en Narciso no había otro, ya que este estaba capturado primero en la cueva uterina de su madre y luego en el lago por su propia imagen, podemos pensar que tampoco lo hay en la lógica erótica de la envidia, al menos no otro en su singularidad irreductible. El otro es ese tercero, fundante de mi movimiento, sí; pero es un Otro fantasmático, persecutorio. Lo idealizo, no lo conozco. Viene a disparar en mí cierto núcleo paranoide, para el cual se aparece a mi imagen como satisfecho y pleno de gozo, como a quien sí fue -y por qué- dado el paraíso.
La autora abre una ventana sobre este punto imaginario según el cual el otro no existe, a partir de la recuperación de relatos que brindan un tratamiento literal de este deseo. Para ello retoma los mitos de androginia y partogénesis, donde Adán fue el primero, pero también Jesús y la propia María, en instaurar una suerte de punto cero del deseo, sin pecado concebido. Es decir, sin necesidad de otro. Incluso mucho antes del cristianismo era el mismo Zeus quien se erigía como gran fecundador. Podía embarazarse y gestar por sí solo. Había parido a Atenea por su cabeza y a Dionisos por su cuádriceps. Daba cuenta, así, -reflexiona la autora- “de la fantasía oculta en la que se funda el régimen patriarcal de Occidente: la de prescindir de la mujer para la reproducción de la especie”.
Este punto, sin duda interesante para los actuales estudios feministas, nos permite pensar: ¿Hasta qué punto es entonces necesaria la relación de alteridad para dar lugar al propio deseo?
La mención de Abadi a la idea de “deseo soberano” de Georges Bataille permite reconstruir la fuerza vertical de esta idea y también su tara. Para el filósofo del erotismo, el deseo es autoridad de sí mismo, se eleva sobre todo vínculo de alteridad. Por eso, una vez conquistado su objeto de placer, ocurre el extrañamiento: ¿quién es el otro? O mejor, kojevianamente, ¿de qué va su deseo? ¿qué de mí reconoce el Otro?
Florencia Abadi deja abierto este mundo sin respuestas que no sólo da nacimiento a Eros, sino también a la alteridad -en tanto esta nunca se corresponde con los límites circunscriptos para el otro. En efecto, una vez capturado por la flecha de mi deseo, con el otro pueden sobrevenir varios escenarios: que me canse, que lo devore, o que me disponga a amarlo. Una ars erótica -expuesta en el último capítulo del libro- organiza esta tarea por la vía amistosa de la philía y del velo piadoso que supone el ágape del cuidado. También, el deseo declinado en amor es abordado por la vía de la experiencia espiritual que supone la figura de Cristo-Dionisos resucitado. Se trata, cada vez, de jugar la gracia del don y del gasto, elaborando una nueva individuación de sí con el otro. En estos tiempos de pobres corazones y tibios encuentros afectivos que buscan resguardarse en una contractual responsabilidad, Florencia Abadi vuelve a tensar el arco de una flecha de Cupido para la cual no hay dos sin tres. Y, también, suspende la pretensión de querer saber para simplemente animarse a amar a otro.



