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22 de julio de 2026

22 de julio de 2026

13 de octubre de 2024

UN CHISTE JUDÍO

Facundo Milman

@FacundoMilman
Lecturas
Tiempo de lectura: 7 minutos

“La tradición de Heine, Rahel Varnhagen, Sholem Aleijem, Bernard Lazare, Franz Kafka o incluso Charles Chaplin. Es la tradición de una minoría de judíos que no han querido convertirse en advenedizos, que prefirieron el estatuto de ‘parias conscientes’. Todos exhibieron cualidades judías: el ‘corazón judío’, la humanidad, el humor, la inteligencia desinteresada, son todas cualidades de parias”

Hannah Arendt, “Nosotros los refugiados” en Una revisión de la historia judía y otros ensayos (2006).

“Seguramente no es posible definir el humor judío, pero puede ser posible decir algo acerca de lo que es […]: es el humor de los extranjeros; explota una profunda y duradera preocupación y fascinación por la lógica y el lenguaje”

Ted Cohen, Jokes: Philosophical Thoughts on Joking Matters (1999).

I. El nuevo libro de Alexandra Kohan es un libro peculiar no por su tema, el sentido del humor (¿el humor tiene sentido o el sentido hace estallar al humor?), sino por su inabarcabilidad. Pero voy a tratar de mantener un orden a la hora de escribir la lectura. Kohan abre -y abre su propia escritura- el texto con un chiste que contaba su padre y ella aprende algo a partir de un chiste. Hay algo importante en el chiste y es la operación que ella hace: extrae una enseñanza de un chiste. Kohan escribe: “Porque no se trata de ser chanta, ni de decirle que sí a cualquier cosa, sino de ser capaz de asumir un pequeño riesgo, un pequeño salto hacia una posibilidad”. Ese salto hacia lo imposible, que se convierte en posibilidad, no es otra cosa que lo que hace Alexandra Kohan en el chiste y en el libro. Todavía más: en los libros -en Y sin embargo, el amor (2020), en Un cuerpo al fin (2022) y en El sentido del humor (2024). La operación de lectura de sus libros no sería otra cosa que una apuesta en el sentido más llano del término: ella se arriesga por decir algo del estado de cosas.

II. Kohan siempre, en su escritura, mencionó la posibilidad del riesgo; el riesgo como forma de escritura, como forma del amor, como forma del cuerpo y, en este caso, como una nueva forma: como lo que se extrae del humor. Alexandra Kohan sostiene: “No hay enseñanza sin chiste, sin risa. Es involuntario, pero sin dudas es efecto de una posición que sólo se puede realizar en la medida en que hayan caído los espejos”. El Witz hace su parte una vez caído los espejos; el Witz tiene aquello que también tiene el amor, pero también otros acontecimientos como la muerte y Dios mismo. Kohan escribe: “En el Witz algo se produce para inmediatamente perderlo de nuevo”. Primer punto: se produce algo, no se produce todo. Algo pasa, algo relampaguea, algo irrumpe; ese algo resquebraja la solemnidad, el ser algo y el creerse una posición. Segundo punto: el humor también tiene ese otro lado, sacarnos de posiciones absolutas, cretinas y serias. Si no hay enseñanza sin humor, tampoco hay ser sin risas. Sin embargo, el Witz -traducido y reducido a humor en español- juega entre dos polos: por un lado, la risa y, por otro lado, su potencia o lo que es capaz de producir. Como en Alexandra Kohan, como en el humor judío -¡qué pleonasmo!-, una enseñanza no solemne, un decir más allá de la situación, un judaísmo más allá del judaísmo, una posición frente al riesgo, al fin de cuentas, una responsabilidad no sólo por el otro sino también por el mundo.

III. Un aspecto que me gustó del nuevo libro, de El sentido del humor (2024), es el lugar que se le da al asombro: “El juego como lo otro de la realidad ineluctable. El juego, la imaginación, la risa. El asombro y la sorpresa: ¿acaso quedan lugares para que se pongan en juego? La comicidad es, sin dudas, uno de ellos”. Kohan recupera la idea de asombrarse frente a los acontecimientos de la vida cotidiana, frente al ser adulto, frente a ese mundo demandante o “realidad ineluctable”. Hubo una persona profundamente religiosa que creyó en la posibilidad del asombro cuando el mundo se desmoronaba y es el mítico rabino Abraham Joshua Heschel, maestro de Marshall Meyer y quien marchó con Martin Luther King; Heschel supo decir: “Ni una sola vez en mi vida le pedí a Dios éxito, sabiduría, poder o fama. En cambio, le pedí asombro y me fue concedido”. ¿Qué aprendemos como el chiste judío que contaba el padre de Alexandra Kohan? Que tener la posibilidad de asombrarnos, en cualquier momento de la vida diaria, nos permite percibir el mundo ya no como una mera demanda incesante sino como un lugar sublime y de eso trata rezar: percibir el asombro, recuperar el sentido del misterio que anima a todos los seres, es el margen divino en todos nuestros logros. El rezo se convierte en nuestra humilde respuesta a la inconcebible sorpresa de vivir, es lo que podemos ofrecer a cambio del misterio de la vida. En ese sentido, Heschel dijo sobre la marcha en la que participó con Luther King: “Cuando estaba con el Reverendo King, sentía que mis pies oraban”. Su alumno, Marshall Meyer, lo sintetizó en una frase un tanto más determinante: “Marchar es como rezar con los pies”.

IV. Había mencionado que el Witz tiene su parecido con el amor, con la muerte y, sobre todo, con Dios. Porque ocurre ese algo para perderlo todo de nuevo, pero también pasa con el amor; el amor en tanto que uno trata de cristalizarlo y se le va de las manos, se le escapa, cambia y muta. ¿No es esa misma la relación con la muerte? Cuando uno trata de definirla, se va. Son experiencias inasibles, son imposibles de definir. Ahí está Dios, Hashem, El Nombre que trae una novedad: no lo definimos por lo que es y, como nos sugiere el filósofo judío del medioevo Maimónides, sino por lo que no es. Maimónides, por el contrario, inaugura la teología negativa. El Shir haShirim, el Cantar de los Cantares, escrito por el Rey Salomón, dice: “Más fuerte que la muerte es el amor”. Su diferencia, como el Witz, radica en que el amor puede vivirse de muchísimas maneras pero la muerte sólo de una forma. El amor contiene el fragmento, en cambio la muerte es totalidad. La negatividad de la muerte también tiene su lado positivo porque a partir de ese hecho fundamental, la vida cobra sentido y no antes. Ahí encuentro la correlación y oposición: lo que te quita la muerte, te lo devuelve el amor en diferentes dosis a través de la vida; ese es el sentido del porqué la vida no es lo contrario de la muerte, sino es el amor. Y si el amor es lo contrario en forma superadora de la muerte, el Witz es lo contrario de la vida no sólo porque trae risas sino también porque da la posibilidad de enseñarnos algo.

V. Otro punto del libro es su forma de escribirlo. Kohan cambió un poco, al menos, en este texto. El libro no sigue un orden de capítulos, pero sí de números. El ensayo psicoanalítico nos cuenta algo, nos cuenta un Witz. La escritura de este es fragmentaria, ¿elección deliberada o inconsciente? Kohan lo escribe así: “El inconsciente no es sino fragmentos, restos de un desvío” y se trata de eso, de hacer un trabajo con los fragmentos. El texto es un trabajo de fragmentos, de restos, de ruinas. ¿No son acaso los fragmentos donde el corazón de la civilización que había creado la idea del sentido de la historia fue donde ésta se hundió de la forma más espectacular y convirtió la esperanza en una categoría histórica? ¿No es acaso en el resto donde nos sujetamos? ¿No son acaso las ruinas verdaderas, los horrores pasados verdaderos, los muertos verdaderos y lo que hicimos de nuestra tragedia un Witz? Lo que ellos han olvidado, el horror, nosotros los traemos al presente a través del Witz; un Witz esencialmente judío.

"Kohan abre -y abre su propia escritura- el texto con un chiste que contaba su padre y ella aprende algo a partir de un chiste. Hay algo importante en el chiste y es la operación que ella hace: extrae una enseñanza de un chiste."

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VI. El chiste, efectivamente, se parece a Dios: “El chiste, en efecto, consigue decir callando”. Dios también dice en su calladura. Dios deja de decir porque lo eclipsaba todo. Si Dios hace con la Palabra, hablar todo el tiempo y mantener un discurso totalizante hubiera significado arrasar con el ser humano. No hay humano sin el callar de Dios, así también sucede con el chiste: cuando calla, dice y produce sentido. Es sólo a condición de que el chiste y Dios callen, que produzcan sentido en el sujeto y en el ser humano. La calladura de Dios, en el judaísmo y en la Cábala, se conoce como Tsimtsum: cuando Dios se retiró de su lugar, cuando se calló, para dar lugar a la existencia del hombre. Ahora bien, ¿cómo se llama la calladura del chiste? ¿Hay un nombre para cuando el chiste produce sentido? Sí, esa es la risa.

VII. Alexandra Kohan menciona la relación que establece Jacques Lacan y que subraya Jean Allouch entre la tontería –connerie en francés- y la verdad. No obstante, la tontería tiene su historia: pienso en el Caso Juanito, pero más concretamente en otra cosa; pienso, porque me gusta, en la presentación del libro Kabbalah (1974) del historiador de la Cábala y el intelectual judío más importante del siglo XX Gershom Scholem. En aquella presentación, en el JTS -Jewish Theological Seminary-, el profesor y talmudista Saul Lieberman dijo: “Tonterías son tonterías, pero el estudio de la tontería es una beca”. La frase fue rotundamente parafraseada en la historia como aquella otra atribuida a Aby Warburg: “El buen Dios habita en los detalles, pero la de Lieberman fue modificada por sabiduría, erudición y libros. Quizás el Witz sea un chiste, una ocurrencia, una ironía, una pavada, pero la historia del Witz puede que haga la diferencia; el resto es comentario, esa palabra que subyace a la errancia de este mundo.

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