Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

24 de enero de 2026

UN ALGORITMO ANALÓGICO

Juan Stanisci

@JuanStanisci
Cultura
Tiempo de lectura: 5 minutos

La primera vez que recomendé un libro tendría siete u ocho años. No más de diez. Mis viejos tenían una librería en Punta Mogotes, al sur de Mar del Plata. No era verano, lo que significa que podría haber sido cualquier mes entre mayo y octubre. La librería que tenía mi viejo en el centro comercial de Mogotes -al que llamábamos El Centrito- era fea: paredes blancas, iluminada por tubos fluorescentes que resaltaban más la blancura, estanterías negras de hierro, bibliotecas de melamina marrón claro y algunas mesas.

Desde chico me resultó fascinante la recomendación de libros, esa mezcla entre narrador y vendedor que tiene el librero. Pero, más que nada, tener la base de datos metida en la cabeza, la capacidad de recordar nombres, bibliografías, ediciones actuales, pasadas, la mejor traducción, y de conectar toda esa información con una nueva recomendación.

Yo me hice a imagen y semejanza. No solo de mi viejo, sino también, y lo entendí después, de todos con los que me formé. Quería esa memoria y esa habilidad para compartirla con otros. Una especie de Ireneo Funes, el personaje de Borges que lo recuerda todo, pero con la habilidad de hacer sinapsis entre todos esos datos. Unirlos de manera aleatoria, a veces a base de corazonadas, al servicio del bien común. Un boticario de lecturas: usted necesita cien páginas de estos cuentos, combinadas con aquella novela o ese ensayo; este poema le va a mover la estantería, si no, viene y me lo devuelve. “Pensar es olvidar diferencias”, dice el narrador de “Funes el memorioso”. Pensar es encontrar similitudes, podríamos decir. Conectar, hilar, unir. Concatenar lecturas, una curaduría personalizada para cada cliente. O para cada lector, como se dice ahora para que no quede tan comercial.

Con el tiempo encontré que el librero es un narrador de historias, que la venta es accesoria, un fruto que cae por sí solo. Quien entra a una librería buscando a su librero, ya va dispuesto a comprar

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Los libreros son el algoritmo antes del algoritmo. La recomendación personalizada según tus gustos y lecturas. Un algoritmo analógico para cada cliente que todos los meses iba a buscar a su librero amigo para que le marcara la senda. El librero carga con una gran responsabilidad: los libros generan cambios en la forma de ver el mundo de los lectores; acercar esas páginas y acertar puede modificar una vida. Un detalle no menor: el librero necesita de un otro. Los otros que me dan plena existencia, escribió Octavio Paz. Sin otra persona la data del librero no sirve, necesita alguien que le dé sentido a toda esa base de datos que tiene metida en la cabeza.

Mi viejo supo tener otras librerías más lindas que aquella de Mogotes. Una parecía un laberinto con un patio en el fondo. Una librería borgeana para un tipo borgeano. Cada rincón tenía sus secciones, como si no quisiese que las temáticas se contaminaran. El puente, claro, era él. Todavía recuerdo frases sueltas sobre libros que recomendaba. El país de los ciegos de Ensayo sobre la ceguera o ciertas particularidades de Mitos de la historia argentina de Pigna -antes de Algo habrán hecho por la historia, el programa que tenía con Pergolini-. Eran discursos cortos, que lograban encontrar el corazón, el caracú de la trama y el tema del libro sin contar demás, mostrando lo justo para que quien escuchara, quisiera salir corriendo a leer.

Mi viejo fue el primero. Cuando crecí me enteré que no era el único. En la ciudad había uno incluso más famoso, en otra librería: Fernando, de la librería Fray Mocho. Cuando -ya adulto y en Buenos Aires- laburé con él, vi cómo había gente que se acercaba a Fernando para preguntarle en dónde podían encontrarlo. Hacía años que Fernando había dejado Fray Mocho, lo que generó un agujero negro en la librería. Cuando un librero se va después de mucho tiempo, pueden pasar años hasta que las personas dejen de preguntar por él. Queda un vacío que es un rumor constante, una sombra para los que se quedan. Esas personas que buscaban a Fernando -en otra ciudad y en otro tiempo- recordaban exactamente aquello que les había recomendado muchos años antes y no habían encontrado reemplazo cuando él se fue.

Con el tiempo encontré que el librero es un narrador de historias, que la venta es accesoria, un fruto que cae por sí solo. Quien entra a una librería buscando a su librero, ya va dispuesto a comprar. Aquellos que ponen la venta por sobre encontrar la recomendación justa, el libro preciso, son comerciantes, no libreros. No te insulto, te describo, dijo uno. Conocí a varios de esos. Pasé por cadenas, librerías de barrio, políticas y ferias de libros. Muchas ferias.

Los libreros son el algoritmo antes del algoritmo. La recomendación personalizada según tus gustos y lecturas. Un algoritmo analógico para cada cliente que todos los meses iba a buscar a su librero amigo para que le marcara la senda

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La labor del librero suele pensarse como algo erudito, solo para lectores ideales tipo Piglia. Esto es un error. Como aquellos que piensan que solo vale conocer lo que a uno le interesa leer. Eso tampoco es un librero. Si alguien viene y me pregunta por un Florencia Bonelli, no puedo ofrecerle a Bolaño solo porque a mí me gusta. Saber de géneros que no te interesan es parte fundamental del trabajo. En Caseros, en una librería llamada El Papiro, trabajé con Eloy. En Puán no lo considerarían librero. Eloy no era un intelectual, era un tipo que te conseguía lo que necesitabas.

Cuando se cruza General Paz los libros no se consiguen con la misma facilidad. Eloy hacía que la señora tuviera su novela romántica pero que el adolescente contrariado pudiera leer a Kerouac, Houellebecq o Vicente Luy. Se podía tardar una o dos semanas, el libro al final aparecía. Y la persona volvía con una superstición: no había libro que, a la larga, no apareciera en El Papiro.

Hoy, la mayoría de los que laburan en librerías, están de paso hasta recibirse o poder trabajar de otra cosa. Los que vayan quedando serán como Hiroo Onoda, el soldado japonés que vivió treinta años en la selva filipina sin saber que la Segunda Guerra Mundial había terminado. Seres de otro tiempo. Ecos del Siglo XX. Voces traídas por algo, imposible decir qué[1]. Una memoria construida en otra época, transferida entre estantes de madera, hojas amarillas y humo de cigarrillos.

La última librería del Siglo XX todavía existe y se llama Arcadia. Trabajé ahí cuatro años. Los estantes tienen doble fila y caminar por los pasillos es contorsionarse entre pilas de libros para no tirarlos al piso. Andar por Arcadia sin tirar nada es físicamente imposible. El único que puede hacerlo es el mismo que puede encontrar algo en el caos arcadiano. El hombre que inventó y el que comprende lo que otros ven como un desorden. Pablo Pazos fuma adentro de su librería mientras recuerda lo que nadie. Lo he visto responder a consultas tan complejas como bibliografía para un ensayo sobre museología. Pablo es Ireneo Funes, pero con la capacidad de olvidar diferencias y conectar aquella novela de la década del sesenta con este ensayo salido la semana pasada combinado con un poema perdido. Un tipo capaz de contarte el lunes las novedades del mes llegadas el viernes. Hay una pregunta bastante inocente que se les suele hacer a los libreros: “¿Vos leíste todo esto?”. De todos los libreros que conocí, Pablo es el que más se acerca a poder contestar que sí.

Desconozco cuál fue el último libro que recomendé. Sí el primero, en la librería fea de Mogotes: uno de terror de R.L. Stine a una señora que vaya uno a saber qué buscaba. Mi viejo y la señora se rieron del niño que jugaba a ser librero. Mirá que habrá profesiones en este mundo, habrá pensado la mujer. No recuerdo si compró el libro o si mi viejo me dijo algo -las posibilidades son que me haya retado por meterme o me haya felicitado por intentarlo, casi sin punto medio-, solo me acuerdo del hecho en sí de haber querido acercar un libro a alguien contando una historia.


[1]Título de un cuento del escritor italiano Antonio Tabucchi de su libro El ángel negro.

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