Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

16 de febrero de 2026

TODA MISERIA TAMBIÉN PASARÁ

Gabriela Carpineti

Cultura
Tiempo de lectura: 8 minutos

En el subsuelo de la sede porteña ─y nacional─ de un sindicato de la CGT se escucha a una nueva promesa del tango. También dirigente comunal del sur de la ciudad. Los afiliados celebran, se bebe como en diciembre, algunos arriman unos pasos de dos por cuatro. Ese grupo aún no tiene un nombre, pero sí fechas por delante. Casi al final del evento, aparece una dirigente aún joven, pero histórica del gremio, de la edad del cantor. Se cruzan, se conocen, quieren hacer algunas cosas juntos. Ella viene de la batalla de la confederación, del traspié del triunvirato con mujeres que no fueron; el de varias elecciones en un año, que no dejaron ni el sable corvo del restaurador en su lugar. Dice el cantor, asiente ella: mejor quedarse afuera esta vez y ver qué pasa.  

Mientras suena Paciencia en su estribillo, copa descartable de vino en mano, un afiliado que ronda los 50, y 30 años de judicial, con varias temporadas de licencias laborales encima, comenta en la sobremesa: “Viste que Toto Caputo ya es “la” cultura. Endeudarse, pegarla, volver a endeudarse, pagarla, volver, perder, ganar, endeudarse. Autopercibirse broker, para al final vivir como perro con la lengua afuera. Estoy hasta las manos, pero con el banco, no con prestamistas. No me queda otra que tararear ‘ vamos a totearla amor’, con la menor cantidad de bancos o prestamistas posibles, acechando la puerta de mi casa”.  

La vida es así.

Quisimos juntarnos por puro egoísmo

y el mismo egoísmo nos muestra distintos.

¿Para qué fingir?

Paciencia…

La vida es así.

Ninguno es culpable, si es que hay una culpa.

Por eso, la mano que te di en silencio

no tembló al partir.

En algunos antros, todavía conversar de peronismo, sindicalismo, las vidas de antaño que optaron por alguna militancia para ayudar a un país, las deudas, los préstamos, las separaciones, la soledad, los ensambles, rearmarse, los quilombos, los hijos que sí, los que nunca llegaron, así todo junto y de corrido, o porque te pasó o porque pones la oreja, es algo de lo que un argentino promedio entre los 40 y los 50 no zafa. Como un tango, un desgarro amoroso que hoy parte más corazones que aguas, más una procesión interior que un desfile de masas o, mejor dicho, que un intríngulis para el desarrollo de la sociedad argentina actual. Pero, igual lo es. ¿En qué punto se torcieron las cosas? ¿Dónde comenzó a desmoronarse todo esto? Que ya ni familia, ni patria, ni Estado. Y un derecho del trabajo, como materia de una realidad muy distinta a la que parió al peronismo. ¿Qué podría haber hecho “yo militante peronista” con  mi educación romántica del movimiento” para evitarlo?. En el homenaje legislativo y cegetista rendido al derecho del trabajo como respuesta a la reforma laboral del gobierno, el saldo más notorio es el vacío que deja ser mucha gente suelta. Esa es la foto menos retocada para mostrarle al gobierno. Los que se sienten atacados salen, por la suya. Los que nunca conocieron demasiado la protección de la ley que defienden, también. La policía santafesina pica en punta en ese vacío: no hace falta una ley que me permita hacer huelga, si la puedo hacer igual, negociar sin intermediarios y ganar. Y al final del día fueron los trabajadores que más ganaron la jornada contra un gobierno, y por mejor salario. 

¿En qué punto se torcieron las cosas? ¿Dónde comenzó a desmoronarse todo esto? Que ya ni familia, ni patria, ni Estado. Y un derecho del trabajo, como materia de una realidad muy distinta a la que parió al peronismo. ¿Qué podría haber hecho “yo militante peronista” con mi educación romántica del movimiento” para evitarlo?. En el homenaje legislativo y cegetista rendido al derecho del trabajo como respuesta a la reforma laboral del gobierno, el saldo más notorio es el vacío que deja ser mucha gente suelta

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 “Durante medio siglo, la Argentina fue desmontando, pieza por pieza, las instituciones que hacían posible la vida en común. El deterioro del transporte, la educación, la salud, la seguridad y la autoridad pública no es una anomalía reciente ni el producto exclusivo de una mala administración, sino el resultado de una secuencia histórica prolongada en la que casi todos los actores políticos contribuyeron, por acción u omisión, a vaciar de legitimidad y capacidad al Estado. La elección de Javier Milei no expresa una anomalía ideológica, sino la forma que adopta una demanda social de orden cuando ya no quedan tradiciones capaces de producirlo democráticamente(..) El kirchnerismo intentó inicialmente recomponer soberanía estatal y redistribución, pero con el tiempo se desplazó hacia una política cada vez más centrada en el antagonismo simbólico, la identidad y el relato. El peronismo, que históricamente había sido una maquinaria de producción de orden social —sindicatos fuertes, educación técnica, disciplina estatal, movilidad social— se transformó en un peronismo sin instituciones disciplinantes, más cercano a una traducción local del Partido Demócrata californiano que a su propia tradición histórica” escribe en una breve pero atinada opinión Manuel Maxímo Cruz. Si una joyita nos legó el peronismo es la de ser parte por protagonismo o default de un orden interno especial ─hoy descuartizado─, para evitarnos estar así de disponibles ochos décadas después, para la depredación que propone el presidente más judaizante y pronorteamericano de la historia argentina. Todos los días se va desarmando de a poquito la casita de los viejos, esa que conocimos, que también fue nuestra casa en el tramo final, los que no pudimos zafar de esto que nos da insomnio. Porque nacimos cuando nacimos, en el trauma entre la dictadura y la democracia que si algo castigó sin olvido ni perdón fue a la idea ─y a las instituciones─ de autoridad para organizar mejor la cuestión.  

Diciembre terminó hecho un bulto de calor, y como un bicho bolita, pero roedor pasó de largo al nuevo año; se pegó a un enero arrasador para muchos, que con palo y con rebenque nos puso a galopar como podamos un tiempo seco y amargo pero sorpresivo y golpeador. No apto para cualquiera. Adviene una especie de una nueva selección natural, de los que pueden pasar este cruce, y los que la quedan. Por eso creo que también este es un momento de muertes y despedidas abruptas. Nos hemos despedido inesperadamente de personas que creímos que todavía podían quedarse cerca. ¿No pasó mucho eso?

Amanecidos en esta Somalia global, donde siempre podes ser la Gaza de un otro y extranjero en tu propia tierra, el fuego que arde ─de Ucrania, a Gaza, a Venezuela y la Patagonia─ y el derecho de opinióntal vez sean las contraseñas compartidas que todavía le quedan al desmoronado derecho internacional que heredamos de la globalización, un encapuchado que reveló su rostro inútil. Se puede opinar de casi todo en tiempo real, aunque poco podamos reaccionar frente a las llamas del viejo orden.

¿Qué podemos discernir como argentinos hoy sobre el mundo, nosotros desde aquí? Presumidos hijos pródigos del Siglo XX. En Catequesis sobre el Discernimiento, una serie pedagógica que nos dejó el Papa Francisco, exquisita y práctica para el trote diario, ilustra sobre la importancia del conocimiento del deseo como elemento para mejor discernir. Una obviedad teórica supongo, pero una constancia virtuosa que, en los hechos, obnubila y suele ser estrábica. Una nostalgia de la plenitud dice Francisco, una brújula para encontrar “esa” estrella que no sea fugaz, si no duradera. Creo que esto nos ocupa: por dónde buscar lo duradero, que se rompa más tarde que lo previsto, que funcione un rato más a mi lado. Algo superior a Temu, pero igual de accesible. “La época en la que vivimos parece favorecer la máxima libertad de elección, pero al mismo tiempo atrofia el deseo ─queres satisfacerte continuamente─, que queda reducida a las ganas del momento. Y debemos estar atentos a no atrofiar el deseo. Estamos bombardeados por miles de propuestas, proyectos, posibilidades, que corremos el riesgo de distraernos y no permitirnos valorar con calma lo que realmente queremos”, ofrece Francisco como pregunta fundamental para implicarse en este tiempo que nos perfora. Ese Padre misericordioso que fue, con firmeza y mansedumbre, para atravesar este interregno humanitario, donde no aceptar acríticamente el apocalipsis y el colapso casero también sea la opción por el discernimiento ─esa riqueza─, empezando por el terruño propio. ¿Qué desea un argentino con otros argentinos hoy? 

Como dice Marcos Domínguez en Zonceras argentinas, pensar en argentino hoy es entender que nadie va a hacer este trabajo por nosotros —el de discernir entre la depredación deliberada como única alternativa de un Occidente carente de toda imaginación y un nacionalismo de inclusión que nos defienda de este paisaje arrasador—. El gran desafío de estos años será construir ese “nosotros”, escribe el sociólogo. Pero ¿quién levantará el teléfono y lo atenderá del otro lado para evitar —y van— los pequeños papelones existenciales nuestros de cada día contra ese “nosotros”? Rebobino esta escena contada y repetida, bien localista pero ilustrativa —no importa cuándo la leas, si ya la viviste o te la contaron, porque se repite como blooper desde hace tanto, tampoco los nombres circunstanciales—: con los avales para el partido, viajando horas por la provincia, para que un funcionario en La Plata te mande a la concha de tu hermana porque eligió a otro para mover el futuro ahí, en tu pago, y te metas su desplante en el orto —tuyo—, y vayas por otros avales, con tu sueldo de docente jubilado cargando nafta en la chata por la ruta provincial poceada, a buscar a otro candidato vía otros promotores, mientras seguís chapoteando en la cáscara semivacía del Partido Justicialista —con un final predecible que no necesita de avales ni elecciones—, pero con las convicciones ahí, a flor de piel, arrugadas pero mantenidas. Porque es lo que queda, lo que tengo, lo que soy. Pero, sobre todo, lo que sé hacer. Porque aun en los peores desenlaces arañan y rugen mucho más, sí, las convicciones. Lo que estaba ahí —además de los avales— era el féretro de la miseria esperándote, espantosa como siempre, pero ahora más firme que nunca. Calisténica.

Del gobierno argentino actual muchos siguen esperando su caída semestral. Cómo se espera la cosecha de una gran oposición enfrente que le dé su estocada final. Y tal vez no le falten opositores enfrente pululando entre elecciones e internas, si no amores adentro del corazón, aun latiendo inquieto de la gente. Difícilmente el punto débil del gobierno libertario encuentre sus gérmenes en todas las denuncias, operaciones, y personajes opositores, y algunos esfuerzos seguramente justos por detener el paquete de reformas después de la victoria oficialista de octubre. Los últimos días de enero también se llevó a Beto Pianelli, histórico dirigente sindical, uno que sí se ganó lluvia de corazones y respetos, porque cambió la frecuencia para mejor de quienes representaba, y guío a una generación sin maestros en el sindicalismo. Hay historias de trabajadores y dirigentes que si debilitan gobiernos cuando hay ataques sentidos a los que trabajan. Por su coherencia sostenida y la dosis necesaria de punkismo frente a la impostura y la solemnidad de la política, la burocracia y la chatura de periodistas llenando el vacuo de propuestas y soluciones. Y otros que ni hacen mella. Creerse más responsable que imprescindible, hace la diferencia. 

El carnaval antes de la Cuaresma, que compone y descompone cuerpos, que invierte simbólicamente status sociales, sexos, edades, filiaciones, que hace de la melancolía su mejor versión también nos puede purgar de los imposibles que cargamos adentro de ese nosotros familiar, político, nacional, en cada intimidad que titubea, que nos crucifica en algo que nos obliga a “resolver” o lleva a permanecer, y pasar.

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El carnaval antes de la Cuaresma, que compone y descompone cuerpos, que invierte simbólicamente status sociales, sexos, edades, filiaciones, que hace de la melancolía su mejor versión también nos puede purgar de los imposibles que cargamos adentro de ese nosotros familiar, político, nacional, en cada intimidad que titubea, que nos crucifica en algo que nos obliga a “resolver” o lleva a permanecer, y pasar. 

¿Qué nos traerá éste? Agarrarse de la carne que queda o quitarla como dios manda. En un poema de Roberto Juarroz encuentro una válvula que regula este flujo confuso entre el divagar argentino en el mundo actual, la miseria local crónica, el discernimiento práctico espiritual y la fiesta que vamos a seguir necesitando para campar en este corso frenético en el que estamos inmersos con poco descanso y demasiada agitación: “Buscar una cosa es siempre encontrar otra. Así para hallar algo, hay que buscar lo que no es. Buscar el pájaro para encontrar a la rosa. Buscar el amor para hallar el exilio. Buscar la nada para descubrir un hombre, ir hacia atrás para ir hacia delante. La clave del camino, más que en sus bifurcaciones, su sospechoso comienzo o su dudoso final, está en el cáustico humor de su doble sentido. Siempre se llega pero a otra parte. Todo pasa, pero a la inversa.”    

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