18 de julio de 2026
Cuando nos sentamos frente a la computadora y pensamos un tema y eso lleva a una idea y la idea a unas palabras y las palabras a las oraciones. Antes, todo en todo momento, pensamos qué es esto, qué está pasando, qué pasó, qué es este tiempo infame que estamos viviendo.
Después volvemos a las cosas y nos olvidamos. El “al fin andar sin pensamiento” del tango no es un ingenio o una metáfora. Vivir es olvidar que se vive. Pensar es detenerse. O, como decía Albert Camus, “comenzar a pensar es comenzar a ser minado”. Un gusano en el ser del hombre. Antes era la máquina, después la tecnocracia, luego el teléfono en todos lados… hoy ese acelere es la IA. No te detengas, no pienses, los titulares anuncian una revolución cada día. ESTA NUEVA PESTAÑA DE CHATGPT LO CAMBIA TODO.
San Altman aparece y dice la IA es como el agua o la nafta. Pero no lo es. Sin agua no vivimos, sin nafta no nos movemos. No le creamos, es sólo un vendedor de autos. Se está queriendo capitalizar, es tan obvio. No pueden cobrar lo que la infraestructura de la IA vale en realidad. Estamos en la etapa del “primero te lo regalo”. No hay que olvidar que los supuestos gurús son sobre todo vendedores de esa necesidad. Economía básica. Implementar IA en las empresas y organizaciones sin criterio puede ser tan malo como no innovar nada.
La vida es eso que pasa mientras intentamos leer la época. Pero todos sabemos que es un juego entre ciegos. No importa qué sucede en realidad, sino cuál será la lectura del futuro. Las necesidades y las carencias del mañana sesgarán, y limitarán, el qué se dirá. No los hechos. Los hechos siempre estuvieron ahí, el tema, claro, siempre fueron las lecturas. Como escribía Beatriz Sarlo: “Son mis recuerdos de otros, procesados por lo que hoy creo saber”. Qué queremos y qué leemos.
El “al fin andar sin pensamiento” del tango no es un ingenio o una metáfora. Vivir es olvidar que se vive. Pensar es detenerse
El tiempo va y viene, lo que permanece es el espacio con su dureza. Como decía Foucault en La arqueología del saber, hay que ver “una relación entre las superficies” que pueden aparecer. No hay nada oculto, todo está ahí, pero a veces no podemos nombrarlo. Cuando algo se nombra en un momento histórico ya no se puede controlar, forma parte de las cosas. Por eso no hay cosa sin palabra.
Leer una época es someterse a un vaivén, un juego, donde siempre perdemos; el tiempo da y quita, da y quita; o, como decía Macedonio Fernández, “todo lo que desea un trébol y todo lo que desea un hombre le es brindado y negado. Yo también pensé: niega y tienta”.
Entonces, cuál es esta época.
Miramos la calle y no sabemos si estamos en diciembre de 2001 o en 1995. Hay una miseria que viaja en el tiempo y está por todos lados. El bazar chino y el viejo sin techo que duerme en el umbral cuando cierra el local; el que se compró un importado BYD y mira de reojo a los trabajadores de una de las cientos y cientos de empresas que están al borde del abismo en Panamericana. Los chistes sobre la guita de los funcionarios, el lío del peronismo, todos nuestros lugares comunes para pensar la política, los lobbystas vestidos de periodistas, los periodistas pobres que hacen su laburo, los chantas, los empresarios que piensan en el país, los ricos de toda riqueza, los pobres de toda pobreza, los gurús de la IA que brotan como el agua de un caño roto, los impuestos siempre altos de Argentina, el dólar, el puchito que ya no podés guardar, el mail de la prepaga que llega el mismo día que el INDEC da la inflación, los discursos repetidos del primer mandatario, el peronismo del cristinismo, el peronismo del kicilofismo, el peronismo del centrismo productivista, el peronismo del morenismo; las ideologías que sobran, los hombres que faltan, los movimientos que escasean.
La vida es eso que pasa mientras intentamos leer la época. Pero todos sabemos que es un juego entre ciegos
La época tampoco es esa enumeración. Ni la que hacen en otra revista a esta misma hora, ni la columna sobre una columna en un streaming de streaming. La época está después, como la canción de Fernando Cabrera. Pero justamente esa imposibilidad nos obsesiona. De saber qué es esto que vivimos dejaríamos de escribir.
Somos toda nuestra época en este momento, pero no lo somos, no la podemos nombrar como la nombrarán en el futuro. Y eso será, pero nosotros ya no seremos nada, un mero archivo, unas palabras, unos bits, una retórica muerta, un rescate. Nos congelarán con conceptos maravillosos, pero no podrán capturar la melancolía de esta tarde donde veo caer las hojas amarillas de los árboles de Buenos Aires, como nosotros tampoco, ahora, es decir, después, antes, no pudimos entrever aquel verso cantado de Guitarra negra de Zitarrosa: “ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco”.
Toda época es un asedio. Y sólo queda huir para adelante.




