28 de junio de 2026
La tradición del aristócrata empobrecido que trata de guardar las apariencias es tan vieja que resulta casi imposible pensar que esta gente haya tenido alguna vez dinero. En la dramaturgia argentina se remonta al menos a “Las de Barranco”, de Gregorio de Laferrère (una aristocracia militar, en este caso) y la historieta no los vio circular menos. Los elencos de Lanteri o Rechain eran casi siempre grupos nutridos (nunca salían sin la familia a cuestas), obsesionados por aparentar lo que no había en casa: alcurnia y blasones, si tenían plata; o plata, si todo su capital se limitaba a alcurnia y blasones. El resumen más palpable de esta manía terminó por plasmarse en la extraña relación entre el indio Patoruzú, alma simple de fortuna inmensa, y su padrino Isidoro, ese aristocrático descendiente del Coronel Cañones condenado a depender de los favores económicos del ahijado. La literatura argentina tampoco fue extraña a la pasión por el simulacro, y ahí está para probarlo el culto fugitivo latinoamericano de “La invención de Morel”, tratando de integrarse a una pantomima de franceses que no lo ven ni lo verán porque son apenas proyecciones de alguna maquinaria maldita, operando en una playa con mucho del Mar del Plata de Victoria Ocampo.
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La trama de “Tirria” surgió de un comentario al pasar que hizo Nancy Giampaolo, recordando una vieja leyenda urbana sobre una familia patricia argentina empobrecida con la afición de fingir vacaciones en Europa. Siguiendo el hilo de la situación, empezamos a especular acerca de la mirada que la servidumbre (reducida por fuerza a una sola persona) podría tener sobre sus patrones, hasta descubrir que, si ellos dependían absoluta y totalmente de un mayordomo, se invertía la relación amo-criado. Lo que era una elucubración inocua cobró otros matices cuando Nancy, impostando la voz, recreó a la señora de la casa: “Créame, Hilario, que no hay modo de pagar lo que hace por nosotros. ¿Entiende? No hay modo de pagarle”. Bautizado Hilario, ya no hubo vuelta atrás.

Pero lo realmente curioso es lo que sigue: a la hora de desarrollar esta anécdota en forma de sinopsis (pensamos en un primer momento en una película), descubrimos que la maquinaria puesta en marcha operaba como un integrador de casi cualquier cosa que se tirara dentro, dotándola de una nueva lectura. En suma, Tirria era una fábrica de conexiones nuevas (y a veces inesperadas) entre ingredientes que parecían no tener demasiada vinculación entre sí: una pequeña usina de sentido. La primera ligazón maldita era, por supuesto, esta inquietante familiaridad entre teatro, cine, literatura e historieta a la que me refería antes.
De manera que el propósito de este texto es dar cuenta de los ingredientes arrojados al fuego lento del potpurrí de “Tirria”. Cada uno de ellos vale un tratado completo.
Siguiendo el hilo de la situación, empezamos a especular acerca de la mirada que la servidumbre (reducida por fuerza a una sola persona) podría tener sobre sus patrones, hasta descubrir que, si ellos dependían absoluta y totalmente de un mayordomo, se invertía la relación amo-criado
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Toda comedia de teléfono blanco necesita un teléfono blanco y Herman Melville fue certero al analizar la relación que este no-color, vinculado a la pureza, guarda con el terror más absoluto. Moby Dick no salió de un repollo (ni “Benito Cereno”, otra obra melvilliana que, como “Tirria”, pone en escena la inversión de la relación amo y esclavo). De modo que el teléfono blanco se convirtió la bestia negra de una obra que pretende de algún modo inaugurar el género del “terror de teléfono blanco”: Narciso Ibáñez Menta y Mirtha Legrand juntos por fin en la pantalla. Intentamos ceñirnos al ritmo sincopado y el tono retórico de estas comedias, con parlamentos pensados para monstruos tales como Enrique Serrano, Olinda Bozán o Benita Puértolas, y Pedrito Quartucci (en especial su “Pocholo”, compuesto para la adaptación de “Jettatore” filmada por Luis Bayón Herrera, cuyo nombre tomamos prestado para uno de nuestros personajes, así como pedimos en consignación el “Elenita” del personaje que encarna Mirtha Legrand en “Los martes, orquídeas”). Claro que este tipo de escritura mimética es peligrosa si no se tiene la precaución de escribir para gente que ya anda ocupada en otras cosas: los actores disponibles lo harán de otro modo, el suyo, de modo que la obra respire gracias a ellos.
Por eso son fundamentales los mundos que nuestro elenco trae a cuestas, desde la tradición del capocómico veteado de surrealismo que tan bien encarna Diego Capusotto, a la del dramaturgo-actor de Rafael Spregelburd, pasando por el vínculo central entre todos ellos que establece Andrea Politti, con su talento todoterreno desencadenado sobre el escenario. Completan este universo las composiciones que Juano Arana, Daniel Berbedés, Eva Capusotto y Galo Politti realizan con mano maestra.
Landrú tenía el oído absoluto de Mozart para identificar los diferentes tonos sociales del argentino del siglo XX: no solo el de las clases altas, en las que se movía como un pez en el agua, sino del de las veleidades lingüísticas del tipo medio y hasta de las del lunfardo más rante
Claro que las formas retóricas del cine argentino clásico no eran las mismas de las clases altas, en las que ni Nancy ni yo nos movemos, y ahí es donde viene la historieta en nuestro auxilio. En primer lugar, de la mano de Landrú, al que cabría presentar como a uno de los más grandes escritores argentinos sino fuera porque el tipo también dibujaba. Su publicación, “Tía Vicenta”, a la que pude hojear alguna vez de prestado, es uno de los acontecimientos del siglo y pide a gritos ser reeditada, porque no se trataba sólo de textos o de dibujitos aislados, sino de todo el conjunto. De una revista, en suma. Y de una revista clave para el teatro argentino, me atrevería a decir, porque de sus páginas salió Copi, otro dibujante-dramaturgo amante del grotesco, que no hacía distingos entre géneros (ustedes interpretarán esto como puedan).
Pero Landrú tenía el oído absoluto de Mozart para identificar los diferentes tonos sociales del argentino del siglo XX: no solo el de las clases altas, en las que se movía como un pez en el agua, sino del de las veleidades lingüísticas del tipo medio y hasta de las del lunfardo más rante. Una observación de Landrú resultó fundamental para componer a nuestros personajes: las clases altas no hablan en “aristocrático” sino que se comunican de manera simple y escueta, con un cierto énfasis en la vulgaridad deliberada, dejando el adjetivo flagrante para las veleidades mersonas de las capas inferiores (entre las que me cuento, a juzgar por la cantidad de adjetivos que usé en este texto). Es por eso que nuestro Hilario habla en “aristócrata” (al que no hay que confundir con el “oligarca”), aludiendo a blasones y abolengos en los que sus amos, idiomáticamente mucho más vulgares, ya no creen. Gracias, Landrú.

Otra influencia a tener en cuenta: en la década del setenta, el caricaturista Sergio Izquierdo Brown dibujó una historieta sobre un matrimonio de aristócratas empobrecidos llamada “Los Tirado Alvear”, que salió en Satiricón o Chaupinela, o ambas. No recuerdo haber leído la historieta original, a la que descubrí en una retrospectiva de 2025 (nuestros Sobrado Alvear son un calco de los Errázuriz Alvear, hijo esteta gay incluido, sobre los que dibujé una historieta por encargo del Museo Nacional de Arte Decorativo en 2018 y publiqué alguna nota), pero tampoco leí “Cholula, loca por los astros” y sé perfectamente lo que es un cholulo: las historietas tienen el mérito de trascender el marco de sus lectores concretos. En todo caso, Sergio era un visitante asiduo a nuestra casa, y recuerdo perfectamente su humor social, de una crueldad refinada, que casaba muy bien con el que practicábamos allí, de una crueldad a secas. Ese humor también formó parte de la argamasa con la que están hechos nuestros aristócratas.
Pero nuestra historia termina en una Mar del Plata ya conquistada por la clase media (no puedo adelantarles más nada) y aquí viene otro aporte central: esa Mar del Plata quedó fijada para siempre en un dibujo solitario que hizo por ella lo mismo que José Hernández por el gaucho argentino. Ese dibujo era una ilustración para el Almanaque de la empresa Alpargatas, producido por Luis Medrano, que mostraba a una rotunda familia tipo apostada en la playa Bristol, yendo a los saltitos a encontrarse con el mar. Y si las comedias clásicas eran en blanco y negro, Medrano inventó los colores (“que veía la vieja”, enésima cita que encontrarán en nuestra obra).
A todo esto, podemos sumarle el bagaje operístico que el director Carlos Branca se trajo desde la Italia en la que vive hace años y los talentos programáticos del productor Damián Sequiera, conocedor de todas las tradiciones del teatro argentino.
Pero llegados a este punto, me resulta fatigoso continuar. Tengo los dedos entumecidos. Es más fácil enumerar lo que un espectador no encontrará en “Tirria” que lo hay en ella. Es que “Tirria” es un infierno de citas. El tema es ver si alguien acude.
(“Tirria” estrena el 7 de Agosto en el Teatro Metropolitan, Corrientes 1343. Funciones todos los jueves y viernes a las 21.30 horas, sábado a las 22 horas.)




