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“Llamamos caos al orden que todavía no comprendemos”. Esta sentencia del matemático Edward Lorenz -padre de la teoría del caos y del denominado “efecto mariposa”- puede ser una clave de análisis de la práctica política en la Argentina contemporánea. Es cierto, aplicar la idea de orden al espectáculo poco edificante que ofrecen a diario las élites políticas argentinas, atomizada en sus 500 internas por metro cuadrado, podría parecer una jactancia o un “regalo de nota”. ¿Qué orden puede transparentar este “quilombo”? Y, sin embargo, existe un orden, aun cuando no sirva para resolver ninguno de los problemas críticos de la agenda nacional. Un orden que está en crisis porque empieza a apagarse aceleradamente el sol en torno al cual orbitó este sistema solar, el elemento ordenador central del sistema político en los últimos 12 años: Cristina Fernández de Kirchner. La explosión que sigue al colapso de una estrella.

COALICIONES QUE NO COALICIONAN

“Lo que sirve para ganar elecciones no sirve para gobernar”. Este divorcio político trágico se evidenció, una vez más, en la votación del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. La “coalición” que asomó en la ultima semana, en emergencia y contra las cuerdas, terminó siendo una suerte de “solteros contra casados” de la política nacional: los que gobiernan algo versus lo que no gobiernan nada. Un eje que evidenció en los hechos, la ajenidad fundamental que el cristinismo tiene con respecto al gobierno del que todavía formalmente es parte y una transformación fundamental de su ethos, tal vez ya definitiva: no se percibe ya como parte del poder. Votó con los solteros.

En otros términos, este coalicionismo entre bambalinas que se insinuó en la arena parlamentaria, pone en evidencia todos los límites del coalicionismo “realmente existente” en la arena gubernamental. Una prueba más del mapa de sus imposibilidades. Pero también y, sobre todo, una metáfora sobre los límites reales para reformar que tienen ambas coaliciones. Difícilmente cualquiera de ellas pueda resolver esta crisis, porque en buena medida estas coaliciones son la crisis, la expresión política de esta década perdida de estanflación, fin del crecimiento, polarización salvaje y pesimismo social. En la vieja terminología, la superestructura de esa estructura. La escena es contundente: Argentina solo pudo evitar su propio default ante el mundo saltándolas por arriba, demostrando una vez más su disfuncionalidad para la resolución de los grandes temas nacionales.

La obsesión por el orden suele ser el pecado capital de nosotros, los politólogos. En esta fijación se suele sacrificar la pregunta más sencilla y elemental por el sentido de la acción. Sin embargo, ordenar no es resolver. Y si bien no existen transformaciones sin algún tipo de orden, si existen ordenes que impiden cualquier transformación. La ciencia política argentina parece haber abandonado progresivamente la perspectiva gubernamental para transformarse casi exclusivamente en una ciencia electoral. Parafraseando a Marx, describimos, pero no criticamos-transformamos la instauración de un electoralismo exacerbado e inconducente, al menos desde el punto de vista gubernamental.

Se hablaba en estos días de unas “pre-PASO” que servirían para que los partidos de cada coalición “ordenasen” su propia interna antes de ir a la primaria general. La estrategia tiene un lógica interna que es a la vez impecable y absolutamente endogámica. ¿Cuántas veces tienen que votar los argentinos para que sus elites resuelvan sus propios entuertos de liderazgos? Un ejercicio interminable que se parece más a una tercerización de responsabilidades que a la de un verdadero ejercicio de la democracia. Un “mundial” para politólogos que proyecta la imagen cierta de un “CastaPalooza” ejecutado con el paisaje de  fondo de una dramática crisis social y económica que se acelera.

"Una metáfora sobre los límites reales para reformar que tienen ambas coaliciones. Difícilmente cualquiera de ellas pueda resolver esta crisis, porque en buena medida estas coaliciones son la crisis, la expresión política de esta década perdida de estanflación, fin del crecimiento, polarización salvaje y pesimismo social."

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No resulta extraño, que el producto de la Argentina coalicional haya sido la progresiva autonomización de las élites políticas de las elites sociales, empresariales y regionales. El tema favorito del Frente de Todos es el Frente de Todos y el tema favorito de Juntos es Juntos. En otros términos, una política sin coaliciones sociales, empresariales y regionales. En lo sindical y social, una suerte de neo-vandorismo. En lo regional, una especie de disolución de la federación en una confederación. En lo empresarial, una tendencia creciente a la disociación del capital con la territorialidad ya sea vía la transnacionalización, la desinversión o la salida del mercado. 

La pregunta política central -que es como se reconstruye una nueva mayoría que habilite la posibilidad de realizar reformas o transformaciones- está siempre procrastinada hacia el futuro. “Cuando termine con la interna vemos”. El dilema del huevo y la gallina de este razonamiento –sobre todo para los sectores que no se enrolan en las corrientes más duras del macrismo y del cristinismo- es que la clave para la resolución de este dilema del prisionero se encuentra, precisamente, afuera de las fronteras formales de cada coalición política y de sus respectivas sociologías. Las coaliciones, en su formato actual, son cancha inclinada a medida de los ultras. De este laberinto se sale por afuera.

Visto desde otro ángulo, la sociedad no irá a las elecciones de 2023 buscando votar su “mejor” coalición: teniendo en cuenta los resultados del Frente de Todos, es probable que el año que viene quien escuche la palabra “coalición” saque el revolver. El puesto de “manager de coaliciones” ya esta tomado, lo que hace falta es un Presidente. La sociedad irá a las elecciones de 2023 buscando un “liderazgo” capaz de desatar el nudo gordiano en el que se encuentra el país desde el ya demasiado lejano 2008.

EL PASE A LA CLANDESTINIDAD

A esta altura, Martin Guzmán es un personaje de Javier Cercas. Posiblemente, el Ministro que mejor entendió la praxis interna del Frente de Todos y que, en ausencia de toda conducción efectiva, se autogestionó un método para sobrevivir en ese ecosistema: mentiras piadosas para todos. ¿Un festival de fallutería en el cual “gana” el que fallutea mejor? La metáfora no es en si una crítica a Guzmán. Por el contrario, lo que evidencia el caso es mucho más importante que la narrativa de su periplo personal: evidencia la crisis –de ideas, de cuadros, de rumbo- de la casi totalidad de la nomenklatura peronista. ¿Cómo es posible que un joven que hasta 2019 jugaba picados en el Central Park y carecía por completo de toda experiencia política conocida pueda arrastrar a la dirigencia de todo el “Partido de Poder” cual Flautista de Hamelin? ¿Tal vez, porque el Partido de Poder ya no lo sea?

Sobre este mar de fondo, el “accionista mayoritario” del Frente de Todos parece haber encontrado una resolución propia a la crisis argentina. El Plan Éxodo, o, más prosaicamente, irse, aunque sea en cuotas. El resultado de la última elección, que demostró que, incluso en unidad formal, el peronismo puede perder desató en el cristinismo un fuerte debate interno sobre la funcionalidad de esta coalición política: si con la unidad peronista también se pierden las elecciones ¿no sería mejor retirarse y preservar lo que queda del capital político ante la deriva de un gobierno al que se evalúa tan mal? ¿Puede el “accionista mayoritario” de la empresa retirarse sin destruirse simultáneamente a sí mismo? ¿Y si se quedan, y avalan ipso facto las acciones de un gobierno que ya no sienten propio, no estarían también destruyendo las raíces de una identidad construida en 20 años de hegemonía política y cultural en la Argentina?

El problema –y lo que evita que la respuesta a esta pregunta termine de implicar una ruptura definitiva de la coalición detonada por la discusión sobre el acuerdo con el FMI- es que el kirchnerismo carece de hipótesis alternativa para la gobernabilidad económica de lo que implicaría en la Argentina un default abierto con el organismo multilateral. Constituido en un sistema de vetos, ni siquiera piensa en reemplazar a los actuales Ministros por propios. Y como no puede proyectar futuro ni poder –el Succession ensamblado en La Plata todavía no encuentra su última temporada- y tampoco puede ofrecer ninguna clave analítica para resolver ni organizar su propio presente y el de la Argentina –la crisis del famoso “relato”-solo puede retroceder.

"Esta suerte de “pase a la clandestinidad” del cristinismo de la vida política argentina impacta además al núcleo del kirchnerismo, que empieza a perder el monolitismo que lo caracterizó. Una crisis interna para muchos militantes y cuadros de ese espacio que creyeron genuinamente en el planteo revisionista y autocrítico que implicaba, en la práctica, la constitución del Frente de Todos."

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La entropía kirchnerista es de tanta magnitud que se convierte casi en un cliché de si mismo: se refugia en la retaguardia territorial del tercer cordón de la Provincia de Buenos Aires, las cajas de los organismos mejor financiados de lo que queda del Estado argentino y en una versión rudimentaria e infantil de su propia épica histórica. Su proceso de salida de la centralidad del poder lo ubica en una discusión por el lugar de oposición de izquierda a un hipotético futuro gobierno de Juntos en conflicto con el FIT. Es que, al haber asumido una matriz plenamente ideológica, a su izquierda no está más la pared. Una retirada que se hace aun más pronunciada por las dificultades que plantea la “herencia política”. Vaya frustración si se tiene en cuenta que Cristina fue la dirigente peronista que con mayor esfuerzo se dedicó a construirla, invirtiendo años de capital político, económico y simbólico.

La invasión rusa a Ucrania da el marco universal a esta crisis existencial, agregando el marco internacional que le faltaba. La mayor parte de las naciones tienen hoy un debate interno en sus elites –de poder, negocios, de valores – entre China y Estados Unidos. La competencia estratégica global que se filtra en las coaliciones políticas, empresariales y sociales a lo largo del mundo. En muchos países de Europa y en Estados Unidos -a causa del mismo Trump-, Rusia también se filtraba en ese debate interno. Putin fue un gran financiador de una suerte de Internacional negra que unía en una visión friendly sobre Rusia a la mayor parte de la extrema derecha europea. En Sudamérica, con la excepción de Venezuela, Argentina es el único país en tener dentro de su frente gubernamental una suerte de innecesaria “coalición pro rusa” dentro del oficialismo, que incluso pesó con fuerza en un tema tan determinante como la salud pública en la era de la pandemia. No debería descartarse, que la históricamente desafortunada frase de Alberto Fernández a Putin remita a una necesidad de apaciguar a este frente interno: solo falta que la interna del FDT llegue al espacio exterior. ¿Otro cuadro a descolgar? el de Vladimir Putin, una mezcla de aspiracional y consumo irónico-simpático para muchos cristinistas durante años, que recuerda al simpático “Uncle Joe” que muchas izquierdas occidentales reservaron para José Stalin.

Esta suerte de “pase a la clandestinidad” del cristinismo de la vida política argentina impacta además al núcleo del kirchnerismo, que empieza a perder el monolitismo que lo caracterizó. Una crisis interna para muchos militantes y cuadros de ese espacio que creyeron genuinamente en el planteo revisionista y autocrítico que implicaba, en la práctica, la constitución del Frente de Todos. Hoy se encuentran huérfanos de contención política en la inexistencia del albertismo o de cualquier otro ismo que no sea regional. Un estado de situación que recorre a la mayoría del peronismo.

En perspectiva futura, el dilema que podía visualizarse ya con nitidez desde el evento de Vicentin: si la sociedad civil y la política sacaba la conclusión de que toda ecuación coalicional con el kirchnerismo era igual a kirchnerismo, entonces, la reputación del polo de poder dominante de la coalición entraría en crisis desde el punto de vista de la acción colectiva y de su relación con la sociedad. El producto de la multiplicación por el factor kirchnerismo, nunca podía ser igual a “cero”.

ENTRE EL ÉXODO Y LA NADA

Ante tamaña crisis, la pregunta del peronismo podría plantearse en términos sartreanos, ¿porqué el peronismo y no mejor la nada? Las preguntas relevantes desde el punto de vista de la praxis política del peronismo que viene deberían indagar en aguas profundas: ¿cuál es el primer motor de la crisis o el Deus Ex Machina? ¿entró en crisis una coalición o entró en crisis una cosmovisión?

La capacidad camaleónica del peronismo a lo largo de la historia ha sido la que le permitió establecer diálogos culturales profundos con las “épocas” y organizar, en ese marco, una suerte de partido bilardista: ganar, transformar y gobernar. Una constitución no escrita cuyo preámbulo rezaba: primero, la realidad argentina, luego las ideas. Parafraseando a Osvaldo Soriano y Leonardo Favio (o al “mono” Gatica), “yo nunca me metí en política, siempre fui peronista”. Una caja de herramientas, un GPS para navegar una cultura y sus tiempos, antes que una Biblia, un recetario o una tabla de mandamientos.

¿En qué espacio aterriza hoy un “joven arribista” para construir una carrera política? Este no es un elemento menor: muchos Insaurraldes, Boudous, o Massas se acercaron al peronismo menos por convicción ideológica que por percibir que ese era el Partido de Poder que les permitiría gestionar mejor una carrera prometedora. Hoy los Julien Sorel de esta nación seguramente se proyecten mucho mejor en Juntos. Algo similar sucede con los outsiders de la política profesional, que encuentran en la UCR, en el PRO o incluso en las filas de los libertarios espacios de proyección para sus nuevos liderazgos: al peronismo no llegan más Reutemanns, Sciolis o Palitos Ortega. Una muestra de esa falta de irradiación y de perdida de conexión con lo popular que amplifica la cerrazón de casta.

"Esta dinámica profunda –permanente, omnipresente- no encuentra resolución al interior del Frente de Todos, porque todas las internas del Frente de Todos siguen desarrollándose en el horizonte conceptual que precisamente constituye la crisis. ¿Es el fin de la historia en el peronismo?"

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La última mutación profunda de esa identidad móvil del peronismo fue el kirchnerismo. La particularidad del experimento es que esta vez, buscó hacer de la identidad un punto de llegada y no un punto de partida. Un destino final del “espíritu de los pueblos”. Pero todas las cosmogonías políticas (o relatos políticos) tienen una temporalidad. Por ello, creemos que la coalición no atraviesa solo una crisis de conducción, una crisis de agenda, una crisis interna o una crisis gubernamental. Atraviesa todas esas crisis, pero su motor primero y profundo, es la crisis global de la cosmovisión que localizó, a partir de 2003, al peronismo en el cuadrante progresista. En otros términos, esta dinámica profunda –permanente, omnipresente- no encuentra resolución al interior del Frente de Todos, porque todas las internas del Frente de Todos siguen desarrollándose en el horizonte conceptual que precisamente constituye la crisis, el primer motor, el deus ex machina. Kirchnerismo sin Cristina versus kirchnerismo con Cristina. ¿Es el fin de la historia en el peronismo?

Si esta hipótesis es correcta, y la crisis tiene la profundidad del derrumbe de un sistema de ideas, el peronismo está entrando en una suerte de 1983. El éxito o no de su recuperación en el terreno nacional, dependerá de una nueva generación de dirigentes políticos federales, capaces de dar no sólo una batalla generacional y territorial sino, sobre todo, una batalla de ideas. Una segunda renovación.

VIVIENDO CON MI EX

En este marco, el gobierno se enfrenta hoy a un triple desafío.

En primer lugar, construir una nueva coalición legislativa –incluso, o, sobre todo, con sectores de la oposición de “Juntos”. La aprobación del Acuerdo con el FMI cristalizó un nuevo clivaje que el oficialismo podría aprovechar: la distancia que existe entre los dirigentes que efectivamente gobiernan en la Argentina –Gobernadores, Intendentes- necesitados de un shock de estabilización, y aquellos que careciendo del ejercicio de funciones ejecutivas pueden darse el lujo de mayores dosis de autonomía. La razón “gubernamental” coaligó a personalidades de origen ideológico tan disímiles como Jorge Capitanich en Chaco, Horacio Rodríguez Larreta en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o Gerardo Morales en la provincia de Jujuy. Una unión basada en el pragmatismo. ¿Podrá constituirse ese eje en el núcleo político de nuevos apoyos en el Congreso, transversales a las coaliciones de Juntos y el Frente de Todos?

En segundo lugar, el gobierno enfrenta el desafío de lograr el efectivo enforcement del acuerdo con el FMI, su ejecución en una plataforma de políticas públicas nacionales coherentes. Esta efectivización está lejos de ser evidente: el escenario de balcanización y loteo interno de la administración hace que muchos de los funcionarios que deberían tener un protagonismo central en el cumplimiento de este programa –como, por ejemplo, los responsables del área de energía del cual dependen muchísimas de las decisiones con relación a la cuestión clave de los subsidios estatales- responden solo al liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner. Alberto Fernández, a juzgar por sus dos primeros años de gestión, difícilmente tome la decisión de “homogeneizar” la maquinaria gubernamental, razón por la cual, deberá diseñar trabajosos atajos administrativos para procesar y ejecutar decisiones.

"La razón “gubernamental” coaligó a personalidades de origen ideológico tan disímiles como Jorge Capitanich en Chaco, Horacio Rodríguez Larreta en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o Gerardo Morales en la provincia de Jujuy. Una unión basada en el pragmatismo. ¿Podrá constituirse ese eje en el núcleo político de nuevos apoyos en el Congreso, transversales a las coaliciones de Juntos y el Frente de Todos?"

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Finalmente, y desde el punto de vista de la acumulación política, más allá de la decisión de Alberto Fernández de abrazar a CFK, dada la dinámica creciente de diferenciación emprendida por el cristinismo, no sería descabellado pensar que, en algún momento, de cara a la necesidad de poder construir una alternativa política diferente a la del Frente de Todos hacia el 2023, el kirchnerismo defina una salida colectiva del gobierno. El cronograma legal que establece el calendario electoral permite dibujar algunos horizontes temporales. Resulta difícil imaginar al kirchnerismo, por su comportamiento histórico, compitiendo en unas PASO. De ser así, Alberto Fernández y el núcleo de peronistas que lo rodean, deberán tomar dos decisiones: jugar un pleno con Alberto Fernández, confiando en un reordenamiento de las variables económicas de acá a 2023, o alternativamente, ordenar la gestión y en paralelo, organizar una nueva oferta electoral por fuera de la matriz gubernamental, con otro referente político. Lo que Alberto Fernández no debería hacer, incluso contra sí mismo, es procrastinar la resolución de este dilema, dado que, la incapacidad para darle una salida política nacional al peronismo podría conllevar una corrida “electoral” contra el poder nacional, con adelantamientos masivos de elecciones a nivel federal.

Un escenario complejo y volátil, en el marco general de una economía inflacionaria, un contexto internacional en ebullición y una sociedad descontenta, con un gobierno que acaba de sufrir una derrota electoral y dos coaliciones políticas en discusión abierta por los liderazgos y las orientaciones estratégicas. Bienvenidos al 2022.

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