23 de junio de 2026
Hay un día, en cuarto grado de la escuela primaria, en que todos los argentinos hacemos lo mismo. Nos formamos, levantamos la mano, miramos la bandera y decimos dos palabras: “Sí, juro”. Es la única vez que repetimos, todos juntos, un mismo gesto alrededor de aquella insignia que nos hace una Nación.
La partida de nacimiento y el documento nos anotan en un registro, son del orden del trámite, nos enumeran, importantísimo, pero es algo más frío. La jura a la bandera nos inscribe en algo más hondo. Es el primer acto igualador desde lo simbólico, una especie de bautismo de la ciudadanía. Frente al pabellón, el hijo del profesional, el hijo del obrero, el hijo del desempleado y el hijo huérfano dicen exactamente lo mismo, con la misma mano en alto y la misma voz.
Conviene preguntarse, ya de grandes, qué significa jurar. Jurar es afirmar algo poniendo un testigo de por medio. Se jura por Dios; también se jura por la Patria. Uno se compromete delante de algo más grande que uno mismo y queda atado a esa palabra. Por eso vale recordar a qué nos comprometimos aquella mañana, cuando todavía éramos chicos y entendíamos apenas el peso de lo que decíamos.
Las dos ciudades
León XIV acaba de firmar su primera encíclica, “Magnífica Humanitas”, sobre la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial. La firmó un 15 de mayo, en el aniversario 135 de la “Rerum Novarum”: la Iglesia volviendo a decir su palabra ante las “cosas nuevas” de cada época, como hizo León XIII frente a la primera revolución industrial. Y para pensar este tiempo, el Papa propone una imagen: dos ciudades. Una es Babel, la torre que se levanta hasta llegar al cielo para dominar, que confía en el propio poder y el orgullo, y termina en dispersión. La otra es Jerusalem, en la que Nehemías, reconstruye los muros ladrillo a ladrillo, repartiendo los tramos entre las familias, escuchando, afrontando resistencias. Muros que, dice el Papa, antes que separar cuidan.
Esa imagen es nuestra discusión de siempre, dicha de otro modo. Babel es lo pendular: la oscilación entre dos extremos que se desgastan porque prefieren dominar desde arriba. Nehemías es lo medular: lo que se hace con paciencia, con territorio, con cuerpos intermedios, ladrillo sobre ladrillo, comunidad organizada. La jura de un niño de cuarto grado pertenece a esa segunda ciudad. Es un acto medular: simple, común, fundacional, de todos.
Jurar no injuriar en la acción, para que la política sea representar de verdad, “representar hasta que duela”
El conjuro libertario
Hay una palabra que se parece a “juro” y dice exactamente lo contrario: conjuro. El juramento es a cara descubierta, ante la comunidad, palpable, transparente, inocente. El conjuro es la fórmula mágica que se recita en secreto para torcer la suerte y pedir que intervengan fuerzas que no se ven.
De conjuro, la actualidad nacional anda sobrada. La apelación a las fuerzas del cielo. La suerte echada al tarot. La vía medium para conversar con un perro que ya no está. La fortuna de encontrar una fortuna en un pen drive. Puesto al lado de todo eso, el “Sí, juro” de un chico de cuarto grado tiene una salud envidiable.
La bandera flamea sagrada, como puede, en medio de la marginalidad del conjuro. Y conviene decirlo con todas las letras: buena parte de esa marginalidad fue una elección, y le ganó de mano a tanto profesionalismo de la política, a la fetichización de la militancia y a los ludópatas de la interna peronista, que hoy caminan livianos de equipaje y se dan el lujo de seguir reincidiendo.
Pero retomando con la marginalidad, lo que la define es, sobre todo, su condición de fragilidad. Y lo que es frágil resulta fácilmente infiltrable. Lo vio venir el propio Macri cuando definió al gobierno como un proyecto “infiltrable”, aunque después no lo dejaran sentarse a la mesa. Y lo infiltró el triángulo reloaded, oxidado pero vigente: Sturzenegger con el recetario de las reformas estructurales; Caputo, que se timbea hasta la bandera en una sola jugada y a quien Marcos Peña -hoy reconvertido en consultor humanista- supo bautizar “el Messi de las finanzas”; y Patricia Bullrich, que cambió el traje de mano dura en la calle por el de mano dura hacia adentro, para ir despejando su camino electoral.
Más allá del relato del conjuro, la hechicería que es verdad es la de un modelo económico que, con la promesa -necesaria- de ordenar la macro, termina dinamitando la actividad: las pymes, las empresas, el trabajo de todos los días. La paz de los cementerios.
Bombas de odio
Esta película forma parte de una constante que cada tanto se infiltra en nuestra historia y nos deshilacha la bandera. En la semana se cumplió un nuevo aniversario del bombardeo a Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955. A quienes reclaman memoria completa sobre la violencia política argentina hay que recordarles esa plaza trágica, donde llovieron bombas desde aviones de la Armada sobre población civil, a cielo abierto. Caso único en el mundo, el de la propia fuerza militar lanzada sobre la ciudadanía a la que tiene el deber de defender. Ni Guernica en la guerra civil española llegó a tanto, ya que las bombas eran de la aviación italiana y alemana, y no de la propia bandera como en nuestro caso. Lo que sí tienen por igual, es la calidad de las obras de arte de Pablo Picasso y de Daniel Santoro en un caso y el otro.

También existe la buena versión. El 14 de junio recordamos el “día de la máxima resistencia”, el cese del fuego en Malvinas: allí sí que se cumplió con el juramento a la bandera. La Fuerza Aérea Argentina hizo su bautismo de fuego frente a la potencia británica, y lo hizo con tal coraje, profesionalismo y patriotismo que el enemigo inglés hasta hoy lo sigue reconociendo. La diferencia dice mucho. Una aviación se hizo grande enfrentando a un imperio; otra, en el 56, eligió el blanco más indefenso de todos. La bandera distingue perfectamente una cosa de la otra.
El odio también entregó a Martín Miguel de Güemes, a quien conmemoramos en estos días como el único general del ejército emancipador que murió en combate. Un conjuro de elites locales le facilitó el acceso a la ciudad de Salta a una cuadrilla de soldados realistas que lo hirieron de muerte y a los días falleció.
Ese mismo odio de las bombas, pero con la bala que no salió, es el que atacó a Cristina Fernández. Ese odio no conduce a nada, solo a lesionar nuestra bandera a los ojos del mundo. Al igual que tenerla hace un año injustamente presa.
Frente al pabellón, el hijo del profesional, el hijo del obrero, el hijo del desempleado y el hijo huérfano dicen exactamente lo mismo, con la misma mano en alto y la misma voz
Jurar no injuriar
La bandera se jura en este día y cada día, sobre todo en el principal movimiento político de masas que tuvo la argentina del siglo XX y principios del XXI, que es el justicialismo. Más aún cuando la filosofía peronista más profunda se funde con lo nacional y lo popular. Como lo es nuestra bandera, emblema de nuestra nación y de nuestro pueblo.
Ahora bien, para jurar a esa bandera, para saludarla con la frente en alto y poder sostenerle la mirada al sol de mayo hace falta una regla previa: jurar no injuriar.
Injuriar se define como humillar, deshonrar, ofender a alguien en su dignidad, en su honor, en su nombre. Vale para una persona, una familia, una institución, o para una tradición política, como en este caso.
Hace tiempo venimos señalando un dato objetivo de la realidad: el peronismo sufrió un triple achicamiento: electoral, territorial y conceptual. Subyace detrás de ellos tres, uno más profundo, el achicamiento espiritual.
El peronismo que busca expresar una alternativa ante el conjuro libertario tiene que encontrar la forma de volver a representar una esperanza, de salir de los achicamientos propios del sectarismo y la interna, para ir hacia las mayorías que son propias de quienes representan y conducen. Para hacerlo, una punta del ovillo es pensarlo en clave de no injuriar.
Jurar no injuriar en lo doctrinario, para no caer en modas alienantes sean progresistas o conservadoras. En todo caso el concepto es lo ortodoxo, lo clásico. Y desde esa fuente de inspiración doctrinaria siempre surgen las plataformas de campaña y los programas de gobierno, por eso es importante explicitarlos ya que la experiencia del Frente de Todos nos enseña que no alcanza con “el ganemos y después vemos”.

Jurar no injuriar en la acción, para que la política sea representar de verdad, “representar hasta que duela”. Y así como no se puede amar lo que no se conoce, tampoco se puede representar lo que no “se es”. Se es pueblo, se piensa como pueblo, se siente como pueblo y se vive como pueblo. Para representar, la testimonialidad es el punto de partida. Ser creíble. Y no es cuestión de exacerbar la dimensión personal, pero hay que trazar una línea de largada que incluye desde ínfimo de la acción personal hasta el poder vertebrar un proyecto federal, que pueda ir integrando y representando la diversidad de todo el hermoso territorio nacional.
Jurar no injuriar en lo sagrado. Lo sagrado de la política y el poder como servicio. En sopesar la comunidad organizada compuesta por todos los sectores permanentes de la vida nacional y hacerlos parte de la construcción de los destinos estratégicos, no traficarlos como títeres ocasionales. En lo sagrado de la lealtad (central en la escala de valores peronistas) por la que se jura en una asunción y no queda bien desconocer o faltar el respeto después. Lo sagrado de poner siempre en el horizonte de los pensamientos, las decisiones y las acciones a la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación.
Recapitulando la referencia del Papa León, en el primer párrafo de toda la encíclica -no casualmente- pone un horizonte al que nos afrontamos como humanidad: “Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo”. Y esto lo podemos aplicar como mandato en el peronismo, la tarea de dar forma a nuestro propio tiempo, bajo el juramento a la bandera nacional y como lealtad a nuestras tres banderas históricas: independencia económica, soberanía política y justicia social. Jurar por la Patria que ya tenemos, que es el don, y por la Nación que falta construir, que es la tarea. Jurar, esta vez, sin injuriar a nadie para no tener que padecer conjuros que duelen.
La bandera ya está, flameando. La cita es con nosotros. A ella la saludamos. Sí, juro.



