27 de junio de 2026
La celebrada escritora nacida en Entre Ríos habla de su nueva novela Una casa sola, en la que una familia de trabajadores del campo desaparece en democracia y la propia vivienda toma la voz para narrar lo que aconteció. Las luchas rurales y la cultura hoy.
“Esta es mi casa”, dice la escritora Selva Almada: en la pantalla de Zoom se la ve en un gran patio con vegetación junto a un ventanal. Su cabello es largo, espeso y entrecano y ella, de 53 años, de Entre Ríos y desde el año dos mil en Buenos Aires ─donde hizo del Litoral la fuente de su renombre literario─, tiene otra vivienda en qué pensar: la que toma la voz en su novela Una casa sola (Random House) para entender cómo fue que desaparecieron en democracia el trabajador rural Damián Lucero, su mujer Lorena y sus hijos. ¿Qué responsabilidad tiene el poder? ¿Y el patrón? ¿Acaso la familia está enterrada allí?
La casa, construida con materiales agrestes, describe en primera persona a sus propios habitantes y se intercala con la voz del espinal. Y cuando Lucero y su familia desaparecen, los perros vuelven al arduo monte: la naturaleza oscila entre los seres vivos y la memoria. Ponen la voz los peones, los gauchos, y Selva Almada entrevera hechos históricos de la Argentina: aparece el asesinato de Urquiza, también la Guerra de las Malvinas, y la novela llega hasta la sojización incipiente de los años ‘90 para que la casa narre lo que ve, lo que siente, y quiénes fueron los Lucero: aquellos a quienes la Tata no deja de buscar. ¿Qué hará la policía?
Selva Almada deja varias líneas abiertas en Una casa sola. Despliega un universo sórdido pero con ternura ─entre los Lucero-─ hay deseos sexuales, engaños, dominios de clase, hechos misteriosos y está el campo como un mundo de explotación laboral permanente. ¿Qué fue lo más difícil de escribirla? “Hubo muchas cosas arduas ─dice la narradora─ porque la empecé en 2022, en una residencia de escritura en Saint Nazaire, Francia. Después la dejé, se me perdió el archivo de lo poco que tenía y tuve varios acercamientos que quedaban en el amague. Mientras tanto iba pensando en lo que había aparecido”.
Y se refiere “a esta casa en el medio del campo, volviendo al monte después de diez años de estar deshabitada, y a esta familia que un día se fue y no volvió, no sabemos por qué, pero podemos intuir alguna cosa bastante cruel o, bueno, trágica”. En el verano de 2025 ya Almada se sentó a escribir, redefinió el proyecto, retomó el boceto de 2022 y se enfocó en la casa y en el monte con sus ausencias, violencias y dolores. “Y traje una escena que había quedado afuera de la película Jesús López, de 2021, que escribimos con Maximiliano Schonfeld, el director: hay unos gauchos medio zombies, medio espectros, que están ahí, suspendidos en el tiempo. Era una escena que me gustaba mucho y la traje para la novela”.
Me pareció apabullante que hubiese tanta gente perdida o ausente... en los aeropuertos vi muchos rostros, y sin conocer las historias de esas personas yo decía: ¿Por qué esta gente se ha esfumado en el aire? Se la ha tragado la tierra, ¿qué pasó?.
Así se empezó a armar definitivamente Una casa sola. “Y ahí decidí que una de las voces iba a ser la primera persona de la casa: era ella la que iba a contar su historia”, dice Almada, también autora de la trilogía de novelas El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río; del libro de crónica y no-ficción Chicas muertas y de varios volúmenes de cuentos, entre otras producciones que la volvieron una de las narradoras actuales más importantes de la Argentina: en 2024, por No es un río fue finalista del Premio International Booker.
“En Una casa sola, creo que lo más revelador para mí fue esta serie de personajes que viven en el monte, como estos gauchos matreros que me gustó mucho describir ─sonríe─: son un poco como niños que están siempre jugando, peleando y haciéndose chistes. Y luego están los otros personajes que fueron apareciendo a partir de ellos. En general, mis textos carecen de humor, y creo que este grupo de personajes trajo un poco de frescura a la novela”. Así, Almada supo a dónde recurrir: “Fui a la literatura gauchesca a sacar giros, frases y juegos de palabras. Me pareció divertido ir hacia ahí en vez de inventarles un lenguaje”.
Y así como ella escucha los modos de habla, también observa los rostros ausentes: Selva Almada describió más de una vez el efecto que le causa ver las fotos de las personas desaparecidas en las pantallas de los aeropuertos. Así enlazó ese interrogante con la desaparición de Lucero y su familia en la novela: “Me pareció apabullante que hubiese tanta gente perdida o ausente. También sabemos que hay chicas desaparecidas o secuestradas por las redes de trata, y secuestros de niños pequeños, pero en los aeropuertos vi muchos rostros, y sin conocer las historias de esas personas yo decía: ‘¿Por qué esta gente se ha esfumado en el aire? Se la ha tragado la tierra, ¿qué pasó?’”.
Por eso está el personaje de la Tata en Una casa sola: alguien a quien tildan de “vieja loca” y de “negra de mierda” a medida que acentúa su búsqueda de los Lucero. “El personaje de la Tata tiene ese espíritu, ese halo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, pero yo también pensaba en las Madres de la Trata y en la madre de Marita Verón: en todas esas minas que se enfrentan al poder, piden explicaciones, denuncian y buscan”, capta Almada. Y las interrogaciones en torno a Damián Lucero incluso lo definen: “Es un personaje con mucha dignidad, y me hizo pensar en todo el cancionero de los años ‘60 y ‘70, de Zitarrosa, Cafrune y Viglietti: de todos esos tipos que hablan en sus temas de la desigualdad del peón rural, del patrón que lo trata a punta de pistola y de la propiedad de la tierra”.
Así está construido Damián Lucero: con la materia de lo popular, sabe Almada. Y por eso da cuenta en la novela de momentos simbólicos de la historia de la Argentina. “Cuando la memoria de la casa se fue hasta mediados del siglo XIX, eso suponía describir los cambios que había sufrido este territorio, que pasó de las guerras civiles a los latifundios y luego a la primera oleada de inmigrantes: para que esos campos se parcelen, se alambren y empiecen a trabajar y produzcan, el monte tiene que desaparecer. Muchos años más tarde ingresó la maquinaria agrícola y ya todas esas manos no eran tan necesarias para el trabajo y, otra vez, esos cuerpos, esas humanidades, quedaron expulsados”.
Explorar todo ello “era contar la memoria de la casa y cómo se iba modificando junto al territorio en estos procesos que se dieron en los últimos ciento cincuenta años, hasta el presente de la soja, que aparece mencionado en la novela”, dice Almada. Y cuando trajo al texto a esa serie de gauchos espectrales lo supo: “Esos tipos venían de las guerras de Urquiza y me pareció que estaba bueno contar la escena del asesinato, y a partir de ahí se enlazó lo de la explotación de los mensúes de la yerba, que está narrado en el libro ¡También en la Argentina hay esclavos blancos!, de Alfredo Varela, de 1941, que me encanta”.
Y así como la desaparición de los Lucero “habla del abuso del poder de los patrones, los cuerpos de los gauchos hablaban de la pobre gente arriada a la guerra sin tener poder de decisión -observa Almada-. Y me acordé de aquellos que eran mandados al frente porque no importaban ni sus vidas ni sus muertes, y ahí también apareció Malvinas, porque un poco la lógica de esa guerra fue la misma: gran parte de los soldados eran pibes muy pobres de provincias como Corrientes, Formosa o Chaco, y fueron arriados a esa guerra sin preguntarles si querían ir. Así que me parecía que existía una relación bastante estrecha en relación con el poder y con cómo hay vidas que importan menos que otras”.
La casa se reconcilia con el mundo del que ella misma salió, porque está hecha con los materiales de ese mismo monte. Tiene esa comunión con todo lo que la rodea y con todo lo que crece entre sus paredes.
A la hora de pensar sobre esta casa, Almada puso en cuestión el propio título de la novela. “Si la casa en el campo está sola porque no tiene humanos, qué pasa cuando aparecen otras formas de vida a habitarla, como los perros ─indaga Almada. Muchas cosas del microcosmos animal me parecen súper curiosas y me gustaba que también ingresaran acá, a una casa domesticada por el hombre, por Lucero y su familia. Y cuando finalmente está vacía, la casa se reconcilia con el mundo del que ella misma salió, porque está hecha con los materiales de ese mismo monte, por lo menos en su origen. Así que tiene esa comunión con todo lo que la rodea y con todo lo que crece entre sus paredes y en sus pisos rotos”.
“Va a narrar la propia casa. ¿Hasta dónde se puede sostener esa voz?”, se decía para sí Selva Almada. ¿Cómo lo resolvió? “Era la primera duda que tenía, y por eso decidí traer una segunda voz, que es la del monte. Ahí iba a haber un descanso de la voz de la casa e iba a aparecer otra textura. A la novela la leyeron tres personas: mi editora, mi agente y la poeta rosarina Sonia Scarabelli a quien quiero y admiro mucho-. Con ella trabajé de manera más estrecha y me ayudó a detectar cosas y a saber cuándo la voz se despegaba, y cuándo había que recortar y traer. Así que gracias a las lecturas de ellas fui encauzando esa voz”.
¿Cuándo apareció el final de la novela? “Yo sabía qué decisiones había tomado, como que no íbamos a tener una resolución a la desaparición de los Lucero: qué había pasado con ellos ─asume Almada. De hecho, Una casa sola no termina muy diferente a como empieza: la casa ya está prácticamente metida de nuevo dentro de ese monte que volvió a crecer y a avanzar sobre la tierra arada. La búsqueda terminó y los pastizales y las plantas crecieron sobre esos pozos que hicieron las máquinas buscando a los cuerpos de los Lucero. Creo que el final apareció cuando dije: ‘Ya está, hasta acá llega la historia de la casa’”.
Tras esta novela, Selva Almada va a encarar un proyecto de no ficción pendiente: un viaje por territorios de su Entre Ríos natal. “Si bien viví la mitad de mi vida en la provincia -cuenta- no la conozco bien. Conozco mi pueblo, Villa Elisa, y sus alrededores. Después viví muchos años en Paraná y conozco también los alrededores de Paraná, pero hay otros lugares a los que nunca fui. La idea es hacer un recorrido similar al que hizo Fray Mocho en Viaje al país de los matreros, en 1897: quiero ir a distintos pueblos y hablar con la gente. Mi fantasía es ir a entrevistar al curandero del pueblo, a la maestra, a la partera, al poeta del pueblo; recorrer arroyos, arroyitos, y después escribir un libro de viaje”.
Yo les debo todo a los libros que escribieron otros: les debo haber ido un poco más allá de lo que podría haber pensado al haberme criado en un pueblo muy chiquito y muy conservador.
El 23 de abril, Selva Almada, Gabriela Cabezón Cámara y Leila Guerriero brindaron el discurso inaugural de la Feria Internacional del Libro 2026: se encontraron para hablar de literatura y de la realidad. Como le dijo Almada, el 15 de abril, a la web Responsabilidad cultural: “En este contexto de vaciamiento cultural, cuando no de estigmatización de los trabajadores de la cultura, es de suma importancia hablar del derecho a la cultura y de la educación pública como resistencia activa frente a los discursos de derecha que atomizan, empobrecen y limitan todo aquello que la lectura puede abrir y transformar”.
Como en lo público, en lo narrativo tampoco Almada se escinde de la realidad argentina actual. “La novela Una casa sola dialoga con el presente desde poder saber que las cosas no han cambiado, sino que parecen ir empeorando para las clases trabajadoras. Basta pensar en la reforma laboral espantosa que se votó este año en el Congreso ─dice. Y, en el discurso del gobierno actual, todas las luchas que se dan dentro del campo aparecen totalmente invisibilizadas. Es el campo de la soja y el de los patrones. Cuando el Estado se peleó con el campo no teníamos noticia de los peones. Hoy ni les importan los trabajadores de ningún tipo. ¿Qué les pueden importar los trabajadores rurales?”.
– ¿Qué te genera esperanza en la Argentina actual?
-A mí siempre me genera esperanza que siga habiendo literatura; que siga habiendo música. Por ahí puede sonar un poco tilingo, pero eso es lo que me sigue generando expectativa. Incluso en este estado de cosas, en que justamente la cultura es un frente que está muy cuestionado y muy atacado permanentemente por el gobierno. Entonces, eso también me da la esperanza de estar haciendo las cosas bastante bien. Y me parece que es fundamental seguir leyendo libros. No sé si escribiéndolos, pero seguro leyéndolos, porque yo les debo todo a los libros que escribieron otros: les debo haber ido un poco más allá de lo que podría haber pensado al haberme criado en un pueblo muy chiquito y muy conservador.
Fotografía de Ph Alejandra López-Pengüin Random House



