19 de julio de 2026
La necesidad se viste de saturación. Vivimos en olas de conversación pública. Una intensidad es reemplazada por otra y por otra… La tecnología de la comunicación hace visible estas olas; a todo llegamos enseguida, ya nos enteramos. El sistema se retroalimenta con una rapidez increíble, velocidad a la que ya estamos acostumbrados, que de verdad gozamos en nuestro síntoma.
La experiencia diaria del sujeto de redes (sujeto sujeto a una red de redes) es la saturación misma. No hay vida más allá de la intensidad de los temas. Antes fue el dólar, la muerte de un famoso, el último exabrupto público, la serie El Eternauta. No importa mucho el contenido en verdad, porque siempre estamos en una ola y detrás vendrá otra. Todo es un mar, pero no hay playa donde estacionarse.
Aunque sí hay resquicios, pequeños remansos donde solo flotar. Jacques Derrida usaba la noción de “saturación del contexto”, en donde decía que ningún contexto podía determinar absolutamente el significado. La interpretación es un juego infinito donde siempre hay un “resto” (es maravilloso el concepto de “resto”, lo que no se acaba nunca). Siempre hay otra vuelta de tuerca. José Luis Fernández, experto en comunicación y mediatizaciones, en su canal de Youtube dice que, aunque uno se crea muy crítico y diga cosas en apariencia disruptivas “de la vida en sociedad” en las redes y sea aplaudido por pares… bueno entonces no es un pensamiento crítico. El verdadero decir crítico tiene que estar desquiciado, es decir, fuera de lo que se habla.
Vivimos en la esfera de lo público que, como decía Hanna Arendt en La condición humana, “significa que todo lo que aparece en público puede verlo y oírlo todo el mundo y tiene la más amplia publicidad posible”. Pero esa esfera ya no procede de un corte con mi vida privada. Lo privado se viabiliza a través de lo público hoy. Todos estamos en el mismo lugar, pero “en la nuestra”. Hay muchas líneas de fuga, pocas intersecciones. Por eso los discursos cristianos y católicos tienen tanta fuerza en la actualidad. Buscan lo común; une, agrupa, junta, relaciona en un mundo que remarca las fronteras, impone muros, expulsa.
El poder siempre trata de que lo dicho sea un círculo, un orden sin esquinas ni ochavas. Decir el poder es decir lo cerrado. Por eso habitar la saturación es repetir lo que se nos dice alrededor. Es nuestro trabajo de hombres y mujeres sujetados: vivir sin diferencias o diferenciar lo que está pautado. Repetir, reproducir, repostear. Lo pautado no es lo real, si lo real se puede nombrar, sino que es “lo que se dice”, aquella masificación de la que hablaba Heidegger con “lo uno impersonal”. Hacer lo que se hace, decir lo que se dice; lo que otros dicen, lo que otros hacen. Ir al tema del momento para no detenerse a pensar, ser expertos en nuevos pontífices, nieves mortales, carry trade… Este modo social nació en la opinión antes que en la crónica de los hechos. Primero adjetivación, sesgo confirmado y recién ahí algo de lo que pasó.
Para ser distinto hoy hay que recogerse en la hospitalidad, en el don, en la amistad, en escuchar, en invitar. Una economía de lo sagrado del ser humano que nos permita resquebrajar el patoterismo servil
El oficio de criticar, de escribir algo también tiene un poco de la comodidad del goce, de quejarse nomás. Ir a cada tema con la opinión “que va” es reproducir la máquina a su perfección, pero con la creencia de que no lo hacemos. Pero podemos probar habitar “el resto”, pero no es el decir del loco, del gritón de redes. Para ser distinto hoy hay que recogerse en la hospitalidad, en el don, en la amistad, en escuchar, en invitar. Una economía de lo sagrado del ser humano que nos permita resquebrajar el patoterismo servil.
No es construir lo mismo pero del otro lado. La política del enfrentamiento nos trajo hasta acá. Pero este trabajo es el más duro, el más difícil porque implica un trabajo invisible, sutil, porque lo explícito es enemigo de lo sagrado. Hay que preguntarse si es posible una “política del entre”, que esté más allá de las grietas preestablecidas. Cómo armar una política que sea pragmática pero que tenga en cuenta al otro, invite y escuche a lo distinto de uno.
En Así habló Zarathustra, Nietzsche decía: “Yo amo a aquel cuya alma está tan llena que se olvida de sí mismo”. Porque Nietzsche puede haber matado a Dios, pero no mató al hombre. Entonces, ¿cómo hacer una política que se olvide de sí misma? ¿Una política desinteresada es posible? ¿Es siquiera una política, algo que administre los intereses de esta patria?
El verdadero decir crítico tiene que estar desquiciado, es decir, fuera de lo que se habla
En nuestro contexto, es más difícil sentar a la mesa a todos los sectores que un camello pase por el ojo de una aguja. La solución a la escena nacional es urgente y ninguno de los actores puede instalar sus intereses con la firmeza del caso. Mientras todo se libera sin mucho sentido y la importación china arrasa con todo. La saturación de la que se hablaba antes es también política, pero en un sentido muy definido: hacer un acuerdo político, empresario, sindical y social durable es lo opuesto a la velocidad y el efectismo performático que hoy domina todo. Todos los actores sentados a la mesa; todos ponen algo y todos se llevan algo. No hay mucha más magia que trabajar. Un acuerdo duradero con reglas de oro. Cualquier otra cosa que dependa de un sólo sector económico, social o político es humo, o una nevada infinita que nos retiene en los lugares de siempre.



