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21 de junio 2024

Federico Zapata

ROBERTO BISANG: “LOS DESEQUILIBRIOS MACROECONÓMICOS ESCONDEN SEVERAS FALENCIAS EN LAS BASES PRODUCTIVAS DE LA ARGENTINA”

Tiempo de lectura: 14 minutos

Roberto Bisang es un economista difícil de clasificar. Santafecino, hijo del campo, cuarta generación de colonizadores suizos alemanes e italianos de sueños largos y bolsillos cortos, estudió economía en Rosario, luego hizo una maestría en el CEMA y años más tarde se perfeccionó en Sussex (Inglaterra). Fue, desde esos inicios, destacado y original. Ambas cualidades le permitieron destacarse como experto entre los economistas dedicados al sector real, sin que eso altere su naturaleza: siguió siendo, primero que todo, un paisano del interior del interior poco respetuoso a las convenciones y, segundo, un cultor del bajo perfil. Es posible sintetizar su búsqueda de tantas décadas en la necesidad de encontrar respuestas endógenas a la crisis de nuestro patrón de desarrollo. Su exploración comenzó, allá por la década del 80´, en torno a las posibilidades de reconversión de la vieja matriz industrial. En CEPAL, varias universidades e institutos, investigó sobre transferencia, generación endógena de tecnología y competitividad internacional. Hacia la década del 90´, su interés se posó en la transformación tecnológica del sector agrobioindustrial argentino. Lo hizo, utilizando el enfoque de redes que había desarrollado para estudiar la industria. En ese contexto, fue uno de los economistas pioneros en los estudios de las cadenas agroindustriales y temprano introductor de la bioeconomía en el debate nacional. Actualmente, es Investigador del IIEP (Instituto Interdisciplinario de Economía Política) Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.

Empiezo haciéndote una pregunta histórica: ¿Por qué la Argentina está en crisis?

Creo que los desequilibrios macroeconómicos esconden severas falencias en las bases productivas de Argentina; una y otra vez logramos períodos de cierta estabilidad monetaria, pero fueron efímeros intentos que colapsaron en parte porque fracasaron en transformar la economía real. Dicho de otra manera, Argentina tiene una estructura productiva incapaz de dar una respuesta plena, acabada, y sostenida a las expectativas de nuestra sociedad local. En el mundo de la postguerra, y sobre la base pasada de excedentes acumulados en las postrimerías del modelo agroexportador, el país fue cerrando algunas brechas de productividad en materia industrial que permitieron transitar la ruta del ascenso social; frente a un mundo ralentizado por guerras y posteriores crisis, localmente realizamos -sustitución mediante- una copia desdibujada, tardía (y no sin ciertos visos de creatividad) de la industria fordista occidental que permitió desplegar una suerte de estado del bienestar vernáculo; salarios formales crecientes alimentaron los sistemas previsionales, sanitarios y educativos de cierta masividad. Pero pronto el techo de crecer sobre la base del mercado interno se fue agotando, el proveedor “natural” de divisas se resintió tecnológicamente hasta perder competitividad internacional y las presiones redistributivas sobrepasaron a las instituciones y se resolvieron muchas veces por medio de la violencia. La expresión “pérdida de competitividad genuina” debida a la brecha de productividad respecto de nuestro competidores condensa el meollo del problema. La distancia entre las apetencias de distintos grupos sociales y aquello que podía y puede dar la productividad global de la estructura productiva abrió las puertas a crisis recurrentes.

Me interesa que profundices ese punto: el porqué de las crisis recurrentes

Más allá de los errores de diseño y/o implementación de las políticas macroeconómicas, desde mediados de los años setenta el mundo pegó un salto copernicano en materia tecnológica (y, consecuentemente, en productividad) y lo que se había acumulado localmente, sólo en algunos pocos casos era empático con el nuevo modelo y en otros definitivamente quedaba fuera de circulación competitiva. Digámoslo de otra manera: cambió el paradigma tecno-productivo internacional, y Argentina, más allá de aciertos/desaciertos macroeconómicos quedó, en promedio, severamente descolocada en materia de productividad; y, reactivamente, siguió protegiendo a los sectores icónicos del viejo paradigma industrial sustitutivo (que carecen hoy  del efecto empleo y multiplicador del pasado) y, lo hizo desprotegiendo -directa o indirectamente- a algunos prometedores (nuevos y/antiguos pero reconvertidos) sectores emergentes. Y, como se sabe, baja productividad es sinónimo de salarios paupérrimos, mercados internos anómicos y crecimiento acotado. 

"Argentina tiene una estructura productiva incapaz de dar una respuesta plena, acabada, y sostenida a las expectativas de nuestra sociedad local."

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¿Tuvimos en estos 40 años de democracia la oportunidad histórica para adaptarnos al nuevo paradigma?

Varias veces y si no lo logramos fue más por diferencias internas que por factores externos. No fue por falta de recursos: nuestro país incorporó riquezas naturales -como la del gas de Loma la Lata, la pesca de altura, algunos yacimientos mineros- y otros excedentes -como parte de la renta asociada a la “segunda revolución de las pampas” e incluso varios episodios de no pago de la deuda externa- de magnitudes sustantivas; pero no lo aplicó a reconfigurar una matriz productiva más competitiva.

Entiendo, pero déjamelo poner de otra manera: las diferencias internas también nos hicieron desperdiciar ventanas de oportunidad muy relevantes.

Una ventana de oportunidad la tuvimos, sin dudas, entre el 2001 y el 2009, lapso donde convergieron los planetas. Primero, acumulamos tecnologías e innovaciones a lo largo de la convertibilidad, como antesala de un posterior salto de productividad, particularmente relevante en el sector agropecuario. Vamos a llamarlo por última vez, sector agropecuario y rebautizarlo agrobioindustrial. No estoy hablando solo de la soja. El cambio tecnológico y organizativo que también impactó en otros cultivos, los lácteos, las carnes, los vinos y otros casos. Y se desplegó tanto en la materia prima -los granos- como en los complejos de molienda y otros similares de “clase internacional”. Esta transformación se produjo a lo largo de los noventa, maduró y se alineó con las nuevas condiciones de precios relativos de la devaluación posterior a la convertibilidad propias de la primera década el actual milenio. Segundo, se produce una revolución geopolítica en el mundo: aparece China como gran comprador internacional, cae el muro de Berlín, la parte europea agrícola tradicional vuelve al occidente (Ucrania, Georgia, Kazakstán). Y, además, unos 30 países que -entre el 2003 y el 2007- implementan legislaciones favorables al uso de bioenergías. Finalmente, en ese período histórico, un fortalecimiento del euro respecto del dólar norteamericano. Esa mayor demanda hizo que se revierta la tendencia negativa en los términos de intercambio. Como decimos en el barrio, se nos alinearon los patitos. Y académicamente comenzó a pergeñarse la base de la bioeconomía (o la industria “verde”) como una estrategia de desarrollo, USA y algunos países de la CEE a la cabeza.

¿Por qué crees que se perdió esa oportunidad para reconvertir nuestra matriz productiva?

Porque parte de las rentas que generó en ese período la agrobioindustria, más los provenientes del incipiente pero pujante sector informático y el sanitario, más lo que nos quedaba de Loma de la Lata y de la minería, fue volcado al consumo de corto plazo en lugar de ser utilizado para reconvertir la matriz productiva. Táctica electoral de corto plazo que sobrepasó a una estrategia superadora de largo plazo. Es ahí donde nace el huevo de la serpiente que explica porque seguís manteniendo 20 años después de la salida de la convertibilidad, los mismos dilemas y problemas, habiéndose fagocitado buena parte del excedente que logró capturar la Argentina. Nuevos sectores productivos y nuevas formas de organización nos permitieron generar un excedente, pero lo usamos para apostar más al viejo modelo productivo que para aggiornarnos aprovechando el “viento de cola”. Y lo que digo tiene la dureza interpeladora de la acuciante realidad social local teniendo a la vista los resultados de seguir senderos alternativos por parte de varias economías afines como Brasil, Paraguay o Uruguay.

Vamos al presente: ¿Cómo ves a la Argentina con respecto al mundo?

Empecemos por la oferta. Yo creo que en lo estructural tenés un conjunto de sectores tremendamente competitivos a nivel internacional, con altas potencialidades. Pero, con el modelo regulatorio que ha imperado en las últimas décadas, no pueden expresar todo su potencial y, como el mundo se mueve, estamos perdiendo competitividad en esos sectores. ¿Cuáles son? las actividades renovables relacionadas con el uso del suelo y todos los desarrollos industriales posteriores como los alimentos, las bioenergías y los biomateriales. Otro motor impresionante, que es la capacidad de generación de software y “aledaños” aplicadas a distintas producciones. Se suman los servicios de salud, turismo y otros de diverso tipo, donde hay una sólida y genuina base competitiva. Obviamente que en algunas actividades sustitutivas previas hay casos de modernidad, pero el grueso quedó desfasado frente a los nuevos líderes mundiales. Y finalmente, aparece Vaca Muerta, quizás como muestra de otras mayores riquezas “no convencionales”. ¿repetiremos a futuro los errores del pasado reciente?

¿Y por el lado de la demanda?

Ahí está nuestra oportunidad: vamos a un mundo reconfigurado donde el eje del dinamismo pasa por sociedades masivas, intermedias y de crecimiento rápido que cuando mejoran los ingresos sus familias primero, equipan la cocina y mejoran la alimentación; o sea, pasan de la proteína verde a la proteína roja; después abarrotan el living comprando todos los electrónicos posibles; finalmente, te queda el garaje y el sueño del auto propio. Bueno, dos de esas dos tendencias, la cocina y el auto, dependen fundamentalmente de lo que es el producido de la tierra. En el caso de la cocina por razones obvias, en el caso del auto, porque las restricciones mundiales en el uso de las energías fósiles nos llevan hacia los complejos bioenergéticos renovables y con una yapa… no sólo para usar energías amigables con el ambiente sino además para generar una “química verde”  capaz de desarrollar materiales y bienes de manera sostenible; el mundo desarrollado va mudando del cracking del petróleo al cracking del aceite de soja o del grano de maíz como base de materiales plásticos.

"Cambió el paradigma tecno-productivo internacional, y Argentina, más allá de aciertos/desaciertos macroeconómicos quedó, en promedio, severamente descolocada en materia de productividad; y, reactivamente, siguió protegiendo a los sectores icónicos del viejo paradigma industrial sustitutivo (que carecen hoy del efecto empleo y multiplicador del pasado)"

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¿Qué nos falta para amalgamar esas capacidades nacionales con la oferta internacional?

Insisto con el punto: el modelo regulatorio que tenemos es más amigo del pasado que del presente y menos empático aún con el futuro. Seguimos intentando recrear, con matices, el marco regulatorio de las décadas pasadas en un mundo que camina hacia producciones industriales de bases biológicas. Y que funciona de manera diferente: Asia pone la demanda, la Unión Europea pone las reglas, y Estados Unidos junto a Brasil, puede ser, según el sector, tus competidores o tus complementos. Ese es un mundo totalmente distinto al de fines del siglo pasado donde tenías demandas globales débiles mientras que ahora el eje se desplaza sobre las condiciones de la oferta local.

¿Qué quiere decir que tenemos un problema de oferta local?

Tenemos una estructura productiva con competitividades internas muy disímiles entre un conjunto de sectores muy dinámicos, relacionados con el agro, los servicios especializados, capacidades en biología, genética y salud, algunas ventajas de localización, por un lado, y  buena parte de las actividades icónicas del modelo sustitutivo, por el otro lado, en parte rezagadas y en otras definitivamente fuera de competencia; obviamente hay excepciones (pero siempre terminan sustentadas en algún régimen de promoción específico que pone dudas sobre el carácter genuino de tal competitividad). Buena parte de los mecanismos promocionales y de resguardo a las importaciones apuntan a este último segmento tratando de revivir el pasado; por el contrario, los sectores competitivos, que hoy nos darían una oportunidad internacional, son menos favorecidos o directamente desalentados impositivamente. Y cuando hablo de regímenes de protección, hay que hablar de las protecciones explícitas (con impactos fiscales) e implícitas (basadas en sutiles mecanismos de transferencias entre actividades) sin que toquen las cuentas públicas pero que tienen indudable impacto en las asignaciones de recursos.

Mencionaste la casa de Asia: cocina, living, garaje. ¿Lo que estás diciendo es que el futuro de Argentina no está sólo en los bienes finales de mercados conocidos sino también y fundamentalmente en los insumos, servicios y productos nuevos todos con el sello de amigabilidad ambiental?

Exactamente. El mundo del intercambio internacional mudó desde bienes terminados a partes y piezas e intangibles en el marco de redes globales de valor. Por supuesto, el COVID y la guerra entre Rusia y Ucrania introducen distorsiones a este principio general. Aparece la idea de cadenas friendly políticamente o neo-reshoring de proximidad. Pero el punto fundamental persiste: un mundo interconectado en base a redes globales. Cada país lucha para capturar determinados nodos de dichas redes y a partir de ello, hacer acumulación en sus ámbitos locales. Y esos nodos no se refieren únicamente a productos terminados; por ahí también lo son el diseño, la genética vegetal y/o animal. Lo que sí, es que estas redes están hoy relacionadas con tres áreas críticas en el plano internacional: necesidades de mayor y mejor alimentos, energías renovables y biomateriales. Para los tres, la Argentina tiene potenciales posibilidades de ingresar al mercado mundial… sea, estamos dentro de los países que podemos sacar provecho de las nuevas condiciones mundiales.

Dejame entrar en la discusión sobre estrategias y modelos de desarrollo. ¿Cuáles son las discusiones que está atravesando nuestro país y qué opinión tenés en torno a esos debates?

Dejame empezar por la que ha sido la estrategia dominante en los partidos tradicionales. En líneas generales, porque hay excepciones, esas corrientes creen que hay que volver a recrear la Argentina de los años 70 y 80, integrando verticalmente determinadas actividades en el contexto local: “hagamos la integración de motos” o “pivoteemos sobre el desarrollo completo de la industria automotriz convencional, obligándola que suba “la integración local de partes y piezas”. Yo tengo la sensación de que la estrategia que busca recrear esa vieja argentina fordista conduce una y otra vez a la frustración. El mundo está dominado, en esos bienes, por países que tienen alta capitalización per cápita, salarios bajos, sindicatos débiles y sistemas de impositivos muy lábiles. Si logras integrar verticalmente con producción local, ¿a qué nivel de salarios va a funcionar de manera sostenida? La respuesta genérica es a un nivel no muy distinto de los paupérrimos niveles actuales. Y vas a tener que hacer un cierre a paso forzado del gap tecnológico, invirtiendo mucho en máquinas muy sofisticadas. Lo cual, a su turno, va a expulsar trabajo de baja productividad. O sea, recrear ese modelo puede ser satisfactorio desde lo aspiracional, pero fácticamente nos conduce a un lugar que se parece bastante a nuestro lamentable presente.

¿Alternativas?

Bueno, están quienes dicen que tenemos una cierta cantidad de recursos no renovables que explotar: minería, shale gas, shale oil. Y que, si logramos explotarlos, podemos retroalimentar al sector industrial (fuertemente dependiente de importaciones de partes y piezas), al sector proveedor de servicios y a las empresas constructoras de infraestructura crítica (gasoductos, carreteras, aeropuertos, etcétera.). La inversión, en esta estrategia, sería provista preferentemente por grandes empresas internacionales, en general porque, en promedio, la base empresaria local tiene -salvo contadas excepciones- el mismo gap en tamaño y productividad que existe a nivel sectorial. Eso nos lleva a conformar -siendo materia especulativa- enclaves de exportación proveedores de dólares que permitirían eliminar el problema de cuellos de botellas las industrias (o ¿semi-armadurías?) locales (electrónicas, automotrices, textiles, calzados) para que puedan operar sin restricción externa. ¿Qué quiere decir un modelo símil enclave? Elevada concentración empresarial a nivel de oferta, uso masiva de recursos no renovables aplicando excelentes tecnologías, destinados a la producción y exportación de insumos o materias primas poco elaboradas, con escaza manufacturación y bajo efecto multiplicador local.

¿Cuál sería la inconsistencia?

El modelo es en sí técnicamente compatible con los mejores estándares globales; empresas y proveedores que podrían formar parte de estos avances saben hacer las cosa bien. Pero la asignatura pendiente aparece en el débil entramado local de proveedores, acotados efectos de spillover sobre el resto, baja captura de externalidades positivas y una escaza densidad transformadora aguas abajo. La táctica focalizada en generar dólares abundantes y “baratos” a corto plazo, desdibuja la posibilidad de una estrategia de desarrollo más inclusivo de mediano plazo. Como la necesidad tiene cara de hereje: si el mundo va a virar hacia energías limpias, hagamos el negocio y saquemos rápidamente toda la energía fósil que tengamos … pero con particular cuidado con un eventual pasivo ambiental. Sumemos otro costado al tema: esta estrategia es empática con los intereses de algunas provincias (dado la posibilidad de captura de regalías por explotación del subsuelo de su propiedad); el estado nacional (pues habilita a capturar retenciones, equilibrando cuentas fiscales y del mercado cambiario), y los proveedores privados de infraestructuras específicas (gasoductos, puertos, etc.).

Digamos que te quedan dudas sobre si tales rentas se aplicarían para cambiar o para consolidar la actual estructura productiva.

Son dudas razonables. Y queda en el aire el balance entre mercado y acción estatal que requiere este modelo; al igual que la asignatura pendiente referida a la desigual localización de actividades económicas y “gentes” en el territorio nacional. O sea, es un modelo que tiene pros y contras, pero no es neutral desde la lectura del balance de poder entre Nación y Provincias, entre provincias, y entre lo público y lo privado. Posiblemente sea un modelo que permita incluso recrear el estado de bienestar para los conurbanos pobres, si lo hacen de manera coherente y honesta, quizás logremos pobreza digna, pero pobreza al fin.

"Yo tengo la sensación de que la estrategia que busca recrear esa vieja argentina fordista conduce una y otra vez a la frustración. El mundo está dominado, en esos bienes, por países que tienen alta capitalización per cápita, salarios bajos, sindicatos débiles y sistemas de impositivos muy lábiles. Si logras integrar verticalmente con producción local, ¿a qué nivel de salarios va a funcionar de manera sostenida?"

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Hemos conversado del viejo modelo fordista y del modelo “extractivista 4.0”. Hablemos ahora del modelo bioeconómico.

Es el tercer modelo de país en ciernes. Tiene como anclaje la nueva región centro, que incluye San Luis, parte de Mendoza, parte de San Juan, Córdoba, Santa Fe, buena parte de Buenos Aires, Entre Ríos, Corrientes, un pedazo de Misiones, y buena parte de las provincias que son cubiertas por las yungas. ¿Cuál es la característica de esta nueva región? A diferencia del caso previo, acá, en contra de lo que normalmente se piensa, no se cuenta -strictu sensu- con recursos naturales. Dicho de otra manera, no hay recursos producidos por la naturaleza que podemos extraer (petróleo, minerales o gas): ni bosques de soja, maíz ni trigo; menos aun manadas de novillos de exportación. Lo que tenemos, en cambio, son condiciones favorables para producirlos: calidad de suelos, climas y aguas; el resto es esfuerzo, innovación y capacidades de aprendizaje. Los datos señalan que alrededor del 80% del aumento de la producción de granos responde a innovaciones y solo el 20 a la suma de tierras mano de obra y equipamiento. Fruto de ello existen en argentinas 296 tipos distintos de cultivos, cosa que es casi inédita a nivel mundial; ello es posible dado que Argentina desarrolló genéticas propias, tiene recursos humanos, tecnología, y ciencia aplicada a procesos que permiten valorizar económicamente esas potenciales ventajas naturales. Aguas abajo, a un aceptable nivel competitivo de la industria alimenticia se suman más de una treintena de complejos de bioenergía, y los inicios de la industria de los biomateriales.

Es muy interesante esta desmitificación de los recursos naturales como motores de desarrollo de la región centro ampliada.

Lo que tienen son capacidades y ecosistemas. Pensemos el mercado del combustible. Ni Santa Fe, ni Tucumán, ni Córdoba tienen petróleo. Pero son jugadores importantes en el mercado de biocombustibles. Hagamos foco en Tucumán, a modo de ejemplo: produce caña de azúcar, que se puede transformar en alcohol, que quitándosele el exceso de agua se convierte en etanol, en reemplazo/mezcla de la nafta. Complementariamente esta vía de industrialización de la caña implica un modelo de producción donde se usa el bagazo, la vinaza (un desperdicio), y varios subproductos que en general son desechos, pero que en el marco de las nuevas tecnologías ingresan como insumos a otros complejos industriales.

¿Y el modelo de la química verde?

Va en esa dirección. ¿Qué están haciendo los norteamericanos en relación con la química verde? Con un barril de aceite de soja que sale del antiguo corn belt y al resguardo de regímenes de promoción, hacen diésel sintético (para aviación) y de ese proceso también derivan además estructuras moleculares símiles de los plásticos convencionales, pero en este caso, de base degradable. En esa línea están trabajando Estados Unidos y Alemania, pero también Brasil, Paraguay, Uruguay. En paralelo Argentina, a este modelo industrial, que tiene una ventaja competitiva en la calidad y cantidad de la materia prima renovable disponible (al aceite de soja derivada de la molienda), le ponemos diversos tipos de restricciones (de retenciones a limitaciones cuantitativas) al comercio exterior sin ni siquiera considerar las tremendas posibilidades como complejo industrial oleofínico. Similares ejemplos se pueden identificar en una amplia gama de otros insumos derivados del agro. Se trata de una industria nueva y distinta y apela a cambiar el eje: no se trata de contraponer agro a industria sino de complementar agro e industria y servicios como parte de un complejo integrado. Y en todo caso, si el concepto industria tiene un elevado valor simbólico discutamos ¿qué industrias se perfilan como los nuevos motores de desarrollo en las economías futuras regidas por principios ambientales y competencias genuinas?

"Reeditar el modelo industrial pasado y, por ejemplo, transformar el gas y petróleo en materiales usando la petroquímica convencional o hacer cracking del barril de aceite de soja para generar una petroquímica y después una industria de química verde a partir de allí. ¿A cuál apostar? Y la respuesta no admite escapatorias"

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Tenemos tres caminos, pero recursos escasos. Hay que elegir.

Digámoslo de otra manera: se puede apostar a financiar la sustitución de importaciones (remasterizada) de motos, autos, electrónicos y similares con partes y piezas con la esperanza de integrar verticalmente estas actividades y responder a las expectativas sociales de empleo, protección y ascenso social. Y hacerlo insuflando sectores de modernidad que aporten divisas sobre la base extractiva 4.0; o alternativamente, focalizarnos en la transformación de granos y animales en alimentos (de diversos tipos), energías renovables y biomateriales en consonancia con los cuidados ambientales y potenciando las ventajas naturales y otras ya desarrolladas. En términos duros y puros: reeditar el modelo industrial pasado y, por ejemplo, transformar el gas y petróleo en materiales usando la petroquímica convencional o hacer cracking del barril de aceite de soja para generar una petroquímica y después una industria de química verde a partir de allí. ¿A cuál apostar? Y la respuesta no admite escapatorias dado que los recursos son escasos y las necesidades cruelmente perentorias.

El desafío de la política y de la sociedad.

La economía política arranca reconociendo que algunos tienen tomada la colina y otros están en el llano. La fuerza de los hechos revela la genialidad analítica de Maquiavelo: los príncipes itálicos, tenían el poder de impedir que asuma un rey y unifique Italia, pero no tenían la fortaleza per se, ninguno de ellos, de convertirse en el nuevo rey de Italia. Bueno, en Argentina, va muriendo una manera de producción y un sistema político, los viejos actores pueden vetar, pero no tienen la capacidad de devolverle al país un patrón de crecimiento y desarrollo internacionalmente potente. Argentina es un tren en donde una parte muy importante de nuestros compatriotas viajan colgados. Pero es un tren que tiene clase A, B y C. Ahora bien, ¿la clase A tiene ese estatus por los privilegios del modelo de regulación previa o porque se ganó las charreteras en la batalla de la competitividad global?