Un momento...

13 de julio de 2026

13 de julio de 2026

30 de agosto de 2024

REPORTE 2

Ernesto Semán

@ErnestoSeman
Menos de mil palabras
Tiempo de lectura: 4 minutos

Un efecto del aumento de la expectativa de vida es que el periodo de muertes y velorios se hace mucho más largo en la vida de los que siguen acá. Con un promedio de vida de 50 años, las muertes ocupaban quizás una década en la vida de los que quedaban esperando. A nosotros, siempre y cuando sigamos vivos, nos tocan treinta, o cuarenta, o más años de una lenta desaparición de nuestro mundo, nuestros amores, memorias. Nos tocan partidas incesantes que se pegan con las llegadas, y la sucesión de nacimientos se continúa con las partidas, los escarpines con los ataúdes.

Todos los días mueren unas 170 mil personas en el mundo. Los nacimientos son muchos más, es evidente. Pero al final de un año hay que acomodar en algún lado 62 millones de cuerpos que incrementan una población infinita de muertos, mucho más grande que el planeta de los vivos, en números sí, pero en el espesor de la experiencia también. Como dicen los mexicanos, no es tanto lo duro como lo tupido.

Lo tupido y extenso. La muerte transcurre y los nacimientos son más efímeros y las ceremonias reflejan esa diferencia y en esa continuidad entre nacer y morir muchos descubrimos con asombro que los funerales no sólo son más numerosos que los baby showers sino que son más importantes. Claro que millones supieron encontrar esa ocasión para celebrar. Para quienes siempre entendimos a la muerte a partir del temor, es algo novedoso.

Pasado un punto entre los treinta y los cuarenta, ya no nacen tantos. Nuestros hijos tienen otras cosas que hacer. La muerte, en cambio, aparece en todos los gustos y superpuestas: se mueren los padres y los padres de nuestros amigos, las madres y los tíos nuestros y los de los amigos y casi al mismo tiempo, sin que lleguen a ser periodos distintos, se mueren los amigos mismos, los seres con los que amamos, que es lo más parecido a la muerte propia. Los primeros se mueren de viejo, algo letal. Los segundos se mueren de cáncer. Y entre los dos se va muriendo uno mismo, el mundo al que uno pertenecía va desapareciendo para que aparezca otro, vital y ajeno.

Algo que estamos transitando por un periodo más largo que el que les tocó a otros en el pasado y que empieza pisándole los talones al comienzo. Son un par de cuadras las que separan la esperanza del legado

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En su último libro, The Vulnerables, Sigrid Nunez participa de un velorio de varios días con sus amigas, que parecen oscilar entre los 60 y los 70 años y que llegan desde distintos lugares de Estados Unidos para recordar a su amiga. Es un libro lleno de muertes, parte de la abundante e irregular literatura de pandemia. La escena es de unas veinte páginas y tenía todo para descender a los lugares comunes de unas mujeres mayores suspendidas en la repetición de las mismas reflexiones de género de las últimas cien mil novelas. Pero la muerte es más honda para ser más verosímil, y el grupo de Nunez y sus personajes hace un delicadísimo viaje al pasado para recuperar un tiempo en el que la hombría (masculina), el deseo (todos y todas), las ambigüedades de la pasión y las debilidades tienen un espesor que ellas no parecen encontrar en el presente regulado y victorioso.

Es una escena difícil de adaptar a una sala de maternidad. No hay grandes recuerdos de la visita al recién nacido. Juguetes, buenos deseos, ansiedades de los progenitores, pero ahí todavía no pasó nada. La única celebración es, en el mejor de los casos, que está todo por venir. Es un momento de esperanza, un instante chato, sin espesor, experiencia. Juguetes para aprender, ropa para usar. Los velorios, empieza a entender uno, tarde pero no tanto, son sustanciales. Ahí llegamos todos cansados de haber reído y llorado y pensado, de haber criado y cuidado, amado. En esas sillas incómodas es más difícil estar en silencio, estar vacío, que volcarse atolondradamente a recordar historias inoportunas. Llegamos con el muerto adentro nuestro, con la tristeza y el peso de toda su vida adentro nuestro, la vida que se fue y la que dejó en nosotros, afuera. Para los que van a dejar el velorio caminando, morir significa algunas pocas cosas obvias, tristezas y un mundo un poco más chico, pero también una amplitud de emociones que conforman la memoria y serán una parte importante de nuestra vida.

Mi hija me pregunta si el funeral de su abuela fue divertido, si había gente. Le digo que sí. Creo que no le miento. En los funerales aparecen historias cálidas, afectuosas, cómicas, distorsionadas por el aceleramiento del tiempo que se ha producido en las horas previas. Mi hija mezcla apenas sus idiomas y me dice que, no por nada, “funerales” empieza con “fun”.

Claro que para muchos en el mundo esto es un conocimiento ancestral. Miles de millones de personas celebran desde hace siglos los velorios con grandes fiestas y borracheras y lágrimas, penas y romances. A los que transitan estas revelaciones en las ciudades modernas de occidente le está por llegar la versión monetizada de esos rituales. Para que un salón de velorios con catering y videos y hologramas integre las amenities del edificio falta menos que lo que creemos.

No hay grandes recuerdos de la visita al recién nacido. Juguetes, buenos deseos, ansiedades de los progenitores, pero ahí todavía no pasó nada. La única celebración es, en el mejor de los casos, que está todo por venir

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Para otros, para un nosotros, es un aprendizaje oportuno, generacional. Algo que estamos transitando por un periodo más largo que el que les tocó a otros en el pasado y que empieza pisándole los talones al comienzo. Son un par de cuadras las que separan la esperanza del legado.

Las noticas llegan, una canilla que no deja de gotear. Cáncer, epoc, un infarto masivo, una enfermedad degenerativa. Un conocido salió a correr y encontraron su cuerpo un par de días después, mordisqueado por los perros. Diabetes, cuadros psiquiátricos agudos, alguien que se acostó y no volvió del sueño. Accidentes, picos de presión, cáncer, cáncer. Cáncer. La maldición de extender la esperanza de vida parece ser, justamente, la omnipresencia de la muerte. No hay formas atenuadas de ir haciendo lugar para los que vienen, pero hay maneras de vivirlo para los que estamos acá.

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