Un momento...

18 de julio de 2026

18 de julio de 2026

22 de junio de 2025

PUNTO CIEGO

Martín Rodríguez

@tintalimon
Intentaré ser breve
Tiempo de lectura: 12 minutos

1

Veo un drama. Un drama de cosas disociadas. La plaza y un secreto. Una plaza conmovida que nombra todo, menos una cosa. Lo que se vive ahí es un drama más profundo y sombrío que el que puede caber en la didáctica ideológica (lawfare, doble vara, etc.) con que se explica de un lado y otro el devenir judicial de Cristina, su prisión. El drama sombrío de la corrupción es el de una relación inaccesible para los miles de esa plaza. Es el drama que anida en la relación entre Néstor y Cristina. “Ella no roba”, ¿entonces quién robó? Hay algo innombrable ahí, haciendo ruido por salir. ¿Qué hace Cristina, qué hizo Cristina, con lo que Néstor hizo de ella? ¿Con qué se encontró en la escena? La “acumulación originaria”, el “esquema”, los eufemismos militantes para nombrar la guita, esa guita que fascina, pero queda detrás, tapada, la guita para la política, la acumulación de poder, la caja famosa, la guita de departamentos, hoteles y autos, y la guita como concepción política, lo de “plata y expectativas”, la doma de los rivales, el “estar líquido”, ¿se acuerdan?, cuando Kirchner llamaba al Banco Central para saber cuántas reservas había y decía “estoy líquido”. “La guita, el centro ausente de la ontología kirchnerista”, como dice Juan Di Loreto parafraseando a Zizek. La guita que estaba, que organizaba, que pasaba y no se nombraba, ¿se fue?, la guita como lo innombrable, y que reaparece en las causas que siguen ahora. Beneficios de tenerla, pero en lujo silencioso, culposo. Y hablo en serio: la guita, que además no se pudo ni quiso cortar su cadena. La guita que no se podía nombrar y se hacía visible igual. La guita no frena en el país donde nos gusta más la guita que el capitalismo. El kirchnerismo fue el primer gobierno fruto de elecciones después de la caída del 2001, y debía escenificar la reconstrucción del Pacto después de esa caída en la que todo era bancarrota: las arcas públicas y las cajas de ahorro de cada argentino desvalijado. Así, la sociedad masticó su dolor con un sesgo “anticapitalista”, que fue agarrando el sentido común de la era post 2001 y que convirtió a la guita y su ostentación en tabú hasta para los gobiernos y sus burócratas; pero a la vez, la acumulación desaforada, blindarse de guita, parecía el único (o prioritario) signo de fortaleza, pero en sordina, con carpa, menos hedonista, bolsas negras, y así se fue dando: millonarios adentro de “batallas ideológicas”. Aquel país hecho trizas pareció reconstruirse sobre una base de víctimas, okupas y simuladores. La venganza de los estafados. “¿Qué hicieron con nosotros?”, decía la sociedad. Y el progresismo, que hasta ahí había sido una “reserva moral” de la democracia, el relator indemne que apenas había condimentado un poco a Alfonsín, un poco a la Alianza desde el Frepaso, con su diario Página 12 y su CTA, con sus organismos de derechos humanos y marchas del 24 como señal de orgullo y pertenencia, protegiendo el santuario de mártires y acumulando reclamos de derechos, de golpe con el kirchnerismo se convierte en religión de estado, se estatizó eso que funcionaba como “garante moral” de la sociedad rota. Fue poder. ¿Y la guita? Guita es poder, sabían por Kirchner (lo que supo Macri, lo que supo Menem, dos líderes libres de progresismo). ¿Y qué hacían con eso? ¿Cuál era el límite con eso? ¿Dónde se limita y diferencia el robo para la Corona del robo para la Orga? Progresismo y guita, ¿se exculpan? ¿Se solapan? ¿Cómo se manejó esa relación? ¿Sirvió, nos hicimos potencia, electrificamos Rusia, se pasó a otro estadio de desarrollo, rompimos el déficit, se construyó una elite juvenil que sea capaz de producir negocios más allá del Estado, del coto público de negocios seguros? Guita para la gente fue, en aquel comienzo, recomponer a la Argentina salarial. Sí. La institución kirchnerista de menos pompa y glosa, el Consejo del Salario. Pero en paralelo, a velocidad, aquella “acumulación originaria”, eso que sigue en las causas que siguen (Los Sauces, los cuadernos), algo que Asís desde el realismo comprendió siempre como modalidad de una inmoralidad inevitable, y por lo que Asís llamó a la muerte de Kirchner con una palabra: “irresponsable”; eso que quedó con Lázaro Báez de ojos abiertos, día y noche, esperando señales, “murió el jefe”, los soldados en la nieve esperando cómo seguir, todo a la luz, la Rosadita, la máquina de contar billetes, los hoteles fantasma en el desierto patagónico, y en simultáneo, como línea paralela que no roza nunca ese nudo, este rastro de convicción ideológica que aún mueve la plaza, y hace al kirchnerismo una estructura de sentimientos antes que una estructura de poder, porque solo la guita no explica a ese proyecto, pero ese proyecto no explica la guita que está ahí, se ve, y se hizo tabú, un cepo en la lengua, no nombrar lo evidente, el drama de la guita (a pesar de su goce) que es el camino de la herencia y la sangre azul de un proyecto político familiar, política patrimonializada de padres a hijos, nepotismo e ideología que se convierte en praxis -sincera y también al socorro de una explicación para tapar y vestir lo innombrable-. Todo junto y a la vez, como el agua y el aceite: imposible separarlos. Ese drama entre Néstor y Cristina (¿qué hacer con el “esquema”?) es la intimidad inaccesible, lo indecible, lo trágico que se balbucea hasta un segundo antes de decirse (y no se dice) y la parte en que ella no lo suelta a él, con lealtad y con el nudo que también llora ahí, que es el punto, el quid, ese algo que no puede ser dicho sin romperse a sí mismos porque hicieron consistir su razón de ser en la superioridad moral sobre los demás, pero una parte de esos demás se sienten superiores sobre ellos porque hablan el lado B, nombran la guita que los kirchneristas callan, y entonces siempre imaginan escenas de humillación insaciables, una suerte de castigo a la carta con tobilleras, restricciones, perímetros. La guita nunca es gratis. Guita y política engendran el teatro negro. Macri peleando con la sombra shakesperiana de su padre. Menem enterrando a su hijo. Parricidio, filicidio, sangre, causas. La guita está en el centro del problema porque la guita es más que guita.  

Cynthia Berguier – La caída (2024)

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El gobierno no es autor ni testigo ni “víctima” de la condena a Cristina. Es beneficiario, objetivamente, pero lo agarra en un limbo: no sabe cómo le sirve algo que se abre en un escenario que no maneja. Cristina los exculpó, señaló poderes de “más arriba”. Les bajó el precio porque la Corte puso en escena eso también: que todo gobierno es un poder provisorio. Sin embargo, los halcones que importaron del macrismo festejan y Toto Caputo también festeja la buena noticia para su “clima de negocios”. Pero, ¿el triángulo de hierro qué siente? Lo obvio es que, al extrovertido del triángulo, a Santiago Caputo y la legión de consumidores de poder que “narran” sus ideas, los hechos lo encuentran en esto que no manejó Milei con otro límite para su ensayo estético: otra vez su “emperador” funciona como el rey de El Principito. O sea, enuncia la orden después de que ocurrió el hecho. (“-Me voy. -Te ordeno que te vayas!”) Todo Marcha de Acuerdo al Plan… ¿de quiénes? El gesto de autosuficiencia oficial es síntoma irónico de ese poder escurridizo. ¿Cómo se llama un orden donde el poder tiene tantas líneas simultáneas? Se llama: la democracia occidental realmente existente. Eso con que las mismas democracias no saben qué hacer. Y esta “atomización” de las usinas de poder le raya el auto a la fantasía romana. Porque, ¿quién diseña entonces el orden político? ¿La justicia? ¿Ficha limpia? ¿Todos a la vez?

Este diálogo no existió: “-Mamá, ¿me hacés unos mates que me voy? -¿Adónde vas, hijo? -Al Cordobazo”

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Y todo microclima intenso aleja, más que acerca, la posibilidad de lo único importante a esta altura del partido: encontrar soluciones a los problemas argentinos. Lo que Argentina no prueba nunca: aburrirse. Como decía el sabio Salvador Ferla: “los argentinos por una deficiencia temperamental valoramos la paz pero no los medios para conservarla”. Hay ahí una cierta explicación. Mientras tanto, los comunes, los de a pie, los sin plazas, la mayoría, vuelven a no estar en la agenda de nadie como hace ya demasiados años. Porque, pasado esto, cabe la pregunta de siempre: ¿y la Argentina? Era lógico que las ambiciones de Milei (lo quiera él o no) desencadenaran esta “ofensiva final” contra Cristina en un escenario con posibilidades más decisivas que el que hubo con Macri, bajo la curaduría de Marcos Peña y su gradualismo. Si acelera Milei, aceleran todos. La justicia también. ¿Qué lugar ocupa Cristina? Hasta hoy ocupa el centro del sistema político. Si la democracia tiene 42 años, Cristina estuvo 16 en el poder. ¿Y ahora? Todo lo que hagan contra ella reavivará su llama. Los que escribimos desde afuera del mito, los que no mentamos su trascendencia ni nos frotamos las manos con su humillación, vemos las consecuencias prácticas: un país más obturado, con la agenda en absoluto desvío.  

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También estos días se hizo recurrente la relación asfixiante con lo histórico. Lo vemos en el kirchnerismo y sus llamados a un “17 de octubre”, pero en muchas fuerzas políticas también. Milei funciona en espejo. Traer el pasado, ponerlo tan cerca hasta que no deje respirar al presente. El mito como una decoración de interiores mentales, apoyar la fecha simbólica encima de una real hasta ahogarla. “¡Se viene un 17 de octubre!”. Pero, ¿cómo sería la “clase obrera” de este nuevo 17?

Cada hito histórico tuvo, también, algo más “metafísico” para su gestación: tuvo su vacío. Este diálogo no existió: “-Mamá, ¿me hacés unos mates que me voy? -¿Adónde vas, hijo? -Al Cordobazo”. La Historia necesita fuerza ciega. Su no saber. La inconsciencia del acontecimiento que abre. Primero el acontecimiento, después el símbolo. Hay en las llamadas a calcar gestas un clásico reflejo de izquierda: extraer de la Historia una clave, una mecánica, una fórmula de imágenes remasterizadas. Playback del pasado en un plano de interpretaciones que omiten hechos concretos, desencadenantes reales. ¿Qué se mueve en eso que marchó este 18 de junio y qué se movió el 17 de octubre de 1945? Aquel 17 la clase obrera rescató a su líder. La irrupción definitiva de aquello sin lo cual no habría sistema político según Perón. El 17 de octubre se consumó una revolución: el movimiento obrero quedó del lado de adentro del sistema político. Treinta años después, Raymundo Gleyzer en “Los Traidores” ilustró la mesa de poder que ellos (la izquierda) querían romper y que había fundado el peronismo para su siglo de oro: el movimiento obrero tenía una silla definitiva en la mesa del poder. Junto a un Brigadier, un empresario, un juez. Porque eso que por dentro y por fuera llamaron despectivamente “vandorismo”, en los sesenta, más que la traición al General (que la hubo), era su consumación: al movimiento obrero no lo sacarán del poder. El vandorismo es el precio social del capitalismo. Y el 14 bis, el registro de los fusiladores sobre el cambio social. Podían matar al perro, no a su rabia.

Ese antiguo poder sindical es el que aún hoy sobrevive en la CGT. En esa Central a la que cientos le pretenden marcar la cancha llenando de likes y retuits a los “pedidos de Paro”. Lucha obrera a la carta, on demand. “La CGT no hace nada”, dicen los que no saben que ese poder de la CGT existe porque no funciona atendiendo demandas por redes sociales. Si la CGT parara cada vez que le piden que pare, la CGT no tendría el poder por el que le piden que pare. Pablo Gerchunoff suele citar a Guido Di Tella: “en materia de inclusión popular con Perón la Argentina hizo en cinco años lo que otros hicieron en cien años”. Gerchunoff hipotetiza en eso mismo una suerte de “indigestión” en la macroeconomía. De allí su libro (“La Caída”) y un diálogo imaginario con Perón y el nudo de su segundo mandato: ¿cómo ajustar el propio modelo, General? Perón también tuvo en su aparato simbólico una necesidad concreta: transformar la conciencia de esa clase en una conciencia nacional. El poder obrero que fundó el peronismo se basó en esa “mutilación”: obreros sí, clasistas no. En aquel suelo sublevado una homogeneidad de clase: mamelucos, herramientas, sindicatos. El sindicalismo se iba a expandir como mancha civilizatoria, como en “Las aguas bajan turbias” y su lección: sólo el sindicato puede frenar el látigo en la espalda de los mensúes. La otra conquista del desierto. La madre de un mensú muerto en la explotación que se embarca desde Posadas para acampar con los demás mensúes: “desde que murió mi hijo, todos los mensúes son mis hijos”. Esa estela civilizatoria perdura en una malla sindical que aún tiene sindicatos de frontera, como los ladrilleros de la UOLRA, que formalizan hornos con familias, chicos, migrantes, metidos en el culo del mundo.

Ese drama entre Néstor y Cristina (¿qué hacer con el “esquema”?) es la intimidad inaccesible, lo indecible, lo trágico que se balbucea hasta un segundo antes de decirse

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¿En qué pueblo pasa lo que pasa? Más del 40% de los trabajadores está en negro, y esa informalidad trepa casi al 60% en menores de 29 años. Solamente el empleo público creció desde 2011. O sólo crecieron informales y monotributistas. La Argentina no es Perú, pero bien podría ser explicada por alguna tesis de Hernando De Soto sobre las actividades económicas informales y la riqueza fuera de radar. Cristina tiene a Grabois. Milei tiene a Galperín.

¿Iba a ser el 17 de octubre del informalariado? ¿Qué pasó con “el pueblo trabajador”, con los nietos del 45? Flashback. Paciencia. Viajemos al año 2003, un recuerdo del barrio Ramón Carrillo. Cristina y Néstor llegando al poder, y la economía que dejó Duhalde empezando a funcionar. El barrio Carrillo fue creado cuando implosionaron el albergue Warnes. Cardoso, que había sido delegado de un piso del albergue (así se organizaban: delegados por piso), y que había trabajado años en un frigorífico (afiliado al sindicato, incluso delegado) ahora era cartonero. Cardoso ya no carga en los hombros, como oraba Zitarrosa, “media tonelada de huesos astillados / hincados en toda esa vida / temblorosa y atónita”, su guitarra negra pasa la tarde con el caballo, comiendo pasto en la plaza mientras él apila media tonelada de cartón. Vivía con su mujer e hijos, y cargaba la cruz de uno discapacitado, que lo acompañaba a cartonear. Cardoso estaba en el limbo: mayor de 50 años, ni joven para reinventarse, ni viejo para retirarse. En el 2003 de Villa Soldati se sentía la recuperación en el aire: fábricas que se volvían a abrir, talleres, negocios, changa, cartón. Recuperar “las fuerzas productivas” era la consigna implícita, una época y sus leyes invisibles, una película de Campanella con final feliz: vuelve la fábrica, el club social, el Estado, la política, los huesos a la carne. Ese interregno de Duhalde y Kirchner se iba cocinando en ese fuego sano. Bueno, una tarde el trabajador social que visitaba a Cardoso para un programa municipal que registraba cartoneros le sugirió buscar laburo, volver a horarios fijos, la formalidad, bla. Cardoso entrecerró los ojos, respiró unos segundos y… no. Dijo que no. Calculó y dijo que no. Cardoso tenía un caballo, lo usaba cuando podía porque estaba prohibida la tracción a sangre desde Onganía, llevaba una vida humilde y tranquila, sin sobresaltos, y dijo no, y agregó: “ahora soy dueño de mi tiempo”. Prefería la informalidad. “Prefiero estar libre para mí mismo.” Así, el hombre solo retiraba su cuerpo del mercado formal, donde, más allá de idealizaciones fordistas, también había tenido sus biabas duras, huelgas, despidos y reincorporaciones. Pero a caballo de su viejo caballo el carrero entraba al siglo 21 antes que el trabajador social. El cartonero como la huella primate de una economía de plataformas con trabajo “colaborativo”, meritorio, “sin patrón”, eligiendo su tiempo. Profetizaba lo que veinticinco años después iba a acolchonar los efectos de esta crisis: “Hoy no trabaja el que no quiere”. Porque, ¿por qué no estalla esta crisis? Porque estamos ocupados. Dijo Martín Tetaz: “Hoy no trabaja el que no quiere”. Se puede decir con menos euforia, más cautos, y viendo el aumento de la tasa de desempleo (el jueves el gobierno se desayunó que el empleo cayó).

La crisis de 2001 tuvo, en su corazón, una tasa de desocupación disparada. Hoy la crisis: trabajar más y ganar menos. El largo camino del desempleado al empleado de sí mismo, del movimiento de desocupados a la economía de aplicaciones, del MTD a Rappi. Y del estallido social a la implosión personal. Los datos del INDEC hasta ayer mostraban el crecimiento del cuentapropismo, del cuentapropismo femenino. Más mujeres vendedoras. En redes, en ferias, en la calle. Todas son Belén Rapuzzi con cara de orto frente al destino sudamericano. ¿Por qué hubo paciencia al ajuste? Por estar ocupados. El capitalismo 4.0 informal, su precarización. La crisis de 2001 convivía con un fantasma: volverá el trabajo fabril, volverá la vieja economía. Pero esta larga actualidad se volvió definitivamente inestable. El invierno demográfico entra también en la alquimia de estas interpretaciones. Acá va una: no hay tiempo de traer hijos al mundo, no hay mundo al que traer hijos, no hay tiempo para un hijo. ¿Cuándo no estamos trabajando?, ¿cuándo no somos esclavos de nuestro rendimiento? Todos somos hijos de una economía popular, en tanto esa economía describe a un hormiguero pateado: el rebusque informal que no distingue clases. Hoy la gente se explota a sí misma voluntariamente creyendo que así se realiza”, dice el tan leído Byung-Chul Han. El látigo del amo es el móvil inteligente que llevamos en el bolsillo. La esclavitud del siglo XXI, amos de nosotros mismos. De estallido social a implosión personal. Y como dice el abogado laboralista Juan Manuel Ottaviano, nadie espera tener el nivel de vida de un asalariado estable con Uber”. “A diferencia de los 90, los segmentos de la ocupación son más compartimientos estancos con poca movilidad entre sí, con trayectorias interrumpidas, sin salida del horizonte de trabajo (en el mejor de los casos con un horizonte de oportunidad de la guita fácil, de la idea genial, de la inversión salvadora”, dice. Flexibilidad horaria versus derechos. Y agarrate: la mayoría elige flexibilidad. ¿Qué derechos si nunca tuve? “En todas las encuestas en Buenos Aires o Turín, la posibilidad de generar ingresos y la flexibilidad horaria está entre la valoración principal de los trabajadores”, dice Ottaviano.

El sindicalismo se iba a expandir como mancha civilizatoria, como en “Las aguas bajan turbias” y su lección: sólo el sindicato puede frenar el látigo en la espalda de los mensúes

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¿Qué 17 de octubre, entonces? Ese espejo está roto. Recojamos un guante: “Más militancia política que electoral”, encargó Cristina a los suyos. El ajuste de Milei de este tiempo pone en el tapete la lectura confusa de los que no la vieron, la gente se lo bancó hasta acá. Y, entonces, ¿qué se esperó del peronismo de los últimos años? ¿Evitar el ajuste o hacerlo? ¿Un plan de lucha o un plan productivo? ¿Se podrá discutir un futuro de verdad sin responsabilidad fiscal, sin reconocer en el amplio mundo del trabajo la condición obrera del “informalariado”? ¿Cómo reconstruir una conciencia nacional sin los peajes carísimos de las identidades (“mi cuerpo-mi contrato-mi decisión”), sin las costosas industrias del entretenimiento de la “Batalla cultural”? ¿Cómo se sostendrá el sistema jubilatorio en esta creciente informalidad laboral? ¿Seguirá el déficit y la emisión como condición implícita de una coalición, eso que Esteban Schmidt llama transversalmente “Coalición del Déficit”? ¿Tiene sentido enfrentar a Milei invocando una pura pulsión distributiva (“aumentemos todo y en el rebalse de papel pintado la economía emergerá”) y sin estrategia productiva? En eso se define el pasaje de lo electoral a lo político en cualquier militancia que se considere contemporánea de este tiempo difícil. Un futuro que necesita volver a empezar desde acá: lo político no es personal.

Intentaré ser breve