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27 de julio de 2026

27 de julio de 2026

25 de julio de 2026

¿POR QUÉ LAS DERECHAS PUEDEN SOÑAR, Y NOSOTROS NO?

Juan Martinez Olguín

@jjmartinezol
Política
Tiempo de lectura: 7 minutos

El mundo está cambiando1. Y está cambiando a pasos agigantados. Algunos cambios son radicales, otros imperceptibles, y otro tanto parecen dispuestos a transformar nuestras vidas 180 grados. Como la irrupción de la Inteligencia Artificial en nuestra vida laboral y cotidiana. No es este, empero, un texto que pretenda sostener y difundir la tesis del gran filósofo griego Heráclito, aquella que sostiene que todo es cambio. Bien podría serlo. Pero no. Me refiero, aquí, al proceso por el cual se deja atrás una época para arribar y dar la bienvenida a una nueva. Estamos atravesando un cambio de época. Las características de este cambio de época, en efecto, se acumulan rápidamente. Nada hace pensar en la posibilidad de que se detengan. La irrupción tecnológica, con el desarrollo de la IA, insisto, a la cabeza y la expansión de las redes sociales y plataformas digitales, está configurando y dando forma a nuevas torsiones y pliegues de las relaciones sociales. Y la tecnología es, claro, solo una de las variables del cambio. Me interesa, en particular, comprender lo que propongo leer como el corazón de este cambio de época: las transformaciones que las nuevas fuerzas radicales de derecha están impulsando en las democracias occidentales. Comencemos, entonces, por el comienzo: durante el siglo XX, la revolución y su imaginario, sea cual fuere su vertiente: el imaginario revolucionario bolchevique de la segunda década del siglo, el imaginario guevarista y guerrillero de la Cuba de los ’50, o la imaginación del peronismo revolucionario en Argentina durante los ’60 y los ’70; la revolución y su imaginario -decía- se ubicaron durante el siglo veinte en el espectro ideológico de la izquierda. La revolución, en este contexto, era socialista o comunista, o no era nada. Pero, en rigor, ¿qué es una revolución? Antonio Gramsci describió en sus Cuaderni que toda revolución es heredera del modelo jacobino de la Francia revolucionaria del siglo XVIII. Una revolución, decía Gramsci, necesita de una dosis de jacobinismo en sangre para salir triunfante. De hecho, el autor italiano se lamentaba de esta falta de jacobinismo en el proceso de unificación de Italia. ¿Pero qué significa, exactamente, la posesión de este jacobinismo “en sangre”? Básicamente dos cosas: la ruptura con el statu quo y la formación de una nueva voluntad colectiva.

Antonio Gramsci describió en sus Cuaderni que toda revolución es heredera del modelo jacobino de la Francia revolucionaria del siglo XVIII. Una revolución, decía Gramsci, necesita de una dosis de jacobinismo en sangre para salir triunfante.

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Estas dos características, en efecto, parecen ser las que encarnan los jacobinismos de derecha actuales, o las derechas radicales más sencillamente. Desde Donald Trump hasta Javier Milei, pasando por Meloni y el recientemente elegido candidato triunfante en las elecciones de Ecuador, De la Espriella, todos ellos se presentan como la nueva cara de un orden venidero que viene a desarmar el viejo orden “injusto y plagado de privilegios” del pasado. En cada caso, claro, ese viejo orden tiene a sus propios privilegiados: el establishment del partido Demócrata y la cultura woke en el caso de Trump, los políticos tradicionales (la casta) en el caso de Milei, la corrupción endémica del sistema democrático, en el caso de De la Espriella. Y como reverso del anverso de esos privilegiados se alza una voluntad colectiva, un nosotros, que se erige en el sujeto del cambio, en el agente de la revolución del statu quo. Ahora bien: ¿contra qué orden o régimen se enfrentan las derechas jacobinas del nuevo siglo? ¿Contra las democracias contemporáneas? ¿Contra las políticas que benefician, en cada país, a las distintas minorías? Un poco y un poco. La revolución jacobina de las derechas actuales tiene, desde mi punto de vista, dos elementos claves: su dimensión profundamente anti iluminista e iliberal (lo que puede leerse como su componente democrático iliberal) y su conservadurismo radicalizado o radical. El primero hace referencia, a contrapelo de lo que suele creerse, no solo al rechazo visceral por parte de los movimientos de derecha actuales a muchos de los principios liberales que limitan el poder del Estado (con el objeto de empoderar a los líderes que los encarnan) sino también y muy fundamentalmente al principio basal del liberalismo como doctrina emergente de la Revolución Francesa y de la doctrina iusnaturalista del derecho. Según esta última, existen un conjunto de derechos fundamentales que poseemos desde antes de nuestro nacimiento y de la constitución de cualquier comunidad política, derechos que, por ende, son definidos como derechos positivos (escritos) y naturales. El recorrido jurídico que erige a estos derechos, proclamados en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y el Ciudadano (el derecho a la vida, a la libertad, a la protección, etc.) como derechos naturales es inverso a su origen histórico: lo que es, en efecto, el resultado histórico de un conjunto de acontecimientos (con la Revolución Francesa, insisto, a la cabeza) se transforma en la doctrina iusnaturalista en causa o fundamento. Es decir: los derechos fundamentales, que son el producto del proceso histórico revolucionario francés, se convierten ahora, por vía de la filosofía iusnaturalista, en derechos naturales (anteriores al propio proceso histórico que los ungió como tales).

Salvo el derecho a la propiedad, a la vida y muy fundamentalmente a la libertad, que son reconocidos como derechos eminentemente naturales, el iliberalismo jacobino de las derechas actuales pretende desandar el recorrido iusnaturalista de los derechos planteando el ajuste o adecuación del derecho a los hechos, y no al revés. En este contexto, por ejemplo, se comprende la propuesta de amplios sectores del libertarianismo argentino de arancelar la Universidad Pública: en los hechos, argumentan, solo terminan sus estudios los estudiantes de clase media y media alta, por lo que el acceso al derecho de una educación universitaria solo cobra sentido para esa capa social de estudiantes, y no para los sectores populares que, para peor, terminan financiando con sus impuestos el aprendizaje de los primeros. Arancelar la Universidad Pública es un modo, por ende, de adecuar el derecho a los hechos.

Desde Donald Trump hasta Javier Milei, pasando por Meloni y el recientemente elegido candidato triunfante en las elecciones de Ecuador, De la Espriella, todos ellos se presentan como la nueva cara de un orden venidero que viene a desarmar el viejo orden “injusto y plagado de privilegios” del pasado.

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El segundo elemento, su conservadurismo radicalizado o radical, se presenta como un paradójico magma ideológico que fusiona la dimensión más honda del conservadurismo como concepción de la sociedad con la idea del cambio o la transformación revolucionaria. Históricamente, el conservadurismo es una perspectiva que nace con el advenimiento de los Estados-Nación modernos y los nacionalismos del siglo XVIII y XIX. Tuvo su base social en la burguesía y se dirigió en sus inicios contra el liberalismo ilustrado tal como surgió y alimentó, justamente, a la Revolución Francesa. Su principal vocación fue no solo la conservación de las condiciones sociales existentes, en el plano material e ideológico, sino fundamentalmente la de comprender a la sociedad a partir de un fuerte sentido antiigualitario: la desigualdad, para los conservadores, es un rasgo constitutivo de cualquier sociedad del mundo, sin importar cual sea su sistema de gobierno. Dicho de otra manera, la desigualdad es la que mantiene el equilibrio del orden social. Las jerarquías, de cualquier tipo, son esenciales para la constitución de cualquier orden. No todos somos iguales, sino más bien todo lo contrario: somos, por naturaleza, desiguales (y el derecho, por ende, debe adecuarse a esa naturaleza). Este principio que rige cualquier ideología conservadora es, también por naturaleza, eminentemente iliberal puesto que, en rigor, no solo invierte la concepción liberal o iusnaturalista de la génesis de los derechos y del derecho sino que, al mismo tiempo, rechaza el principio, igualmente liberal, de la igualdad jurídica y formal frente a la ley: de allí que la regulación de la sociedad vía la implementación de leyes más igualitarias o simplemente a través de legislaciones específicas que reconozcan derechos a las minorías sean rechazadas de plano. Si, como decía, las derechas jacobinas actuales revisten su conservadurismo de una pátina radicalizada es porque fusionan esta concepción desigualitaria de la sociedad con su fe revolucionaria.

Sobre el fondo, entonces, de este conservadurismo radicalizado y de este iliberalismo democrático se apalancan y proyectan los sueños y las utopías de los nuevos movimientos de derecha radicales. El porvenir y el futuro no auguran, por ende, tiempos felices: sociedades menos plurales, más desigualitarias y profundamente reaccionarias contornean esas utopías y sueños. No hace falta, en efecto, ir demasiado lejos para leer las figuras en la que estas sociedades decantan. Los denominados tecno bros, con Peter Thiel como su ejemplo más ilustrado, hace ya algunos años que vienen anticipando el proyecto que ahora los contiene como su “elite” o think tank privilegiado: el de la institución de democracias tecnocráticas o “tecno-democracias” en donde las empresas tecnológicas de esta “nueva” elite económica y social ocupan un lugar determinante. El arribo del propio Thiel a la Argentina con su flamante inversión inmobiliaria en el barrio más caro y exclusivo de la ciudad de Buenos Aires marca perfectamente el espeso entramado que une el pensamiento y la vocación de los tecno Bros con las derechas jacobinas actuales: según destaca el colega e investigador Tomás Borovinsky, especialista en este nuevo emergente social, Thiel es un confeso partidario de la doctrina libertaria por lo que su paso por la Argentina tiene como principal objetivo observar, y si se puede impulsar, la primera experiencia libertaria de gobierno que encabeza el actual primer mandatario Javier Milei.

Las derechas jacobinas actuales revisten su conservadurismo de una pátina radicalizada es porque fusionan esta concepción desigualitaria de la sociedad con su fe revolucionaria.

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¿Nos quedamos entonces (y digo nos quedamos encerrando en ese nosotros a quienes rechazamos de plano las ideas, las prácticas y los discursos radicales de las derechas jacobinas actuales) sin utopías y relatos para narrar el presente y forjar un proyecto político alternativo al conservadurismo radicalizado y al iliberalismo democrático del nuevo siglo? ¿O, en todo caso, las grandes transformaciones que vienen de la mano de la irrupción tecnológica, junto con los sucesivos cambios sociales y culturales de las últimas dos décadas, nos encontraron en off side y sin reflejos? ¿Es acaso la pátina progresista y la “corrección política” que inundó buena parte de las elites políticas del mundo occidental una síntesis perfecta de ese fracaso? ¿O la radicalización de las derechas explica justamente y en buena medida el rechazo a esa “hegemonía progresista” de las últimas décadas? ¿Es lo mismo la respuesta “europea” a esa hegemonía de la respuesta “americana y latinoamericana”? Difícil aventurar un diagnóstico que no incluya una parte importante de cada una de estas variables. Sin embargo, y más allá de la particularidad de cada país y cada caso, lo cierto es que una porción importante de las sociedades civiles de las democracias contemporáneas ya hizo el suyo. Y ese diagnóstico impulsa una nueva imaginación política que alimenta sus deseos y sueños de la mano de la expansión de las fuerzas de derecha radicales. Desafortunadamente, sin embargo, esos deseos y sueños nos regalan una postal repleta de dudas e interrogantes sobre el propio porvenir de las democracias. Es hora, entonces, de recuperar la capacidad de soñar y de imaginar nuevos mundos posibles. Porque, y la pregunta cobra hoy más sentido que nunca: ¿Quién dijo que las derechas pueden soñar, y nosotros no?

1El título que encabeza este texto recupera, deliberadamente, el título del ensayo del historiador Alejandro Galiano: ¿Por qué el capitalismo puede soñar, y nosotros no?

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