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07 de junio de 2026

07 de junio de 2026

7 de junio de 2026

¿PERONISMO O BARBARIE?

Pablo Luzuriaga

Política
Tiempo de lectura: 8 minutos

Entre las contradicciones contemporáneas, el dualismo entre el mundo analógico y digital se impone ominoso, como si una mala pesadilla se hubiese apoderado de nuestras vidas, y en instantes del día se mostrará en toda su dimensión como experiencia extrañada; nos vemos a nosotros mismos con el gesto cansino del scroll que se hace no con el dedo pulgar, sino con el índice, entre uno y otro posteo, imágenes o videos que se proyectan en las nucas por el orificio de la retina. El dualismo entre el mundo analógico y digital se impone con las nuevas promesas de la inteligencia artificial; y, sin embargo, gobierna la vida de las masas en forma creciente, desde hace más de dos décadas. La intromisión del mundo digital como esfera de comunicación que se expande sobre el mundo como nuevo dispositivo de interacción humano, a partir de su crecimiento exponencial con la pandemia, se vive como un dualismo insoportable, como un incremento desmesurado en la pobreza de experiencias. El homeoffice y la posibilidad de reunirse con decenas de personas por diversas razones desde una misma pantalla es una vivencia muy pobre comparada con los montos de experiencia que tendrían lugar en reuniones presenciales. La sola idea de que si no sucedió en Instagram no existió, que parece dominar a grandes porcentajes de la población mundial, en sí misma es una causa y al mismo tiempo un síntoma del dualismo insoportable. El mundo analógico perdió autoridad. Lo analógico es tratado como un jogging gastado, un tono “gris ratón”. Ahora no interesan tanto las vidrieras y los carteles, porque la mirada está tomada por las pantallas. Lo urbano pospandémico se hace apocalíptico porque el mundo digital orienta la mirada hacia el artificio: si nuestras imágenes, proyectadas sobre el reflejo de la infoesfera, son digitales y están retocadas no interesan las arrugas analógicas. El diseño del mundo analógico queda en segundo plano respecto del diseño digital. Prometen el reemplazo de experiencias analógicas por experiencias digitales, de una “meta” vida.

Las nuevas inversiones en inteligencia artificial parecen abrir un estadio mayor en la contradicción. Trasladan la imaginación desde una mala pesadilla sociológica acerca de los usos perniciosos de las redes sociales, a una pesadilla mucho más interesante sobre la autoconciencia y el predominio de las máquinas sobre los humanos. Lo que era un peligro muy serio, derivado del caso de Cambridge Analytica, la sociedad de trolls, ahora se presenta mucho más ominoso: la inteligencia artificial tiene rango de tecnología existencial, como la bomba atómica, y se vuelve necesario establecer acuerdos de “no proliferación”. Tecnólogos y plutócratas estadounidenses desarrollan corporaciones privadas de cybervigilancia y descreen de la democracia como forma de gobierno. El uso pernicioso de la tecnología ya no está en manos de un demócrata de Silicon Valley, ahora son de ultraderecha. La contradicción entre ambos mundos, el analógico y el digital a partir de la nueva tecnología de los chatbots que producen textos, desde que fue puesto en línea el modelo GPT 3, en pocos años ofrece videos y audios, además de imágenes y textos; la salida laboral del programador que le dio vida, como todo lo que parece sólido, de un año al otro fue disuelta en el aire: los últimos modelos son capaces de programar aplicaciones. Delegamos en la máquina tareas para las cuales perdemos competencias: cuando una inteligencia artificial edite libros, no habrá más diseñadores especializados en distribuir texto a lo largo de las páginas, traductoras y traductores, ilustradores, directores de cine que viven de realizar comerciales, directores de fotografía, actores, escenógrafos, realizadores; choferes, personal de limpieza, en la medicina; la reunión de la inteligencia artificial con la robótica promete un mundo donde la tecnología resuelve tareas vitales entre la producción de mercancías y la oferta de servicios.  

El dualismo entre el mundo analógico y el digital no es una cuestión tecnológica sino una experiencia histórica. Mientras las pantallas capturan nuestra atención y reorganizan la vida cotidiana, la experiencia presencial pierde autoridad.

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Bien usada la preponderancia del mundo digital sobre el analógico, según promete el discurso del progreso, podría resolver ecuaciones económicas profundas que liberen a la humanidad del yugo de la necesidad. Sin embargo, y no es casual, está en manos de plutócratas de ultraderecha y de autócratas del partido comunista chino. Mal usada, la preponderancia del mundo digital se orienta hacia su versión como pesadilla posapocalíptica. La crisis política en los Estados Unidos, que se expresa en la distancia irremediable entre el público de Bernie Sanders y Peter Thiel, derrumba su autoridad y carácter, de un modo cinematográfico, es el clima de la historieta Watchmen, en una viñeta el tipo rodeado de los que jugaron el torneo de ajedrez en un club del Abasto, en la siguiente compra terrenos en Punta del Este, lejos del cataclisma nuclear. La última noticia desde los Estados Unidos es que la organización MAGA publicó un documento firmado por Steve Bannon para frenar la proliferación de la inteligencia artificial. Bien usada, podría ocuparse de resolver los dramas económicos del planeta, podría terminar con el capitalismo, con el afán del lucro y la acumulación, contribuir con la igualdad; mal usada, podrían cancelarnos el acceso a bienes y servicios a los que sólo se responde en el mundo digital, de una forma personalizada a partir de nuestra huella digital o de nuestro iris. El declive en el uso de billetes de papel acerca de los cuales discutíamos hace pocos años sobre si debían estar ilustrados por animales o por grandes escritores, y el predominio de las “billeteras digitales” es un hito más entre muchos otros en los que pierde terreno el mundo analógico. La tecnología bien usada está en la “cuenta DNI” y la tecnología mal usada está en las apuestas ilegales o los préstamos impagables. El destino en el horizonte a donde nos conducen los principales dirigentes, empresarios tecnológicos neofascistas, de estos cambios hacia el mundo digital cada día se vuelve más oscuro.

Desde una perspectiva conjetural, podríamos imaginar un uso público de la tecnología de la inteligencia artificial que responde preguntas con la forma de un chatbot, que produce textos a partir de “prompts”. Ese uso público podría ser variado, podría servir a equipos técnicos para presentar documentos de trabajo, contribuir con la elaboración y desarrollo de políticas públicas concretas. Incluso, podría contribuir con el análisis estadístico y la lectura del problema que pretende resolver la política. El uso público de la inteligencia artificial podría hacer más eficientes los servicios públicos e incluso contribuir con la elaboración y aplicación de políticas económicas. Si le quitamos su competencia en asuntos de cyberseguridad y vigilancia, si la apartamos de la lógica de los algoritmos de mercado, la inteligencia artificial podría estar bien usada, igual que la digitalización en sí. No obstante, todo lo que elabora sea bien usado o mal usado tiene un límite, que es el que le impone el dualismo respecto del mundo analógico. La inteligencia artificial necesita fuentes digitales, por eso aspira a una acelerada migración de todo lo digitalizable. El dualismo muestra toda su contradicción en el hecho de que la inteligencia artificial, aunque nos extermine a todos, siempre estará mediada ante el destino universal por sus precursores humanos: nosotros, los creadores de la técnica en el planeta Tierra. ¿Existe la inteligencia natural? Los dilemas que se abren a partir de estas conjeturas se multiplican sin esfuerzo. En manos de las ultraderechas nos incitan a pensar sus destinos políticos.

El desarrollo de la IA está hoy concentrado en manos de grandes corporaciones tecnológicas y actores políticos que desconfían de la democracia, transformando una promesa de emancipación en una amenaza potencial.

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En buenas manos permiten preguntas. Si digitalizamos todos y cada uno de los libros que se conservan en la Biblioteca Nacional, y luego entrenamos a una inteligencia artificial para el uso de esos datos, ¿ante qué clase de oráculo nos encontraríamos? Nos han explicado el funcionamiento: se trata de estadísticas, los distintos modelos de inteligencias artificiales son “loros estocásticos”, luego de una palabra va otra que es la que estadísticamente mejor se adecúa según la solicitud del “prompt”. Una tecnología capaz de producir esos textos alimentada por todos los libros de la Biblioteca Nacional, sería una suerte de “divinidad nacional” capaz de responder ante nuestra cultura expresada en palabras escritas, mejor que nadie. Conocería, más que cualquier crítico literario la razón por la cual Borges ocupa el lugar que tiene en la tradición literaria, conocería todas las alternativas y tendría en cuenta las estadísticas. Incluso, sería capaz de elaborar una versión de sí misma como artificio imaginado por Borges en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”: el mundo será Tlön, ahí donde el mundo será digital. Podría darse el caso de que instalen en la entrada de la Biblioteca Nacional una pantalla junto a un micrófono, unos parlantes y un teclado, para que cualquier ciudadano pueda consultar al oráculo nacional. Incluso en buenas manos, habría que prevenir a los visitantes con los límites de la tecnología. Si bien la inteligencia artificial podría explicar por qué Borges tiene el lugar que ocupa en la literatura argentina del modo estadísticamente más adecuado en base a la información que tiene; sin embargo, así no funciona la literatura.

A contramano de la lógica estadística del mundo digital, la literatura define su desarrollo y producción en base al desvío. La institución se basa en el principio de que lo nuevo emerge siempre y cuando no haya sido escrito antes, si y sólo si rompe los límites de lo esperable; siempre y cuando se destituya a sí misma como institución. Esa es la paradoja política de la literatura explicada por Derrida; cuando argumenta que sólo puede existir en la medida en que haya democracia porque si no se puede decir todo sin límites no es posible pensar en la lógica de la institución destituyente. La literatura se produce ahí donde se da el encuentro entre una serie de lecturas y una serie de escrituras realizadas por un cuerpo biológico que vive experiencias humanas. En este terreno, la inteligencia artificial promete terminar con la imaginación humana. En la imposición ominosa del dualismo, la literatura ha estado en general del lado del mundo analógico donde se viven experiencias vitales. Dicen en la radio que con la hegemonía de los dispositivos móviles cada vez se leen menos novelas. Ellas son cofres de experiencia lanzados por la modernidad al universo. La textura de la novela tiene el grano de la voz de la textura del mundo. La literatura y las artes en general resisten ante la avanzada del mundo digital, como expresiones de la cultura de la era analógica: pintoras y pintores, performers, escultores, músicos, actores, bailarines, poetas, en todos los frentes ­­-de golpe- se encuentran con un teléfono o una computadora en la mano. Las revistas en papel son raras avis.  

La literatura resiste porque se funda en aquello que la lógica estadística no puede anticipar: el desvío, la invención y la irrupción de lo nuevo. Allí donde la inteligencia artificial reproduce patrones, la creación literaria surge de experiencias humanas irreductibles a cualquier cálculo algorítmico.

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En el mundo relativamente autónomo de la política, acontece otro tanto. Las ultraderechas son hijas del subidón digital producido por la pandemia, son protagonistas de la pesadilla sociológica en la que las redes sociales fomentan el odio y dan lugar a sociedades distópicas donde impera la crueldad y la figura del varón dolido por la lucha feminista. El mundo digital reproduce ficciones tan malas como las pesadillas sociológicas, los presidentes de la ultraderecha, los plutócratas y los tecnólogos diseñan sus imágenes públicas como calcos de villanos de historieta infantil. Afirman ser estéticamente superiores mientras gritan desde el patio del vecino de Andy en Toy Story. La ultraderecha en Argentina habita en el “ecosistema” de las redes sociales, en particular, de “X”. Son parte de la avanzada digital. Las provocaciones que dicen sobre el terrorismo de Estado en nuestro país están dichas para el algoritmo que fomenta al negacionismo y los discursos de odio. Pero sus votantes en el mundo analógico no se ponen esas mochilas. Viven en ese ambiente, se pelean en ese espacio donde la agenda se gana a fuerza de escándalos. A contramano, figuras políticas como Lula o Kicillof proponen prácticas políticas críticas en las que se pone por delante al mundo analógico respecto del mundo digital. Para las campañas políticas, insisten, es más importante la red social analógica de la tradicional militancia de masas que las redes sociales digitales, aunque estas últimas no dejen de ser necesarias.

Lula impulsa e impone restricciones al vicio del scroll. En distintas alas de la renovación del peronismo que se expresan en figuras como la del gobernador de la provincia de Buenos Aires, así como en otras fuerzas políticas de distintas provincias, pareciera haber cada vez más conciencia sobre la necesidad de dar preponderancia al mundo analógico e incrementar su valor por sobre el mundo digital. En el mundo analógico asistimos a una crisis sanitaria, en ese mundo crece el pluriempleo informal, amplios sectores si no están endeudándose, dilapidan ahorros todos los meses, el índice de mortalidad infantil crece y los jubilados mueren; se registra un suicidio cada dos horas. En el mundo digital el presidente de la nación está acusado por realizar una estafa digital y publica a diario imágenes suyas mejoradas con inteligencia artificial para parecer bello y joven. Dicen que la macro por fin se normaliza después de hacer pagar el ajuste, igual que siempre, a los más postergados. En el mundo digital la promesa de futuro consiste en transformarnos en un país próspero y desigual. El mundo digital vende el relato de la ultraderecha, con técnicas sofisticadas de persuasión comunicacional. Es la promesa de una barbarie libertariana individualista, cruel y banal al mismo tiempo, sometida a una barbarie mayor de los Estados Unidos, supremacista blanca, racista y genocida. Dicen que están librando una batalla, pero lo que proponen no son productos culturales sino artefactos comunicativos. La respuesta a los dilemas entre la preponderancia del mundo digital frente al analógico, y de la barbarie ultraderechista frente a la humanidad, pareciera traducirse en nuestro país como una idea fuerza: “peronismo o barbarie”.    

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