Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

27 de septiembre de 2025

PATINABAN

Lucila De Ponti & Marco Mizzi

@ludeponti @serunbardo
Política
Tiempo de lectura: 5 minutos

En el grupo de WhatsApp que compartimos con algunos amigos de la JP Evita de los años del Alto Kirchnerismo, apareció un mensaje seco, sin contexto, torcido en su gramática brutal:

—Patinaban las que mataron.

Las palabras eran de un ex militante de la UES, que hace tiempo no escribía. El silencio duró unos minutos. Después, la catarata.

Alguien preguntó de qué estaba hablando. Alguien se enojó: dejate de joder, ¿cómo vas a poner eso, forro? Alguien pasó el link de un portal que hablaba de tres chicas asesinadas en Florencio Varela. El grupo se llenó de interpretaciones superpuestas, cada cual buscando una forma de domesticar lo innombrable.

Nosotros quedamos mirando ese primer mensaje, su ferocidad desnuda. Tres pibas fueron asesinadas. Tres cuerpos jóvenes arrojados tres veces a un pozo oscuro: el de la miseria, el de la muerte y el de la inversión de la carga de la culpa.

El chat, lleno de ruido, era apenas un eco de ese vacío. De un crimen convertido en disputa. Donde cada quien pesca los cadáveres y los arrastra hacia su orilla.

La primera discusión fue inmediata. ¿Es o no es un femicidio? Como si el rótulo alcanzase para explicar algo. Como si hubiera una pureza posible en el crimen. Algunos en el grupo decían que sí, que se trata de femicidio. Que hay una pedagogía del castigo que siempre se ensaña más con las mujeres. Que la crueldad sobre Brenda, Lara y Morena no solo buscó eliminar su vida, sino enviar un mensaje al resto: esto es lo que pasa cuando te corrés del lugar asignado.

Si mencionamos casos anteriores sin tanta relevancia es para remarcar que algo viene pudriéndose hace rato bajo la superficie. Lo que emerge esta semana lo hace fruto de la alevosía o el hartazgo

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Pero el asunto es que ellas no fueron meras víctimas pasivas de la violencia patriarcal. Es muy difícil que este contraargumento suene a algo distinto a una justificación. Intentémoslo de todas formas: la violencia que recibieron no estaba solo motivada en relaciones desiguales de poder entre varones y mujeres, sino en una disputa del hampa.

Basándose en eso, otros decían que no. Las mataron porque estaban metidas en una trama narco. Lo que sería suficiente para sustraer el caso del marco de la violencia de género. A lo sumo, podría hablarse de desigualdad social. En ningún caso, de femicidio.

Sin embargo, tampoco es un argumento válido. Porque su teórica participación en el mundo del delito está sostenida por su femineidad. Si eran jóvenes humildes que entraban y salían de una maquinaria criminal, lo hacían desde un rol claro en ese sistema de producción. No eran soldaditas. No manejaban fierros. Eran putas. La forma más cruda -¿más sincera?- de explotación laboral.

No hubo síntesis posible. La discusión subió de tono. Las etiquetas servían para pelear en el grupo, pero eran inútiles para explicar nada.

Las chicas de Varela no murieron por una sola causa. No fueron sacrificadas en un laboratorio de significados esterilizados. Fueron asesinadas en un cruce. Un coche blanco se las llevó puestas en la esquina del género y la clase. Ahí donde los narcos avanzan y Estado y comunidad se encogen de hombros. Un crimen suele hablar varios dialectos de la violencia a la vez.

Después vino otra discusión. ¿Por qué este caso tuvo tanto alcance? ¿Por qué salió en todos los portales, en los noticieros, en los grupos de WhatsApp de medio país? Sin ir más lejos, en Rosario pasaron y siguen pasando casos similares, y sin embargo… Nada.

La primera respuesta es la más incómoda, y la más evidente: porque se trata de mujeres. Si hubieran sido tres pibes pobres, varones, vinculados a los narcos, sus muertes no hubiesen pasado de la sección policial. Un bulto más en una nómina, una crónica breve con iniciales y edad. Sin fotos, sin historia. Sin discusión. Tres soldaditos descartados. Siguiente tema.

Tres nombres en la tele, tres velorios en Varela, y una constatación amarga. La visibilidad no borra la desigualdad. Apenas la transparenta

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Lo que ocurre es que, aunque la oleada aflojó, los feminismos siguen. No hay valoraciones feminazis ni machirulas acá. Es algo empírico. Y una lección política para el resto. A pesar de haberse pasado tres pueblos o, mejor, precisamente por eso, es un movimiento que, a diferencia de otros, todavía logra sostenerse. Y si no pueden avanzar, al menos les queda la fuerza del grito.

La consigna Ni Una Menos instaló un umbral de sensibilidad distinto, una jerarquía del duelo que ya no es la misma, porque se volvió social. Ese entramado orgánico puede explicar, al menos en parte, por qué las muertes de Brenda, Lara y Morena no quedaron encerradas en el expediente policial. Claro que toda perspectiva tiene un punto de fuga.

En el grupo surgieron otras miradas. Alguien denunció conspiraciones detrás de la masividad de la noticia. Alguien vio un nuevo signo del victimismo de la época. Alguien culpó al azar de que justo ese día los medios del AMBA tuvieran otro título más importante.

Tenían, lo concedemos, un punto. Veamos un ejemplo concreto. En el año 2022, en uno de sus recurrentes booms del bang, Santa Fe alcanzó el pico histórico en su tasa de homicidios: 406 asesinatos. De ellos, 44 fueron de mujeres en contextos de criminalidad organizada. Sólo 18 fueron juzgados como femicidios. 13 eran de menores de 30 años. Una muerta por mes.

Suena a cifra amarillista, y por lo tanto hueca. La comparación con lo ocurrido con Brenda, Lara y Morena refuerza ese equívoco. Lo sabemos. Pero no estamos midiendo charreteras. El dolor es un trofeo que viene sin cheque. Una aristocracia plebeya.

Si mencionamos casos anteriores sin tanta relevancia es para remarcar que algo viene pudriéndose hace rato bajo la superficie. Lo que emerge esta semana lo hace fruto de la alevosía o el hartazgo. Y pone en evidencia una sospecha: estamos parados sobre un osario. ¿Quién cavó todas estas tumbas? ¿Quién denunció? ¿Quién justificó? ¿Quién calló? ¿Quién, sencillamente, se arrodilló y las lloró?

La primera discusión fue inmediata. ¿Es o no es un femicidio? Como si el rótulo alcanzase para explicar algo. Como si hubiera una pureza posible en el crimen

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El ruido del chat, ajeno a estas preguntas, repetía en pequeño lo que pasa afuera cuando pasan estas cosas: la pregunta sobre qué vidas merecen duelo, qué muertes alcanzan la categoría de tragedia pública. Tres nombres en la tele, tres velorios en Varela, y una constatación amarga. La visibilidad no borra la desigualdad. Apenas la transparenta.

La siguiente polémica en el grupo fue la más larga. Cada quien había llevado agua para su molino. En las explicaciones buscaban traducir lo incomunicable. Nada de lo que decían era falso. Pero sí se sentía insuficiente. Y por eso, también discutían qué hacer al respecto.

Las compañeras más ligadas a los feminismos, denunciaron otra vez la violencia patriarcal, y acusaron a todos los que las contradecían de malas personas. Los treintañeros que fueron mutando de progres a conservadores en estos años extraviados, pidieron terminar con los reduccionismos: la solución era más mano dura. Un descolgado propuso deportar a “todos los bolitas”.

La disputa se fue poniendo agria. Los cadáveres se volvían plásticos. Un barro con el que cada cual moldeaba su propio anhelo represivo. Alguien empezó a arrojar números de femicidios. Alguien culpó a la música centroamericana. Alguien dijo que como sociedad habíamos matado a esas chicas mucho antes de que aparecieran muertas.

Todos, casi seguro, tenían un punto. Porque las muertes de Brenda, Lara y Morena son una polifonía del horror: femicidio, crimen narco y delito de clase. Consecuencia del abandono estatal, espejo de la miseria estructural y una advertencia de que todavía quedan más subsuelos por bajar.

Es tan simple, tan agobiante, como eso. Pero una intersección difícilmente puede ser materia prima para la política de nichos que es regla en estos días. Y por eso cada sector tomaba un pedazo de la tragedia para sostener su discurso, y proponer un curso.

Todos patinaban sobre esa equivocación deliberada. Lo único cierto es el frío de tres camillas alineadas en la morgue.

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