19 de julio de 2026
En un palacio de la memoria o, lo que es lo mismo, un museo de los restos de la humanidad habrá construida una habitación de un individuo de este inicio del Siglo XXI. Una cama, algunos libros, un teléfono móvil, una computadora personal, una consola. Si la habitación reconstruida tiene un sonido se parecerá a una radio o una televisión, pero en ese espacio no habrá ni un televisor ni un aparato de radio. Pero un sonido circulará y será muy familiar. Y el individuo de aquella época parecerá a la vista del incauto observador que no hace nada, pero está haciendo muchas cosas.
La idea de una exposición del futuro produce cierta nostalgia anticipatoria. ¿Qué quedará de todo esto? ¿Qué tan en el polvo estaremos hundidos? ¿Qué entenderán por estas palabras que decimos ahora? Vivimos en el presente puro, pero es un presente preñado por el futuro y siempre mirando al pasado. Los cambios siempre están muy a la vista, tienen esa cosa del cuento La carta robada de Edgar Allan Poe. La mejor forma de guardar algo es a la vista de todos. La visibilidad ciega, todo es tan obvio que se nos vuelve increíble o difícil de ver. Por eso, siempre dicen los antropólogos y otra clase de monstruos científicos, que hay que alejarse, extrañar lo cotidiano para comprender lo que está pasando.
¿Entonces? Aquel palacio de la memoria depende de los registros del presente. La pregunta que hay que hacerse es tan simple como abrumadora: ¿cómo leemos? ¿Cómo escuchamos, literal, con sonido, el pasado? ¿Cómo registramos, cómo captamos ese fluir, si es que leer o escuchar es registrar? Alexandra Kohan, escritora y psicoanalista, dice que “no hay lectura desde el saber y a la vez no hay saber sobre la lectura”. Tener un manual para leer es un callejón sin salida, dice Kohan, Alexandra, ya que una “una doctrina de la lectura no haría sino anular lo que le es constitutivo a la lectura”.
La idea de una exposición del futuro produce cierta nostalgia anticipatoria. ¿Qué quedará de todo esto? ¿Qué tan en el polvo estaremos hundidos?
Pero no se lee o escucha “para nada”, siempre hay una, digamos con una vieja palabra, intención. Nunca hacemos cosas en el vacío, siempre somos intención de algo (no debe entenderse como intención de interés o algo malo). Escuchamos para “destruir” (deconstruir si lo querés fino, que también, deconstruir, que viene de Heidegger que usaba “destruktion”). Como dice José Luis Fernandez en su maravilloso libro Las cuatro revoluciones invisibles: “la recepción de audio es un campo de tensiones entre la vida que vamos viviendo y el universo de las diversas escuchas mediáticas”. Escuchar no es lo que era, porque hoy es otra cosa, Fernández usa la figura del audionauta, como representante de esta época donde la gente, nosotros, vos mismo, ahora, no hacés una sola operación sino múltiples: con tres dedos capturás este párrafo, lo recortás, lo subís a X (antes Twitter) y, al mismo tiempo, lo compartís en stories de Instagram, que es comentado por alguien, que también puede capturarlo, compartirlo, comentarlo con otro… ya estamos en el infinito.
La complejidad del mundo actual (se sabe que la entropía en la que vivimos) es que es una complejidad sobre otra complejidad sobre otra comp… El origen simple de las cosas son los padres. Las mejores (o peores) revoluciones son las invisibles porque pasan a tu lado sin que te des cuenta. “¿Y si esas y esos que andan por la vida con sus auriculares a la vista de todas y todos estuvieran haciendo algo importante pero todavía incomprendido?”, comienza su libro José Luis Fernández. Inquietante.
Llegados a este punto la pregunta que hay que hacerse es: ¿cuál es el formato político de esta época mediatizada (no DE medios, sino mediatizada), de momentos infinitos de intercambios individuales, móviles y difíciles de capturar por los dispositivos políticos? ¿Cómo es la política en esta nueva época? ¿Cómo lee y escucha la política a un pueblo que está en movimiento y haciendo cosas que desconocemos todo el tiempo? ¿Qué forma tiene la gobernanza de esta época?
Con tres dedos capturás este párrafo, lo recortás, lo subís a X (antes Twitter) y, al mismo tiempo, lo compartís en stories de Instagram, que es comentado por alguien, que también puede capturarlo, compartirlo, comentarlo con otro… ya estamos en el infinito
La clave de todo ciclo político exitoso, es decir, perdurable, no es leer su época, o escucharla, sino más profundamente: ser la época, sincronizarse con ella, encarnarla. “La época soy Yo”. La pregunta que sigue es evidente: ¿Javier Milei es la encarnación de esta época? ¿O es un momento histórico que nadie, ni gobierno ni figura, puede encarnar en realidad porque el mundo mismo es un sistema desbordado?
Expliquemos esta idea. Hasta ahora podía argumentarse, como con Hegel, que las figuras encarnaban los espíritus de época. Los noventa fueron menemistas porque Menem totalizó todo, no había otra cosa. El orden, la estabilidad, de aquellos años hoy es un activo valiosísimo. Estaba todo ordenado simbólica y materialmente (no es que eso bueno, obvio), pero era un orden que permitía una toma de decisiones en muchos sentidos. Nuestra estabilidad actual parece muy precaria aún. El formato de esta época no ha sucedido aún. Pero hay una sociedad ahí haciendo cosas.
Porque lo que estalló en los últimos años fue una explosión en el vacío. Estaba por todas partes y era difícil de percibir. “Están entre nosotros”. El sistema político se quedó sordo. Se quebró el poder de representación para todos, incluso para los que ganaron. La sociedad no tiene dueño. ¿O ustedes por qué creen que una ficción como la de El encargado es posible y hasta deseable para muchos? Los que criticaron la tercera temporada les faltó la clave de lectura. Un tipo que no quiere ser representado y prefiere cobrar cash a tener derechos que no sirven para nada en un futuro lejano. ¿Para qué? ¿Para tener un sistema de jubilación así? Los jubilados son la carne de cañón. Son (somos) el futuro que no queremos ver.
La cadena nacional de la presentación del Presupuesto Nacional mostró como ningún otro síntoma la época actual. Peor que te puteen es que te apaguen. Le rechazaron las cookies al presidente. No fue una cuestión televisiva, sino que la mediatización cortó sus cadenas. La gente hace lo que quiere (comillas). Porque nuestra realidad actual es una realidad que nace desbordada, no hay dique posible sin un relato (narrativa, como les gusta decir ahora). Ningún político, no de los que conocemos hasta ahora, puede atajar las demandas que se multiplican. Hace un rato entra un hombre de unos sesenta años a la farmacia. Pregunta el precio del medicamento. “Seis mil, cinco mil cuatrocientos con el descuento”. Resignado, da la vuelta y se va. “Así todo el tiempo”, dice la chica de la farmacia. La sociedad es una fila india silenciosa caminando por las vías electrificadas del tren. Los rayos del sol de otoño todavía son agradables. Pero se sabe, el verano va a ser durísimo.



