Un momento...

18 de julio de 2026

18 de julio de 2026

31 de diciembre de 2025

OTRO AÑO ARGENTINO

Juan Di Loreto

@elchara
Café Panamá
Tiempo de lectura: 4 minutos

Una de las obsesiones malsanas que une a los que escriben o dicen cosas en lugares es poder descifrar su momento histórico. Porque las cosas están delante nuestro pero hay que saber leerlas. Lo universal, lo total, el tiempo mismo vive en nosotros, los particulares. En nuestro afán por dejar algo queremos decir cómo son las cosas ahora.

Una de las formas de leer el presente es irse para otro lado, extrapolarse, dejarse llevar por el tiempo. Interpretar es ver las diferencias, los blancos sobre los negros. Otra época nos sirve para ver los huecos, para sacarse de encima esa sensación de que no pasa nada, de que todo sigue igual. Pero también para responder: ¿cuándo fue que cambió todo?

Las transformaciones no siempre hay que buscarlas en las grandes obras, como nos enseñó David Morley, uno de los representantes de los Estudios Culturales británicos. La cultura de una era se impregna en todos los productos culturales, y en esos que tienen un aspecto más casual, casi hecho como un reflejo, pueden aparecer las claves de un momento histórico. Porque el inconsciente, claro, es lo que manda.

Como en el 98, la crisis del futuro se está gestando hoy. Si no podemos tener un país, por lo menos tengamos crisis. Preferimos el dólar al peso, Miami a Mar del Plata, Milei a cualquiera que haya estado antes

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Serendipia mediante, quien escribe se topó con la vieja telenovela Gasoleros, protagonizada por Juan Leyrado y Mercedes Morán. Entre el costumbrismo, la comedia romántica y los enredos que estiran (infinitamente Borges) aparece lo que era invisible en aquellos años. Porque la interpretación, como el búho de Minerva, llega después, al atardecer.

No hay que confundirse, no estamos viendo el pasado, eso no existe, lo que vemos es el futuro, es decir, el presente. Aunque haya testimonios por todos lados, el pasado solo es una construcción de nuestro presente. No nos podemos sacar el marco mental, pero la cultura nos sirve para ver las pequeñas diferencias, los saltos, las discontinuidades. Ese tiempo que no para, que no está en ningún lado, y en todos lados al mismo tiempo.

Pero volvamos a Gasoleros. Ahí están los personajes que encontrábamos todos los días a las 21 horas. Un mundo en el que la televisión podía reunir una cantidad importante de gente a la noche. La dispersión no existía. Todos estábamos donde estábamos. Los celulares existían, pero eran teléfonos para ubicar gente y los teléfonos de las casas tenían su lugar importante. Las personas toman mate, pero con pava de metal, todavía no se inventó la pava eléctrica, y apenas se ve algún que otro termo de plástico.

Como su nombre lo indica, Gasoleros es una historia de rebusque, del que se las arregla en medio de la dificultad. Lo gasolero era, ¿es?, una forma de vivir gastando poco. La crisis del 2001 está ahí, a los personajes no les falta nada, pero la guita no sobra en ningún lado. Juan Leyrado es Panigassi, un mecánico que trabaja casi exclusivamente con líneas de colectivos, nostálgico y un poco temperamental va a encontrar el amor en Roxi, interpretada por Mercedes Morán, que es lo que hoy llamaríamos una emprendedora.

Lo económico de aquella época, incluso del mundo, se ve bien en el personaje de Roxi. Tiene dos taxis, pero además se las ingenia para vender productos importados. Pero Roxi no se relaciona con la China de hoy, que es un fabricante de alta gama. Es la China de las baratijas que veíamos en el menemismo en los “Todo por 2 pesos”. El chiste es que encuentra productos que en su mayoría son malos o defectuosos imposibles de colocar. 

La dispersión no existía. Todos estábamos donde estábamos. Los celulares existían, pero eran teléfonos para ubicar gente y los teléfonos de las casas tenían su lugar importante

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Las creencias argentinas aparecen casi como las vemos hoy. El catolicismo en el personaje de Malena Solda y la astrología en el personaje de Felicidad (María Fiorentino). Pero claro, lo que nosotros vemos desde acá es la falta de representatividad de los evangélicos, por ejemplo.

También el transporte público tiene presencia a través del enfrentamiento entre colectiveros y taxistas. Pero el sentido cambia con el tiempo. Esos lugares sociales, de sujetos fuertes, digamos, de actor social porteño, no es lo que era. Dos idiosincrasias en pugna, dos referencias. Con los taxis en franca desaparición, el lugar del conductor particular es un lugar donde caes luego de haber perdido el laburo, no es un lugar identitario.  

Es extraordinario ver como con el tiempo se va armando una época. Aquel 1998 se respira en las ficciones el verdadero final del menemismo: no hay guita, no hay trabajo, la calle está durísima. Por eso no es casual que haya salido ese mismo año Pizza, birra y faso, el Gasoleros sin costumbrismo. De hecho, la película de Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano comienza con el robo de un taxi. El verano del 98, del barrio al centro turbio, de los bares familiares de la Chacarita de Suar a la pizzería Ugi`s del obelisco, de las autopistas y las calles que todavía no tienen la marca del PRO del adoquín, de una argentina que está a punto de derrumbarse, faltan 3 años para el 2001, pero que también donde todo está por hacerse.

No podemos dejar de pensar que el aire de Gasoleros también es el aire que se respira hoy, distinto pero igual. Si hasta el personaje de Rada se llama Libertario, que le dicen Liber a lo largo de la historia. Todo está ahí, aunque no está ahí. William Wordsworth decía que “olvidar y recordar eran artes idénticos”. Todos recordamos las crisis grandes, el 2001, el 89, pero la verdad, la cocina verdadera está ahí, en un año como en el 98, en un año como el 2026, años que no dicen nada, que quedan borrados, pero en los cuales la historia se termina de cocinar.

Como en el 98, la crisis del futuro se está gestando hoy. Si no podemos tener un país, por lo menos tengamos crisis. Preferimos el dólar al peso, Miami a Mar del Plata, Milei a cualquiera que haya estado antes. Por fortuna nos queda un verano para no pensar en nada, la política ya fue, o se fue y nos dejó, después viene el mundial. Cambiamos de año, pero no de mañas. “¿No estamos cayendo continuamente?”, se preguntaba Nietzsche. Cuesta abajo, te convertís en el argentino del año.

Café Panamá