21 de julio de 2026
Oficina de Investigación Existencial es la primera novela de Santiago Beretta. En sus 116 páginas leemos la historia de un periodista que alquila un local y lo abre al público. El objetivo que se propone es sencillo, pero difuso: atender gente que necesita contar lo que le pasa. Un poco menos simple, aunque más indefinido, es el beneficio que busca obtener: juntar relatos que le permitan encontrar el relato, el latido que conecta todos los latidos de la ciudad.
Con esa premisa argumental, el autor nos sumerge en una Rosario de corazones destrozados. Toda la prole de lúmpenes y perdedores hermosos que Beretta retrató en sus diez años al frente de la revista Apología desfila en las páginas de Oficina… Jubiladas solitarias, madres solteras, changarines, drogadictos, poetas y filatelistas obsesionados con el nazismo se agrupan, o más bien se desencuentran, en el local de la Galería San Miguel.
Pero la trastienda de esta fachada costumbrista a lo Boedo devela a Beretta como un novelista astuto. Uno que mueve sus personajes de forma sutil, y los pone en función de una maquinaria a esta altura del partido oxidada -la novela de iniciación- para responder la única pregunta que es sincera en un texto literario: ¿qué es la literatura?
Tras la trama hay una polémica. El protagonista, llamado también Santiago Beretta, ha decidido probar(se) que la literatura no existe. Por eso, y seducido por el canto de sirena del periodismo, decide dejar las bibliotecas y volcarse a la calle. Para comprobar que no hay forma de escapar de aquel dominio eminente.
Todo en Oficina… es un juego de espejos. El fracaso de Beretta-personaje será el triunfo de Beretta-autor. Y, sobre todo, el triunfo de la novela. De esta, en particular, y también de todas.
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Estamos en el año 2013. El momento exacto en que la cáscara de la Rosario progresista se raja: dentro del huevo hay un virus de dinosaurio. Nadie se espera lo que está a punto de pasar. Nadie sabrá qué hacer cuando la cosa estalle.
Como intuyendo la debacle, un pibe de 23 años que oscila entre la nada y el periodismo, se cansa de su vida de trabajador de prensa precarizado. Sin familia ni grandes pasiones, tiene una idea. Se abraza a ella. Y con su balsa se va a naufragar.
"La trastienda de esta fachada costumbrista a lo Boedo devela a Beretta como un novelista astuto. Uno que mueve sus personajes de forma sutil, y los pone en función de una maquinaria a esta altura del partido oxidada -la novela de iniciación- para responder la única pregunta que es sincera en un texto literario: ¿qué es la literatura?"
Decide alquilar un localcito en una galería. Allí, Beretta abre un Centro de Investigación Existencial.
Su motivación es fruto del hartazgo, pero también de una inquietud genuina. El narrador ha sabido cultivar una incipiente fama en los circuitos literarios del under. De donde huyó horrorizado al darse cuenta que para prosperar tenía que actuar de sí mismo frente a los demás.
En los comienzos de la era de los influencers, Beretta-personaje sufre la validación social como una forma de alienación. En una inversión del mito romántico del artista incomprendido, sufre porque su obra es apreciada. El éxito -mezquino pero asegurado- que presiente, lo lleva a exiliarse en un Once tanto físico como mental.
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El locus en el que Beretta-autor coloca a operar a Beretta-personaje no es una casualidad. Se trata de una puesta en escena que organiza sintéticamente la simbólica de Oficina…
Las aventuras del protagonista vuelven una y otra vez a la calle San Luis, el mercado persa de Rosario, donde descendientes de sirios y judíos venden tela barata, baratijas y cosas truchas. Estos tres tipos de mercancía se objetivizan en la narración, como mojones que indican, si así se quiere, otra cosa.
Por ejemplo, las telas. Beretta no abunda en descripciones físicas. Por ahí nos avisa de un color de pelo, o un rasgo de la cara, pero nunca da detalles. Excepto con la vestimenta. Siempre se explica qué ropa usan los personaje.
Lo material es soporte del espíritu: la envoltura suele revelar el contenido. Y por eso en su apatía inicial, el protagonista mira a Elena, la solitaria modista de la galería, como enfrentándose a un espejo.
Algo parecido pasa con las baratijas.Desde fundas de celulares hasta adornos de cerámica producidos en serie, la calle San Luis está llena de chucherías insustanciales. Causalmente la novela también es un bazar de narraciones dentro de la narración principal, en la que se malgastan páginas y páginas. Detalles aleatorios, fragmentos inconducentes: para Beretta, la vulgaridad es un lujo, un derroche de nimiedades que adornan el vacío, y que los marginales exhiben como medalla. Cuando no están, su ausencia no duele, pero denuncia el sinsentido.
Y claro, también está lo trucho. Sin querer adelantar los giros argumentales de la trama, podemos decir que la puja entre verdades y mentiras -o mejor, entre realidad y ficción- es uno de los motores de la novela. Alimentado por la condición ambigua del protagonista, que es un detective pero también un voyeur. En Oficina… la vida es una imitación de la vida. Nadie es, si no que dice ser.

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Toni Temple, músico que fue un pilar en el universo estético de Apología, canta en “La calle de los milagros de los demás”: “dicen lo que dicen/porque tragan lo que tragan/y hacen cola por tragar”.
Algo de eso tomó Beretta-autor para crear a sus personajes. Todos, sin excepción, se hablan encima. Esta incontinencia verbal es tan manierista, tan guasa, que se hace obvio que no es una falla en la estructura de la narración, si no su mismísima base.
El monólogo interno no responde a un capricho, si no a una obsesión. No hay derivas en su perorata: cuando evoca o reflexiona lo hace en función de hacer avanzar la trama.
Los diálogos muestran un especial laburo en los rasgos de oralidad, siguiendo la tradición literaria rosarina que va desde Riestra a Gorodischer, pasando por Fontanarrosa. Son verdaderas conversaciones. Y son tantos, que los silencios se convierten en otra forma de hablar.
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Hay apenas tres instantes en los que el protagonista detiene su monólogo mental. Y son de los puntos más logrados de la novela.
En un momento, Beretta lee el mail de una paciente psiquiátrica mexicana. Es una especie de grito de auxilio, escrito de manera brutal, tan brutal que necesita mayúsculas:
“QUISIERA VER SI ME PUEDEN AYUDAR DANDOME UN CONSEJO COMO PUEDO SUPERAR ALGO QUE NO HE PODIDO OLVIDAR Y QUE CRECIA CON TRAUMA QUE ES CUANDO ERA NIÑA MI MAMÁ ME DIGO QUE HABIA NIÑAS MÁS BONITAS QUE YO”
Son tres páginas que silencian todo lo demás, incluida la trama principal, y funcionan como intervalo, o mejor, como pasaje, que da cierre a la primera parte.
Esa misma intensidad la encontramos cuando el protagonista cena junto a la moza de un bar y un viejo borrachín. Por primera vez lo vemos cómodo. No tiene que prometer escucha, ni fingir una respuesta. En rigor no calla, pero sí se apacigua:
“–La verdad, sí que mejoró –agregué reconfortado por hablar con cierta importancia de algo que no tenía importancia alguna.”
El sosiego dura poco pero permanecerá como promesa incumplida el resto de la novela.
Un párrafo aparte merece la escena donde Beretta y un amigo van a apostar a una pelea de lúmpenes en el Bosque de los Constituyente. Es un artefacto narrativo que funciona de manera autónoma al resto, narrado casi enteramente en tercera persona, un homenaje a una literatura que ya no se escribe, ni se lee:
“El público quedó a la espera, impasible en la quietud de su excitación. Los peleadores se tantearon a la distancia y se trenzaron en un ida y vuelta de piñas desprolijo y de poco impacto. Cayeron al piso y rodaron. El mecánico intentó quedar arriba. Sabía que si atrapaba e inmovilizaba debajo suyo al chico pálido ganaba la pelea. Pero este se escabulló como una alimaña, se le subió encima y le reventó la cara a trompadas; le pegó hasta dejarlo tonto; frenó y levantó los brazos, enloquecido, y volvió a pegarle con sus últimas fuerzas.”
"Estamos en el año 2013. El momento exacto en que la cáscara de la Rosario progresista se raja: dentro del huevo hay un virus de dinosaurio. Nadie se espera lo que está a punto de pasar. Nadie sabrá qué hacer cuando la cosa estalle."
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Así como el protagonista huye del mundo y se rebela callando -o al menos eso dice que quiere hacer- los personajes secundarios que crea Beretta, cuando callan, lo revelan.
Porque, en rigor, Oficina… tiene personajes, y también tiene arquetipos. Estos últimos son mayoría: moldes en donde se vuelcan imágenes mentales del narrador, fantasmas de la noche de su alma. Entran y salen de la trama sin más oficio ni beneficio que el de setear la atmósfera mental del monólogo. El protagonista se ve así atrapado en un sistema de percepción reducida del que quiere salir, en el que sin querer se va hundiendo más.
En una ciudad, el paisaje está hecho de gente. Y Rosario es una ciudad hecha pedazos. Sus arquetipos flotan entre los restos del naufragio. Están, como la ciudad misma, a la deriva entre un pasado que ya no existe y un futuro que no les pertenece.
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La intención que mueve a Beretta-personaje es imprecisa. Dice, poéticamente, que abre su oficina porque quiere retratar el corazón de la ciudad. Pero eso es algo oficioso.
En vez de eso, traspasando los límites del observador imparcial, termina enredado en situaciones que a veces son delirantes -se cuela en el corralón municipal, revuelve escombros buscando una piedra que una vieja perdió hace tiempo, y termina huyendo del lugar perseguido por una turba de empleados municipales- cuando no francamente peligrosas, como cuando le ponen un arma en la cabeza en un garage de calle San Juan.
Beretta-autor en cambio, maneja su prosa lacónica casi como si utilizara un bisturí. Moviéndose entre el patetismo y la narración costumbrista, usa la trama principal de la novela como excusa para desplegar infinidad de recursos. Algunos que ya viene utilizando hace años en sus crónicas. Y también otros que saca de la galera por primera vez en esta novela, dando rienda suelta a una voz y una mirada que estaba oculta tras la fachada de periodista del under rockero de Rosario.

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Oficina… es un juego de espejos. El personaje funciona como alter-ego ucrónico de su creador. El Beretta que abre una oficina en una galería es ese que hubiera sido de no haber existido la revista Apología.
La publicación salió por primera vez en 2010 y cerró su ciclo en pandemia. Durante esos diez años circularon por sus páginas de escritores, periodistas, pintores y artistas gráficos milenaristas. La generación de los que quedamos a caballo entre el papel y las pantallas, entre la Rosario del boom y la del bang, y que encontramos en Apología un eco de la calle que no se encontraba en otra parte que no fuera la calle.
Beretta fue quien creó y comandó los destinos de la revista durante todo ese tiempo. Es inevitable pensar que la historia que cuenta en Oficina… es una especie de What If? de Marvel, pero con la ciudad como protagonista.
Si Apología fue un intento de capturar la calle, esta novela es la certeza de que esa es una experiencia inasible.
"El Beretta que abre una oficina en una galería es ese que hubiera sido de no haber existido la revista Apología. La publicación salió por primera vez en 2010 y cerró su ciclo en pandemia. Durante esos diez años circularon por sus páginas de escritores, periodistas, pintores y artistas gráficos milenaristas. La generación de los que quedamos a caballo entre el papel y las pantallas, entre la Rosario del boom y la del bang"
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A riesgo de espoiler: la investigación existencial que lleva adelante el protagonista fracasa. Al menos en la medida de los propios objetivos que se trazó. Su búsqueda lo lleva a juntar miles de piezas que forman un caos que no puede -ni pretende- ser ordenado.
La estructura de la trama ya nos había dado un indicio de esto: no hay líneas claras, ni progresión lógica en todo lo que vive Beretta-personaje. Y Beretta-autor lo sabe: no pretende que los hechos se desarrollen en una secuencia coherente, sino que los va dispersando, para que narrador y lectores nos sumerjamos entre fragmentos buscando la posibilidad de un propósito.
No obstante, la verdad se desintegra. Cada parte parece tener vida propia pero ninguna puede sostenerse de forma autónoma. En vez de crear una narrativa, Oficina… encuentra una fractura.
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Beretta se escapará de sí mismo para descubrir que de nada sirve. En un momento se sentirá completamente capaz de ofrecer una visión del mundo ordenada, precisa. Enseguida, no podrá salir de la confusión que lo atraviesa. Después, de vuelta, la certeza. Y otra vez…
Las historias que encuentre terminarán volviéndose la novela que estamos leyendo. La de un periodista harto de su oficio que, en vez de hacer periodismo de investigación, se propone una investigación literaria: qué es lo que permanece en medio de todo lo que se marchita.
Solo que en vez de revolver los estantes de las bibliotecas, donde la literatura se archiva, encuentra la respuesta ahí donde es esperma y es ceniza.
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Oficina de Investigación Existencial (Casagrande, 2024) se presenta en Buenos Aires el sábado 15 de marzo a las 19hs en La Puerta, Centro de Salud, Arte y Pensamiento (Sánchez de Bustamante 549, CABA). Acompañarán al autor Andrea Álvarez Múgica y Julián Berenguel.




