02 de julio de 2026
Ocho meses después de la llegada al poder de Javier Milei comienza a disiparse el humo del impacto inicial y la confusión general producida por el vértigo que le imprimió a la política nacional.
La Argentina parece intratable también para el mesiánico proyecto del libertarianismo criollo. Su presente sería mucho más complicado si no fuera por el oxígeno concedido por la política tradicional y sus miserias arrojadas a cielo abierto.
Mauricio Macri tomó prudente distancia con críticas que golpearon en el centro del reducido esquema de poder de La Libertad Avanza y Paolo Rocca dijo en voz alta que, quizá, fueron demasiado optimistas con el nuevo experimento. El optimismo de la voluntad que envolvió a Don Paolo en el alba de la administración hipercapitalista comenzó a ser opacado por el pesimismo de los números duros. El esquema económico se muerde la cola después de dinamitar todos y cada uno de los pilares de la doctrina del libertarianismo talibán. El tiempo pasa y comienza a reconfigurarse el escenario para las elecciones legislativas del año que viene que están “a la vuelta de la esquina”. Como una especie de kirchnerismo invertido (cuyo relato contenía más promesas de las que era capaz de satisfacer), la narrativa mileísta posee más ajuste del que es capaz de ejecutar. Ajustó y mucho, aprobó leyes y normativas que habilitan un nuevo saqueo hacia el futuro, pero en lo inmediato no encuentra nadie que provea el bien más preciado en el país de la emergencia permanente: dólares. El ajuste fue lo suficientemente enérgico como para provocar una lenta impaciencia que crece, pero no alcanzó para producir un ciclo de negocios que permita mostrar un horizonte de recuperación. Hacia abajo, la tolerancia social parece encontrar su límite, no sólo en los datos que empiezan a mostrar algunos estudios de opinión, sino también en el clima que se percibe en la calle y en una conflictividad extendida. Para el grueso de la sociedad es tan cierto que la inflación se desaceleró como que el costo de vida se “estacionó” en un escalón demasiado alto. En ese contexto, los aumentos “menores” en los precios (la inflación sigue alta, aunque viaje al 4% mensual) impactan sobre bolsillos muy castigados, mientras acechan otros fantasmas como la desocupación que asciende de manera inquietante en el ranking de preocupaciones de todos y todas. Las “buenas noticias” no las obtiene de sus propios resultados, sino de escandalosos hechos (como el que involucra a Alberto Fernández) que le permiten decir “los otros son peores” y mantener dilatada la imagen que muestra el espejo retrovisor.
Si es cierto, como dijo Marx, que en “el hombre se encuentran las claves para entender la anatomía del mono”, con el mileísmo camino a su primer aniversario, es un buen momento para repasar los debates que provocó esta inédita experiencia política e intentar responder la pregunta estradiana que siempre recorre como un fantasma a ese problema que llamamos Argentina: ¿Qué es esto?
La Argentina parece intratable también para el mesiánico proyecto del libertarianismo criollo
1.
Grieta y democracia de la derrota. Es verdad que Milei es un producto de veinte años de una grieta endogámica que expresaba a su manera un empate social y político. Tan real como que el experimento libertariano es la consecuencia de cuatro décadas de democracia de la derrota. En uno de los ensayos del libro Desquiciados. Los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha (siglo XXI editores, 2024), Marina Franco y Daniel Lovovich escriben: “En cualquier caso las transformaciones promovidas [por la dictadura, NdR] cambiaron la estructura socioeconómica argentina hasta el día de hoy. La pérdida de capacidad estatal para orientar el proceso económico y disciplinar al gran capital, los múltiples condicionamientos que provocó el endeudamiento externo generado en el periodo dictatorial, el debilitamiento estructural de los sectores populares y el irreparable retroceso de la participación de los trabajadores en la distribución de la riqueza impactaron de modo profundo en la Argentina posterior a 1983. Además, la democracia no reemplazó buena parte de la legislación que produjo la dictatura, por ejemplo, la que regula la actividad financiera. Los intereses de las actuales derechas y extremas derechas se inscriben en continuidad con esos cambios que privilegiaron el poder el capital y del mercado y alentaron subjetividades individualistas propias del neoliberalismo”. Para los autores la lógica de la dictadura se resiste a morir y no encontró en los muy distintos elencos gubernamentales que se sucedieron en cuarenta años de democracia, a quienes quisieran o pudieran liquidar definitivamente esa herencia.
Es una referencia rescatada al azar entre tantas que abordaron el mismo problema: hay una cuestión sustantiva y no sólo “política” (en el sentido politiquero del término) o, si se quiere, política, si por política entendemos economía concentrada.
Por la misma razón, lo que hoy se leyó como una novedad absoluta de la última elección, ya tuvo lugar en la historia reciente del país. En Los años de Menem (siglo XXI editores, 2011), Alfredo Pucciarelli explora lo que considera uno de “los más resonantes, decisivos y aparentemente inexplicables éxitos político-electorales del menemismo en toda su historia. En efecto, en las elecciones legislativas de septiembre de 1991, los candidatos presentados por el menemismo, defendiendo abiertamente la estrategia gubernamental y su plan de privatizaciones, de ajuste fiscal y de reforma del Estado obtuvieron un triunfo rotundo en casi todo el país”. Notemos que no hablaba de 1995, luego de los años de expansión que enhebraron esa extraña alianza entre “Recoleta y La Matanza”, sino del “inexplicable” 1991. Por los mismos años el sociólogo Ricardo Sidicaro incomodaba con la pregunta: “¿Por qué los excluidos votan por sus excluidores?”. La crisis catastrófica de finales del alfonsinismo que operó como “terror económico”, las derrotas y la consolidación de lo sustancial de la herencia de la dictadura, explicaban la “incongruencia”. Eran los pliegues donde habitaba el núcleo racional de la provocación de Fogwill cuando decía que «Alfonsín fue la segunda etapa del Proceso; Menem, la tercera. Su reelección, la cuarta, y De la Rúa la quinta». Todo gracias a la exitosa operación que transformó a la Argentina de clases en la Argentina de ciudadanos.
¿Milei no encierra novedad alguna? Sí, varias, pero dentro de una continuidad, parcialmente cuestionada por el 2001 y sus derivas, pero prolongada en sus pilares fundamentales. El entramado social y la subjetividad política que decantaron en el mileísmo tienen una historia más larga que incluye, pero también desborda a la grieta. Clima de época.
2.
Extremo centro. En relación a las polémicas estrictamente políticas, circulan dos interpretaciones que maridan entre sí: que Milei fue el producto de “radicalizaciones” que impidieron la configuración de un “centro” exitoso que tomara en sus manos la tarea de “corregir los desequilibrios” de la macroeconomía, pero hacerlo con “buenos modales”. Un ajuste con rostro humano. Esta interpretación se vincula estrechamente con otra: la incapacidad de erigir ese proyecto “moderado” limitó las posibilidades de construcción de un “cerco democrático” que bloqueara la llegada de la ultraderecha al poder mediante una equilibrada arquitectura electoral.
La realidad es que Milei es el resultado de la moderación y no de la radicalización; del ajuste más o menos gradual (en la Argentina cada vez más rota toda gradualidad es relativa), y no del no ajuste; del neoliberalismo progresista y sus contradicciones. No es la consecuencia de la falta de un “centro” exitoso, sino una derivación del “extremo centro” realmente existente que en Argentina tuvo un nombre y apellido: Alberto Fernández. La traducción local de lo que Tariq Ali ya había analizado en la deriva europea y mundial cuando las diferencias entre conservadores y socialdemócratas se redujeron a matices: neoliberalismo inclusivo versus neoliberalismo excluyente.
Más allá de su “radicalización” imaginaria y del férreo estalinismo de agrupaciones como La Cámpora (una organización de tipo “leninista” para un programa de tipo lavagnista), frente a las opciones concretas —con la excepción parcial de 2017— el kirchnerismo siempre optó por el centro: Martín Insaurralde en 2013 (sus fechorías marinas hoy parecen módicas travesuras); Daniel Scioli en 2015 (aire, sol y viva la libertad, carajo); Alberto Fernández en 2019 (sin remate) y Sergio Massa en 2023 (ahora puede defraudar tranquilo).
Tomando en cuenta el itinerario de los personajes, hubo demasiado centro, no faltó cerco y sobró circo.
Entre los aceiteros, por ejemplo, comienzan a hablar algunos votantes de Milei arrepentidos o personas que son conscientes de que tienen más “espalda” que el resto de los trabajadores, pero ven que sus familiares están de mal en peor o la situación de sus barrios es cada vez más difícil
3.
Casta. Milei es un producto de la “casta”, es decir, de los elencos dirigentes y gubernamentales que administraron el país en la última década. El escándalo protagonizado por Alberto Fernández es una versión extrema de una “desconexión” general, de un proceso de escisión entre representantes y representados que viene de largo. Cuando lo viejo no muere y lo nuevo no nace, irrumpen los fenómenos mórbidos. Todo el mundo creyó que el axioma gramsciano describía a la perfección a Milei (y es cierto), pero ya englobaba también a Alberto Fernández. El expresidente era la manifestación perfecta de la no representación. Por eso hoy sufre el peor escarnio que no es que lo acusen muchos, sino que no lo defienda nadie.
Un vaso de agua y una autorreferencia no se le niegan a nadie. En La hegemonía imposible (Capital Intelectual, 2022) escribí sobre Alberto Fernández: “Era un hombre con más posición estratégica que ideología. Después de veinte años del estallido del 2001, del reinado de outsiders (reales o imaginarios), consumada la obra de restauración de la autoridad del Estado, el sistema político colocaba en el centro a una persona carente de autoridad propia. La crisis eterna, el ajuste infinito de Macri, el hartazgo con el desgastado sistema de la ‘grieta’ y −paradójicamente− el cisne negro de la pandemia, le dieron sus cinco minutos de gloria. Sus evocaciones y referencias históricas caracterizaron su personalidad política. Quiso ser demasiadas cosas a la vez: un poco el Raúl Alfonsín del universalismo democrático y el Perón de la unidad de los argentinos; un poco socialdemócrata y un poco peronista; soñaba con Néstor y se despertaba con Duhalde; añoraba el 2003 y lo acechaba el 2001; quiso ser amigable con sus adversarios y garantía para sus aliados; hombre común y a la vez, experimentado en los mecanismos secretos de la ‘rosca’; pendenciero en la burbuja de Twitter y amable anfitrión con el cafecito siempre listo para el diálogo; quiso ser el nuevo líder de los ‘machos alfa’ del peronismo y el mejor aliado que ponía fin al patriarcado; el más fiel y el más independiente; adversario íntimo de Cristina Fernández y su mejor alumno; el primer soldado de la cuarentena estricta y el que escondía festejos imprudentes en las trastiendas de Olivos en el peor momento del encierro general”. Finalmente, cuando se encontró frente al hecho de que representaba nada, se representó a sí mismo y sacó lo peor de su humanidad. El poder desgasta y trastorna sobre todo al que no sabe para qué lo tiene.
4.
Batalla cultural. El gramscismo de los mileístas es una caricatura. Se repitió hasta el hartazgo que “los libertarios leyeron mejor a Gramsci” porque entendieron la “batalla cultural”. Quizá llevaron la delantera en las redes sociales o a lo sumo aplicaron su versión de Laclau. Lograron imprimirle al significante “casta” una lógica de equivalencia que en un momento representó a los descontentos. Contra la “casta” se articularon toda una serie transversal e interclasista de insatisfechos por los múltiples problemas que arrastra la Argentina El inconveniente aparece cuando el significante que unifica detrás de sí a intereses contradictorios muestra sus límites. En ese momento comienza a emerger la dimensión existencial de las demandas que se articularon en torno a aquel significante vacío. Limitadas a su aspecto simbólico, la diferencia entre demandas diversas y antagónicas tiende a diluirse. La vaguedad de los símbolos populistas constituye la causa de su eficacia política táctica y a la vez la razón de su debilidad estratégica. Cuando los actores tienden a “sustancializarse” comienza otra historia. Por eso Gramsci (que nunca habló de “batalla cultural”) consideró que había que revalorizar el rol de las superestructuras (políticas, ideológicas o culturales), pero nunca había que autonomizarlas de la economía. Nunca dio el salto al vacío de Laclau y todos los populismos.
Sin resultados en la economía, la sobreproducción de una turbia “batalla cultural” por parte del mileísmo (con el uso de la inestimable materia prima que le otorga el peronismo) muestra la imposibilidad de sustancializar las demandas que había congregado el significante “casta”.
Además, ante el affaire Fernández/Yañez la “batalla cultural” contiene algunas incongruencias ideológicas: para poder explotar el hecho tienen que reconocer la existencia de la violencia de género que su doctrina reaccionaria niega de manera rotunda. Algo parecido sucedió con la visita de los diputados de La Libertad Avanza a genocidas condenados en Ezeiza: se enredaron en explicaciones que no convencieron ni a propios ni a extraños. A veces la relación de fuerzas se manifiesta de una forma muy laberíntica.
5.
Pueblo ¿La adición no diferenciada de la categoría de descontentos ya logró conformar un “pueblo” mayoritario? Milei —como a su modo Alberto Fernández— aparece aún como un síntoma de la crisis representación antes que como una solución. Se apoya en las trincheras ideológicas conquistadas por el neoliberalismo y en la crisis del Estado. Sin embargo, el neoliberalismo atraviesa su propia crisis en el mundo a contramano de varios de los postulados programáticos de Milei. Mientras que en la Argentina esos componentes ideológicos conviven con otros que cristalizan una relación de fuerzas histórica. Ya hablamos de movimientos por libertades democráticas con los que debe convivir. Más en general, en el último estudio de la consultora Analogías realizado a fines de julio, entre varios datos aparece uno que hace a los valores de la sociedad: un 59 % está favor de la solidaridad contra un 29 % que reivindica el individualismo. Meritocracia y solidaridad; punitivismo y derechos humanos; jerarquización e igualitarismo. Esa abstracción que llamamos “sociedad” es un campo de batalla. Y aunque la agenda mediática no lo tenga en su centro, la dinámica contenciosa puede estar disminuida, pero no liquidada.
Contra la “casta” se articularon toda una serie transversal e interclasista de insatisfechos por los múltiples problemas que arrastra la Argentina El inconveniente aparece cuando el significante que unifica detrás de sí a intereses contradictorios muestra sus límites
6.
Argentina contenciosa. La marcha universitaria o los paros generales fueron acontecimientos nacionales dentro de una miríada de conflictos que atravesaron estos ocho meses. “No pasa nada” dicen los profesionales del comentario político porque desde lejos no se ve. Sin embargo, estas semanas asistimos a movilizaciones y huelgas docentes en varias provincias (destacadas Neuquén, Córdoba y Santa Fe); una huelga de los aceiteros que paralizó el estratégico complejo agroexportador que arrancó al gorila que Fantino lleva adentro; otra huelga que paralizó a 35 plantas de la industria ceramista o las acciones contra despidos en el gremio del neumático y el Hospital Posadas. La marcha de la CGT, las CTA y los movimientos sociales se produjo en ese contexto.
Entre los aceiteros, por ejemplo, comienzan a hablar algunos votantes de Milei arrepentidos o personas que son conscientes de que tienen más “espalda” que el resto de los trabajadores, pero ven que sus familiares están de mal en peor o la situación de sus barrios es cada vez más difícil. Algo parecido sucede en Volkswagen de Pacheco en la zona norte del Gran Buenos Aires: un baqueano de la fábrica que cree que —entre los que lo dijeron en voz alta y los que no allí ganó Milei—, ahora escucha que hay arrepentidos y otros muy a la defensiva.
En una entrevista publicada en el libro Tulio Halperin Donghi: La herencia esta ahi. Diez entrevistas comentadas (Omnívora, 2023) reflexionando sobre el “carácter” de la sociedad argentina, Halperin dice: “Ya lo decía Valentín Alsina cuando partió al destierro… Desde el barco gritaba: ‘Adiós, pueblo italiano’, pero italiano quería decir pueblo cambiante, veleidoso, etc. Y es evidente que la sociedad argentina es una de las más cambiantes en ese sentido. Tiene -yo diría- metejones que terminan de golpe”. En el país en el que cada diez minutos cambia todo y diez años después no cambió nada corresponde —como aconsejaba Lenin— esperar y ver.



