20 de julio de 2026
La historia es tan compleja como alucinante. África de las Heras, la espía rusa que anduvo por Montevideo entre 1945 y 1966, después de ser parte del operativo que terminó con la vida de Trotsky y antes de asentarse en la URSS donde moriría en 1986, es noticia otra vez. Una de las nenas que cuidó en Montevideo, cuando operaba para los soviéticos bajo la fachada de amorosa niñera, es nada más y nada menos que la escritora Laura Ramos, hija del dirigente trotskista argentino, Jorge Abelardo Ramos. “La muerte de Trotsky fue en mi casa un drama familiar”, declara la autora de Mi niñera de la KGB, una investigación pasional, documentada y minuciosa sobre la vida de África de Las Heras que, desde aquella infancia azucarada por masas deliciosas, hasta la madurez del presente, se pregunta: ¿quién fue realmente mi niñera?
– ¿La modista? – preguntó Laura Ramos cuando su hermano Víctor le pasó el dato.
La cronista que escribía en los 80s Buenos Aires me mata en el Suplemento Sí del diario Clarín, la que publicó recientemente Infernales, una investigación sobre las hermanas Brontë, y luego Las señoritas, sobre las maestras norteamericanas que trajo Sarmiento a la Argentina. Laura Ramos, la hija del dirigente trotskista Jorge Abelardo Ramos, no lo puede creer, por eso pregunta otra vez: ¿La modista?
El asombro tiene que ver con el aspecto y la actitud de aquella mujer tan servicial, amorosa y solidaria que llamaban “la gallega”, que trabajaba en un anticuario, llevaba budines y tortillas riquísimas a las fiestas, cuidaba a los chicos de todos ad honorem, cosía vestidos y siempre estaba dispuesta a ayudar. ¿María Luisa?
-Sí. La modista.
La tipa acaba de revelarse peligrosa: se sabe que ha sido parte del plan para asesinar a Trotsky, se sospecha que envenenó a su último esposo, se sabe que ha pasado información a la KGB sobre los movimientos de muchos de los diplomáticos y militantes de izquierda de Montevideo.
-¿La que nos compraba masas azucaradas y nos hacía la leche?
La misma que buscaba a Víctor y a Laura a la salida de la escuela para darles la merienda en su propia casa, donde (ahora se ve con más claridad) escondía un equipo de radio de comunicaciones internacionales.
Y Laura Ramos acaba de enterarse.
¿Qué sensación irrumpe cuando un dato tiene la potencia de quebrar de un golpazo el espejo del pasado donde se refleja la historia personal, infancia incluida, para hacer añicos el sentido de ese pasado?
Tras las huellas
Sin terminar de digerir la noticia, la escritora emprende una rigurosa investigación que la lleva a dar algunas vueltas por el mundo (en plena pandemia) persiguiendo datos, documentos, pistas apenas descifrables: “… tendría que visitar a los amigos que habían emigrado a Cuba, y debía hacerme con el testimonio de Tamara Ivanovna, una alumna de María Luisa en Moscú. El viaje al norte de África, en barco desde Algeciras a Tánger, era ineludible. Allí mismo vería como hacer el tramo por tierra hasta Ceuta. Se decía que María Luisa había sido secretaria de Trotsky en México. Debería averiguarlo con viejos trotskistas mexicanos, los amigos de mi padre. Pero antes era preciso volar a Inglaterra y tomar un tren hasta Cambridge para chequear los informes soviéticos depositados en el Churchill College”, dice en las primeras páginas de Mi niñera de la KGB.
El relato de Ramos se organiza en capítulos que presentan sucesivos tiempos replegados: la fecha de los hechos que se narran se enmarca en el momento y la circunstancia del descubrimiento de esos hechos La complejidad del personaje y de la materia prima de la investigación constituyen el gran desafío para la construcción de este relato
Mapa, barbijo y traductora listos para una sola misión: echar luz sobre las acciones de una persona que había dedicado su vida a mentir, engañar, actuar de manera solapada, cambiar de identidad, falsificar documentación y borrar las huellas de sus actos para entregarse a la causa del comunismo. Mi niñera de la KGB narra no solo la vida de África de Las Heras sino también la búsqueda de las pistas que darán con el relato de una vida jugada en un doble carril: lo que se ve es mentira, lo que ocurre de verdad se desconoce.
El viaje en busca de Mi niñera de la KGB empieza con Taysa, la intérprete rusa que secunda a Laura Ramos en su visita al Churchill Archive Centre, en Cambridge, una de las primeras paradas de la gira tras las huellas de la niñera. Ambas remontan el rio Cam en una barca movediza y enclenque que las lleva al encuentro con los archivos de la KGB que un ex funcionario soviético había dado en parte de pago – pidiendo asilo – tras la caída del muro.

Laura y Taysa toman contacto con una cantidad importante de documentos. “En esas letras cirílicas y con la traducción de Taysa pude seguir las actividades de María Luisa durante el año 1966, mientras nos cuidaba a nosotros, y en los años 1971 y 1972, cuando se fue de Uruguay”.
El rompecabezas comienza a armarse. El relato de Ramos se organiza en capítulos que presentan sucesivos tiempos replegados: la fecha de los hechos que se narran -los hallazgos – se enmarca en el momento y la circunstancia del descubrimiento de esos hechos, a lo que se suman las fechas de las repercusiones sucesivas de esos mismos acontecimientos. La complejidad del personaje y de la materia prima de la investigación constituyen el gran desafío para la construcción de este relato.
“A comienzos de 1994, cinco años después de la caída del Muro, aparecieron en Estados Unidos las confesiones del jerarca de la KGB Pavel Sudoplátov. Misiones especiales fue la mayor contribución pública al descubrimiento de los crímenes de Stalin desde la célebre denuncia de Nikita Jruschov en 1956, un cataclismo. Allí Sudoplátov se reconoce responsable de una serie de sabotajes, secuestros y homicidios y revela nombres y seudónimos de cientos de espías internacionales que integraban su red. Entre ellos, el de una española, ‘nuestra mejor agente’. La información era impactante. Mientras en Montevideo se transfiguraba en una modista que contaba cuentos a los niños, en la Unión Soviética era recibida como una partisana gloriosa, galardonada con medallas, órdenes de guerrillera, estrellas rojas”, dice Ramos.
El libro es sumamente riguroso. Fuentes en caracteres cirílicos se suman a los testimonios de los entonces niños montevideanos que la recuerdan con afecto, incluso uno de ellos como a una verdadera madre.
La espía que amaba a los niños
“Luis era el preferido de María Luisa: lo llevaba a almorzar a las confiterías más pitucas de Montevideo y lo salvó de más de una bandideada cuando el chico quedó pupilo en una escuela agraria a dos horas de la ciudad”, cuenta Ramos.
Hijo de Ester Dosil, una madre que se dedicaba solo a sí misma, con diagnóstico psiquiátrico (el chico) y con el Valium entre el pecho y la espalda, Luis encontró en la niñera una consejera, una madre de crianza. En las entrevistas que Ramos tiene con él hay más amor a María Luisa que deseo de aclarar ningún dato de su biografía. “- Me enseñaba a animarme a todo. A respetar la vida, me ayudaba a vivir. Me enseñó que vamo’arriba, vamos pa’lante”- dice Luis con más de 70 años y escasas ganas de resignificar su infancia.
Porque en la lógica de su infancia, ¿qué podía importarle al niño – y al adulto que devino después– haber encontrado un rifle y un cargador para treinta y seis balas en un cajón de la casa de su niñera? “Me callé la boca porque ya sabía que no tenía que preguntar. Tenía unos doce años en esa época y nunca hablé del asunto con nadie. ¿Cómo sabía que no tenía que preguntar? Porque una vez había preguntado algo, no me acuerdo qué, y no me contestaron. Así que no pregunté más”, dice ante las preguntas de Ramos.
Luis y su hermano (apodado El Cabeza) habían notado que camuflado en el combinado de la casa de María Luisa se escondían las piezas de un extraño equipo de transmisión. El Cabeza, había visto la antena de la radio, pero ninguno de ellos dijo nada.
Tampoco la madre de esos chicos dijo nada en esos días. Sin embargo, Ester Dosil confesó ante el grabador – para dejar ese casete clave- cómo después de muerto Valentino, el tercer marido de la espía, ella misma había desenterrado del fondo del jardín un fajo de billetes y pasaportes falsos que necesitaba cambiar de escondite. En esa cinta, la amiga – y no tan amiga a veces─ también declara que María Luisa tenía conocimientos militares. Que sabía usar armas porque le había enseñado el padre. Y, además, dejaba entrever la sospecha de que había matado a su marido con un veneno que no dejaba huellas.
Dice el texto: “Según un informe de la CIA a la comisión Warren del año 1964, los soviéticos habían desarrollado una serie de venenos y drogas altamente sofisticados que les permitían matar a una persona sin dejar rastros (un envenenamiento con la punta de un paraguas se hizo celebre en 1978)”. Para Luis Ramírez, (el favorito de la niñera) María Luisa tuvo una gran disputa política con Valentino y de Rusia le ordenaron que lo matara. Así de simple. Así de complejo.
La incredulidad y el asombro del lado de los que la rodearon “sin saber si ofenderse por haber sido tomados por estúpidos o enorgullecerse por haber entablado amistad con una figura, heroica, legendaria internacional”, tensionan todo el relato.

Una ayuda desde la cronología o quién fue África de Las Heras (una pregunta difícil de responder).
Varios libros, una película, artículos en revistas e incluso Wikipedia dan cuenta de la vida de África. Se sabe que nació en Ceuta, una ciudad española en el norte de África en 1909. Era hija de un militar y sobrina de Manuel de las Heras, un general muerto en un levantamiento contra la República. En 1930 se trasladó a Madrid donde se afilia al Partido Comunista de España (PCE). Sí: fue la oveja negra (o roja) de la familia burguesa. A los 18 años, se enamoró de un segoviano y se casó, tuvo un hijo a los 21 pero el niño murió al cumplir 12 años. Se llamaba Julián y dice la leyenda que de esa muerte viene el amor de María Luisa por los niños.
En la década del 30, África de Las Heras participó activamente en las luchas por la defensa de la República española y estuvo en la organización de campamentos de refugiados en Francia.
En 1936, al estallar la Guerra Civil, se integra en las milicias en Madrid y en 1937 es reclutada por la inteligencia soviética (NKVD) en España. Comienza su relación con Alexander Orlov y Leonid Eitingon, que serán sus jefes directos en sus actividades de espionaje. Se traslada a Barcelona, donde se vincula con el operativo para eliminar a los “desviacionistas” del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) que había surgido como fusión de partidos escindidos anteriormente del PCE.
El libro es un mapa que desafía al lector, a la lectora. La información copiosa invita a detenerse en ciertas zonas, sacar la lupa, ir y volver por los capítulos, tratar de descifrar junto con la investigadora las claves de una biografía que da cuenta de una época en la que las personas encontraban muy diversos modos de dar la vida por sus ideales
Eran épocas de crudas luchas internas para los comunistas. La muerte de Lenin, en 1924, permitió el avance de Stalin sobre el poder central de la URSS, que implementó un sistema de persecuciones feroz. Trotsky fue deportado de la URSS en 1929 y andaría girando por el mundo en busca de asilo durante varios años, hasta llegar a México en 1937.
Y es allí donde se traslada nuestra heroína (o la asesina, como se prefiera, porque la admiración tensiona con el recelo) en 1939 con la misión de infiltrar el entorno de León Trotsky en Coyoacán. Trabaja como secretaria y pasa información crítica sobre la seguridad de la casa. Y al año siguiente, tras el asesinato de Trotsky, huye de México a la Unión Soviética.
Durante la Segunda Guerra Mundial, opera como radiotelegrafista en la unidad guerrillera “Los Vencedores” y se lanza en paracaídas tras las líneas nazis en los bosques de Ucrania y Bielorrusia.
¿La niñera? ¿La modista? ¿La que nos daba la leche con masas finas en su casa? preguntaría Laura Ramos. Sí, la modista, que todavía no era la modista.
Terminada la guerra, África de Las Heras se establece en Paris para armarse de una nueva personalidad: será desde entonces María Luisa de la Sierra, tendrá pasaporte español y llegará a Montevideo en 1948, donde se establece como anticuaria y modista.
El corazón del libro es la segunda parte, en la que Ramos cuenta con detalle vida cotidiana y circuitos de María Luisa. La investigación está basada no solo en archivos internacionales, libros, revistas especializadas, sino también entrevistas de primera mano. A través del material bibliográfico y las citas, sin embargo, no se puede dejar de leer el estupor que a veces es incredulidad y también admiración de la cronista por la vida temeraria y vertiginosa del personaje.
En el capítulo final, Laura Ramos cuenta:
“África de Las Heras volvió a la Unión Soviética en 1967. Formaba parte de la más encumbrada élite del Servicio Exterior. Fue distinguida en ocho oportunidades. Por su participación en el movimiento guerrillero durante la Segunda Guerra Mundial recibió las órdenes de la Guerra Patria de segundo grado, la Estrella Roja y dos medallas: Por la Valentía y Guerrillero de la Guerra Patria de primer grado.
Por su trabajo de espía obtuvo una segunda estrella Roja y una segunda medalla Por la Valentía. En marzo de 1976, le dieron la orden de Lenin, la máxima condecoración que otorgaba la Unión Soviética. Desde 1973 trabajó como instructora de agentes de inteligencia destinados al extranjero en las oficinas moscovitas de la KGB (…). En 1985, a los 76 años se retiró del servicio activo de la KGB con el grado de coronel. Fue entonces propuesta para la más alta distinción del servicio secreto, Colaboradora Honoraria del comité para la seguridad del Estado.
Murió en Moscú en 1988, a los 78 años.
Tuvo la suerte de no ver el desmoronamiento del bloque soviético”.
El libro de Laura Ramos es un mapa que desafía al lector, a la lectora. La información copiosa invita a detenerse en ciertas zonas, sacar la lupa, ir y volver por los capítulos, tratar de descifrar junto con la investigadora las claves de una biografía que da cuenta de una época en la que las personas encontraban muy diversos modos de dar la vida por sus ideales.



