12 de junio de 2026
Eso que estoy mirando era el Mojón Bar Blues. Miro y me da pena. Un poquito. Tampoco voy a llorar. Da pena pasar por acá y ver que los echaron a la mierda, a Steve, a Linda y al Oso, y no hay nada. Hace años que no hay nada, solo el cartel oxidado de Venta. Y ratas, hay ratas: un día de verano vi asomarse una, nos quedamos mirándonos, tenía la carita de un agente inmobiliario al que solo le dan a alquilar el contrafrente. No sé cuál de los dos salió corriendo primero. Eso fue una vez, y no evitó que siguiera viniendo. Me gusta pasar por acá. Cinco minutos, no mucho más. Como a cualquier buen cristiano, me gusta mirar la puerta cerrada de un local gastronómico que quise y frecuenté mucho. Me hace reflexionar. Viene Jerry a salvarme. Pronuncio su nombre: Jerry. Del elenco estable del Mojón era Jerry el que hacía el papel de fumador en silencio: se sentaba en una silla, justo debajo del lienzo con el Jimmy Hendrix violeta que, por cierto, también estaba fumando: Jerry acodado, o más bien superpuesto a Hendrix, formaban un friso fumador. No hablaba con nadie, salvo los ocasionales saludos o palabras de camaradería. Bebía poco, vermut o Mariposa Cusenier. No hablaba con nadie, su detalle distintivo era un balbuceo, una cosa de hablar para sí, con algún Jerry que había quedado detenido en un presente anterior. Uno que no había llegado. El tipo estaba ahí, fumaba sin cesar todo el tiempo, no hacía mucho más. En el Mojón se fue tejiendo la teoría, no recuerdo bien quién la empezó, de que Jerry era un ángel, ningún tipo podía estar sentado en una silla durante tantas noches si no fuera alguna clase de ángel, que venía a advertirnos de que estábamos derramando nuestra vida por una canaleta que terminaba en Jerry. En volverse Jerry.
Dejo de mirar la puerta del Mojón y camino hacia la plazoleta triangular que corona la triple bocacalle. A los pocos metros, creo que ya me olvidé de Jerry. Me siento en un banco de la plazoleta. Todo es calmo. No hay nadie, ni un niño jugando. Saco un porro de mi campera de jean, tiene la hechura perfecta, es claro que este no lo armé yo, es el trabajo de mi chica. Los dedos ociosos que se perfeccionaron en un solo arte. Por supuesto que la amo, aunque no debiera darle demasiadas vueltas a la idea. Prendo el porro y continúo olvidándome de Jerry. Estoy bastante seguro de que lo que estoy viendo es un petirrojo, que va dando saltitos enfrente de mí: uno atrás y dos adelante, a la usanza leninista. No sé nada de pájaros: creo que es un petirrojo porque tiene el pecho rojo. Siento el placer de frotarme las manos. Me sobo las pantorrillas. Quiero hablar del clima con alguien. Dos o tres secas y voy cerrando. Si alguien me viera en este instante, no me vería a mí, vería una versión estandarizada por la escena. No me gusta la exposición. Ni el exceso. Antes bebía bastante. Hoy dos copas de vino. Antes bebía ginebra. Ahora veo desaparecer la ginebra de los escaparates de los bares, y hasta desaparecen los bares de los bares. Hay un efecto especial. El petirrojo se acerca, por ahí quiere una seca, me río de la idea, aunque creo que todos los animales deberían tener el derecho. Me río, pero es primavera, el polen que va de una flor a la otra se me mete por la nariz y me obliga a estornudar, y cuando estaba seguro de que me había olvidado de Jerry, vuelve, vuelve él y la noche en que Jerry comenzó a estornudar.

Esa noche había comenzado en el día, que en realidad había seguido a la noche anterior, que en realidad había seguido al día anterior. Nada fuera de lo común. Nada grave. Gira menor, de pueblo de provincia. Yo estaba emocionalmente proletarizado. Salía con una chica de Soldati que se parecía a Deborah de Corral, en una época en que Deborah era famosa y la comparación tenía sentido. Hoy ya no sé. La fama es un tema complejo. La gira se estaba terminando, y nosotros dos sin dinero y sin amigos. La felicidad escocía en el aire. Sonaba John Lee Hooker o alguien muy parecido a John lee, aunque todos los bluses se parecen un poco a él, ¿no? Steve en la barra. Linda en minifalda a través de las mesas. El Oso de aquí para allá, con su viejo truco de ser un perro astuto y querendón. En eso estábamos, o no estábamos. Primero fue un estornudo solo, creo que alguien dijo “salud”. Bebíamos fuerte, pero no habíamos perdido los buenos modales. Creo que hubo “salud” hasta el tercer o cuarto estornudo. Después del décimo, comenzó un murmullo. Puede que alguien haya notado que el bueno de Jerry no paraba de estornudar y comenzaba a ponerse azul, y que esa misma persona no haya hecho nada. Por eso la primera sorpresa fue Steve que salió desde atrás de la barra y dio un salto deportivo —salto en un movimiento, con un solo brazo en la barra y el otro aferrando una botella, la parábola del cuerpo con la estática justa para no irse de bruces con el impulso; ese tiene que haber sido el salto más hermoso que vi en mi vida—, y gritó algo que, entre los gritos de los parroquianos y la pentatónica menor de John Lee, pudo haber sido ¡Linda! Todo eso junto. Todavía puedo ver a Steve correr en dirección al lienzo de Hendrix con la botella en la mano, tomar a Jerry de los hombros, agitarlo, agitarlo, veo llegar a Linda con una heladerita de telgopor mientras Steve saca un pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón y lo embebe en el líquido transparente de la botella. Linda saca de la heladerita una ampolla y una jeringa, agita la ampolla. No lo puede ver, el Chamán está saliendo del baño, medio a los tumbos y, no por mala intención sino porque está recontrareventado de no sé qué, se la lleva por delante, y el Chamán y Linda caen con fuerza, la ampolla estalla contra el piso. Steve levanta al Chamán con un solo brazo, se lo pone enfrente, lo mide, y le da una trompada que lo deja sentado justo al lado de la silla de Jerry, medio marioneta en la postura final. Creo verlos a los tres, al Chamán, a Jerry y a Hendrix, un hombre desmayado, otro casi muerto y el tercero inmortal, debió de ser una imagen grandiosa, pero no alcanzo en realidad a verlos, porque Steve ya está gritando “¡Linda! ¡Linda! No hay más” con la heladerita de telgopor dada vuelta, mientras un montón de hielos también se estrellan contra el piso. Linda está tirada, no sé si se lastimó, sí noto que la jeringa se le clavó en el antebrazo con la caída y nadie parece darse cuenta, ni siquiera Linda, que se la saca de un tirón y la descarta: un hilito de sangre salta y brilla como un troquel. “Linda, se va, no hay tiempo, tenés que hacer el corte”. Eso sí lo escucho claro, porque John Lee se calló y solo queda el sonido ambiente. El Oso se acerca, quiere ayudar, le lame la pierna a Linda, Linda lo saca de una patada y el Oso gime de descontento y se va detrás de la barra. Eso sí que es raro. Solo ahí me doy cuenta, me doy realmente cuenta de que algo malo está sucediendo, miro a Deborah, es decir, a mi chica de Soldati, y le digo: “Bebé, algo malo está sucediendo, deberíamos tomar cartas en el asunto”.
La audaz Julieta no espera. Agarra el mismo palo que la sombra dejó caer y se lo aplica en la base del cráneo. Ya no hay más sombra, solo un bulto en la tierra empolvada de la Jaula. La otra sombra, la que se toma la cara todavía, llora y bisbisea perdones
Me levanto decidido, Deborah se queda sentada, la mente en cualquier parte. Siempre fue una chica del despiste. Se tatuó mi nombre en la entrepierna, pero se equivocó la letra clave, y cada vez que yo iba hacia allí veía mi nombre mal escrito, la “s” en vez de la “z”. Nunca se lo mencioné. No importa eso ahora, porque estamos vestidos, ambos, en el Mojón Bar Blues, y ella se queda sentada mientras yo me acerco al corazón del conflicto. Creo que puedo hacer algo para ayudar. Linda ha agarrado un cuchillo corto, de esos que sirven para trozar carne, y le echa lo que queda del líquido transparente de la botella. Con el pañuelo embebido, Steve frota el cuello de Jerry, que está más morado que azul, aunque la media oscuridad del bar no deja distinguir el color, y ahí lo toma del cabello con una mano y con la otra hace presión hacia arriba en la mandíbula. Linda puede, entonces, hacerle una incisión justo arriba de su nuez de Adán, como si practicara un degüello minimalista. Jerry hace convulsiones, patalea, va y viene. Steve apenas puede sujetarlo, lo abraza con fuerza. Me gustaría hacer algo, no veo qué. Por suerte el Chamán comienza a volver de su sueño y quiere levantarse, ayudándose con la pared y con el lienzo de Hendrix, que apenas aguanta el peso del Chamán y medio que se desfigura con el tirón, se hace uno con el humo. En un instante comprendo cuál es mi papel: tomo la botella casi vacía que había usado Steve y se la rompo en la cabeza al Chamán, con fuerza no con saña, porque el propósito no es lastimarlo, solo volver a dormirlo. El Chamán cae y se queda caído. Steve me mira con aprobación. Eso me reconforta. Además, ante todo pronóstico, noto que la piel en la cara de Jerry comienza a tomar una nueva tonalidad, en dirección a lo viviente. Deja de patalear y se recuesta sobre la silla. Linda le toma el pulso con su mano derecha, y levanta el dedo pulgar de la izquierda. Las cosas parecen mejorar. Steve cuchichea algo con Linda y luego dice mi nombre, creo que es la primera vez que dice mi nombre, a todos nos trata indistintamente como “chicos”. “¿Otra vez aquí, chico?” “¿No tienes nada mejor que hacer, chico?” “Ey, chico, me parece que es momento de que vayas a casa”. Steve repite mi nombre, más fuerte, y me acerco.
-Jerry está okey, por ahora, pero necesita la inyección. Tenés que ir a este lugar y preguntar por Gary, él sabe lo que te tiene que dar. El lugar no es un club de señoritas, no hagas cotillón.
Mientras habla, me agarra la mano derecha y sobre la palma me coloca algo que puede ser un carnet de identidad o una tarjeta postal. Siento en la piel el contacto con la película de polietileno que lo recubre. También siento los billetes, que pone uno a uno sobre mi mano.
-Lo que sobre es para vos, apurate, Jerry no tiene mucho tiempo.
Hago movimientos con mi cabeza que dicen sí. La respuesta es una formalidad. Steve sabe que lo voy a hacer. Camino hacia la puerta del establecimiento, paso cerca de Deborah, que me mira y no entiende nada, le doy un beso en la boca. Quiero que sea un beso húmedo, pero ya no nos queda saliva. No la puedo llevar conmigo. No así. Salgo a la vereda. De fondo vuelve a sonar John Lee o algún otro negro de Alabama. Escucho un estornudo, puede ser Jerry, no sé si eso es bueno o malo, digo, que vuelva a estornudar. Saco el fajo y lo cuento a ojo. Son 40 billetes de 100. Voy a la avenida, donde pasan taxis. No pasan taxis. Creo que no llego a la avenida. Hay algo del orden de la voluntad que se desinfla. El dinero hace contrapeso en mi bolsillo derecho. Mi cuerpo entero se recuesta sobre el bolsillo derecho como sobre una King Size. Acá nomás, a la vuelta están las chicas, que tienen cristal. Pienso: necesito un poco para ir entero. Un poco. Jerry va a aguantar, se lo veía bien, listo para ingerir un gazpacho.
Enfilo para Godoy Cruz. Son apenas unos metros. Creo en mi decisión y la defiendo: ganaría cualquier contienda en un club de debate. Comienza un desfile de piel, de piernas y un bajo glam. Es la Zona. Las chicas se amontonan en tres, cuatro cuadras. Es la ley o el revés de la ley. Les dio la moda de colgarse un cartelito con números: 24 x 5, 20 x 6, 19 x 6. Hay chicas que se lo tatúan en la frente con rouge. Me parece horrible, pero no quiero debatirlo. La publicidad es un tema complejo. Los autos van despacito, relojeando. Un par de muchachos son felices entre la multitud. Me gustaría darles un consejo, decirles que cuiden su dinero, que esto no es un club de señoritas, pero soy casi un muchacho, y cada vez que alguien me da un consejo extraigo de mi sobaquera un revolver imaginario y apunto a las entrañas.
Prendo el porro y continúo olvidándome de Jerry. Estoy bastante seguro de que lo que estoy viendo es un petirrojo, que va dando saltitos enfrente de mí: uno atrás y dos adelante, a la usanza leninista
Busco a Julieta entre las caras. No la encuentro. Las caras se parecen en la media oscuridad de la calle. La cosmética es una fe de clones. Finalmente la veo en la esquina de Costa Rica, casi en la frontera. Ella me reconoce con una sonrisa. “Está espléndida, innumerada”, estoy bastante seguro que eso es lo que pensaría si no estuviera apurado. Me acerco. Me toca. Sonríe. Me soba. Pregunta cosas. Es un cariño cosmético también, la mayoría de las veces surte efecto, para conseguir clientes o extraer billeteras. Los dedos elocuentes de Julieta. Cuando me devolvió la billetera que me había sacado la primera vez que la conocí (“Sentí que le cogí el chupetín a un crío”), establecimos algún tipo de vínculo: menos que una amistad, más que una sociedad anónima. Hoy no estoy para eso. Corto de raíz la aproximación en clave cariñosa. Una charla con ella es imposible ahora, vengo por cristal y nada más. Estoy apurado y apurado: por mí y por Jerry, que estornuda en cuarto intermedio. Julieta hace una mueca que puede tener muchos significados: en ninguno salgo favorecido. “Vamos a la jaula”, me dice.
La jaula está a la vuelta. Son cuatro metros cuadrados de tierra empolvada con un alambrado a medio arrancar: latifundio para pobres. Técnicamente, pertenece a un estacionamiento, Julieta lo ha expropiado para realizar sus “bisness”. El lugar es desagradable y todavía más oscuro que la Zona. Nunca entendí por qué lo usaba. Aunque sí. Muchos años después, tal vez sí lo haya entendido: hacer una miniatura de la ilegalidad, ensayarla como una pieza de teatro, le daba a Julieta un cierto control sobre los acontecimientos: “Darling, Los Angeles están a la vuelta de la esquina. Y si no llegamos, está la Flórida, está Boca Ratón, ahí nomás donde se filmó Dirty Dancing”. A veces pienso que en el inicio de su fantasía también se dejaba ver un mojón. Tenía sus momentos, de eso no caben dudas, pero Patrick Swayze está muerto y no quiero hablar de Julieta, sino de ese momento en que ella y yo estamos llegando, en silencio, al lugar indicado. Dos sombras se recortan nítidas contra la pared de la jaula. No somos nosotros. Una erguida y la otra arrodillada: contrato estándar. Estoy tan preocupado por mis urgencias que tardo en comprender que eso es un problema; le voy a decir a Julieta que vayamos a cualquier lado, le estoy por decir, pero lo que sucede a continuación es de una lisura que no puede haber durado más de 30 segundos, y no alcanzo a decir nada. La veo rebuscando y encontrando en su cartera un algo, la veo manipulándolo de izquierda a derecha en el aire, como dando un par de pinceladas en un óleo invisible. El algo es, tiene que ser, una sevillana. Julieta avanza decidida al interior de la jaula, se acerca a la pareja de sombras y en el aire traza una parábola de arriba hacia abajo con la mano empoderada. La sombra de rodillas se toma la cara y cae. Julieta grita, está gritando con rabia: “Puta de mierda, te dije que la próxima te cortaba toda, puta de mierda”. Por su parte, la sombra erguida hace dos, tres movimientos y se pone en pose de combate, tiene un palo o algún elemento contundente, es claro que se dispone a usarlo. Corro hacia la Jaula. De nuevo en la noche comprendo mi papel y eso me activa: voy a derribar una sombra. No cuento con que el alambre a medio arrancar me hinca una de sus puntas florecidas en la botamanga del pantalón, y tropiezo. Quedo justo debajo de la sombra, que tiene una cara y me mira sin demasiada atención. La violencia que iba dirigida a Julieta cambia de destinatario y se estrella contra mi ceja izquierda. Me derriba sobre mi derribo. Siento un fogonazo de dolor. Escucho el grito. No soy yo. Es la sombra la que grita, porque Julieta le acaba de clavar la hoja de su sevillana en el muslo. Queda ahí, es probable que haya llegado al hueso. La sombra maúlla de dolor, pero no va a rendirse. Se arranca eso de raíz y deja la sangre bullir. Retoma la pose de combate. Va a devolver el golpe. Estoy casi afuera, pero debo hacer algo. Con lo que puede, mi cuerpo encuentra la manera de aplicar un cortito de lleno en su zona genital. No sé a qué le doy exactamente: la sombra se agarra ahí, como si maridara el dolor con la impudicia.
Antes bebía bastante. Hoy dos copas de vino. Antes bebía ginebra. Ahora veo desaparecer la ginebra de los escaparates de los bares, y hasta desaparecen los bares de los bares. Hay un efecto especial
La audaz Julieta no espera. Agarra el mismo palo que la sombra dejó caer y se lo aplica en la base del cráneo. Ya no hay más sombra, solo un bulto en la tierra empolvada de la Jaula. La otra sombra, la que se toma la cara todavía, llora y bisbisea perdones. La inmisericorde Julieta la toma del pelo, se ensaña, le hace retintinear la sevillana como si le buscara granitos para explotar: “Hoy un tajito, si te veo de nuevo acá ya sabés”, y la deja tirada, un bulto más en el piso de la jaula. Intento reincorporarme, apoyo la palma en la tierra empolvada y me clavo un pedacito de vidrio, que se hace epicentro del dolor de manera inmediata. Debe haber miles de pedacitos de vidrio entre la arenisca. “Rodilleras, cómo las chicas pueden trabajar sin rodilleras”, pienso, claro, a la distancia. Casi puedo verme, a la distancia, repartiendo rodilleras no gubernamentales. La diligente Julieta me ayuda, me dice que nos vayamos ya, que el turro era cana. Nos vamos, yo medio a la rastra. Julieta es fuerte, tal vez más más fuerte que yo en condiciones normales. Entramos por no sé dónde al estacionamiento, luego a un cuartito chiquito: “Es del sereno, me deja usarlo por un service a la semana”. Me acuesto en un catre. Me masajeo en el golpe. Me miro la mano y tiene sangre. Julieta se acerca y me limpia con un trapo húmedo. Estoy sangrando bastante. Me sonríe. Me llama. Me vuelve a sonreír. Saca un tubito, extrae un cristal y me lo pone en la herida. Funciona. Luego en la boca. Es bueno. Muy bueno. Ella hace lo propio. No hablamos de negocios. Me toca. Me soba. Nos convidamos cristal, un par de veces y un par de veces más. Nos acobijamos. Nos ayudamos a desvestirme. El reposo del guerrero. He vencido y seré recompensado. “Por esto nada”, me dice la dulce Julieta. No. Yo le voy poniendo uno a uno en su mano los billetes del botín: “Por ahí con esto llegues a Los Angeles”. No le dije eso. No recuerdo haber dicho o pensado nada. ¿Quién era Jerry? Lo sé. No lo sé. En algún momento, debo de haber visto de refilón a través de una ventanita del cuchitril que afuera clareaba, y el clareo se superponía a la luz titilante de la lamparita que iba y venía arriba nuestro.
“Por 10 pesos te la chupaban, no entendés, hace unos años por 10 pesos te la chupaban los travas de acá a la vuelta”, grita el viejo. Ya no estoy solo, bastó una persona para que la plazoleta se llenara de gente. Pienso que no eran 10 pesos, eran 10 dólares. No intervengo. EL tipo de cambio es un tema complejo. Me voy haciendo a la idea de que ya no me siento muy bien. El estado de bienestar ha terminado. Le puedo echar la culpa al viejo que no para de gritar, pero sé que solo soy yo. Una seca más, tendría que convidarle al viejo y no quiero que acepte. El petirrojo desaparece un momento de la escena, lo vuelvo a ver pirueteando. ¿Será el mismo? Su vuelo me lleva a la vista de la cabina telefónica que ya no es una cabina telefónica. El petirrojo no lo siente así, porque tras un par de piruetas detiene su vuelo y aterriza sobre el techo abombado. Se queda. Aquel día, o en los días posteriores, quise llamar desde esta misma cabina telefónica que estoy viendo, avisar que había tenido un problema, que tenía el dinero conmigo y lo iba a devolver en cualquier momento. Volví varias veces, estoy seguro. Juro que lo hice. Deborah me dijo que Jerry aguantó un par de horas y se fue, no quiso más lola. También me juró odio eterno; al poco tiempo quiso volver conmigo, esa chica realmente me amaba. Yo ya me había ido, primero del barrio, luego de la ciudad, luego de la Zona. Cuando volví, muchos años después, vi el Mojón cerrado tal como lo veo hoy. No busqué a nadie. No indagué.
(Ilustración: Alejo Seillant –jpg.alejo-)



