20 de julio de 2026
1.
Alguna vez se van a tener que escribir las biografías de los protagonistas de los memes más virales de la historia. Contar cómo fue el arco de transformación en la vida de cada una de esas personas que se encontraron con la masividad por accidente y pasaron a ser un signo, casi tan universal como las señales de tránsito. Una persona de a pie se convierte en “algo para todos ya”, un sticker de whatsapp, un cartel cruel en la ruta del scrolleo, una respuesta graciosa y rápida a la mano de cualquiera. Su cara ya no es cualquiera, no le pertenece, es un insumo comunitario. No es exactamente que se haya hecho famoso o que haya perdido el anonimato, porque su historia personal, su manera de ser, su nombre, su vida amorosa o profesional, no le interesan a nadie. Simplemente su cara pasó a ser como un emoji, nada más y nada menos. El revés de ese desesperado deseo de visibilidad que organiza la comunicación en redes: hacerte conocido para todo el mundo, pero así. Que todos te vean, pero convertido en un chiste intrascendente y abrumadoramente masivo.
El caso de Cecilia Giménez es distinto. Si bien su cara se hizo muy conocida, lo que verdaderamente se viralizó fue la cara de Cristo, su obra, la restauración más famosa del mundo. La historia ya la sabemos. Año 2012, Borja, un pueblo de la provincia de Zaragoza en España, uno de los tantos en los que nunca pasa casi nada. En una pared de la parroquia, el Ecce Homo, una pintura al fresco de Cristo hecha en 1895 por un tal Elías García Martínez. El autor, un pintor profesional del montón, profesor de Bellas Artes, residente en la provincia. La obra, un Cristo en pequeño formato inspirado en el Ecce Homo de Guido Reni, de mediados del siglo XVII. Cecilia, feligresa de la parroquia, ve que la pintura está toda descascarada y se dispone a arreglarla. Hace lo que puede. Se rompe internet.

Tiene 81 años, ninguna formación artística. No conoce los procedimientos técnicos de la restauración. Tampoco los burocráticos. Muy probablemente ni siquiera haya estado enterada de que la conservación y restauración de bienes culturales es una disciplina instituida, con sus prácticas homologadas fruto de discusiones teóricas desarrolladas en siglos de actividad e investigación académica, congresos y simposios internacionales. No se imagina todas las gestiones previas que se requieren antes de meter mano en una obra que se considera parte del patrimonio cultural. Ordenanzas, disposiciones, autorizaciones, licitaciones. Retórica administrativa con la que no cuentan las almas libres como la de Cecilia. Ella parece sacada de una película de Almodóvar, podría ser Julieta Serrano o Chus Lampreave. Ingenua, cándida, devota, metida y dedicada. Comprometida con su comunidad y por medio de ella, con la humanidad.

2.
Esta humanidad que somos produjo una categoría muy particular para pensarse a sí misma que es la de “patrimonio cultural”. Sería algo así como el conjunto de bienes tangibles e intangibles, que son fruto y forman parte de prácticas sociales consideradas significativas en un tiempo y un lugar determinados, a los que se les atribuyen valores que cambian con el tiempo. Presente y pasado. Un ejemplar de la primera edición del Facundo, una moneda romana del siglo II, el peine de María Antonieta, utilitarios de cocina de un poblado que desapareció hace miles de años, la murga que ensaya en la plaza de tu barrio, una pintura en una cueva, una canción de cuna cantada por madres y abuelas desde hace tanto tiempo que parece haber flotado siempre en el aire. La peregrinación a Luján, el Taj Mahal, el poncho de Mario Ishi, la campera de Mayra Mendoza, un ritual de una civilización que ya no existe, del que quedan restos materiales como vestigios de un tiempo remoto sobre el que solo podemos hacer conjeturas. Materialidades que guardan información sobre las comunidades que las produjeron, sus técnicas, sus hábitos, sus criterios de belleza, sus maneras de ejercer el poder, sus objetos de veneración. Vista desde esa clave, cualquier pieza puede ser una ventana a otro tiempo, a otro mundo o a alguna historia desconocida.
Cecilia, feligresa de la parroquia, ve que la pintura está toda descascarada y se dispone a arreglarla. Hace lo que puede. Se rompe internet
La restauración y montaje para su exhibición del mural que hizo David Alfaro Siqueiros en nuestro país, por ejemplo, mostró al mundo una cara bastante desconocida de la vida del muralista mexicano. Hundió la espátula en una grieta de su biografía y levantó el revestimiento que le daba solidez y coherencia plena a la vida de un artista que hasta entonces parecía un monumento. Siqueiros era militante revolucionario antes que cualquier otra cosa. Según se decía, nunca había hecho una obra que no contuviera un mensaje político. Pero, sabemos, las determinaciones categóricas suelen ser hijas de una ficción editada y pulida con minucia para producir el artificio. Ese hombre tan apasionado y convencido de sus ideas también estuvo enamorado. Tuvo un intenso romance con Blanca Luz Brum, pero finalmente arruinó todo con su fuego desbocado, su misoginia y su violencia. Y ese famoso mural que decoró durante algunos años un sótano en la quinta de Don Torcuato de Natalio Botana, daba cuenta de esa historia.

Ejercicio plástico es una obra inmersiva pintada por Siqueiros con la colaboración de unos jóvenes Berni, Spilimbergo, Castagnino y Lázaro en 1933. Piso, paredes y techo abovedado están pintados con unas figuras femeninas, al parecer elaboradas a partir de fotos de Blanca Luz, proyectadas en la pared con diapositivas. Unas mujeres que se acercan nadando a una cápsula transparente sumergida bajo el agua en donde nos encontramos los espectadores. Una aventura formal, una proeza técnica, un derroche de sensibilidad que rinde culto a la memoria de ese amor fallido y que no tiene absolutamente nada de bajada de línea ni de mensaje socialista. Nos muestra a un Siqueiros a quien también le entraban las balas (no sólo disparaba). Desde hace años se exhibe en el Museo de la Casa Rosada, después de los avatares técnicos, legales, diplomáticos y administrativos que formaron parte del proceso de recuperación y restauración.

Otros murales, los de Bonampak, fueron descubiertos en 1946 en medio de la selva en Chiapas, México. Son pinturas realizadas aproximadamente en el 800 d.C. en las paredes internas de un edificio clásico Maya. Como la construcción estaba completamente cubierta por la exuberancia de la vegetación, las pinturas estuvieron aisladas y preservadas naturalmente, de modo que se pudieron mantener en buen estado a pesar de estar hechas con pigmentos orgánicos que no suelen resistir el paso del tiempo. Pero apenas se abrió el templo, fueron necesarias intervenciones inmediatas para evitar el acelerado deterioro que se imponía en el contacto con el aire. Se conformaron equipos interdisciplinarios para conservar, restaurar y estudiar esas imágenes. Esas investigaciones aportaron valiosa información a las hipótesis sobre la organización social de los Mayas, la importancia de las performances públicas en las plazas para la reproducción de un sistema de poder y la cohesión social. Y surgidas de esas, otras hipótesis sobre los posibles motivos de la desintegración de esos centros de poder.
3.
Durante los primeros meses después de que se viralizara el resultado de la restauración del Ecce Homo de Borja, Cecilia Giménez permaneció en su casa, no quería salir, sentía una vergüenza constantemente actualizada. Culpa por su macana, humillación por habérsela mandado a la vista de todos, iluminada por la luz enceguecedora de internet. Esperaba que bajara la espuma, que pasara el tema. Pero el tema no se olvidaba. Lo que sí empezó a suceder rápidamente es la resignificación del asunto. Lo que en un principio generó indignación, después despertó burla, y finalmente se estabilizó como un cariño generalizado, tan global como impersonal en sus demostraciones. Paralelamente, el pueblo empezó a recibir turismo. Tuvo un pico de 40.000 visitantes en un año y un promedio de 10.000 por año en el tiempo que siguió, hasta la fecha. El turismo impulsó la actividad económica del pueblo. En definitiva, la plata es la condensación cuantificada de la atención. El consumo irónico siempre es primero consumo y después irónico (la adjetivación es circunstancial y accesoria).
Siqueiros era militante revolucionario antes que cualquier otra cosa. Según se decía, nunca había hecho una obra que no contuviera un mensaje político. Pero, sabemos, las determinaciones categóricas suelen ser hijas de una ficción editada y pulida con minucia para producir el artificio
Pero más allá de los beneficios materiales, del valor económico que aportó, la intervención de Cecilia en esa pintura intrascendente en la pared de una iglesia fue un acto de creación. Metió mano, le salió horrible. Inventó una forma que posada sobre otra hizo sentido en la diferencia: expectativa / realidad. Y esa diferencia se convirtió en motivo. Inevitablemente, siempre se crea sobre un legado. Ella lo hizo sobre uno de los más enquistados en la historia del arte occidental: la imagen de Cristo. Pero para crear también se necesita, no queda otra, desconocer los imperativos que un legado impone. Meter mano desconociendo las prácticas homologadas y las técnicas profesionales. Inventar la pólvora mojada. Sin ese gesto cándido no hay creación, sin creación, no hay qué conservar y restaurar. Seguramente dentro de unos años los equipos interdisciplinarios van a intervenir la pared de esa iglesia de Borja para preservar esa imagen, y con ella esa historia, las preguntas que trae sobre la creación, sobre la forma delirante de la comunicación masiva de principios del milenio.
Cecilia murió unos segundos antes de que termine el 2025, a los 94 años en la residencia geriátrica del pueblo.




