21 de julio de 2026
A finales del siglo XIX aparece la novela Juan Moreira. Entre 1878 y 1880, el escritor Eduardo Gutiérrez publica el texto en formato de folletín y después lo reescribe como un “mimodrama” para que pueda ser interpretado en un espectáculo circense. Pepe Podestá y sus hermanos, que habían formado una compañía de circo, toman la obra de Gutiérrez y fundan lo que se conoce como Circo Criollo. Sin embargo, no lo hacen con mímicas, sino que lo interpretan también con el texto. Las primeras presentaciones fueron un desastre: el público no entendía que eso que estaban viendo era una ficción, entonces, cuando llega el momento del fusilamiento del gaucho, los espectadores se metían en la arena y se agarraban a las piñas para “salvar” al pobre Juan Moreira. Después de muchas funciones y giras, se entendió que lo que pasaba adentro de la carpa era una invención, una fantasía. Con el circo criollo nace la idea de la teatralidad, es decir, nace la historia del teatro argentino y también la noción de que adentro de la carpa hay algo que no existe en ningún otro lado. Aunque Fito Páez diga que su disco Novela, en el que se cuenta la historia de un circo, está anclado en Quadrophenia de The Who, el álbum tiene más que ver con los gauchos y un grupo de malandras que se agarran a las trompadas que con la ópera rock de Pete Townshend. Cuando un disco aparece, ya no le pertenece a quien lo hizo, sino a quienes lo escuchan, como así también las interpretaciones.
Sobre este disco ya se ha dicho de todo y se han publicado las lecturas más disparatadas. En una entrevista que le hicieron a Páez en la revista Rolling Stone, publicada en marzo último, el periodista dice que Novela le hace acordar a Harry Potter. La confusión es total; nada más alejado de este disco, cuya historia sucede en un pueblo perdido de Santa Fe, que el bestseller de J. K. Rowling. En otra entrevista le preguntaron a Fito si Jimmy, uno de los protagonistas del relato que se cuenta en el disco, es él mismo. La “prensa especializada” es como el público del siglo XIX: no distingue realidad de ficción y piensa que autor, narrador y protagonista son la misma persona. En primer plano está Fito Páez sacando un disco y detrás de él, confusión.
Mi capricho es ley
El valor de Novela es su megalomanía y su impertinencia. Con el correr del tiempo -y sobre todo de Naturaleza sangre para acá- Fito Páez se volvió muy caprichoso. Hizo un disco con Gerardo Gandini, otro solo de piano, uno de covers. Hizo un disco en portugués, la banda de sonido para una película, regrabó El amor después del amor y hasta publicó un álbum instrumental de 22 canciones inspiradas en Los siete locos de Roberto Arlt. Es decir, hizo lo que quiso. De alguna manera, tuvo una actitud contra-epocal: ante la tiranía del single, las tendencias, los rankings y los algoritmos, fue componiendo y publicando lo que quería y cuando quería.
De alguna manera, tuvo una actitud contra-epocal: ante la tiranía del single, las tendencias, los rankings y los algoritmos, fue componiendo y publicando lo que quería y cuando quería
Novela va a contracorriente de la época. Esto es bien curioso porque Páez es mainstream, no es under. Él es, en un sentido, la corriente. Parece un oxímoron, pero no lo es. La lógica -o la tendencia del mercado, que en este caso sería lo mismo- diría que lo que conviene es hacer un disco corto, con no demasiadas capas, con un ritmo pegadizo y ya. Pero Fito no hace eso, sino todo lo contrario. Publica un álbum de 25 años, con arreglos de orquesta y actrices que cuentan cuentos fantásticos. Hace algo que nadie reclama, que nadie pide y que, tal vez, nadie mire con demasiada atención.
Podría haber publicado con un poco de barniz los demos que circulan en internet, los que grabó a finales de los 80, y hubiera estado bien, hubiera sido más pertinente e incluso estaría más a tono con la época. Pero no. Hace lo opuesto. Agranda todo. Exagera todo. Gasta un montón para materializar un capricho. Ese es el gesto de Novela y casi lo único que importa. Todo lo otro es accesorio -la parte narrativa del álbum, qué canciones son nuevas, qué canciones son viejas, si lo grabó acá, allá o más allá-. Concretar ese capricho implica también tener valentía: desoír el mandato, la presión de “lo que hay que hacer” para priorizar el deseo. Es que Fito Páez ya levantó una carpa para cumplir con “lo que había que hacer”, en términos de obligación, cuando publicó en 1994 Circo Beat. Ese es el disco del mercado, del contrato con la discográfica, de la deuda. En esa otra carpa estaba la obligación de hacer un hit. No había capricho en Circo Beat, sino presión. La carpa de Novela es todo lo contrario.

El circo de la melancolía
Probablemente la nostalgia y el resentimiento sean de las emociones más fuertes e intensas de esta época. Mueven masas, ganan elecciones, llenan estadios. Es probable que Fito Páez, si tuviera que decidir andar por alguno de los dos caminos, elegiría el de la nostalgia, aunque no siempre fue así. Hace un par de años el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires publicó el material de archivo que Sergio De Loof grabó en Bolivia, espacio icónico del under porteño, y entre las horas de material había una entrevista donde el músico rosarino cuestionaba la melancolía porteña. La conversación dura unos cinco minutos y apenas arranca Fito dice: “Este lugar en el mundo [Buenos Aires] está signado por algo, es como una gran melancolía que abraza todo”. En ese momento, año 1989, contó que se iba del país porque no tenía un mango y porque no soportaba la idea de echarle la culpa de su desgracia a otros (los burócratas, el gobierno). Lo dijo en dos entrevistas: una a Clarín y otra a Página/12. Después, se armó todo un revuelo y “apareció el fantasma de la melancolía de todo el mundo”; cómo podía ser que Fito Páez se fuera del país. Es que para él, en la Buenos Aires de ese entonces, había un germen que hacía que la gente dijera “estamos acá y estamos mal, hay que irse o hay que quedarse para hacer funcionar algo” y que mudarse era una manera de cortar con eso, de ver si en otro lugar las cosas funcionaban mejor (lo que vino después es bien conocido: Tercer mundo fue un disco espectacular, Fito finalmente ganó plata, volvió a la Argentina, fue a una fiesta en lo del fotógrafo Alejandro Kuropatwa conoció a Cecilia Roth y bueno, el amor después del amor).
Aunque Fito Páez diga que su disco Novela, en el que se cuenta la historia de un circo, está anclado en Quadrophenia de The Who, el álbum tiene más que ver con los gauchos y un grupo de malandras que se agarran a las trompadas que con la ópera rock de Pete Townshend
Si bien este año también pasó una temporada en Europa, que generó menos revuelo que la de fines de los 80, antes hizo varias giras para conmemorar aniversarios de diferentes discos suyos. La última, la que antecedió a la salida de Novela, fue a propósito de los 30 años de Circo Beat y los 40 de Del 63. Esta costumbre empezó en el año 2012, cuando celebró los 20 años de El amor después del amor. Desde hace al menos 13 años, Fito Páez dedica buena parte de su tiempo a repasar su obra. Pero solo repasa aquella selección que está cubierta y bendecida por el halo de la nostalgia, que despierta la melancolía de todo el mundo. El músico no celebró los 15 años de Confiá, ni los 20 de Naturaleza sangre, ni los 25 de Rey sol. Todos fueron grandes discos, con grandes canciones, pero que no tiene encima el aura de la nostalgia y la melancolía. Son álbumes que no están incluidos en el “a mí me gusta el Fito de antes”.

Esa frase, ese lugar común de “a mí me gusta el Fito de antes”, sí es realmente un oxímoron. Entre los discos que no evocan ningún tipo de añoranza hay muchos que compilaron canciones que Páez había dejado sueltas y desperdigadas en el camino. La persona que escuchó El sacrificio, el ya mencionado Confiá o mismo Novela -que tiene adentro casi todos los demos de los 80-, y dice “a mí me gusta el Fito de antes”, miente. O no prestó atención. En todos esos álbumes hay viejas canciones. En tal caso, lo que encierra esa frase es un cuestionamiento hacia el personaje público, pero no hacia sus discos. Les gustaba el chico flaco y desdentado que tangencialmente intervenía en el discurso público y odiaron al rockero vestido de escarapela el 25 de mayo de 2010.
Matar a Páez
Con las giras conmemorativas, Fito Páez encontró una suerte de redención y fue ubicado en un lugar de mucha popularidad y aceptación. La melancolía de todo el mundo lo abrazó como si fuera el hijo pródigo. Se convirtió en el rockero argentino que maduró bien. El que dejó de tomar a tiempo. El que le da a su público lo que quiere escuchar, mientras genera recovecos para cumplir sus caprichos, como pudo haber sido la trilogía de Los años salvajes o el mismo Novela.
Con las giras conmemorativas, Fito Páez encontró una suerte de redención y fue ubicado en un lugar de mucha popularidad y aceptación. La melancolía de todo el mundo lo abrazó como si fuera el hijo pródigo
Hasta mediados de los 90, lo que estaba por sobre todas las cosas era su obra, sus discos. Primero las canciones y después el personaje. Con el cambio de milenio eso desapareció y, de alguna manera, su producción quedó en segundo plano para dejar en la superficie al sujeto. Los discos se convirtieron en algo accesorio, en una cosa circunstancial, a pesar de que hubo muy buenas canciones en estas más de dos décadas de siglo XXI -por caso, Rock and Roll Revolution, un álbum de buenas canciones y mala prensa-.

Hoy, Fito Páez está en un gran momento. El personaje se impone a la obra. Parte de esa popularidad tiene que ver con devolverle al público los discos históricos y también con la manera en la que él mismo decidió ocupar cierto lugar que estaba vacante: el del heredero de esa gran tradición que empezó con Litto Nebbia y siguió con Charly García y Luis Alberto Spinetta, entre otros. Para que la obra vuelva a estar adelante, para que el personaje sea accesorio como lo fue décadas atrás, hay que matar a Páez. No en un sentido literal (el tiro ya se lo comió John Lennon), sino en un sentido metafórico, abstracto. Para que Novela brille por lo que es, por las canciones que contiene, el personaje tendría que desaparecer o el público tendría que asesinarlo. Habría que volver a la lógica anterior en la que se imponían las canciones por sobre todo lo demás.
Hay una tensión entre obra y artista que no se puede resolver ahora, en el presente, en el momento en el que las dos cosas convivan: las nuevas canciones y el personaje popular y entrañable. Será tarea de los oídos del futuro poder hacer brillar la obra que construyó ese chico huérfano de la ciudad de Rosario cuando se convirtió en estrella.
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