20 de junio de 2026
Jueves Santo de 2024. Procesión de las siete iglesias en el barrio de Barracas[1]. Dos chicos, adolescentes -en esa franja etaria en la cual un pibe de 1,40 mts y apariencia de niño juega al fútbol con uno de 1,75 mts, barba, torpeza y pinta de defensor del ascenso-, peregrinan ataviados con un uniforme similar a los de scouts, pero que en realidad es de los grupos jóvenes de la iglesia. El primero y más callado tendrá unos 13 años; bajito, voz de pito, abre mucho los ojos cuando escucha. El segundo y más verborrágico no es mayor de 16, es bastante más alto, rubión, de habla canchera inconfundiblemente porteña, adornada de palabras jóvenes.
Van peregrinando, sosteniendo una tradición que los excede. Que aprendieron de sus padres antes de hacerla propia y que se inició seguramente antes y más atrás también. El mayor habla, el chiquito escucha atento, no se anima a interrumpir con preguntas. Caminando a pocos metros, llego a escuchar: “Son cuatro cursos, donde aprendés a manejar tu dinero y el dinero que ponés, luego lo podés invertir, ganar y recuperar el curso”. La masa de fieles avanza por la Avenida Herrera, dejando atrás la capilla de Santa María del Rosario y caminando un trecho largo hasta San Antonio María Zaccaria, al fondo de Avenida Montes de Oca. ”Aprendés a tradear y a ser exitoso. Los cursos te los mando por whatsapp y podés mandarme preguntas o esperar al zoom”. El futuro alumno pregunta algo, pero no alcanzo a escucharlo. Me quiero acercar, pero el movimiento de la gente y el paso cansino de mi perro me alejan lo suficiente como para perder detalle de la conversación. Hasta el final de la procesión los dos amigos caminarán juntos. No dejarán de conversar en cada trecho entre templo y templo. Acompañando a Jesús en su pasión y persiguiendo a Pluto[2] en sus teléfonos. Con la fe andando.
El péndulo del endeudamiento irresponsable al cierre de la cuenta capital con maquinita; de la protección más amontonada a la apertura sin calibración
¿Es el chico más grande un estafador? Es un pibe. ¿Quién le vendió antes un curso a él? ¿Qué piensan estos pibes de barrio e iglesia del laburo de sus viejos, de la guita que entra y fluye al ritmo de la carnicería, la obra social y la cuota del colegio parroquial? ¿Cuántas horas al día están expuestos al ruido en forma de promesa de un mañana mejor rápido y sin vueltas? ¿Cuántas horas de calle y cuántas de teléfono? ¿Qué anhelan hacer cuando terminen el secundario y las horas de fútbol en el campito de Santa Lucía pasen de diarias a semanales (con suerte)?
San Valentín 2025. Noche twittera. Me quería ir a dormir temprano, pero dominó mi atención el rug pull presidencial. Me desvelé y acá estoy. Sin el suficiente entendimiento e información para explicar las implicancias de lo que será el tema de la semana, mi cabeza va por otro lado. ¿Por qué pasa esto? ¿Desde cuándo naturalizamos que nos podemos salvar con una jugada financiera sin información ni preparación? ¿Qué lana y que punto hay que usar para tejer anhelos renovados alrededor del laburo y el estudio como los medios para no sólo trascender materialmente, sino siendo uno en sociedad?
La fácil
Desde los “Bro” que te invitan a levantarte a las 5 de la mañana sin aclararte bien para qué, mostrando autos y rolex que alquilaron hace un ratito; la belleza como bitcoin estable que, señala Lorena Alvarez, no se devalúa; los “bots” piramidales que te dan vuelta el día a día de San Pedro; hasta el magnate maquinita de afeitar que compra jugadores de fútbol medio pelo por lo que no valen y luego no atiende el teléfono, todos tocan una melodía parecida. Vivimos con “la fácil” como música de fondo. La promesa no es subir; es sentir que subiste. Ramiro Gamboa señala que “hay un hilo que une criptos, estafas piramidales, libros de autoayuda, coaching ontológico, apuestas online, OnlyFans…”. Ese hilo es “la fácil”. Es la ficción con la que se propone vivir, buscando un camino de razones condescendientes con una vida obstinada en ser adolescente. Escapando de la adultez que fue derrotada a lomo de caballo cansado en la penuria de lo colectivo que no paga las cuentas, ensimismados en lo individual al extremo.
Si tras 40 años de democracia cerca del 60% de los ingresos no cubren la canasta básica de los hogares, lo natural es que muchos busquen un cambio de libreto
Hacerte millonario rápido. Salir de la preocupación del mes. Escaparte del plan de ahorro para el auto, del contrato de alquiler con trampas, del estudio para el laburo de 8 horas. Desconocer para tu futuro el camino de tus viejos no es tan difícil cuando los escuchás putear todos los días. Hay otro camino que está ahí, en las carteras de Wanda y los vuelos privados de la China, mientras vos como una boluda estás 12 horas parada ofreciendo muestras de perfume en el Alto Avellaneda. La clase media y su péndulo de Poe; arriba o abajo, pero de acá te movés.
Más arriba, con tarjeta. No escuchar noticias. Cumplir 40 haciendo yoga al amanecer en una playa asiática hasta que todos los minutos de tu vida sean veinteañeros, sin preocupaciones ni problemas reales, sin ver envejecer a los tuyos, sin que se caiga un laburo, evitando que te rompan el corazón. Los niños ricos que tienen tristeza.

Más abajo, en la calle, la familia tocando porteros eléctricos pidiendo ropa o algo para dar; los desalojados de la habitación en San Telmo que aún no perdieron la vacante en la escuela. Aquellos que no tienen de que escapar porque la esperanza está empecinada en no mirarlos. Para ellos no existe “la fácil”, sino la desesperación que corroe. Los niños pobres que no tienen para comer.
Quien reniega de un oficio y el que no tiene la mínima posibilidad de desarrollar habilidades para uno. Una fuerza centrífuga nos aleja unos a otros. Buscando el camino que nos permita zafar dejamos de ver al de al lado, que debe tener la culpa de algo y sobre el que no podemos posar la mirada mientras nos pasa por delante la vida que merecemos alcanzar en 10 minutos.
La difícil
La pulsión a “la fácil” no sale de un repollo. El trabajo se valora cuando además de dignificar identitariamente nuestro rol en la sociedad, dignifica la mesa y las cuentas a pagar. Sin el primer metro cuadrado satisfecho no hay un anhelo intertemporal al cual avanzar.
Destruir la moneda nacional durante décadas no es gratuito, escapándole a la estabilización y sus desafíos, improvisando medidas que no sirven más que para parche (como precios cuidados) o enamorándose de otras de éxito pasajero que acumulan inconsistencias y horadan las bases de la economía real (como lo fue la convertibilidad, la tentación crónica de la deuda). El péndulo del endeudamiento irresponsable al cierre de la cuenta capital con maquinita; de la protección más amontonada a la apertura sin calibración.
Cumplir 40 haciendo yoga al amanecer en una playa asiática hasta que todos los minutos de tu vida sean veinteañeros, sin preocupaciones ni problemas reales, sin ver envejecer a los tuyos, sin que se caiga un laburo, evitando que te rompan el corazón
Si tras 40 años de democracia cerca del 60% de los ingresos no cubren la canasta básica de los hogares, lo natural es que muchos busquen un cambio de libreto. Si el país buscó durante mucho tiempo su crypto y su OnlyFans, no podemos llorar ante el ejemplo derramado.
Necesitamos días, meses y años aburridos. Sin ruido. Con gente que quiera resolver problemas y tenga capacidad para ello en lo público. Sin morirse por tener razón. Sin traer mambos personales a lo colectivo, sin librar batallas culturales desde la obsesión. Años aburridos, protegidos del ruido y el escándalo. Donde tu preocupación esté más en tu diaria que en la próxima noticia. Una nueva época en la que no pase nada por un rato. Porque cuando pasa todo, todo el tiempo, en realidad no está pasando nada, solo que alimentamos una ansiedad infinita por lo que no dura ni nos cambia.
Racionalidad vs irracionalidad tiene que ser el nuevo clivaje argentino. Entender que la salida estable a nuestros problemas es aburrida y requiere trabajo. Y que hay belleza en eso. Cambiar los anhelos. Que el trabajo vuelva a dar de comer, permita vivir, disfrutar de ver a los chicos crecer. Que el encuentro con el otro sea genuino y que la fe con la que caminamos no cargue con la ansiedad de un curso para hacernos millonarios en un día.
Que esos anhelos cambien necesita de nuevos liderazgos; nuevos oídos que no solo escuchen, sino que interpreten y propongan soluciones racionales, profesionales, decididas. Que puedan hacer una épica de ese aburrimiento, sin soluciones mágicas ni espejitos de colores.
Este camino tiene que ser un desafío generacional para los que nacimos en democracia. No proteger un cuerpo muerto de las balas que ya le entraron. Que sepa sangrar, que sepa perder, que sepa dejar lugar a nuevas ideas y liderazgos que tengan como prioridad no repetir los vicios que alejaron a las soluciones racionales de los problemas; a la política de la transformación y a la felicidad de la gente. Hay que jubilar la época del ruido antes de que nos estallen los tímpanos.
[1] Las siete iglesias son parte de la liturgia de la Semana Santa. En procesión, fieles de la iglesia católica visitan al santísimo sacramento en distintos templos, acompañando metafóricamente a Jesus en la noche que sería apresado y juzgado, tras la última cena.
[2] El Dios ciego de la riqueza en la mitología griega



