Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

30 de diciembre de 2025

MÁS GRANDE QUE UNO MISMO

María Antonella Jaime

@Antonegra_ar
Sociedad
Tiempo de lectura: 6 minutos

Un nuevo año está por empezar, es inminente e inevitable. Con el 2025 se nos va otro año electoral, donde el calendario político no logró ordenar demasiado el clima social. El impacto fue mucho menor al esperado, no porque falten conflictos, sino porque parecen dispersos, fragmentados, incapaces de articularse en una conversación común. Se superponen sin tocarse, como si hablaran idiomas distintos.

Hablá con cualquiera, te va a decir que está cansado, enojado o preocupado. Pero, aunque las quejas se multiplican, no llegan a confluir en una respuesta o consenso general. Lo que sí podemos ver es algo incluso más peligroso: una tristeza extendida pero fragmentada. Una sensación de estar librados a nuestra suerte, dependiendo de nosotros mismos, 47 millones de cuentapropistas.

No fue siempre así, ¿no? Los años electorales funcionaron como un resumen del panorama político, definiendo amigos, enemigos, antagonismos, ordenando expectativas. Hoy incluso ese efecto parece debilitado. Personalmente, por ejemplo, este año me informé lo menos posible. No lo digo con orgullo, pero no me arrepiento, porque llegó un momento en que me sentí empachada por las malas noticias, las peleitas de twitter y las boludeces del congreso. Incluso los más intensos nos sentimos hartos, sin un horizonte claro, perdidos en un momento histórico complejo en el que la política ya no logra hilvanar un ideal compartido y, cuando logra algún consenso es siempre por oposición. El resto es ruido. Un ruido persistente, saturado, vacío, que va más allá de la clase política. Porque en la Argentina actual lo que hay es un problema de articulación social, una pérdida de referencias comunes, de valores colectivos que le den sentido a lo que vivimos como sociedad, como argentinos.

Por eso, mi deseo para 2026 es que empecemos juntos un camino de búsqueda lento e incómodo, con contradicciones, para redefinir de manera honesta lo que nos une. ¿Qué nos hace ser lo que somos? ¿Qué rasgos compartidos sobreviven a la polarización, a las crisis y al desgaste?

La vida influencer genera expectativas irreales y ya no está claro que estudiar, trabajar o esforzarse garantice vivir mejor que la generación anterior

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Nosotros, ellos

A diferencia del dulce de leche, la fragmentación no es una invención argenta. La vida social de los seres humanos se da sobre todo en el mundo digital, que no solo refleja las divisiones existentes, sino que las acelera y las profundiza. Internet de las redes sociales es experto en crear burbujas cerradas de contenidos que confirman lo que ya creemos, reforzando certezas previas y reduciendo al límite el contacto con miradas distintas. Se nos muere el desacuerdo cotidiano en las manos, vivimos casi en realidades paralelas.

La facilidad para difundir información falsa o manipulada completa el cuadro. Cuando todo puede ponerse en duda, cuando las fuentes pierden legitimidad y la verdad se vuelve opinable, el consenso social se erosiona. No sé si les pasa a ustedes, pero hace tiempo que en cualquier foro de internet está imposible establecer un piso común para discutir. Hay que aceptarlo: vivimos una época donde vale lo mismo opinión e información.

Sumale que acá llevamos mínimo quince años de polarización, crisis de representación e inflación, tres hechos que hoy estructuran la vida política argentina, y que resignifican muchas de las cosas que parecían “intocables”.

En los noventa el sistema político mostraba sus dificultades para canalizar demandas básicas e incuestionables del pueblo, entonces otras formas de organización ganaron fuerza y ocuparon un lugar clave en los años siguientes. Los movimientos sociales se expandieron en un contexto de transformación del Estado y del mercado de trabajo, y algunos de ellos incluso ganaron presencia territorial y capacidad de negociar con el gobierno. Con el tiempo, ese esquema se institucionalizó y se desgastó. Las políticas sociales ocuparon un lugar central en la gobernabilidad, pero quedaron atrapadas en una discusión permanente que las fue erosionando y convirtiendo en objeto de sospecha. Todavía se discuten planes, montos, derechos, y se dejan pudrir kilos y kilos de comida en galpones del ministerio de desarrollo social mientras se profundiza la distancia con la política, porque es incapaz de ordenar la vida en común.

Todo ayuda a entender el presente. El gobierno de Milei irrumpe sobre una sociedad agotada y con baja expectativa. Este modelo económico tiene consecuencias estructurales profundas, sobre todo para los más vulnerables y para una clase media que ya venía golpeada. Pero se sostiene con un éxito moderado y una legitimidad indiscutida, estrellita que le costó conseguir. En estos dos años LLA ordenó muy bien la pasividad política, resignados al ajuste como si, para gran parte de la sociedad, fuera el único camino posible. Tampoco es todo mérito del gobierno. Son años de frustración acumulada, y una polarización que permite ordenar el enojo a través del voto.

Ese desencanto atraviesa a buena parte de la sociedad, y no se salva ninguna identidad política. Por eso las expectativas frente a los procesos electorales son cada vez más bajas, hay una desconfianza acumulada. ¿Revertirla? Y, qué sé yo… no parece solo una cuestión de ganar elecciones. Implica reconstruir vínculos entre la política y la vida cotidiana.

Lo que sí podemos ver es algo incluso más peligroso: una tristeza extendida pero fragmentada. Una sensación de estar librados a nuestra suerte, dependiendo de nosotros mismos, 47 millones de cuentapropistas

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Sobrevivir en comunidad

Otra cosa que deseo con todo mi corazón es que la idea, el concepto de “comunidad” vuelva a ser más grande que Luzu, Olga, Gelatina, Futurock, etc., etc. Hoy, las plataformas culturales que concentran audiencias masivas también organizan pertenencias, lenguajes y climas emocionales propios. Ya no tenés un Tinelli, un Los Benvenuto, algún fenómeno de masas que atraviese edades, clases e ideologías. En la vida social y cultural argentina se volvió cada vez más difícil encontrar referencias compartidas. La fragmentación no se expresa sólo en la política, también atraviesa los vínculos, las pertenencias y la forma en que nos pensamos como parte de algo común.

Encima, la ley del algoritmo privilegia la reacción por sobre la reflexión. Los contenidos que generan enojo, miedo o indignación circulan más y mejor. La polarización no es un daño colateral, es un incentivo, rinde, posibilita el crecimiento en el ecosistema digital. Todos en nuestras versiones virtuales tenemos posiciones más duras, nos refugiamos en los que piensan como nosotros y somos más cerrados a discutir amigablemente con alguien que no. ¿Por qué? Porque garpa.

No me malinterpreten por favor, Luzu y Olga no son el problema. El problema aparece cuando ese tipo de pertenencias se vuelven el límite de lo compartido. Cuando el “nosotros” queda reducido a una audiencia, a un código propio, a una identidad de consumo que no conecta con nada más. Las redes sociales empujan fuerte en esa dirección. Promueven un tipo de individualismo que compite con cualquier idea de acción cívica o colectiva. La validación personal medida en “me gusta”, seguidores o visualizaciones es lo central. La exposición del yo ganó la pulseada y el nosotros quedó relegado.

Todos, todos

Decir que el “ser argentino” está en crisis no es una exageración, todos nos damos cuenta. Y obviamente no alcanza con decirlo. Se trata de una crisis compleja, que se manifiesta en distintos planos. Hay una dimensión material evidente con inflación persistente, aumento de la pobreza, pérdida del poder adquisitivo. Experiencias cotidianas de incertidumbre, dificultad para proyectar y la sensación de que el esfuerzo no garantiza estabilidad.

A ese cuadro se suma una dimensión identitaria. La idea de futuro está desdibujada. La promesa de movilidad social ascendente, que durante décadas organizó el imaginario de la clase media, perdió fuerza. La vida influencer genera expectativas irreales y ya no está claro que estudiar, trabajar o esforzarse garantice vivir mejor que la generación anterior. Esa ruptura simbólica cambió la forma en que se piensa el sentido del esfuerzo y la pertenencia a un proyecto común.

En estos dos años LLA ordenó muy bien la pasividad política, resignados al ajuste como si, para gran parte de la sociedad, fuera el único camino posible

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Creo que vivimos una época turbulenta, y me preocupan los cambios en la forma en que nos vinculamos entre nosotros, como a todos. Pero me gustaría terminar el 2025 con un mensaje de esperanza. Hay resiliencia cultural persistente, un orgullo nacional que reaparece incluso en los momentos más difíciles, con una capacidad de adaptación que no termina de agotarse. Conviven el hartazgo y la insistencia, la sensación de caída y la voluntad de volver a levantarse en una dinámica que forma parte de nuestra identidad argentina. El tema, quizás, es que peor que la crisis es atravesarla en soledad. Una sociedad puede tener conflictos y aun así sostener lazos. Lo que vuelve inviable el futuro es la ruptura de los vínculos que permitan resolverlos colectivamente.

Reconstruir lo común no implica negar las diferencias o evitar el conflicto. Tenemos que volver sobre lo que nos une incluso cuando discutimos. ¿Qué principios deberían mantenerse a salvo del péndulo político, de la polarización y el universo digital? ¿Qué acuerdos básicos hacen posible una vida en sociedad?

Argentina espera en el futuro

La pregunta por los consensos vuelve a aparecer, tan necesaria. ¿Existen todavía grandes consensos en la sociedad argentina? ¿Qué no se puede tocar? ¿Qué valores, qué derechos, qué formas de cuidado deberían sostenerse? Sin esa convicción mínima, cualquier proyecto colectivo se vuelve inviable. No hay plan económico, reforma laboral ni promesa de futuro que pueda sostenerse sobre una sociedad fragmentada hasta el cansancio.

Pensar la Argentina como una casa común, en palabras de un querido amigo, supone reconocer que lo que se rompe en un sector afecta al conjunto. Que el abandono del otro termina debilitando a todos. Que sin relaciones de pertenencia entre generaciones y entre comunidades distintas, no hay proyecto posible. Ninguna tierra es fértil sin lazos entre quienes la habitan. Ningún pueblo da fruto si no logra reconocerse como tal, aun en el conflicto. El futuro no se hereda, se construye, y también puede perderse.

Tal vez el desafío de los próximos años sea volver a formular preguntas que nos incluyan, volver a construir algo que exceda al individuo. Algo que nos saque del repliegue, de la lógica del “arreglate solo”. Volver a pensar la vida en común como una experiencia que nos trasciende, que es más grande que cada uno por separado.

Parafraseando a Francisco, necesitamos fortalecer la convicción de que somos una sola Argentina humana. Porque incluso en la crisis (¡sobre todo en la crisis!) nadie debería estar solo.

Feliz 2026, que sea con paz, salud y trabajo.

Sociedad